jueves, 12 de julio de 2018

Julio

Seguramente nunca llegue a conocerte del todo. Lo pienso cuando me subo a tu coche y regulo el asiento a mi gusto. La espalda me duele, justo en el centro. Llevo las piernas mal depiladas, intento esconderlo aunque es muy posible que sea la única que ve el parche de vello que me he dejado al pasarme la maquinilla con prisas. Te miro. Me pregunto si debes tener alguna inseguridad. Si eres de los míos y al verte en el espejo lo primero que buscas son defectos. Sonríes sin apartar tus ojos de la carretera, sabes que te estoy mirando y me ruborizo. Estar en tu coche es raro. Es como si fuera posible volver al pasado tantas veces como hiciera falta hasta que todo saliera bien. Y, de alguna manera, es posible. Porque tú y yo somos pasado y ese pasado nos ha traído aquí hoy. Se nos da bien repetir las primeras veces. Y todo es extrañamente familiar pero nuevo. Mi cavidad torácica no puede contener la cantidad de emoción que acumulo y se me escapa un suspiro. Siento mucho placer en mi esófago mientras expiro el aire. Me libero por un momento pero enseguida me encorseto de nuevo. Contigo me pasa siempre, no termina nunca de desaparecer esa vergüenza infantil. Quizá por eso estamos aquí hoy, porque no soportaría vivir en una balsa de aceite.