jueves, 10 de marzo de 2016

Subir la cuesta por la que bajaste rodando una vez

Te sientas en ese sofá, en el que has estado decenas de veces antes y, de repente, notas que algo se tambalea. Posiblemente la música que suena ahora mismo te ayuda a recordar fragmentos de un pasado reciente que te hacen retorcer de ansiedad. Pides un café, definitivamente nada recomendado para tu estado actual pero necesitas sentir ese punto amargo en tu garganta. Tu respiración es ruidosa, porque sólo en el suspiro constante encuentras algo del alivio que tanto anhelas. Estás desesperado, lo piensas y crees que esa es la única explicación a tu ajetreo constante. Tu ligero baile de piernas ha llamado la atención del niño que está en la mesa de al lado. Te mira con simpatía, seguramente muy lejos de empatizar con tu sentir, te sonríe y se divierte observándote. Piensas que volverías de inmediato a esa edad, sin dudarlo dos veces, pactarías con quién fuera, venderías tu alma para volver a ese momento en que las inquietudes duraban menos que el postre de chocolate tras un plato de verdura hervida. Ahora los problemas se edifican a lo megaconstrucciones y se destruyen a mazazos aleatorios, dejando ruinas por todas partes. Ruinas en las que ya es muy difícil construir algo decente, así que tu interior está lleno de solares con edificaciones semidestruidas sin opción de venta. No te queda otra que comértelo todo con patatas, las mismas que está desmenuzando ese niño que sigue con sus ojos clavados en ti. Empieza a incomodarte tanto protagonismo. Cruzas los brazos en un claro y directo mensaje de comunicación no verbal. Proyectas negatividad. Estás aburrido de todo ¿Por qué te pasa esto? Ni te lo preguntas. Estás cansado de que todos te interroguen con las mismas tonterías. No te sientes bien y ya está. Qué manía tiene la gente de decir que tienes que ser fuerte. No quieres ser fuerte, la desgana te ha abrazado y no te suelta ¿Qué sentido tiene todo? Te preguntabas antes. Ahora ya no lo hacer porque sabes que la respuesta no va a ayudarte a sentirte mejor. Estás mal. Estás muy mal y ya está. Empiezas a sentir que llorar no es tan mala idea. Y en ese sillón, viendo como todo el mundo a tu alrededor es protagonista de su propia existencia, caes en la cuenta de que no eres el centro de nada. Sólo eres una persona más tratando de subir de nuevo la cuesta por la que bajaste rodando una vez.

No hay comentarios: