viernes, 30 de marzo de 2018

Tu montaña rusa

Siempre he querido montar en tu montaña rusa. Siempre. Así que cuando tuve la oportunidad de comprarme el abono, no lo dudé. Era joven y visceral. Pagué el precio, sin miramientos: "take my money, and shut up!". Tenía tantas expectativas. No se lo dije a nadie, pero muy dentro de mí sabía que aquella iba a ser la experiencia de mi vida. A ticket to ride (forever). Estaba tan feliz, que me alimentaba de mi propia fortuna. Hasta que un día, admirando mi entrada ilimitada, se me ocurrió leer la letra pequeña: "el acceso a esta atracción está sujeto a la disponibilidad y a las condiciones determinadas por el responsable de la misma" ¿¡Qué!? Aquello, si lo entendía bien, significaba que, a pesar de tener un abono de viajes sin limites, no podía disfrutar de la montaña rusa cuando yo quisiera, tenía que esperar a que me dieran permiso. Por un segundo, me sentí enjaulada, privada de total libertad, decepcionada y estafada. Me habían vendido un "vía libre" y había obtenido un "restringido el paso". Pero no me rendí. Motivada sólo por mi intuición y con el peligro de que todos los castillos que había construido en las nubes se desmoronaran con un simple chasquido, me cosí un disfraz de valiente. Y con la cabeza bien alta golpeé tu puerta varias veces. Pero no abriste. Volví al día siguiente, con la cabeza un poco menos alta y con los dedos cruzados. Pero tampoco resultó. Tu silencio se convirtió en mi verbo. Te escribí cartas infinitas que deslicé bajo tu puerta. Te conté todo sobre mí sin explicarte nada de mi vida. Tuve muchas veces el abono de tu montaña rusa en las manos para devolvértelo, pero cuando pensaba seriamente en deshacerme de él, me paralizaba un fuerte dolor de estómago. Intentaba convencerme de que, quizá, aquella iba a ser la más decepcionante atracción en la que jamás hubiera montado. Al fin y al cabo, hasta la fecha, la lista de contras superaba con creces a la de pros. Así que desistí a regañadientes. Y la vida siguió. Y hubo norias, hubo barcos piratas, hubo autos de choque, pero nunca montañas rusas. Hasta que un día, mucho tiempo después, cuando aquella historia se había convertido en un recuerdo alterado por las emociones idealizadas, recibí un mensaje: "Tras una exhaustiva reforma, la montaña rusa está lista para ser usada en exclusiva por la única persona poseedora de un abono ilimitado... sin restricciones". Después de ilusiones rotas y esfuerzos aparentemente en vano, me detuve a pensar: ¿Podía renunciar a algo que había deseado siempre sólo por orgullo? Mi empeño, si bien no había servido de mucho en el momento, parecía haber caído como una semilla en el campo adecuado. Sólo necesitó tiempo para transformarse en un carril retorcido en tirabuzones, subidas y bajadas, loopings imposibles y toda la diversión que siempre había imaginado. ¿Iba a renunciar a todo eso? ¿Iba a hacerlo? ¿Sería capaz? ¿Podría? Abrí un cajón, revolví algunos papeles y ahí estaba la respuesta a cualquier pregunta, ahí estaba el antídoto de mi orgullo, la contraseña de mi caja fuerte, la ventana abierta tras cerrar la puerta, ahí estaba mi yo del pasado dándome una lección de humildad, ahí estaba el abono, guardado todo ese tiempo, como el "y si" que nunca te sacas de encima. Nunca hasta ahora.

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