lunes, 13 de agosto de 2018

Las galletitas saladas

A Sara le gustan las galletitas saladas, los leones marinos y el olor del aceite de churrería. Vive en un pequeño apartamento y come spaguetti, con atún y limón. Es una receta que le enseñó su amiga italiana cuando la visitó por primera y única vez, juntas recorrieron toda la ciudad y fueron a un concierto de Nada Surf y lo dieron todo. Hace poco, a Sara le ha ocurrido algo que era del todo impredecible, ha visto al guitarrista de Nada Surf en un evento, tomando una cerveza, justo a su lado. Sara odia ponerse en modo fan, así que le ha observado por el rabillo del ojo unos minutos, procurando aparentar total desconexión de la emoción y la euforia. En mitad de esa situación se ha puesto a hacer cuentas de los años que han pasado desde aquel concierto y desde todos. Sara es muy dada a la hostia de realidad repentina en el momento menos oportuno. Y a veces se da cuenta de que todavía conserva la ingenuidad de los ojos que no quieren ver. Y cuando llega la ansiedad de pensar en lo que ha hecho, lo que quiere hacer, lo que puede hacer, lo que nunca hizo y lo que no hará, cuando esa bola se le pone en el estómago y al respirar profundo le duele el pecho, se da un paseo por la Monumental y pasa por delante del puesto de churros ambulante a impregnarse de ese olor reconfortante. Sara piensa que tiene un troyano dentro y es lo que todo el mundo llama madurez. Y cuando decida salir del caballo, va a estallar la guerra. Habrá bajas, habrá damnificados y todo cambiará, para siempre. A Sara no le gusta pensar con antelación que las cosas van a dar un giro, pero le gusta girar de manera inesperada. Porque se aburre con facilidad, no comprende el concepto "sentirse pleno". Porque no entiende lo que no conoce. Sara la mayor parte del tiempo se siente vacía, como si tuviera hambre pero en el alma. Y le ruge, le ruge mucho, como un quejido permanente que solo se detiene cuando se le desborda la pasión. Sara lo da todo, no sabe vivir a medio gas, nadie le ha enseñado, ninguna de las dos cosas. Vienen de serie. Lo que tampoco sabe es si está tomando buenas decisiones o malas, sólo las toma, se las argumenta y luego las duda.  En ocasiones se siente muy segura pero inmediatamente contempla la posibilidad de estar equivocándose. Y se siente dual, eufemismo de bipolar. Las galletitas saladas la ayudan a focalizar, a centrarse en lo bueno, a disfrutar de un respiro en un largo caminar de obstáculos raros. Si hay algo que a Sara no le gusta es que le digan lo que tiene que hacer. Quizá por eso a veces esté más perdida que un cachorro en un laberinto de espejos. "Sara, céntrate", "Sara, las cosas no siempre son como uno quiere", "Sara, insiste", "Sara, desiste", "Sara, calla ahora", "Sara, ponte en el lugar del otro", "Sara, sé un poco egoísta", "Sara ¿qué quieres?"... y se atraganta. Las galletitas saladas están muy buenas, pero a veces se hacen bola.