martes, 16 de febrero de 2016

Templo

Entró en la habitación y todo cambió de tonalidad. El oxígeno se tiñó de un verde intenso. Un cohete azul atravesó la estancia, recordando aquel día, hace muchos años, cuando todo empezó. Cuando una absurda conversación, en un momento especialmente irrelevante, sentó las bases de una extraña amistad. Todo fue a cámara lenta, incluso los latidos del corazón. Cada movimiento iba empujado por una respiración profunda. Por dentro, las entrañas jugaban al enredo. Por fuera, el semblante forzaba la naturalidad. De repente le surgió una sencilla duda "¿dormirá desnuda?" y quiso preguntarle pero se cortó. Ella sonreía sin saber muy bien qué postura adoptar: alegre despreocupada o intensa sofisticación. Se sentía estúpida. Se sentía estúpido. La vida real les estaba dando una enésima oportunidad de hacerlo todo de manera distinta. Lo que siempre habían deseado. Lo que nunca habían logrado. Aquel cuarto estaba lleno de testigos inertes de cada paso mal dado y cada tobillo torcido en el intento. Aquella habitación estaba llena de ella y ella estaba llena de él, por lo que aquella habitación estaba llena de ambos. Y el aire se volvió rojo. Algo le arañó el pecho y al tocarse, él  notó que se le abría, que se le quedaba expuesto. Y ella miró ahí adentro, en el agujero que se le había formado. Vio chispas eléctricas que le iluminaron la mirada. Se quedó hipnotizada por los destellos de luz. Él miró sus ojos, había letras en ellos, palabras y frases. Le recorrió un escalofrío al descubrir su más profunda intimidad a través de esos textos y sonrió, porque sólo con su sonrisa podía regalarle toda la alegría que estaba sintiendo en ese momento. Tantos años después y era hora de descubrirse como nunca antes. Tantas conversaciones eternas a lo largo del tiempo pero era ahora cuando el silencio lo destapaba todo. Y se descubrieron de verdad y por primera vez.

No hay comentarios: