lunes, 3 de abril de 2017

El cuadro

Miro el cuadro que colgaste, el que colgaste para mí, y pienso en lo bonito que es tu amor y en lo traicionera que es mi mente. Estuvo un tiempo aparcado, hasta que un buen día decidimos su ubicación, así, como quien no quiere la cosa, sin importar que hubiera estado esperando varios meses a que nos atreviéramos a dar el paso. No sé si soy yo, que veo metáforas por todas partes, o esto tiene muchos paralelismos con nosotros. Nosotros y nuestra manera de amarnos despacio y rápido y despacio y rápido, olvidando, a veces, todo lo que hemos llegado a esperar. Cuando nuestros caminos se han cruzado, y lo han hecho muchas veces a lo largo del tiempo, nunca hemos sabido dónde colocar al otro en la ecuación y hemos terminado dejándolo a la espera en cualquier sitio, con la esperanza de que el tiempo nos situara a ambos en el lugar que deseábamos. Y deseábamos ir hacia el mismo destino pero lo hacíamos a ritmos diferentes, por caminos separados, con obstáculos que nos aceleraban o nos atrasaban según la ocasión y nunca acorde el uno con el otro. Al final, el cuadro, hoy, está donde queremos que esté, no sabemos si en el futuro deberemos moverlo o lo dejaremos ahí. Lo que yo sé es que ese cuadro, cargado de simbolismo, cargado de mí, de mi creatividad y mi yo sin ti, siempre me recordará lo grande que es nuestra historia y lo llena de cicatrices que está, imperfecciones que le dan las pinceladas de la realidad que necesitamos para seguir creyendo en esto. No somos un cuento de hadas, menos mal. Nunca hemos sido convencionales, es más, diría que primero nos enamoramos y luego nos conocimos y nos enamoramos más. Si el tiempo me ha dado algo, es la capacidad para querernos tal y como somos, totalmente imperfectos, con las debilidades a flor de piel y los tropiezos constantes. Sabes que conmigo nada es fácil. A veces pienso que, tras esa capa de sosiego y sencillez, te encanta complicarte ¿Por qué ibas a elegirme sino? Seguramente en eso nos parezcamos. Y tantas veces te digo que no sé si nos conocemos suficiente, como tantas veces soy capaz de leer tu mente y saber si estás bien o mal, nervioso o totalmente relajado. Te siento sobre y ante todo. Siempre me has transmitido códigos que sólo sé leer yo. Aún en los peores momentos, muy dentro de mí, lo sabía. Pero sigo forzando situaciones para que salga de ti y me recuerdes una y otra vez que estamos colocados de manera correcta en el lugar ideal.

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