viernes, 7 de agosto de 2015

El paradigma de la felicidad

Los paseos en solitario por la ciudad son cada vez más satisfactorios para Carla. Poder centrar los sentidos en todo aquello que pasa a su alrededor sin notar la desaprobación incisiva de un acompañante, le da una sensación de plenitud parecida a la de respirar profundo. Las conversaciones ajenas son como estrellas fugaces que sólo puedes captar si estás muy atento. No deja de pensar en que todas esas personas tienen su vida, y cada vida tiene sus propios problemas, sus propias angustias, sus propios desajustes. Y eso la hace sentir parte muy pequeña de un universo muy grande. Trata de adivinar, por sus expresiones, si alguna de aquel medio centenar de personas con las que se ha cruzado en su camino hasta casa, está contenta o triste o melancólica. Pero le resulta muy difícil catalogar esas caras, que escruta con disimulo amparada por sus opacas gafas de sol. Algunas sonrisas le hacen sentir cierto alivio inesperado. Aunque hace tiempo que se ha dado cuenta de lo fácil que es sonreír de mentira, prefiere omitir ese conocimiento. A veces trata de recordar en qué momento de su vida aprendió a fingir. No se acuerda de la primera vez que sonrió sin motivación real. Y, como una autómata, a fuerza de repetir el mismo comportamiento en infinidad de ocasiones, se le ha vuelto mecánico. Sonreír de verdad es sólo un ejemplo de todo lo que ha olvidado hacer. Carla no es infeliz, pero tampoco siente la felicidad explosiva que le venden por todos lados. Carla no es una persona triste, quizá un poco solitaria, pero definitivamente no es triste, ni antisocial. A Carla le gusta mantener su espacio personal a buen recaudo. Vive su autenticidad cuando no tiene que compartirse con nadie, cuando no tiene que preocuparse de lo que otra persona piensa de ella. Luego, sale al mundo y siente que decenas de cuerdas tiran de ella. Todo es importante, todo debe hacerse ahora mismo. El exterior la reclama constantemente y va tan rápido... Parece que la vida siempre corre por delante de ella y siente que se pasa los días tratando de alcanzarla. Porque los demás le hacen sentir que va con retraso, que no ha llegado ni a coger el último vagón, que su forma de sentir y de vivir no valen, no entran en los estándares. Y sigue corriendo tras la vida, hasta que se cansa. Para y respira profundo, escucha a su alrededor y se da cuenta de que todo el mundo corre tras la vida, tras la vida que no es otra cosa que la felicidad, eso es lo que han aprendido, que al final del esfuerzo y el sacrificio se encuentra la felicidad. Cuando Carla para de correr, el alrededor se ralentiza, es como si pudiera ver cómo las cosas ocurren verdaderamente y le da tiempo a ver más, a ver esos pequeños detalles que son como estrellas fugaces, pequeños gestos, pequeñas sonrisas que tienen algo distinto a las otras sonrisas. Cuando Carla frena, el mundo no parece un lugar tan hostil. Deja de sentirse cansada, y con ello desaparece por un instante la frustración y el aburrimiento de ir en modo automático. Sale de esa competición absurda que es ver quién llega antes a la felicidad, a tenerlo todo, a ser una persona completa según la aprobación del resto. Y siente que ya es una persona completa porque centra su esfuerzo en aprender, en apreciar, en decidir cada día hacer las cosas de una manera algo diferente. Y de repente piensa en el pasado y en cuántas veces le habrán aconsejado dejarlo atrás y cuánta gente ha conocido que no quiere recordar, que sólo pone su vista hacia adelante y no piensa que la siembra del pasado es el fruto del presente y el referente para la siembra del futuro. Carla se acuerda todos los días de su pasado, a veces con nostalgia, otras con satisfacción, la mayoría con sorpresa. Visualiza todo lo que ha vivido y sonríe, sobre todo porque se da cuenta de que la mayoría del tiempo olvida sus propios logros. Olvida que ha amado con todas sus fuerzas, que ha hecho feliz a algunas personas, que ha viajado, ha creado, ha sentido una gran variedad de emociones, ha sido el motor de cambios pequeños que seguramente hayan variado el rumbo de los acontecimientos. Se da cuenta de las huellas que han dejado los demás en ella y desea que lo sepan, porque a ella también le gustaría saber que su presencia ha hecho que la vida de otros sea distinta, ojalá mejor. 


Carla no es el paradigma de la felicidad pero ¿quién lo es en realidad?