viernes, 20 de octubre de 2017

El liquido inmune, la insatisfacción y la felicidad (con matices)

La vida va bien. Aunque te de un poco de miedo decirlo en voz alta, porque sabes, el tiempo te lo ha dicho, que tarde o temprano llegarás al pistacho rancio del paquete. Pero, oye, te levantas un día más y todo va bien, tu paladar sigue degustando un sabor entre dulce y salado muy agradable. Y, a pesar de que no seas partidario de ponerle etiquetas a las emociones, porque crees que eso hace que pierdan toda su complejidad y sus matices, te permites, en la intimidad, llamarlo felicidad. Te imaginas una conversación con alguien que acabas de conocer, alguien que está tratando de saber más de ti y te pregunta ¿cuál ha sido la mejor etapa de tu vida? Lo primero que te pasa por la cabeza es la respuesta que más veces has escuchado "lo mejor está por llegar", pero, por supuesto, no lo dices. Sonríes y piensas en lo absurdamente programado que tenemos el cerebro para la insatisfacción constante. Alguien te dice que es la manera de que siempre estemos buscando mejorar. Y tú le miras y le dices que si vives esperando que llegue siempre algo mejor ¿cómo vas a reconocerlo cuando lo estés viviendo? Ahora estás bien, este es un buen momento. Tienes amor. Y tienes trabajo y tienes aspiraciones y proyectos, ilusiones, planes, objetivos, sueños. Y tienes algo muy grande que se llama familia y amigos que respetan que seas tan solitario. La vida va bien. Has aprendido muchas cosas, no eres ya tan visceral, aunque guardes algo de ese tesoro descontrolado para ocasiones especiales. En tu cabeza está todo almacenado, no has olvidado a las personas que te han querido bien, las que te han querido regular y las que te han querido mal. Tienes esa mente capaz de expresar cierto orgullo cuando piensas en los malos momentos que has pasado y, al mismo tiempo que echas la culpa a otros, tu cabeza te dice que tú también lo hiciste fatal. Y lo reconoces. Ahora, que todo va bien, también haces cosas mal. Y sientes angustia, insatisfacción, presión, conflicto, frustración. Tu positivismo juega al bingo cada mañana para saber con qué problema lidiará hoy, con qué sensación, con qué grado de pesimismo. Quizá por eso nunca has sido una persona de humor lineal, ni de alegres despertares. Pero, ahora que la vida va bien, de vez en cuando hay mañanas dulces y tranquilas, en que la persona que más has querido en tu vida, te abraza y te mira y te prepare un buen café como a ti te gusta. Y ya está, te explota el corazón. Tu probeta de la felicidad va hasta los topes de líquido inmune y sales de casa a ver qué te depara el día, vas lanzando liquido inmune por aquí y por allá, cuando algo te molesta, cuando tienes un pensamiento negativo sobre ti mismo, cuando se te enquista una injusticia, cuando te abruma la ignorancia, cuando todo es un sin sentido, cuando no sabes por dónde tirar, cuando te proponen estupideces, cuando te ataca la contractura de la madurez, cuando la sociedad decide por ti cuál es el momento adecuado, cuando te sientes solo en una lucha interna extraña, innecesaria y corrosiva. Hay días en que vuelves a tu nido con el líquido inmune prácticamente intacto y otros a niveles muy bajos. ¿Cuál es tu suerte entonces? Que ahora sabes cómo generar más líquido inmune, lo sabes y hay días en que lo fabricas y otros en que no te apetece. Y no pasa nada, porque has aprendido a conseguirlo, has descubierto su composición y ahí reside la fuerza de tu felicidad.