miércoles, 23 de diciembre de 2015

Nadie puede ser yo más que yo

Podríamos acabarnos esta botella e irnos a dormir. Mañana será otro día. Claro, lo será. Otro día después de hoy. Y el año que viene será otro año también, pero otro año después de este. Pasará el tiempo, dejaremos de hablarnos. A veces ocurre, no hay que preocuparse. Nadie muere de pena, eso es un invento. Nadie muere de amor.  Al menos yo no he conocido a nadie que lo haya hecho. Sería estúpido. Una hipérbole demostrativa del arraigo ¿Qué quieres? me preguntas por primera vez en ¿años? No lo sé, te respondo por primera vez en años. No lo sé. Y eso es bueno y malo al mismo tiempo, eso es miedo y valentía. ¿Contradicción? Depende. No sé qué quiero y lo voy a gritar al viento hasta que se me termine la voz y, cuando haya terminado, pensaré. Y si no sé lo que quiero volveré a gritarlo y a decírselo a todo el mundo sin vergüenza. No sé lo que quiero ¿por qué es tan malo? ¿por qué debería estar segura de cada paso que doy? Voy hacia delante, supongo que eso ya es algo ¿En qué dirección? Todavía no lo sé. Puedo escoger el camino pero nunca sabré de antemano el destino. Puedo proponerme una meta, pero nunca sabré si llegaré a ella. Puedo quedarme quieta y respirar acelerada todos los días, no dormir, no sentir... puedo hacerlo, lo he hecho. O puedo sentir tantas cosas que acabe por explotar en una alocada montaña rusa de emoción incontenible, indomable, insaciable. Puedo ser la persona que se supone que debo ser. O puedo ser quién soy. ¿Quién soy? No lo sé. Quizá nunca llegaré a saberlo. Quizá sólo sea el resultado de mis decisiones, de mis riesgos, de mis saltos al vacío, de mis pasos en todas direcciones. Soy yo y nadie puede ser yo más que yo.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Ya te has puesto intensa


Hoy es un día especial. Hoy he recibido el primer ejemplar de mi tercer libro: "Ya te has puesto intensa". La sensación de tener tu trabajo terminado en las manos es increíble y quiero compartirla con vosotros a través de este vídeo que he grabado justo en el momento en que desempaquetaba el libro.  "Ya te has puesto intensa" es una recopilación de algunos de los mejores textos de este blog, los que más me gustan y los que más os han gustado. Hace mucho tiempo que se me instaló en la cabeza la idea de editar un libro con contenidos del blog y por fin ha llegado el momento. Gracias por todo vuestro apoyo y por seguir visitando esta parcela de emociones. 





jueves, 19 de noviembre de 2015

Miedo

Tengo los bolsillos rebosantes de miedo emocional. Miedo acumulado, miedo que no puedo hacer desaparecer del todo. En ocasiones he conseguido reducir el peso considerablemente, pero siempre logra salvarse un poco. Se aferra al fondo con fuerza, con saña. Hace tiempo que perdí el miedo a pronunciar la palabra miedo. Sienta bien decir las cosas por su nombre, sin dar rodeos, sin eufemismos. Tengo miedo, estoy enfadada, estoy triste, son expresiones tabú que substituimos habitualmente por otras con el fin de suavizar el dramatismo. Nos han enseñado que tener miedo, estar triste o enfadados es malo y, por consiguiente, es algo a evitar. Pero, igual que se nos invita a sentir felicidad, emoción y satisfacción de manera abierta y compartida, también deberíamos ser capaces de compartir el miedo, la tristeza y el enfado de igual forma. Expresar nuestras emociones no sólo nos libera sino que fortalece nuestra relación con los demás. Gracias a tener miedo puedo interpretar mejor el miedo de otras personas, puedo compartir su experiencia, puedo explicarles mi forma de combatirlo y, quizá, ayudarles a ver su miedo con perspectiva. Si nunca hubiera admitido mi propio miedo, nunca hubiera sido totalmente sincera conmigo y, seguramente, llenaría el silencio con ruido, la soledad con muchedumbre, la inseguridad con una fachada de indiferencia. No es más fuerte el que nunca tiene miedo, es más fuerte el que lo tiene, lo identifica y lo mantiene a ralla. 

martes, 22 de septiembre de 2015

Nada volverá a ser lo mismo

Era de madrugada y saltaste por la ventana del taxi. Huías de mí, de esa manera en que se huye de un ataque zombie. Seguramente si Bill Murray hubiera tratado de morderte, le habrías dejado. Pero la bandada amenazante no chorreaba sangre por sus encías, más bien decepción por sus ojos. A veces puedo ser intimidante, perdóname. Pero es posible que nadie te haya querido como yo lo he hecho. Igual que nadie te habrá odiado como yo lo hago. Dijiste que no soportabas las despedidas ¿Cuánto habrás sacrificado por mí? me pregunté envuelta en silencio mientras te miraba con intensa furia. La respuesta nunca pronunciada, ni en los momentos de mayor evidencia, sigue siendo "nada". Y aún pienso en cómo pudiste ascender un "nada" hasta el punto de máxima confusión. Si nada es nada ¿cómo puede ser nada algo? Es más ¿cómo puede ser nada la base de un todo inolvidable? Será que habré perdido el juicio en algún lugar del camino donde el ahora siempre se convertía en un "más adelante" o un "cuando sea posible" o un "algún día". Tal vez el tiempo me dé la razón y en el futuro te des cuenta de que la vida no empieza cuando a uno le va bien, que no puedes esperar iniciarla de cero en la mitad del camino. Para cuando eso ocurra posiblemente yo esté lejos. Lejos de los recuerdos que significan algo, algo que fue mucho, algo que fue todo.

viernes, 7 de agosto de 2015

El paradigma de la felicidad

Los paseos en solitario por la ciudad son cada vez más satisfactorios para Carla. Poder centrar los sentidos en todo aquello que pasa a su alrededor sin notar la desaprobación incisiva de un acompañante, le da una sensación de plenitud parecida a la de respirar profundo. Las conversaciones ajenas son como estrellas fugaces que sólo puedes captar si estás muy atento. No deja de pensar en que todas esas personas tienen su vida, y cada vida tiene sus propios problemas, sus propias angustias, sus propios desajustes. Y eso la hace sentir parte muy pequeña de un universo muy grande. Trata de adivinar, por sus expresiones, si alguna de aquel medio centenar de personas con las que se ha cruzado en su camino hasta casa, está contenta o triste o melancólica. Pero le resulta muy difícil catalogar esas caras, que escruta con disimulo amparada por sus opacas gafas de sol. Algunas sonrisas le hacen sentir cierto alivio inesperado. Aunque hace tiempo que se ha dado cuenta de lo fácil que es sonreír de mentira, prefiere omitir ese conocimiento. A veces trata de recordar en qué momento de su vida aprendió a fingir. No se acuerda de la primera vez que sonrió sin motivación real. Y, como una autómata, a fuerza de repetir el mismo comportamiento en infinidad de ocasiones, se le ha vuelto mecánico. Sonreír de verdad es sólo un ejemplo de todo lo que ha olvidado hacer. Carla no es infeliz, pero tampoco siente la felicidad explosiva que le venden por todos lados. Carla no es una persona triste, quizá un poco solitaria, pero definitivamente no es triste, ni antisocial. A Carla le gusta mantener su espacio personal a buen recaudo. Vive su autenticidad cuando no tiene que compartirse con nadie, cuando no tiene que preocuparse de lo que otra persona piensa de ella. Luego, sale al mundo y siente que decenas de cuerdas tiran de ella. Todo es importante, todo debe hacerse ahora mismo. El exterior la reclama constantemente y va tan rápido... Parece que la vida siempre corre por delante de ella y siente que se pasa los días tratando de alcanzarla. Porque los demás le hacen sentir que va con retraso, que no ha llegado ni a coger el último vagón, que su forma de sentir y de vivir no valen, no entran en los estándares. Y sigue corriendo tras la vida, hasta que se cansa. Para y respira profundo, escucha a su alrededor y se da cuenta de que todo el mundo corre tras la vida, tras la vida que no es otra cosa que la felicidad, eso es lo que han aprendido, que al final del esfuerzo y el sacrificio se encuentra la felicidad. Cuando Carla para de correr, el alrededor se ralentiza, es como si pudiera ver cómo las cosas ocurren verdaderamente y le da tiempo a ver más, a ver esos pequeños detalles que son como estrellas fugaces, pequeños gestos, pequeñas sonrisas que tienen algo distinto a las otras sonrisas. Cuando Carla frena, el mundo no parece un lugar tan hostil. Deja de sentirse cansada, y con ello desaparece por un instante la frustración y el aburrimiento de ir en modo automático. Sale de esa competición absurda que es ver quién llega antes a la felicidad, a tenerlo todo, a ser una persona completa según la aprobación del resto. Y siente que ya es una persona completa porque centra su esfuerzo en aprender, en apreciar, en decidir cada día hacer las cosas de una manera algo diferente. Y de repente piensa en el pasado y en cuántas veces le habrán aconsejado dejarlo atrás y cuánta gente ha conocido que no quiere recordar, que sólo pone su vista hacia adelante y no piensa que la siembra del pasado es el fruto del presente y el referente para la siembra del futuro. Carla se acuerda todos los días de su pasado, a veces con nostalgia, otras con satisfacción, la mayoría con sorpresa. Visualiza todo lo que ha vivido y sonríe, sobre todo porque se da cuenta de que la mayoría del tiempo olvida sus propios logros. Olvida que ha amado con todas sus fuerzas, que ha hecho feliz a algunas personas, que ha viajado, ha creado, ha sentido una gran variedad de emociones, ha sido el motor de cambios pequeños que seguramente hayan variado el rumbo de los acontecimientos. Se da cuenta de las huellas que han dejado los demás en ella y desea que lo sepan, porque a ella también le gustaría saber que su presencia ha hecho que la vida de otros sea distinta, ojalá mejor. 


Carla no es el paradigma de la felicidad pero ¿quién lo es en realidad? 

miércoles, 1 de julio de 2015

Tenemos mejores cosas que hacer

No queríamos dormir. El día había pasado tan rápido que nos faltaban horas. Nos abrazamos bajo la manta esperando que estuviera encantada y pudiera hacernos desaparecer. “Cuéntame algo” le dije. Y me explicó un secreto. “Esto no puede salir de aquí”, susurró. Le miré a los ojos y no pude contener la sonrisa. "¿De qué te ríes?" me preguntó tratando de hacerme cosquillas en la cintura. "De nada, es que me hace gracia" le respondí retorciéndome para evitar su gesto. "¿Qué te hace gracia exactamente?" dijo un  poco más serio de lo que la situación requería según mi parecer. Me quedé quieta un largo segundo mientras pensaba cómo revertir esa incipiente situación incómoda que parecía haber creado yo misma. "Nada, es una tontería", le respondí. "Ahora dímelo", sonrió imponiendo su mirada escrutadora. Atrapé un extremo de la manta y rodee mi cuerpo con ella. "Nada, sólo me ha hecho gracia que al pedirte que me contaras algo, me hayas contado un secreto..." dije nerviosa, casi en un estado de extrema timidez. Su cara se relajó. "Pensaba que te reías de mi secreto", dijo aliviado. "¿Cómo iba a hacer eso?", exclamé sorprendida. "No lo sé, estas cosas nunca se saben...", me respondió prácticamente sin mirarme a los ojos y siguió "no nos conocemos tanto ¿no?" sonrió pícaro y su mirada se enlazó con la mía en un instante de complicidad máxima. "Ha sido un día muy intenso" le dije. "Muchas horas juntos... ¿deberíamos despedirnos?", dijo dubitativo. "No lo sé ¿quieres irte?" pregunté. "Lo que tú prefieras", siguió... Nos miramos un poco más con vergüenza de decir lo que realmente pensábamos. "A mí me gustaría quedarme", dijo al fin. "A mí me gustaría que te quedaras", añadí. "Entonces no se hable más, ha sido un día muy bonito como para que termine por un pequeño mal entendido" aclaró. "Tenemos mejores cosas que hacer que malentendernos" proseguí. Y la noche siguió su curso. 

jueves, 4 de junio de 2015

El Cohete azul después de El Cohete azul

Jaime, 

Recuerdo el día en que nos conocimos. Te hablé de mi cohete azul y tú sonreíste. Entonces pensé que si me seguías el rollo con todo aquello de que era astronauta autónoma ibas a entrar directamente en el Top tres de mis personas favoritas de la vida. Y así fue. De completos desconocidos pasamos a ser imprescindibles el uno para el otro. Tanto que tus latigazos no fueron suficientes para repensarme lo de enamorarme de ti. Te dije "adiós" un día, fingiendo seguridad, fingiendo firmeza, y todos los besos que no nos hemos dado desde entonces los he ido guardando por si en algún momento futuro decidimos ponernos al día. La vida da mil vueltas y yo sólo quiero que de una, la que me lleve de nuevo a tenerte delante y saber si esto es la verdad o una fantasía que he construido con retales de mi subjetividad. Tu sonrisa es la polea que me ayuda a ascender. Me pregunto si hoy habrá terminado ya "nuestro momento" ¿Y si no nos vemos nunca más? ¿Qué será de todo lo que nos dijimos a escondidas del mundo? ¿Es justo que todo aquello quede en un recuerdo? A veces no puedo evitar escribirte, aunque nunca vayas a leer todo lo que te digo en mis monólogos existenciales frente al ordenador, básicamente porque no me atrevo a darle al botón de "enviar". Y los personajes de mis novelas se quejan de que siempre les ponga rasgos tuyos, como ese odio infinito que le tienes a las aceitunas. No puedo evitarlo. Así estoy más cerca de ti, así puedo hacer que nuestra historia sea como yo quiero, manejar los hilos y buscar ese final feliz que nunca parece llegar pero que siempre lo noto a pocos pasos de distancia.  La vida sin ti es otra cosa. 

Sofía

jueves, 12 de marzo de 2015

O fue lo que quisiste creer

Anoche bebiste demasiado porque no te gustan las despedidas, porque no querías decir adiós. Y te marchaste. Subiste a aquella furgoneta con la convicción de haber hecho lo mejor y la duda de haber dejado pasar la oportunidad de levitar. Levitar, flotar, volar. Porque cuando ella te besa sientes el deseo compulsivo de dejarlo todo. Por eso no quieres besarla, por eso la evitas, porque ahora no puedes renunciar, no puedes elegir. A pesar de que su beso sea demoledor y poderoso, y te incite a resetear tu vida de una forma en que nada ni nadie lo ha hecho antes. Quizá sólo haya una cosa que tuvo el mismo efecto y es el motivo por el que ahora te alejas de su lado. Te irás y sabes que durante mucho tiempo te preguntarás por qué perdiste aquella y otras tantas oportunidades de sentirte único. Ella te habrá dicho adiós y seguirás recordando aquellos besos que te ahogaban. Aquellos arranques de intensidad que dudas volver a obtener de nadie más. Aquella suavidad húmeda que te mareaba hasta derrumbar todos tus muros. Aléjate de tu debilidad. Y no vuelvas. No vuelvas porque cada vez que lo hagas te sentirás más perdido. Y cuando todo lo bueno acabe, te preguntarás si la única opción que tenías en aquel momento era escoger o fue lo que quisiste creer.

domingo, 11 de enero de 2015

Esa chispa

-A veces siento que te conozco desde hace mucho tiempo- le dijo ella abrazada con fuerza a su torso desnudo, rayado en la superficie por hilos de luz que se expandían desde los pequeños agujeros de la persiana.
-Yo te conozco desde siempre. Te he estado pensando toda mi vida- le susurró él apretando sus brazos contra su espalda para sentir su piel intensamente pegada a la suya -Te he imaginado tantas veces, que no soy capaz de creerme siquiera que te hayas convertido en realidad...
-Exageras- dijo ella incrédula.
-No lo hago. Estabas en mis sueños, en los que no le he contado nunca a nadie, esos que sólo me atrevía a escribir en historias que simulaban ser fruto de la fantasía. Pero, en realidad, sólo pensarte llenaba ese vacío que me quedó por ocupar en cada una de mis relaciones.
-Te entiendo. Me he pasado casi toda mi vida creyendo que ya no podría experimentar esa clase de amor que te vuelve loco, ese amor bueno, el que no daña, que cuida y construye y, al mismo tiempo, es pasional y disparatadamente divertido. Lo he querido todo y, al final, me perdí cuando otros trataron de convencerme de que el todo no podía tenerlo, que no existe, que debía conformarme con una parte. Primero elegí la pasión, pero me faltaba algo. Luego elegía la estabilidad, y me seguía faltando algo... Al final opté por desistir.
-Todas mis experiencias me arrastraron al conformismo más absoluto y también me perdí. Dejé de ser yo mismo, traté de ser lo que esperaban de mí porque, si imponía lo que yo deseaba, nada hubiera sido suficiente.
-Nada ha sido nunca suficiente. Nada... - dijo ella mirándole fijamente a los ojos.
-Nada excepto tú- entonaron al mismo tiempo y sonrieron con esa chispa en los ojos que jamás nadie había visto, esa chispa que fundía las corazas y esa chispa que hablaba sin palabras.

Para Álvaro, por mostrarme el todo.