jueves, 1 de febrero de 2018

Besar a un desconocido (parte I)

Nos casi-conocimos en una jam-session que organizaban en un bar cercano a mi casa el primer domingo de cada mes de verano. Aquel día me llevé mi libreta porque de alguna manera tenía que acallar la culpa de no haber escrito una palabra en meses y la música solía despertar el animal creativo que sabía que llevaba dentro, pero que se tomaba su tiempo para salir a la luz. Últimamente me había dado por contarle a todo el mundo que pasaba por un bloqueo creativo severo, a todos, hasta el carnicero, al que se lo conté un día que me incomodaba esperar en silencio a que despedazara el pollo con ese enorme y ligeramente aterrador talento para descuertizar. Todos, sin excepción, me decían, porque todos eran muy entendidos en la materia y/o abrazaban la empatía como el borracho abraza las columnas, que tenía que llevar una libreta allá donde fuera para hacer algo parecido a atrapar la inspiración al vuelo. Como si la libreta fuera una red y la inspiración una mariposa. Así me imaginaba la situación cada vez que me lo sugerían: yo, de cría, en agosto, con cangrejeras blancas, el bañador amarillo (discreta, pasando inadvertida por la vida) y en la mano un largo palo que terminaba en una trampa para mariposas o, en su defecto, cualquier bicho volador que se cruzara en mi camino. Así se suponía que tenía que convertirme en la escritora que siempre había querido ser, yendo a la caza de las ideas que van levitando por encima de nuestras cabezas, invisibles, innoloras, incapaces de ser rastreadas por ninguna aplicación del móvil. 
Aunque lo de la libreta nunca funcionó conmigo, porque soy un engendro raro que no hace nada de lo que se supone que sirve en estos casos (y ningún otro), al menos he cultivado un bonito huerto de sarcasmo que, de vez en cuando, me hace florecer alguna sonrisa. Aquel día decidí llevar mi pequeña libreta, siempre por cuestión de presión social, y le pedí a Roberto, el camarero, que veía todos los primeros domingos de cada mes de verano, una coca cola. Yo me imaginaba que era wisky con hielo, al estilo de mis escritores favoritos, pero no tenía el estómago muy fino aquel día. Recuerdo que divagué internamente un rato sobre la pesadez de hacerse mayor y la consciencia del cuerpo, la debilidad, las cargas y la muerte. Tomé un buen trago de mi coca cola y, os juro que estaba tan metida en la historia de que aquello era whisky que, me ardió en la garganta. Entonces supe que me estaba volviendo loca, pero no loca en plan camisa de fuerza, loca en plan "mira esa chica qué montaña rusa de emociones lleva en el cuerpo y qué poco sabe gestionarlas", loca en plan "inventarme la historia de cada desconocido que pasa por mi lado en la calle", loca en plan "no sé lo que siento, no sé lo que quiero, no sé nada, sólo sé que no me gusta esto, pero no sé por qué", quizá eso sea una locura de manicomio, ojalá no. Roberto me miraba, podía sentirlo aunque no le viera directamente, pensé que se me habrían quedado ojos de puta loca o algo, cuando me meto en el trance de mis juergas mentales, nunca sé qué salvapantallas estoy ofreciendo al exterior. 
Los músicos empezaron a hacer lo suyo, se subieron a una pequeña tarima con sus instrumentos y a improvisar. Yo saqué el tapón de mi boli bic azul y empecé a pintar sin sentidos en la libreta, la mayoría eran corazones, es lo único que sé dibujar, en realidad. Me gustan, son muy cursis y, al final, siempre puedes hacerles una línea en zig-zag a la mitad y dártelas de dura. Pero también dibujo estrellas y caras de personas totalmente amorfas y desproporcionadas. Los ojos enormes y las narices de orificios descompensados son mi especialidad. Me gusta dibujar algo muy feo y luego pasarle el boli por encima un montón de veces hasta que no se vea y dejar un buen borrón de tinta. A veces pienso que esas cosas las hago porque mi vida es muy solitaria y otras porque estoy loca, pero eso ya lo hemos hablado. Tomé otro trago profundo y ardiente de (whisky) cola y el efecto placebo me llevó a pensar como cuando estoy ebria. Y me puse a apostar conmigo misma (otro clásico en el día a día de mi pequeño pero jugoso planeta interior) si sería capaz de besar a un desconocido así, sin más. Ir, darle un morreo que se quedara muerto y largarme. Regalarle eso, un besazo porque sí ¿Podría hacerlo? Seguramente no. Eso está muy bien para una historia, lo típico de "esto nunca pasaría en la vida real" y, me jode, porque yo sólo puedo escribir sobre las cosas que ocurren, aunque luego tengo una imaginación que da miedo, cuando cuento algo, cuento la realidad. Aunque luego me digan: "esto no ha pasado de verdad ¿no?", yo lo dejo a la elección de cada uno pero, sí, ha pasado, no tengo más que añadir señoría. Joder, besar a un desconocido... el estómago me hacía chirivitas. Y he de decir que, cuando se me mete algo en la cabeza, pocas veces desisto. Como cuando llevo mucho tiempo dejando que crezca mi pelo, pasando por un montón de incomodidades como, por ejemplo, que se me meta en la boca cada dos por tres en los momentos más inoportunos y, un buen día, me levanto y quiero el pelo corto, y se lo digo a una amiga y me dice, piénsatelo y lo pienso y cada vez veo el elefante más grande en la habitación. Besar a un desconocido...