lunes, 28 de marzo de 2016

Catalina

Catalina fue la primera amiga de verdad que tuvo. La conoció en segundo de EGB. El primer día de clase, Catalina le pidió un sacapuntas y él, tímido como el que más, se lo pasó deslizándolo de mesa en mesa, como si fuera un objeto de contrabando, sin volver la cabeza en ningún momento. Catalina susurraba en clase, repetía las lecciones de la profesora muy bajito, como cuando él leía un libro, necesitando verbalizar los conceptos para memorizarlos. A él le hacía gracia y, más de una vez la profesora se le había quedado mirando con cara de desaprobación al advertir una sonora sonrisa a sus espaldas. Catalina tenía unos ojos especiales, como rodeados por un marco ovalado negro, que hacía difícil mantenerle la mirada. Muchas veces la observaba de reojo, para adivinar cómo era posible que tuviera esas líneas tan oscuras bordeándole los ojos. Y casi siempre Catalina, que notaba perfectamente la curiosidad de su compañero, disimulaba. Empezaron a ser amigos porque Catalina se lo propuso e hizo todo lo que pudo por conseguir que él aparcara esa timidez enquistada que, durante los primeros días, le llevaba a pasar los recreos como alma solitaria vagando por las esquinas.  Catalina, en cambio, era muy sociable. Pero, aún llevándose bien con todos, siempre terminaba eligiéndole a él para hacer cualquier cosa. En las excursiones, era su pareja, eran responsables el uno del otro de no perderse. En los trabajos de plástica, siempre le ayudaba cuando había que recortar, porque él era incapaz de seguir las líneas y a ella se le daba todo bien. El día que aprendieron los nombres de los animales en inglés, él dejó de llamarla Catalina para llamarla Cat. A partir de ese momento todo el mundo la llamó así, el resto de su vida. Según fueron creciendo, Cat cada vez se parecía más a un gato, era silenciosa y orgullosa, astuta y persuasiva. Completamente adorable en muchos sentidos. Y él había logrado crecer sin las barreras sociales que su timidez podría haber creado de no haber conocido a Cat. Ella le enseñó a no tener miedo de expresarse con naturalidad y aprovechar la libertad que su condición de niños les otorgaba para conocer el mundo por sus propios medios. Cuando terminaron la secundaria, eran completamente inseparables. Su vínculo estaba tejido con hilos de hierro forjado, nada ni nadie podía romper ese mundo único y compartido que habían ido construyendo durante todas su infancia y toda su adolescencia. No sólo eran amigos, eran hermanos. Así que cuando Cat tuvo que marcharse a vivir al extranjero con su familia, él sintió que su fortaleza se venía abajo. A lo largo de su amistad, se habían enfrentado a numerosas adversidades: la muerte de su abuela, la pelea callejera con los chulos del barrio, los exámenes suspendidos, las pilladas paternas cuando no iban a clase... Pasar por todos esos tragos era más fácil si podía contar con Cat, su apoyo incondicional le hacía sentirse seguro. Pero cuando Cat se fue, el futuro dejó de tener interés. Prometieron escribirse cartas cada día, pero lo cierto es que a los pocos meses, las cartas fueron espaciándose a cada semana, a cada mes, a cada nunca. Sin darse cuenta, Cat ya no estaba en su vida y él, ocupado con los estudios universitarios, guardó su recuerdo como un rumor de infancia que vuelve de vez en cuando para vivir cinco minutos de nostalgia. Seguía sintiendo que Cat era su mejor amiga pero se había convertido en eso, en un pensamiento, en un concepto, en un recuerdo. Por eso le sorprendió el día en que Cat llamó a su puerta de nuevo. Había vuelto y fue a casa de sus padres para preguntarles por su nueva dirección. Se presentó sin una llamada, sin una carta previa. Impulsiva como siempre. Cuando él la vio, la reconoció por sus ojos, habían pasado catorce años. Ella estaba igual, en realidad. O eso le pareció a él cuando se detuvo a mirarla. Lo primero que le salió fue darle un abrazo. Él nunca abrazaba. De hecho en aquellos años había vuelto un poco a su germen ermitaño, un poco antisocial, un poco despegado de todo. Había tenido algunas relaciones que no habían terminado de llenarle y estaba mejor solo. Con la ilusión tremenda de volver a ver a su amiga, no se dio cuenta de que Cat estaba compungida. La hizo pasar con premura, con una sonrisa enorme en la cara, con la exaltación del que está nervioso de más. Cat miró a su alrededor e hizo un gesto de afirmación con la cabeza. A él le causó satisfacción saber que a su amiga le gustaba el apartamento. No cruzaron palabra durante un buen rato, ambos viviendo a su manera toda esa intensidad, él aún con la sorpresa en el cuerpo, ella con la inquietud de no saber bien qué dicil. "Cat", dijo él y ella volvió su inconfundible mirada hacia su dirección, él le miró directamente a los ojos y ella le mantuvo mirada fija: "¿Tienes un sacapuntas?" le dijo y sonrió.

jueves, 10 de marzo de 2016

Subir la cuesta por la que bajaste rodando una vez

Te sientas en ese sofá, en el que has estado decenas de veces antes y, de repente, notas que algo se tambalea. Posiblemente la música que suena ahora mismo te ayuda a recordar fragmentos de un pasado reciente que te hacen retorcer de ansiedad. Pides un café, definitivamente nada recomendado para tu estado actual pero necesitas sentir ese punto amargo en tu garganta. Tu respiración es ruidosa, porque sólo en el suspiro constante encuentras algo del alivio que tanto anhelas. Estás desesperado, lo piensas y crees que esa es la única explicación a tu ajetreo constante. Tu ligero baile de piernas ha llamado la atención del niño que está en la mesa de al lado. Te mira con simpatía, seguramente muy lejos de empatizar con tu sentir, te sonríe y se divierte observándote. Piensas que volverías de inmediato a esa edad, sin dudarlo dos veces, pactarías con quién fuera, venderías tu alma para volver a ese momento en que las inquietudes duraban menos que el postre de chocolate tras un plato de verdura hervida. Ahora los problemas se edifican a lo megaconstrucciones y se destruyen a mazazos aleatorios, dejando ruinas por todas partes. Ruinas en las que ya es muy difícil construir algo decente, así que tu interior está lleno de solares con edificaciones semidestruidas sin opción de venta. No te queda otra que comértelo todo con patatas, las mismas que está desmenuzando ese niño que sigue con sus ojos clavados en ti. Empieza a incomodarte tanto protagonismo. Cruzas los brazos en un claro y directo mensaje de comunicación no verbal. Proyectas negatividad. Estás aburrido de todo ¿Por qué te pasa esto? Ni te lo preguntas. Estás cansado de que todos te interroguen con las mismas tonterías. No te sientes bien y ya está. Qué manía tiene la gente de decir que tienes que ser fuerte. No quieres ser fuerte, la desgana te ha abrazado y no te suelta ¿Qué sentido tiene todo? Te preguntabas antes. Ahora ya no lo hacer porque sabes que la respuesta no va a ayudarte a sentirte mejor. Estás mal. Estás muy mal y ya está. Empiezas a sentir que llorar no es tan mala idea. Y en ese sillón, viendo como todo el mundo a tu alrededor es protagonista de su propia existencia, caes en la cuenta de que no eres el centro de nada. Sólo eres una persona más tratando de subir de nuevo la cuesta por la que bajaste rodando una vez.