martes, 7 de febrero de 2017

Lo prohibido

Aquel día ambos se despertaron con una energía distinta. Los dos sabían perfectamente a qué se debía ese cosquilleo en el estómago, esa falta de concentración, esa imposibilidad de quedarse quietos. Aquel día iban a ocurrir cosas, cosas que los dos intuían, porque no era la primera vez que se lanzaba ese anzuelo al mar, pero no se atrevían a intentar siquiera adivinar. Lo incierto del devenir de los acontecimientos hacía crecer una expectativa tan inevitable como inconveniente. Ella cerraba los ojos y trataba de imaginarse la escena que la vida retorcida habría preparado para ellos aquella noche. Él evitaba pensar, aunque su cuerpo le lanzaba advertencias en forma de espasmos. Ambos se sentían presa de un guión aún por escribir pero del que existían demasiados borradores. Y el día pasó lento y la noche llegó tarde. Tan tarde que ella cambió varias veces su atuendo presa de la ansiedad  y él fumó más cigarrillos de los que acostumbraba. Se encontraron en el mismo contexto que las demás veces, rodeados de desconocidos pretendiendo ser conocidos. No era un mal ambiente para interpretar el papel de superviviente y ocultar las verdades bajo el manto opaco de la cobardía. 


A ella jugar a las marionetas se le daba bien, había aprendido a transmitir serenidad y confianza, a estar radiante. Apenas se le notaba el nerviosismo. Algo que él no podía ocultar de ninguna de las maneras. Su insistente gestualidad y la torpeza que le caracterizaba acentuada para la ocasión, hacían que ella se sintiera vencedora. El premio, la satisfacción de ser quien controlaba la situación, a sabiendas que era todo fachada y autoengaño. Le daba igual. Le bastaba con la sensación de ser capaz de llevarle por donde ella quisiera, sin saber ni ella misma hasta donde quería llegar. Había varias cuestiones que nadie se atrevía a poner encima de la mesas pero planeaban como buitres sobre la escena. Desde fuera eran lo más parecido a dos amigos que no se ven desde hace tiempo y aprovechan la ocasión para ponerse al día. Desde dentro, desde las entrañas, un revuelto de emociones fastidiaba cualquier intento de ser sólo amigos. Y sin querer queriendo estaban tonteando, a su manera, recordando viejos tiempos, pidiéndose perdón por las veces en que no supieron estar a la altura, dejándolo correr y volviendo a ello. El centro de su conversación siempre terminaba siendo su propia historia y, aunque uno u otro tratara de desviar la atención, nada les unía más que hablar de lo que les separaba. Tantas preguntas que nadie hacía y tantas respuestas en forma de teorías lanzadas al aire, que había que atrapar como nubes de vapor que se te escurren entre los dedos. Eran los únicos a los que la misma canción les podía sonar de formas muy distintas en cada reproducción. Ella, insistía en escrutar cada detalle hasta encontrarle la excusa que alimentara la ilusión de que aquella vez fuera distinta. Él trataba por todos los medios de no abrir demasiado las puertas, de no enseñar en exceso, de contener cualquier signo de la emoción vibrante que le recorría el cuerpo con solo mirarla. La lógica les decía que no, que estaban ante el extremo más prohibido de lo prohibido. Pero el deseo frustrado les decía que sí, que adelante con todo, que ahora o nunca, que ya estaba bien. 

La noche seguía y el alcohol puso en escena a las viejas costumbres. Quedarse a solas era un paso que nunca se saltaban. Encontraron un lugar en el que seguir hablando sin la tensión añadida de un entorno cada vez más asfixiante. Ya no se miraban como horas atrás. Se habían abierto los peajes de la autopista que comunicaba las emociones profundas con la mirada, y todo se desbordaba. No había fortaleza suficiente para contrarrestar la ingravidez que suponía siquiera el pensar en la remota posibilidad, casi ficticia, de besarse. Y hubo un punto mágico en que los dos sólo tenían una cosa en mente y estaba muy alejada de valorar las consecuencias de sus actos. Y hubo un precioso instante de tensión pasional por resolver. Y hubo un precioso instante de eterno deseo vuelto ansiedad. Y hubo un precioso instante único e irrepetible en que todo parecía posible, incluso lo más inverosímil, incluso olvidar todo aquello que les separaba. En ese instante el guión no era más que un folio en blanco ante sus ojos y sus dedos escribían sobre la piel del otro las palabras que no se querían decir. Y sus labios escribían en los del otro, los besos que no se habían ganado nunca, pero que les pertenecían para siempre. Y los dos pensaron que eso que les ocurría tenía una definición convencional que no hacía falta consensuar, simplemente estaba ahí y, por lo visto, con o sin corazas, no iba a desaparecer. 

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