martes, 9 de mayo de 2017

El rescate

Te encontré cuando todavía no sabías que te habías caído y, sin embargo, te lancé mi cuerda, como si el mero hecho de hacerlo tuviera que ser una revelación para ti. Yo, y mis ganas de no equivocarme, nos embarcamos en una travesía sin atender la amenaza de tormenta. Lo sentía en mi estómago, y si lo decía mi cuerpo no podía ser algo baladí. La graduación de mi cerebro no enfocaba bien tus señales. ¿Podría haberme dado cuenta de lo que no quería darme cuenta? Si te hubiera tenido delante más a menudo, lo habría escuchado de tu boca y habría corroborado la contradicción en tus ojos. De haber sabido antes que no se puede rescatar a alguien que no se sabe en peligro ¿mis huellas habrían marcado otra dirección? Era tu zona de confort la que se volvía en tu contra y yo trataba de dibujarte el mapa que te permitiera escapar de allí a toda velocidad. Te conté mis trucos para cazar fantasmas y ver a través del miedo. Con todo, dejaste que te alcanzaran las sombras, como un fuerza de la naturaleza inevitable. Puede que dudaras al llegar a la primera bifurcación y a todas las que siguieron. Pero no encontraste en la duda la fuerza, solo un rumor, a veces molesto, a veces fuente de alivio, un salvoconducto que quizá algún día pudieras usar. Te acomodaste en tu escondite, lo empapelaste con excusas y remordimiento. Con el tiempo, la cuerda que te lancé se deterioró, y no fue hasta el momento en que la agarraste y la viste deshacerse entre tus dedos, cuando fuiste consciente de lo agónico de la pérdida. Y te rescataste, construyendo un puente donde el camino se había convertido en un abismo. Y al cruzarlo, encontraste mi camino y te quedaste esperando a que llegara.

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