jueves, 16 de noviembre de 2017

It's all too much (Todo esto es demasiado)

Han venido los Beatles a mi casa esta mañana. Han llegado en un rayo de sol que apuntaba directamente a mi oreja. Es extraño porque yo a los Beatles nunca les he invitado a desayunar, pero se han comido mis galletas y se han bebido todo el café. Eso sí, han tenido el detalle de vestirse para la ocasión, todos con traje negro, corbata y su clásico pelo-casco, muy elegantes. Así quién les iba a negar nada. Hemos estado hablando del mundo, he sacado yo el tema, ha sido por no entrar a saco con el amor que, en realidad, era de lo que más me apetecía hablar con ellos hoy. Les he explicado un poco cómo están las cosas y negaban con la cabeza en silencio, John ha sido el único que ha dicho algo, susurrando, con evidentes signos de angustia en su cara "¿el ser humano no cambiará nunca?". En realidad no sé si lo ha dicho o lo he pensado yo y se me ha mezclado todo, pero, lo cierto es que estábamos muy preocupados con el panorama. Y, como anfitriona, no podía permitir que los ánimos decayeran de esa manera, no era una buena forma de empezar el día, para ellos, claro. Para mí el sólo hecho de tener a los Beatles en casa ya convertía el día en el mejor de mi vida. Así que, para relajar el ambiente, les he enseñado un proyecto en el que estoy trabajando, un mural que quiero pintar en mi casa. Les he mostrado un boceto y George enseguida ha tarareado "Happinness is a warm gun" ¡qué pillo! Le he mirado y le he dicho que ese es uno de mis temas favoritos, que es raro porque siempre que lo escucho me crea un agujero en el estómago pero, al mismo tiempo, me da mucha energía. Es como el amor, he dicho medio vergonzosa y han sonreído. Son muy majos los Beatles, la verdad. En ningún momento me han dicho nada de la colección de tazas y posavasos con las portadas de sus discos que tenemos en casa, pero sé que lo han visto, porque cuando he ido a la cocina a por azúcar, se les escuchaba murmurar entre risas nerviosas. Y cuando he vuelto, Paul había cogido el bajo y George la guitarra que hay en mi salón, Ringo, sentado en la mesa, se ha sacado de la manga unas baquetas y me han preguntado que qué tema quería que tocaran. Casi me desmayo, los Beatles me querían tocar un tema, el que yo escogiera, uno de todos los maravillosos temas que hay en su extensa discografía, uno, UNO. Por un momento me he quedado bloqueada mirando a la nada y sintiendo como si el mundo se hubiera parado y tuviera ante mí la decisión más importante. No estaba preparada para que surgiera esta posibilidad en mi vida, nada me hubiera hecho sospechar que aparecería esta oportunidad, ni en mis sueños más surrealistas. Y, sin embargo, ahí estaba. He salido de mi bloqueo brillando, los ojos me chispeaban, me he dado cuenta de que no podía fallar, daba igual el tema que pidiera, todos son buenísimos, todos los que escogiera iban a hacerme súper feliz durante unos minutos y eso ya no me lo robaba nadie. No es posible elegir un tema de los Beatles y luego decir "Ay no, hubiera sido mejor escoger este otro", ni hablar, imposible. Y les he dicho el tema que quería escuchar y durante el tiempo que ha durado la canción, he sentido la magia recorrer todo mi cuerpo. Han terminado, han soltado los instrumentos, se me han acercado y se han despedido. Según se han ido, John me ha mirado y me ha dicho "esto es como el amor" y se ha reído. He pensado que se refería al subidón de adrenalina que he sentido durante el rato que ha durado la canción. Pero, al quedarme sola, con la electricidad del tema todavía cargándome las pilas, me he puesto a pensar: "¿Y si John se ha referido a otra cosa? ¿Y si John se ha referido al hecho de escoger entre todas las opciones la que más feliz te haga en cada momento? ¿Y si John se refiere a que puedes dudar de si tomas la mejor decisión pero, tu instinto te lleva siempre en la dirección de lo que te hace brillar? ¿Y si John se refiere a que la felicidad es cualquier elección que hagas si la encaras con buena actitud? ¿Y si John simplemente me ha copiado la frase para escribir un final redondo, irse y dejar un halo de misterio? Ay John...

miércoles, 8 de noviembre de 2017

El imbécil que me enamoró

Por un imbécil aprendí a amar. Y así empiezo esta historia, desvelando el mayor de mis descubrimientos: se puede amar a un cactus y, por alguna razón extraña, muy dentro de ti, ser futuróloga y saber que en ese cactus terminará por nacer un capullo y de ese capullo saldrá una flor tan increíble que ni la imaginación puede describirla. Pero antes de la gran metamorfosis final, a lo "Lluvia de estrellas", tienes que pincharte, una y otra vez, pillar una buena infección, tomar antibióticos emocionales, recuperarte, vivir, volver a pincharte, que te hagan una transfusión de sangre, revisen tus neuronas, chequeen tus antecedentes, entrar en prisión por reincidente, pasear y que te de el aire, escribir dos novelas, avergonzarte muchas veces, salir, beber, el rollo de siempre... ¡Ah! y que se te olviden tus poderes de pitonisa, claro. Joder, nadie elige de quién enamorarse ¿no? y yo elegí mal, muy mal, pero luego bien, muy bien. Cómo es la vida ¿eh? Que lo mismo estás loco de amor, que lo mismo estás más frío que un casquete polar, con la amenaza del cambio climático planeando sobre tu inerte estado emocional y sin inmutarte, que lo mismo vuelves a estar loco de amor, a lo memoria de pez. Te vas a derretir, si ya lo sabes para qué te resistes. Es cosa de ser Tauro y ya está.  

El caso es que me enamoré de un imbécil, pero, con mis rayos L de listilla, vi algo en él que ni él mismo sabía que tenía. Era una sensación extraña, un feeling que me decía que ese era el río donde debía buscar el oro. Y juro, por la gloria de los mejores grupos indie de este país, que busqué el oro con todas mis ganas. Pero no había manera. Tendría que remontarme mucho tiempo atrás para contar las veces que mandé a la mierda al imbécil, más o menos, tirando por lo bajo, varias docenas. Pero deba igual, porque cuanto más manía quería tenerle, más taquicardia sentía al pensar en él. Y de esa taquicardia vienen estos lodos. Las arenas movedizas en las que te metes cada vez que aparece en tu vida de nuevo. Da igual lo que estés haciendo, da igual el giro de guión que haya dado tu existencia en los últimos meses, da igual si sientes que, por fin, has topado con alguien que te quiere como mereces (sinceramente, no sé cuánto merezco que me quieran ¿hay un porcentaje? ¿hay un medidor? ¿dónde lo busco? ¿en Google?) o que hayas decidido que estás mejor sola que mal acompañada (otro maravilloso consejo patrocinado por tus amigas, las que te adoran y no soportan verte sufrir, pero que, al mismo tiempo, caen en tus mismos errores dos de cada dos veces) da igual todo, porque cuando aparece la taquicardia, se acabó lo que se daba. Ya te puedes esconder bajo tu capa de invisibilidad y estar más callada que un caimán antes de atacar a su presa para que el amor pase de largo y ni te mira que, fíjate bien lo que te digo, no lo hará. El muy cabrón, viene por detrás, sigiloso y te da un susto de muerte. Y sientes LA corazonada, se te nubla la vista, se te enreda las entrañas y te idiotizas para siempre. La taquicardia ha visto tu apuesta de mierda y te saca un full. Venga, a tope. ¿Qué haces? Recuerdas que en algún sitio habías escondido algo de dignidad de reserva, por si las moscas. Pero no eres capaz de acordarte dónde. Entre tanto, el amor ha encendido un neón rosa delante de tus narices con las palabras "Y si...". Te está metiendo un gol por toda la escuadra, a cámara lenta, y tu portero se está comiendo el bocadillo de nocilla del recreo. 

Entonces recapitulas. Sacas los informes y haces recuento de todas las veces en que te sentiste incapaz de querer a nadie al mismo nivel en que quieres al imbécil. Y el imbécil se sienta en tu oficina, con la calculadora y la visera de plástico verde de contable y hace el cálculo de las veces en que se sintió incapaz de querer a nadie como te quiere a ti. Y es cuando tú le dices que es imbécil y él asiente con la cabeza y te hace un comentario estúpido que te provoca un ataque de risa de los de llorar. Estás en el río, de agua hasta las rodillas, te saltas la técnica y metes la mano hasta coger un buen puñado de arena. Te la juegas, a todo o nada. Abres la mano, dejas que la gravilla y la arena se te escurran entre los dedos. Tienes los ojos cerrados, muerta de miedo, o sale o no sale. Lotería pura y dura. Abres los ojos y ahí está: el oro. Al fin, brilla como nada que hayas visto antes, brilla y el resplandor se refleja en tus ojos. Y, aunque seguirás llamándole imbécil entre risas durante un largo tiempo, de imbécil no tienen nada. De amor de tu vida... de eso lo tiene todo. 

viernes, 20 de octubre de 2017

El liquido inmune, la insatisfacción y la felicidad (con matices)

La vida va bien. Aunque te de un poco de miedo decirlo en voz alta, porque sabes, el tiempo te lo ha dicho, que tarde o temprano llegarás al pistacho rancio del paquete. Pero, oye, te levantas un día más y todo va bien, tu paladar sigue degustando un sabor entre dulce y salado muy agradable. Y, a pesar de que no seas partidario de ponerle etiquetas a las emociones, porque crees que eso hace que pierdan toda su complejidad y sus matices, te permites, en la intimidad, llamarlo felicidad. Te imaginas una conversación con alguien que acabas de conocer, alguien que está tratando de saber más de ti y te pregunta ¿cuál ha sido la mejor etapa de tu vida? Lo primero que te pasa por la cabeza es la respuesta que más veces has escuchado "lo mejor está por llegar", pero, por supuesto, no lo dices. Sonríes y piensas en lo absurdamente programado que tenemos el cerebro para la insatisfacción constante. Alguien te dice que es la manera de que siempre estemos buscando mejorar. Y tú le miras y le dices que si vives esperando que llegue siempre algo mejor ¿cómo vas a reconocerlo cuando lo estés viviendo? Ahora estás bien, este es un buen momento. Tienes amor. Y tienes trabajo y tienes aspiraciones y proyectos, ilusiones, planes, objetivos, sueños. Y tienes algo muy grande que se llama familia y amigos que respetan que seas tan solitario. La vida va bien. Has aprendido muchas cosas, no eres ya tan visceral, aunque guardes algo de ese tesoro descontrolado para ocasiones especiales. En tu cabeza está todo almacenado, no has olvidado a las personas que te han querido bien, las que te han querido regular y las que te han querido mal. Tienes esa mente capaz de expresar cierto orgullo cuando piensas en los malos momentos que has pasado y, al mismo tiempo que echas la culpa a otros, tu cabeza te dice que tú también lo hiciste fatal. Y lo reconoces. Ahora, que todo va bien, también haces cosas mal. Y sientes angustia, insatisfacción, presión, conflicto, frustración. Tu positivismo juega al bingo cada mañana para saber con qué problema lidiará hoy, con qué sensación, con qué grado de pesimismo. Quizá por eso nunca has sido una persona de humor lineal, ni de alegres despertares. Pero, ahora que la vida va bien, de vez en cuando hay mañanas dulces y tranquilas, en que la persona que más has querido en tu vida, te abraza y te mira y te prepare un buen café como a ti te gusta. Y ya está, te explota el corazón. Tu probeta de la felicidad va hasta los topes de líquido inmune y sales de casa a ver qué te depara el día, vas lanzando liquido inmune por aquí y por allá, cuando algo te molesta, cuando tienes un pensamiento negativo sobre ti mismo, cuando se te enquista una injusticia, cuando te abruma la ignorancia, cuando todo es un sin sentido, cuando no sabes por dónde tirar, cuando te proponen estupideces, cuando te ataca la contractura de la madurez, cuando la sociedad decide por ti cuál es el momento adecuado, cuando te sientes solo en una lucha interna extraña, innecesaria y corrosiva. Hay días en que vuelves a tu nido con el líquido inmune prácticamente intacto y otros a niveles muy bajos. ¿Cuál es tu suerte entonces? Que ahora sabes cómo generar más líquido inmune, lo sabes y hay días en que lo fabricas y otros en que no te apetece. Y no pasa nada, porque has aprendido a conseguirlo, has descubierto su composición y ahí reside la fuerza de tu felicidad.

viernes, 8 de septiembre de 2017

No seas cretino

A ti cretino,
Personaje de cuestionado bagaje cultural y, sobre todo, emocional. Tú que haces más ruido que cien personas mentalmente sanas y respetuosas. Tú que no conoces filtro, ni empatía. Tú, que te sientes superior porque sí, que piensas que sólo hay una manera de vivir la vida, la tuya, la que calificas de "normal", una vida de mente vacía y boca llena (de veneno). Tú, que me miras el culo cuando paso, como si eso me tuviera que hacer sentir realizada, y me silbas como si fuera ganado. Tú, que te ríes con tus amigos a costa del papel de segundona que la mujer se ha visto obligada a desempeñar en la sociedad gracias a la cantidad de machismo con el que nos habéis enterrado en vida. Tú, que cobras más, que gozas de un rol social superior, compartes palmaditas en la espalda con los que menosprecian al que se sale de "la norma" (religión mediante). Tú, cretino, has estigmatizado la regla, provocando que tengamos que escondernos cuando de repente empezamos a sangrar y nos retorcemos de dolor durante días enteros. Tú, cretino, has estigmatizado el embarazo, provocando que tengamos miedo de anunciar a nuestros jefes que vamos a traer vida a este mundo, esa vida que dentro de unos años pagará tu pensión. Esa vida que descubrirá la cura de tus enfermedades futuras, ESA VIDA. Tú, que dices que una mujer sin depilar no es atractiva, que un hombre no puede amar a otro hombre, que sexualizas la desnudez y luego la censuras, que decides que es más entretenido el deporte masculino que el femenino, que etiquetas, empaquetas y sellas a cada persona según tu vergonzosa base de estereotipos retrógrados. Tú, que llamas "nenaza" al hombre que muestra sus sentimientos y debilidades y "marimacho" a la mujer que realiza actividades que consideras sólo aptas para el género masculino. A ti, que eres como un virus, que a veces te manifiestas en forma de persona y otras en forma de comentario o acto, te deseo la extinción. Ojalá te quemes en el fuego que enciendes cada vez que degradas todo aquello que merece ser exaltado, admirado y respetado.

domingo, 27 de agosto de 2017

Ricky

-Ricky ¿qué haces?
-Nada, aquí.
-¿Y ese vaso? ¿Estás bebiendo?
-¿Quieres?
-¿No es un poco pronto?
-Es domingo
-Ya veo.
-¿Quieres?
-Aún no he desayunado
-Ya...
-Llevas la camisa de anoche
-Me gusta esta camisa
-Acabas de llegar ¿no?
-Sí.
-¿Qué hiciste?
-Pensar una barbaridad en ti.
-¿Cómo?
-Estuve en el bar de Luís...
-Ah, sí. Recibí tu mensaje, pero estaba ya en la cama...
-Te perdiste una gran noche.
-Ahora entiendo todo esto...
-¿El qué?
-Este cuadro...
-¿De Manet?
-De Miró
-¿Quieres ver un cuadro?
-¿Qué haces?
-Tengo calor
-¡Siempre igual!
-Como si nunca me hubieras visto sin camisa...
-Necesito un café ¿quieres?
-Sí, esta copa está aguada
-¿Qué se cuenta Luís?
-No hemos hablado en toda la noche... En realidad no estaba...
-¿Y por qué fuiste allí?
-Porque la camarera me invita a copas
-Lidia... Entiendo...
-¿Esta marca de café es nueva?
-Es la de siempre
-Ah.
-Pero, entonces ¿has estado toda la noche bebiendo en el bar de Luís sin Luís y con la camarera de
Luís?
-En efecto
-¿Toda la noche?
-Sí.
-¿Allí?
-Así es.
-¿Sin moverte?
-He ido al baño un par de veces...
-Muy gracioso... ¿Te gusta Lidia?
-Sí, es maja y me aguanta toda la noche... ¡Un momento! ¿Te estás haciendo tostadas y no me ofreces?
-Háztelas tú.
-¿Te pasa algo?
-No.
-¡Vámos que no! ¿Te molesta que me guste la camarera de Luís?
-No.
-¿Ni un poco?
-¡Que no!
-Un poco sí... venga...
-¡Eres idiota! Ahora te pones tú el café...
-¡Pero no te enfades!
-¡Que no me enfado! ¡Serás pesado! ¡Déjame en paz!
-¿Sabes de qué hemos estado hablando?
-No me interesa.
-Te lo voy a contar igualmente.
-Me da igual...
-De si para ser un gran artista tienes que estar medio loco y de ti.
-Claro que tienes que estar algo loco para ser creativo, eso lo hemos hablado mil veces, las personas creativas tienen una sensibilidad distinta al resto...
-Y de ti.
-¿Le has contado que soy la peor compañera de piso que has tenido?
-Sí.
-¡Perfecto! Así no me verá como competencia...
-No creo que lo haga, le gustan las mujeres... Por eso hemos hablado de ti.
-¿Qué? Desarrolla este tema...
-¿Por qué crees que voy tanto al bar de Luís? Si Luís es más amigo tuyo que mío...
-Luís es amigo de los dos.
-Pero me lo presentaste tú.
-Eso sí. Pero os caéis bien.
-Bueno, le soporto... Pero... ese no es el tema.
-¿Entonces? ¿Esto tiene que ver con el mensaje indescifrable que estoy leyendo en mi móvil ahora mismo?
-Sí.
-Me estás tomando el pelo... Estás de resaca...
-Aún no.. Y no creo que lo esté... Lidia no me ha dejado beber demasiado. Decía que debía estar centrado...
-¿Centrado para qué?
-Para decirte que voy al bar de Luís porque es el único sitio al que te gusta ir cuando sales por la noche...
-Es que me deja poner la música que quiera...
-Lo sé.
-Y nos invita de vez en cuando...
-Y está claro que a Luís le gustas...
-¿Tú crees?
-¿Recuerdas aquella noche en que te llamé para que te bajaras y hasta que no te mandó un mensaje Luís no viniste?
-No me acuerdo de eso...
-Yo sí.
-Qué rencoroso ¿no? Ya sabes que me hago de rogar a veces.
-Lo sé y no puedo entender por qué también me tiene que gustar eso de ti.
-Es la primera vez que me dices que te gusta algo de mí.
-¡No es verdad!
-Sí.
-Deberías estar en mi cabeza... Ese pijama que llevas también me gusta mucho...
-¡Venga! No te burles.
-¿Te gusta Luís?
-Sí, es majo y me aguanta toda la noche...
-Ja-ja muy graciosa...
-¿Te molesta?
-Si a ti no te molesta Lidia, a mí no me molesta Luís.
-¿Qué pasaría si me hubiera molestado lo de Lidia por un segundo?
-Que me parecerías más adorable si eso es posible...
-A mí no me gusta Luís, no de la manera en que me lo preguntas...
-En realidad antes no estaba bebiendo, era agua...
-No sé si esa era la contestación que quería.
-Y no me he pasado la noche en el bar de Luís. Sólo un rato. El resto de la noche he estado sentado en el sofá esperando a que te despertaras.
-Lo sé, te escuché llegar, pero no sabía si estabas solo o con alguna muy silenciosa...
-De verdad ¡qué tonta eres!
-Ya...
-¿Nos duchamos y salimos a dar una vuelta?
-Vale ¡tú primero!
-Voy a poner música... El domingo no empieza bien si no nos pegamos un baile.
-Pero ponte la camisa...
-No.
-¡Eres insoportable!
-Me encanta bailar contigo
-Y a mí.




viernes, 11 de agosto de 2017

Mi padre

Yo no soy la mejor hija. Siempre escurridiza, algo antisocial y, por supuesto, intrínseca, de la manera más cerrada y solitaria posible. No soy de ese tipo de persona que está siempre encima de los demás, que les hace la vida más fácil, que se acuerda de llamar, de preguntar, de aparecer, de quedarse. Yo no soy la hija perfecta y sin embargo, no sé por qué motivo, tengo el amor más grande que nadie puede tener, el amor incondicional de mi padre (y de mi madre, sin duda, pero hoy voy a hablar de él, porque es su día y merece que su hija, la que habla poco, le dedique algunas palabras en el formato que mejor se le da).
Él, siendo uno de los hombres de mi vida, merece que yo sea la mejor hija posible y, sin embargo, siento que es capaz de aceptarme tal y como soy, un torpe desastre que va y viene con las emociones a flor de piel y la cabeza quemando engranajes. Siempre en un segundo plano, tiene el don de mejorar mi vida sin decir nada, sin pedir nada, sin protagonismo ninguno. Seguramente haya heredado de él más cosas de las que pienso, ojalá entre ellas estén su fortaleza, su tenacidad y su inteligencia. Él me ha enseñado a ser curiosa y a intentar con todas mis fuerzas hacer lo que me gusta y perseguir mi felicidad por encima de todas las cosas. No somos una familia de película, de grandes discursos reveladores, somos una familia de semillas, de pequeños gestos que van germinando hasta crear sensaciones. Como la sensación de protección, la de bienestar, la de calidez. Como la sensación de no estar solo, de tener una roca a la que agarrarse cuando el temporal te arrastra a alta mar, la de caerse y levantarse con ese bastón de apoyo que siempre te sigue pero que no ves hasta que ya estás en el suelo. Y este es el amor más grande que jamás conoceré, el que me dan desde el día en que nací y llené sus vidas de mis rarezas. Tengo el recuerdo fascinante de los dibujos que hizo mi padre en su juventud, de las poesías que escribía y un día me leyó, su letra manuscrita, su amplio vocabulario, su educación, su saber estar, su seriedad, su forma de curarme las heridas y creer en mi. Decepcionarle siempre ha sido uno de mis mayores temores, aunque él se encarga de que sepa constantemente lo orgulloso que está de mí. A veces pienso que no me los merezco pero, no os voy a engañar,  he tenido mucha suerte en esta lotería del amor, me lo he llevado todo.

domingo, 30 de julio de 2017

Te estoy esperando

Te estoy esperando mientras como cerezas al lado de una ventana. Atardece, la brisa es cálida y hay perros bonitos andando por el paseo. Las copas de los árboles hacen ese ruido tan hipnótico al ser balanceadas por el aire. Me gusta esta soledad y, sin embargo, sé que te estoy esperando. Si mis pensamientos fueran páginas de una novela, en la primera pondría "Todo esto estaba en blanco y ahora estás tú". Estás tú, por todas partes, y está mi forma extraña de decírtelo. Me abruma lo convencional, tú lo sabes, lo sabes todo sobre mí, has tenido más tiempo que nadie para estudiarme, para verme de cerca y a distancia. Estoy convencida de que sabes que si todo hubiera sido perfecto desde el minuto uno, no hubiéramos sobrevivido al aburrimiento. De vez en cuando salgo de mis pensamientos para afinar el oído, tratando de escuchar tus llaves en la cerradura. Y, aunque sepa que es imposible, nunca pierdo esa chispa de emoción de volverte a ver cuando menos lo espero. "Cuando menos lo esperas" es el título de nuestra larga y accidentada historia que termina y empieza aquí, en este punto justo en el que como cerezas al lado de la ventana ¿Qué sería de mis historias sin ti? Ya ni recuerdo cuánto hace que te hiciste musa, que te hice musa. Nadie tomó la decisión y, sin embargo, fue la más acertada de todas. El punto de inflexión hacia una manera de saborear la vida de la que no tenía conocimiento prévio. Así que, aunque sea pésima en el arte de esperar, a las musas se las espera todo lo que haga falta, siempre.

domingo, 23 de julio de 2017

Con las prisas

Estoy un poco cansada de este mundo de tanta prisa y tanta ignorancia. Me he dado cuenta de que cada vez me cuesta más opinar en voz alta sobre lo que ocurre a mi alrededor. Y no es porque no tenga una opinión sobre todo, que la tengo, a veces mi cabeza es un entramado de opiniones diversas sobre el mismo tema que me cuesta desenmarañar. Ni yo, ni mi cabeza podemos entender cómo alguien puede ser capaz de expresar una opinión al segundo de que algo salte a la luz. Cuando yo no paro de darle vueltas al mismo asunto durante días. Maldigo a la inmediatez, a la moda del que llega antes lleva la razón, a la hipocresía de lo superficial. Cada día encuentro más razones por las que no querer exponer mis opiniones y, sin embargo, creo profundamente en que necesitamos personas y profesionales que piensen, que razonen y que opinen desde el conocimiento.

¿Desde cuándo pensar se ha vuelto una lacra? ¿Cuándo fue la última vez que te quedaste pensando un rato sólo por el placer de pensar? ¿Cómo puede tan increíble don ser a la vez tan desaprovechado y tan despreciado? No pienses, actúa. Claro que sí ¡házlo! Pero cuando se trata de compartir ideas y opiniones, piensa, por favor. Piensa sólo en una cosa: ¿tienes toda la información para tener una opinión firme y fundamentada? Quizá sea por mi formación, a veces lo pienso, me habré convertido en una idealista. Puede que por ser periodista trate de ver las cosas desde todos los puntos de vista y, si no soy capaz de verlas, no puedo defender una opinión con toda la convicción. Pero ¡qué demonios! prefiero ser una idealista a ser una ignorante que no le da ninguna importancia a pensar un poco en lo que dice. A veces leo cosas que hacen que me enfurezca y me entristezca y me frustre. Cuando miro a mi alrededor y veo cuánto reconocimiento tienen unos y qué poco tienen otros, cuando veo lo distorsionada que está la escala de méritos sociales, me pregunto ¿a qué parte de la sociedad quiero pertenecer: a la que se le da una categoría superior por sus banalidades? Parece que hoy en día sólo puedes llegar a las masas por un camino, un camino que, cuanto más investigo, menos me gusta. Y con las prisas y el desencantamiento general, se me olvida que lo que me gusta es escribir y ya está. 

domingo, 9 de julio de 2017

Querido Jaime

Querido Jaime,

Ya van unos cuantos meses en los que no me meto en tu vida. Perdóname. He estado un poco ocupada poniendo en orden la mía. No quiero que creas que, en este tiempo, he dejado de pensar en ti. Eso nunca podría ocurrir, eres parte de mí, lo has sido desde el primer día en que escribí tu nombre en aquella página en blanco. Te llevo en mi cabeza y te imagino a diario, haga lo que haga. Te pongo en distintas situaciones y analizo todas tus posibles reacciones. Estoy tan enganchada a ti como lo estoy de la persona que inspiró tu creación. La vida da tantas vueltas, Jaime, pero qué te voy a contar a ti, si no he parado de marearte desde que apareciste en el mundo de las palabras hace unos cuantos años ya. Recuerdo aquellos inicios, cuando nos encontrábamos en la biblioteca de la plaza Lesseps. Subía cada mañana andando, con cara de sueño y ansia viva por estar contigo de nuevo. Me sentaba en una mesa y miraba instintivamente por la ventana para verte, tan meticulosamente aislado de las emociones, tan perdido, tan egoísta. Tenía claro, por entonces, que el antídoto a tu veneno eras tú mismo y mi reto era hacértelo ver. Fueron meses intensos: tú luchabas por sobrevivir ante cada abismo que ponía bajo tus pies y yo, te retorcía hasta exprimir el jugo de tu esencia. Jaime, me enseñaste tanto. Me enseñaste que si lloras cuando escribes, es posible que alguien llore al otro lado de la lectura contigo. Que si se te encoge el corazón mientras cuentas una historia, a alguien se le encogerá cuando la lea. Que si amas algo por encima de cualquier otra cosa, da igual el tiempo que pases sin dedicarle tu atención, siempre terminas en sus redes. A mí me pasa contigo, eres la persona de ficción más importante de mi vida. Mi amor por ti supera todas las expectativas. Ahora mismo te tengo colocado entre las cuerdas, en la historia que nos ha reunido de nuevo, que me ronda en la cabeza desde que puse el punto y final a El cohete azul. Ahora mismo te tengo atrapado, te agarro fuerte, porque sé que puedo sacar más y más de ti, del hombre en que te has convertido, del hombre que serás. Me encanta verte crecer, en paralelo a mi crecimiento, juntos de la mano, seremos más fuertes. Y el día en que alguien se enamore de ti como yo lo estoy, seré feliz, porque eso significará que ven en ti lo que yo veo, que no es más que un tesoro entre mis dedos.

sábado, 1 de julio de 2017

Eres todas las canciones alegres

Antes eras todas las canciones melancólicas y ahora eres todas las canciones alegres. Te miro como si estuviera viendo un atardecer en Marte, sin venir a cuento, sin previo aviso. Me pregunto cómo puedes brillar tanto en los momentos más banales. Una vez te dije que quería todo lo cotidiano contigo, lo más aburrido de la vida, la rutina, lo que todo el mundo hace, lo que todo el mundo planea hacer, lo que todo el mundo... eso y, por supuesto, todo lo demás. Sigo en Marte, viendo atardecer. Y me acuerdo de las veces en que nos hemos entretenido con cualquier cosa, la más sencilla, a veces, hasta la más tonta. Me acuerdo de haber reído hasta hacer caer lagrimones por mis mejillas. Recuerdo pensar en lo difícil que es llegar a los buenos momentos y lo fugaces que son. Sé que después de un buen día habrá otro contigo, pero me recuerdo a cada instante que es importante que inspire todas las sensaciones, que las saboree con pausa y recreándome. Nadie sabe cómo será el después, pero sí el ahora, el ahora son todas las canciones alegres.

martes, 20 de junio de 2017

¿Cuántas veces has perdido el control?

¿Cuántas veces has perdido el control? Y, tras innumerables tropiezos, sigues pensando que "ahora va a ser diferente". Aunque no lo digas en voz alta y te hagas el insensible ante los demás, el incrédulo, el escéptico. Y les digas que esta vez no vas a creerte nada, que todo ha cambiado, que ya no sientes lo mismo. Puedes hablar todo lo que quieras, desgasta tus cuerdas vocales diciendo lo que se supone que debes decir, lo que tus amigos quieren escuchar, lo que tu familia está harta de aconsejarte, lo que es mejor para ti. Les dices que ahora piensas primero en ti y que nadie se merece que pases por lo que has pasado. Díselo y créetelo mientras lo digas. Siente como las palabras engordan tu tibieza interior y te envalentonas a cada conversación sobre "lo mismo" que tienes con los demás. Luego ve a casa y desnúdate, despójate de toda esa falsedad, sácatela a tiras como el pegamento que se mimetiza con la piel.
En compañía de tu soledad puedes dejar de aparentar. Durante un rato te lo has llegado a creer, has sonreído al pensar que, por fin, ya no te importaba, que nada de lo que te pudiera decir iba a sacudirte las entrañas y te iba a tener pendiente de lo que viniera después. Te lo has creído sin creértelo, porque eres bipolar en lo que a este tema se refiere. Tú, el racional, el que tiene un buen consejo para todos los casos, el que amuebla cabezas a su paso, tienes la tuya patas arriba. Sabes muy bien lo que deberías hacer y sabes muy bien lo que vas a hacer, tu cerebro te proporciona más información de la que tus emociones son capaces de digerir. Por un lado se ocupa de actualizar tu memoria y nutrirte de un buen arsenal de malos recuerdos que te comprimen el estómago y despiertan una tortuosa sensación de angustia permanente, por otro, sopla los malditos polvos de la esperanza que lo cubren todo. Así que tu cabeza es un caos de purpurina en vendaval, rayos, truenos y unicornios. Y vas a perder el control otra vez. Desmontarás todo lo construido. Vas a culpar a todo lo que no tiene que ver contigo de esta catástrofe, pero sólo tú has dejado que pasara. Lo curioso es que lo sabes, perfectamente, tu bipolaridad te permite echar balones fuera para luego rebotar en tu cara. Te llevó muchas horas construir esta fortaleza que nadie ha podido franquear excepto una sola persona, en un instante, en un mensaje, en una simple señal de vida. Dices que eres agnóstico pero en realidad eres un creyente, devoto de las emociones fuertes, del empeño, de la cabezonería máxima. Sigues tu instinto, has perfeccionado el arte de la recuperación por repetición y hay algo que te dice que tienes que seguir ese camino, que ahí está todo, que no hay recompensa sin sacrificio.

sábado, 20 de mayo de 2017

Todo quedará en nada

Te arropas entre las sábanas, tratando de seguir dormido a pesar de toda esa luz que entra por la ventana. Anoche olvidaste bajar las persianas y hoy te arrepientes de esa última copa que tomaste pensando en ella. De repente viene a tu mente una canción que creías olvidada, una canción que te hace sentir nostálgico, pero, a pesar de lo triste de su letra, la energía de la melodía te electrifica los músculos. La susurras mientras cierras el puño derecho con fuerza, enfatizando el momento de éxtasis musical ¿Cuánto tiempo hace que no escuchas ese tema? Tanto como el que llevas tratando de olvidarla. Quieres no creer en las señales, frunces el ceño contrariado porque te jode hacerlo. Al fin y al cabo, qué son las señales sino el deseo de hacer algo que nos aterra. Revisas tu teléfono, las ganas que tenías anoche de verla no se te han olvidado, aunque no sepas ni como llegaste a casa. Por suerte no le mandaste ningún mensaje, ninguna foto, ninguna señal de vida. Y eso también te jode, porque, en el fondo (y nunca se lo dirías a nadie) deseas tener el valor de decirle que la echas de menos, aunque sea borracho, aunque sea por mensaje, aunque sea de la peor manera. Y sigues pensando en cómo esta canción te habla a ti, para decirte que no se puede olvidar lo que no se quiere olvidar. Tu piso está vacío, hay restos del festín en la mesa y huele a exceso todavía. Te levantas porque no te queda otra y te sientas en el sofá derrotado. Maldita canción, piensas. No vas a llamarla, porque esta no es una historia de esas, de las que acaban bien en el momento en que tienes una revelación. Esta es una historia de decisiones mal tomadas y empujones desperdiciados. Algún día os volveréis a ver y le dirás, porque ya no importará, la de veces que estuviste a punto de llamarla para decirle lo que realmente pensabas. Y ella te mirará en silencio y todo quedará en nada.

martes, 9 de mayo de 2017

El rescate

Te encontré cuando todavía no sabías que te habías caído y, sin embargo, te lancé mi cuerda, como si el mero hecho de hacerlo tuviera que ser una revelación para ti. Yo, y mis ganas de no equivocarme, nos embarcamos en una travesía sin atender la amenaza de tormenta. Lo sentía en mi estómago, y si lo decía mi cuerpo no podía ser algo baladí. La graduación de mi cerebro no enfocaba bien tus señales. ¿Podría haberme dado cuenta de lo que no quería darme cuenta? Si te hubiera tenido delante más a menudo, lo habría escuchado de tu boca y habría corroborado la contradicción en tus ojos. De haber sabido antes que no se puede rescatar a alguien que no se sabe en peligro ¿mis huellas habrían marcado otra dirección? Era tu zona de confort la que se volvía en tu contra y yo trataba de dibujarte el mapa que te permitiera escapar de allí a toda velocidad. Te conté mis trucos para cazar fantasmas y ver a través del miedo. Con todo, dejaste que te alcanzaran las sombras, como un fuerza de la naturaleza inevitable. Puede que dudaras al llegar a la primera bifurcación y a todas las que siguieron. Pero no encontraste en la duda la fuerza, solo un rumor, a veces molesto, a veces fuente de alivio, un salvoconducto que quizá algún día pudieras usar. Te acomodaste en tu escondite, lo empapelaste con excusas y remordimiento. Con el tiempo, la cuerda que te lancé se deterioró, y no fue hasta el momento en que la agarraste y la viste deshacerse entre tus dedos, cuando fuiste consciente de lo agónico de la pérdida. Y te rescataste, construyendo un puente donde el camino se había convertido en un abismo. Y al cruzarlo, encontraste mi camino y te quedaste esperando a que llegara.

martes, 2 de mayo de 2017

Quédate

Todo lo que quiero decirte cuando te vas se resume en una palabra: quédate. Quédate, porque no hay otro lugar en el que un abrazo pueda ser más reconfortante, una risa más alegre y un beso más apasionado. Quédate, porque sólo nosotros sabemos el auténtico significado de nosotros. Quédate y jugamos a escuchar las conversaciones de la gente en la calle e inventarnos sus historias. Quédate y saco unas cervezas frías y comemos patatas con limón y pimienta. Quédate y deja que te observe por encima de mis gafas mientras escribo y pienso en lo guapo que eres. Quédate y dime que el amor no es una debilidad, es una fortaleza y que en este tablero sólo gana el más valiente de todos los valientes.

jueves, 6 de abril de 2017

Adicciones y cosas raras

Abro tu maleta a escondidas. Y, aunque estoy segura de que estoy sola, me sobrecoge la tensión de que me vayan a pillar en cualquier momento. Miro a los lados con el apuro del que sabe que está a punto de hacer algo, cuanto menos, inquietante. Observo tus cosas, pocas y perfectamente ordenadas y suspiro de emoción, como si aquello fuera un regalo sorpresa y yo tuviera seis años. Me paro un instante en esa sensación. Todo lo que tiene que ver contigo me hace temblar, me fascina y me aterroriza sin coherencia ninguna. Soy una kamikaze cuando estás cerca, me lanzo al abismo ante cualquier señal de "vía libre", es como si me inyectaran adrenalina directamente en el corazón y perdiera totalmente la cordura. Me siento al límite todo el rato, pisando la línea, a punto de caer y darme la hostia de mi vida. Soy muy consciente de ello y, sin embargo, me la juego una y otra vez, como si me diera igual cualquier tipo de consecuencia, como si al final fuera a descubrir, de repente, que puedo volar. Estoy delante de tus cosas y me muerdo el labio, sonrío nerviosa, nunca había hecho esto, nunca. Cojo un jersey, el que está más a la vista, sin remover demasiado para no dejar pistas. Me lo acerco a la cara, cierro los ojos e inspiro. Ese olor hace que mi cabeza de vueltas y la sangre se me vuelva más roja y más líquida y me recorra el cuerpo a tal velocidad que estoy a punto de desmayarme. Siento pinchazos en la piel, como si mis poros se estuvieran dilatando para exudar toda esta alegría contenida que me emborracha. Y sólo es tu jersey. Cuándo me convertí en una psicópata, me pregunto. Pero disfruto de este momento en el que me puede la adicción a tu aroma, ese único, que me trae tantos recuerdos. Enseguida me invade el pudor y lo dejo todo tal y como estaba. Apuro los minutos de soledad recreándome en mi locura transitoria. Te voy a ver en unas horas y me comportaré normal, algo distante y manteniendo la compostura. Tú me mirarás y no sabré si lo haces porque me deseas o porque sabes que estoy loca y hago cosas raras. Espero que sea lo primero.

miércoles, 5 de abril de 2017

No te olvides de mí (ti)

Te recuerdo bajo la lluvia, mirándome fijamente helada frente a aquel escaparate. Te recuerdo tan al limite de emociones que parecía que ya no podías sentir nada. Ardías. Las gotas de agua se evaporaban al contacto con tu cuerpo. Me preguntaba qué había pasado, por qué todo parecía desmoronarse una y otra vez. Cuándo los días se habían convertido en batallas de una guerra estúpida contra ti misma. Por tu sonrisa sarcástica supe que estabas pensando alguna barbaridad, como que nada de lo que hacías tenía ningún valor, que eras mediocre ¿Realmente lo eras? Yo no lo creía. Aunque, está bien, reconoceré que cuando las personas que quieres que te vean, no te ven, la sensación puede ser desesperante. Pero yo te veía, te veo siempre. Eres mi inspiración diaria. Te apoyo, te animo, te empujo cuando no te atreves. Invertiré toda mi fortaleza en levantarte si te caes, las veces que haga falta, aunque dejes caer todo tu peso hacia abajo, haré lo que sea. Si quieres llorar, llora cuanto necesites, aquí estaré para hacerte sonreír después. No me iré a ninguna parte. Te he acompañado y te acompañaré hasta el final. Aunque a veces no quieras verme, estoy ahí, en tu propio reflejo. Soy la parte de ti que nunca se rinde, que sigue golpeando ese muro sin descanso, hasta el día en que se rompa y puedas atravesarlo. No te olvides de mí. No te olvides de ti.

lunes, 3 de abril de 2017

El cuadro

Miro el cuadro que colgaste, el que colgaste para mí, y pienso en lo bonito que es tu amor y en lo traicionera que es mi mente. Estuvo un tiempo aparcado, hasta que un buen día decidimos su ubicación, así, como quien no quiere la cosa, sin importar que hubiera estado esperando varios meses a que nos atreviéramos a dar el paso. No sé si soy yo, que veo metáforas por todas partes, o esto tiene muchos paralelismos con nosotros. Nosotros y nuestra manera de amarnos despacio y rápido y despacio y rápido, olvidando, a veces, todo lo que hemos llegado a esperar. Cuando nuestros caminos se han cruzado, y lo han hecho muchas veces a lo largo del tiempo, nunca hemos sabido dónde colocar al otro en la ecuación y hemos terminado dejándolo a la espera en cualquier sitio, con la esperanza de que el tiempo nos situara a ambos en el lugar que deseábamos. Y deseábamos ir hacia el mismo destino pero lo hacíamos a ritmos diferentes, por caminos separados, con obstáculos que nos aceleraban o nos atrasaban según la ocasión y nunca acorde el uno con el otro. Al final, el cuadro, hoy, está donde queremos que esté, no sabemos si en el futuro deberemos moverlo o lo dejaremos ahí. Lo que yo sé es que ese cuadro, cargado de simbolismo, cargado de mí, de mi creatividad y mi yo sin ti, siempre me recordará lo grande que es nuestra historia y lo llena de cicatrices que está, imperfecciones que le dan las pinceladas de la realidad que necesitamos para seguir creyendo en esto. No somos un cuento de hadas, menos mal. Nunca hemos sido convencionales, es más, diría que primero nos enamoramos y luego nos conocimos y nos enamoramos más. Si el tiempo me ha dado algo, es la capacidad para querernos tal y como somos, totalmente imperfectos, con las debilidades a flor de piel y los tropiezos constantes. Sabes que conmigo nada es fácil. A veces pienso que, tras esa capa de sosiego y sencillez, te encanta complicarte ¿Por qué ibas a elegirme sino? Seguramente en eso nos parezcamos. Y tantas veces te digo que no sé si nos conocemos suficiente, como tantas veces soy capaz de leer tu mente y saber si estás bien o mal, nervioso o totalmente relajado. Te siento sobre y ante todo. Siempre me has transmitido códigos que sólo sé leer yo. Aún en los peores momentos, muy dentro de mí, lo sabía. Pero sigo forzando situaciones para que salga de ti y me recuerdes una y otra vez que estamos colocados de manera correcta en el lugar ideal.

viernes, 31 de marzo de 2017

El amor pasado por sexo

Ojalá amar fuera tan fácil como follar. Debería serlo. Sin dramas, sin ética, sin moral. Sólo piel empapándose de piel, sólo cuerpos desnudos libres de tabúes. Lágrimas de placer y sótanos húmedos. Éxtasis sostenido y gemidos en agudo. Sin complejos y sin complejidad. La vida es sana si el sexo es sano. La vida es mejor si el sexo es bueno. Sonríe, la persona que te dé el mejor sexo será la elegida, te vas a enamorar. Y lo harás porque no hay nada más íntimo y sincero que quitarte la opresión de encima y quedarte sólo con lo esencial. Folla implicando a todas tus tropas, entrégate a todo lo que te da placer, a todo lo que te eleva y te evade. Date por satisfecho y satisface, diviértete y divierte, vuela y haz volar. Esa es la verdadera complicidad. Todo lo que creéis en esos momentos, se extrapolará a tantas otras situaciones que viviréis. Y el abanico que mantendrá el fuego vivo nunca dejará de agitarse.

lunes, 13 de marzo de 2017

Los dos

En ese momento solo éramos tú y yo y las ganas de que nuestros sueños se hicieran realidad. Viniste a despertarme a las siete de la mañana. Aún siendo yo más pequeña, ingenua y fácilmente ilusionable, fuiste tú el que no podía dormir. Me tocaste la cara susurrando mi nombre varias veces hasta que lograste que abriera los ojos. Estabas ahí, mirándome, lo recuerdo perfectamente. Aún veo el brillo en tus ojos y esa sonrisa pícara de cuando levantabas sólo una comisura de tus labios. Entonces mi estómago distribuyó nervios por todo el cuerpo y me activé de repente. Tú te metiste en mi cama y me preguntaste si habrían venido los reyes. Yo te dije que no lo sabía pero que era muy pronto y que estaba mal que despertáramos a nuestros padres. Tú me dijiste que sí, que nos quedáramos en la cama un poco más. Pero no aguantábamos, porque los dos estábamos hechos de la misma madera, nuestra sonrisa mostraba su mejor versión cuando nos ilusionaba algo, y esa mañana todo era sonrisa y ojos abiertos y ganas de despertar a las dos personas más importantes de nuestra vida para descubrir la transformación de todo su amor por nosotros en paquetes debajo de un árbol. Y no eran los regalos, era el ritual familiar y la felicidad y las risas y las alegrías. Los abrazos de agradecimiento, las invitaciones a jugar. Nos encantaba descubrir los misterios detrás de cada envoltorio, éramos así, yo sigo siendo así. Ninguna incógnita se me puede resistir. Y aunque no lo pienso siempre, sigues en mí, en cada cosa que hago y lleva el sello de lo que aprendí de pequeña, cuando estaba contigo. No sólo perderte me ha hecho la persona que soy, también crecer contigo, aprender contigo, compartir cada día de mi vida hasta la adolescencia contigo, me ha hecho la persona que soy hoy. Cuidaste mi niñez siempre, protegiendo mi inocencia hasta el último momento. Te debo muchos de mis valores y te debo querer ser siempre mejor. La vida sin ti es pura contención emocional. Y a veces los muros de la presa que sostiene la intensidad sentimental no pueden con la presión y tienen que dejar fluir parte del contenido. Y esa bocanada llega de golpe, sin previo aviso, destruyendo los diques colocados como último recurso. Las mareas del amor perdido vuelven una y otra vez. Y siempre termino pensando lo mismo, qué pena haberte perdido y qué felicidad haberte conocido.

viernes, 3 de marzo de 2017

Un momento

Te miras en el espejo, con la música a todo volumen y esa actitud de videoclip de los noventa. Seria, desganada y con las ojeras pidiendo a gritos tres meses de siesta por prescripción médica. Te abalanzas hacia la sensación de ser una estrella de la música, con tu ropa interior hecha una bola a modo de micrófono y una guitarra imaginaria. A pesar de tu demacrado aspecto, ese tema se te va metiendo dentro expandiéndose de inmediato como el virus de aquel niño que estornudó a tu lado en el autobús y te tuvo sin voz una semana. Te sabes este tema, lo has puesto un centenar de veces y en cada una te has imaginado el escenario donde tus movimientos sugerentes son el centro de atención. Te vas haciendo grande, de menos a más en pocos segundos. Te tocas el pelo con sensualidad programada, te sabes al dedillo las subidas y bajadas en la melodía, cada vez estás más adentro, y empiezas a sentirte menos desastre. Las ojeras siguen ahí, pero la actitud les hace sombra. Vas a comerte el mundo mientras dure esta melodía en tu cabeza. Estás dentro de esa burbuja que amortiguará todos los latigazos que te haya preparado la vida para hoy. Vas caminando con tanta decisión que imaginas cómo tiembla el suelo bajo tus pies. Todo va de cara, todo va bien. Casi no tienes sueño ya. Bueno, un poco. Pero lo superarás. Hoy lo superarás todo.

martes, 7 de febrero de 2017

Lo prohibido

Aquel día ambos se despertaron con una energía distinta. Los dos sabían perfectamente a qué se debía ese cosquilleo en el estómago, esa falta de concentración, esa imposibilidad de quedarse quietos. Aquel día iban a ocurrir cosas, cosas que los dos intuían, porque no era la primera vez que se lanzaba ese anzuelo al mar, pero no se atrevían a intentar siquiera adivinar. Lo incierto del devenir de los acontecimientos hacía crecer una expectativa tan inevitable como inconveniente. Ella cerraba los ojos y trataba de imaginarse la escena que la vida retorcida habría preparado para ellos aquella noche. Él evitaba pensar, aunque su cuerpo le lanzaba advertencias en forma de espasmos. Ambos se sentían presa de un guión aún por escribir pero del que existían demasiados borradores. Y el día pasó lento y la noche llegó tarde. Tan tarde que ella cambió varias veces su atuendo presa de la ansiedad  y él fumó más cigarrillos de los que acostumbraba. Se encontraron en el mismo contexto que las demás veces, rodeados de desconocidos pretendiendo ser conocidos. No era un mal ambiente para interpretar el papel de superviviente y ocultar las verdades bajo el manto opaco de la cobardía. 


A ella jugar a las marionetas se le daba bien, había aprendido a transmitir serenidad y confianza, a estar radiante. Apenas se le notaba el nerviosismo. Algo que él no podía ocultar de ninguna de las maneras. Su insistente gestualidad y la torpeza que le caracterizaba acentuada para la ocasión, hacían que ella se sintiera vencedora. El premio, la satisfacción de ser quien controlaba la situación, a sabiendas que era todo fachada y autoengaño. Le daba igual. Le bastaba con la sensación de ser capaz de llevarle por donde ella quisiera, sin saber ni ella misma hasta donde quería llegar. Había varias cuestiones que nadie se atrevía a poner encima de la mesas pero planeaban como buitres sobre la escena. Desde fuera eran lo más parecido a dos amigos que no se ven desde hace tiempo y aprovechan la ocasión para ponerse al día. Desde dentro, desde las entrañas, un revuelto de emociones fastidiaba cualquier intento de ser sólo amigos. Y sin querer queriendo estaban tonteando, a su manera, recordando viejos tiempos, pidiéndose perdón por las veces en que no supieron estar a la altura, dejándolo correr y volviendo a ello. El centro de su conversación siempre terminaba siendo su propia historia y, aunque uno u otro tratara de desviar la atención, nada les unía más que hablar de lo que les separaba. Tantas preguntas que nadie hacía y tantas respuestas en forma de teorías lanzadas al aire, que había que atrapar como nubes de vapor que se te escurren entre los dedos. Eran los únicos a los que la misma canción les podía sonar de formas muy distintas en cada reproducción. Ella, insistía en escrutar cada detalle hasta encontrarle la excusa que alimentara la ilusión de que aquella vez fuera distinta. Él trataba por todos los medios de no abrir demasiado las puertas, de no enseñar en exceso, de contener cualquier signo de la emoción vibrante que le recorría el cuerpo con solo mirarla. La lógica les decía que no, que estaban ante el extremo más prohibido de lo prohibido. Pero el deseo frustrado les decía que sí, que adelante con todo, que ahora o nunca, que ya estaba bien. 

La noche seguía y el alcohol puso en escena a las viejas costumbres. Quedarse a solas era un paso que nunca se saltaban. Encontraron un lugar en el que seguir hablando sin la tensión añadida de un entorno cada vez más asfixiante. Ya no se miraban como horas atrás. Se habían abierto los peajes de la autopista que comunicaba las emociones profundas con la mirada, y todo se desbordaba. No había fortaleza suficiente para contrarrestar la ingravidez que suponía siquiera el pensar en la remota posibilidad, casi ficticia, de besarse. Y hubo un punto mágico en que los dos sólo tenían una cosa en mente y estaba muy alejada de valorar las consecuencias de sus actos. Y hubo un precioso instante de tensión pasional por resolver. Y hubo un precioso instante de eterno deseo vuelto ansiedad. Y hubo un precioso instante único e irrepetible en que todo parecía posible, incluso lo más inverosímil, incluso olvidar todo aquello que les separaba. En ese instante el guión no era más que un folio en blanco ante sus ojos y sus dedos escribían sobre la piel del otro las palabras que no se querían decir. Y sus labios escribían en los del otro, los besos que no se habían ganado nunca, pero que les pertenecían para siempre. Y los dos pensaron que eso que les ocurría tenía una definición convencional que no hacía falta consensuar, simplemente estaba ahí y, por lo visto, con o sin corazas, no iba a desaparecer. 

lunes, 6 de febrero de 2017

Adoro lo que me desquicia de ti

Adoro lo que me desquicia de ti. Si me pidieras que te dijera algo bonito, ahora mismo, te diría esto. Porque alteras mi existencia de la forma en que lo hacen los sustos. Y, a los pocos minutos, me tienes durmiendo en tu regazo antes de medianoche con la más pura expresión de serenidad en mi cara. Tienes el poder de los deseos prolongados, de los regalos nunca recibidos, del vino añejo. Te he anhelado y te anhelo. Siempre dibujando una gráfica constante, sin bajos, sin altos, lineal y estable, a pesar de que mis palabras, en ocasiones, trataran de borrarte, de extinguirte, de ahuyentarte. Las huellas son profundas cuando las marca la complicidad. Y el tiempo se convirtió más en tu aliado que en el mío, grabando cincelada a cincelada todas las letras de tu nombre en mi subconsciente. Quizá por eso adoro tus ensayos, tus errores, tu forma de intentar resolver una metedura de pata y empeorarla más aún, adoro que intentes quitarle importancia a lo que sí la tiene, que juegues hasta el límite a ponerme de los nervios, que tenses la cuerda, que le des una vuelta más a la tuerca. Estimulas mi cerebro, me mantienes alerta, me vuelves loca y me haces crecer, como nunca nadie antes me había hecho sentir que lo hacía. Por ti y contigo, he derribado muros y, de un salto, he vuelto a subir al tren que tantas veces antes había visto pasar delante de mis ojos y no parar en mi estación. Por fin estoy en ese tren. Dentro, contigo, todo se ve diferente. El cambio de perspectiva es brutal y no es cosa de la edad, como dicen algunos, es el amor. Todo y nada tiene sentido. Porque nuestra historia, que viene de largo, sólo acaba de empezar.

miércoles, 25 de enero de 2017

El tiempo contigo

Aprovecho el tiempo observando ese lunar que te hace tan atractivo. Ni siquiera me creo aún que me pertenezcan estos instantes de bienestar. Es todo el tiempo en que no estuvimos así el que magnifica estos momentos aparentemente banales permitiéndome recrearme en cada expresión instintiva de tu cara. Sé más de ti que tú, porque te miro y te miro, tratando de aprender de la única asignatura que estudiaría toda la vida. Me he perdido tu sonrisa tantas veces que no puedo hacer otra cosa que beber de ella, inspirando el aire que revuelves con tu movimiento como si de él surgieran las emociones aladas. Y elegiría el superpoder de relentizar el tiempo para evitar la sensación de que siempre es poco contigo.

sábado, 14 de enero de 2017

2555

Cuando te veo de lejos me burbujea el estómago. Te acercas rápido, porque sabes que odio que llegues tarde. Y esa mirada tuya que has perfeccionado con el paso del tiempo, es francamente efectiva cuando quieres quitarle hierro al asunto. Llegas apresurado pero tranquilo, con las estrategias de contención bien definidas y un as bajo la manga. Yo hago que me enfado, porque me gusta alterarte y tú haces que no pasa nada, porque te gusta alterarme. La procesión siempre va por dentro. Ahora lo sé, después de 2555 días analizándote con minuciosa devoción. Eres un entramado de sutiles pistas que recopilo instintivamente. Leerte siempre ha sido un acto complejo y, al mismo tiempo, un reto imposible de pasar por alto. Me ha costado mucho tiempo llegar a conocerte bien y, sin embargo, te conozco desde el día uno. Todas mis palabras son tuyas aunque no hablen de ti. Porque tratando de conocerte mejor a ti, he terminado por conocerme mejor a mí.