miércoles, 8 de noviembre de 2017

El imbécil que me enamoró

Por un imbécil aprendí a amar. Y así empiezo esta historia, desvelando el mayor de mis descubrimientos: se puede amar a un cactus y, por alguna razón extraña, muy dentro de ti, ser futuróloga y saber que en ese cactus terminará por nacer un capullo y de ese capullo saldrá una flor tan increíble que ni la imaginación puede describirla. Pero antes de la gran metamorfosis final, a lo "Lluvia de estrellas", tienes que pincharte, una y otra vez, pillar una buena infección, tomar antibióticos emocionales, recuperarte, vivir, volver a pincharte, que te hagan una transfusión de sangre, revisen tus neuronas, chequeen tus antecedentes, entrar en prisión por reincidente, pasear y que te de el aire, escribir dos novelas, avergonzarte muchas veces, salir, beber, el rollo de siempre... ¡Ah! y que se te olviden tus poderes de pitonisa, claro. Joder, nadie elige de quién enamorarse ¿no? y yo elegí mal, muy mal, pero luego bien, muy bien. Cómo es la vida ¿eh? Que lo mismo estás loco de amor, que lo mismo estás más frío que un casquete polar, con la amenaza del cambio climático planeando sobre tu inerte estado emocional y sin inmutarte, que lo mismo vuelves a estar loco de amor, a lo memoria de pez. Te vas a derretir, si ya lo sabes para qué te resistes. Es cosa de ser Tauro y ya está.  

El caso es que me enamoré de un imbécil, pero, con mis rayos L de listilla, vi algo en él que ni él mismo sabía que tenía. Era una sensación extraña, un feeling que me decía que ese era el río donde debía buscar el oro. Y juro, por la gloria de los mejores grupos indie de este país, que busqué el oro con todas mis ganas. Pero no había manera. Tendría que remontarme mucho tiempo atrás para contar las veces que mandé a la mierda al imbécil, más o menos, tirando por lo bajo, varias docenas. Pero deba igual, porque cuanto más manía quería tenerle, más taquicardia sentía al pensar en él. Y de esa taquicardia vienen estos lodos. Las arenas movedizas en las que te metes cada vez que aparece en tu vida de nuevo. Da igual lo que estés haciendo, da igual el giro de guión que haya dado tu existencia en los últimos meses, da igual si sientes que, por fin, has topado con alguien que te quiere como mereces (sinceramente, no sé cuánto merezco que me quieran ¿hay un porcentaje? ¿hay un medidor? ¿dónde lo busco? ¿en Google?) o que hayas decidido que estás mejor sola que mal acompañada (otro maravilloso consejo patrocinado por tus amigas, las que te adoran y no soportan verte sufrir, pero que, al mismo tiempo, caen en tus mismos errores dos de cada dos veces) da igual todo, porque cuando aparece la taquicardia, se acabó lo que se daba. Ya te puedes esconder bajo tu capa de invisibilidad y estar más callada que un caimán antes de atacar a su presa para que el amor pase de largo y ni te mira que, fíjate bien lo que te digo, no lo hará. El muy cabrón, viene por detrás, sigiloso y te da un susto de muerte. Y sientes LA corazonada, se te nubla la vista, se te enreda las entrañas y te idiotizas para siempre. La taquicardia ha visto tu apuesta de mierda y te saca un full. Venga, a tope. ¿Qué haces? Recuerdas que en algún sitio habías escondido algo de dignidad de reserva, por si las moscas. Pero no eres capaz de acordarte dónde. Entre tanto, el amor ha encendido un neón rosa delante de tus narices con las palabras "Y si...". Te está metiendo un gol por toda la escuadra, a cámara lenta, y tu portero se está comiendo el bocadillo de nocilla del recreo. 

Entonces recapitulas. Sacas los informes y haces recuento de todas las veces en que te sentiste incapaz de querer a nadie al mismo nivel en que quieres al imbécil. Y el imbécil se sienta en tu oficina, con la calculadora y la visera de plástico verde de contable y hace el cálculo de las veces en que se sintió incapaz de querer a nadie como te quiere a ti. Y es cuando tú le dices que es imbécil y él asiente con la cabeza y te hace un comentario estúpido que te provoca un ataque de risa de los de llorar. Estás en el río, de agua hasta las rodillas, te saltas la técnica y metes la mano hasta coger un buen puñado de arena. Te la juegas, a todo o nada. Abres la mano, dejas que la gravilla y la arena se te escurran entre los dedos. Tienes los ojos cerrados, muerta de miedo, o sale o no sale. Lotería pura y dura. Abres los ojos y ahí está: el oro. Al fin, brilla como nada que hayas visto antes, brilla y el resplandor se refleja en tus ojos. Y, aunque seguirás llamándole imbécil entre risas durante un largo tiempo, de imbécil no tienen nada. De amor de tu vida... de eso lo tiene todo. 

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