miércoles, 7 de marzo de 2018

SER MUJER

Yo nací mujer. Y cuando salí de las entrañas de mi madre (mujer) no sé si vine con un pan bajo el brazo, pero el tiempo me ha enseñado que con lo que sí vine es con un estigma de serie. Un estigma que me otorgó una sociedad que me señala con el dedo y dice que soy el sexo débil. Una sociedad que todo lo divide por sexos: los colegios, los juegos, las carreras, los trabajos, las obligaciones y los derechos. Una sociedad representada y manipulada por una panda de carcas que dictaminan que la mujer no puede elegir el rol que quiere tener en su propia vida, porque eso ya viene predefinido por su condición de procreadora. Y, según estos iluminados, dar vida te hace débil, menos productiva para la sociedad, indefensa e incapaz de desarrollar otras tareas. Aquí me detengo un momento para subrayar: la mujer es capaz de crear vida en su interior, VIDA. De entre todas las cosas magníficas que puede hacer un ser humano, qué puede ser más meritorio que eso ¿QUÉ?
Por si eso fuera poco, las mujeres además de gestar, parimos. Sacrificamos nuestro cuerpo para dar a luz a personas que, en algunos casos, de mayores preguntarán en las entrevistas de trabajo a sus candidatAs si tienen previsto quedarse embarazadas para no contratarlas. Las mujeres expulsamos bebés del tamaño de un melón por nuestra vagina ¿Dónde está el respeto y la empatía por todo el dolor que eso supone? Cómo no podemos alucinar constantemente con la fortaleza, la determinación y el coraje de las mujeres en cualquier faceta de su vida. Cómo puede ser tan admirable una mujer por el simple hecho de serlo y, por contra, lo único que hace esta sociedad es sexualizar nuestra imagen y, al mismo tiempo, vetarla. Y no sólo vetan nuestra imagen desnuda, también vetan nuestra regla, nos obligan a esconder que sangramos mensualmente y durante una media de tres días al mes nos sentimos ENFERMAS, nos vetan los cambios de humor justificados por los cambios hormonales que soporta nuestro cuerpo en la carrera constante hacia la maternidad (la quieras o no), nos vetan nuestra propia libertad sexual, nos vetan la decisión de no tener una relación estable, ni desear tener hijos como único objetivo de nuestra vida, nos vetan nuestro desarrollo profesional, nos vetan nuestras aspiraciones vitales, nos vetan vestir como nos de la gana, salir con libertad por la calle a cualquier hora sin miedo, nos vetan no querer ser y estar perfectas todo el rato, nos vetan el vello corporal, nos vetan los pezones, nos vetan dar de mamar en público, nos vetan la celulitis, las arrugas, las canas, nos vetan los pensamientos revolucionarios, las protestas, las ansias de justicia, NOS VETAN LA IGUALDAD.
Somos las esposas, putas y esclavas del patriarcado. Somos las que criamos a las nuevas generaciones y en el proceso aprendemos sobre enseñanza, psicología, medicina, entretenimiento... Se nos menosprecia por hacer algo crucial en la sociedad que es preparar a los que nos tomarán el relevo. Y, mientras, los que deciden lo que puedo o no puedo hacer con mi cuerpo, los que se atreven a acosar a las víctimas de agresión sexual, los que hablan por mí, se dan palmadas en la espalda por su mentalidad retrógrada, machista y perversa. Quizá naciéramos con el estigma de ser el sexo débil pero eso no es más que una etiqueta, la que pone el cobarde, el que ve peligrar su hegemonía. Y eso no pasa sólo con las mujeres, ocurre con todo aquello que es considerado una amenaza sobre lo establecido, sobre lo arcaico, sobre lo que coarta las libertades para crear élites de poder. Somos fuertes, somos constantes y tenemos un ejercito de aliados que están con nosotras, el primer paso es alzar la voz por una sociedad feminista, el segundo es conseguirla.

1 comentario:

JAVIER dijo...

Una reflexión brillante de una mujer maravillosa