miércoles, 3 de diciembre de 2014

Treinta y seis horas

Ana sonrió al ver a Tomás en la distancia. Estaba nerviosa. La última vez que se habían visto terminaron besándose en plena calle. Pero habían pasado un par de días y algunas cosas extrañas que le hacían dudar sobre cómo proceder en esos primeros segundos del encuentro. Cuando él hubo llegado, se decidió por los protocolarios dos besos. Él la siguió no sin aprovechar la tesitura para posar su mano en su cintura. Ana sintió un cosquilleo en la espina dorsal. Tomás la miró intensamente a los ojos y medio sonrió.
-¿Dónde vamos?- preguntó.
-¿Te apetece una cerveza?
-Claro.
Iniciaron camino uno muy cerca del otro, algo cohibidos por una conversación anterior ciertamente incómoda.
-Siento si dije algo inapropiado el otro día- comentó Tomás.
-No pasa nada. Me sorprendió un poco lo que me dijiste, eso sí, pero no te preocupes- Ana trató de quitarle importancia.
-¿Qué es lo que te sorprendió exactamente?- insistió Tomás.
-Bueno, nos besamos y cuando me iba para casa me dijiste eso de "qué raro todo, me siento un poco incómodo". En ese momento le quité importancia, no creí que hubiera hecho nada para incomodarte...
-Pero, sentí como, de repente, sacaste cierta frialdad, no sé- la interrumpió él.
-No o, al menos, no era mi intención, te lo aseguro. Estaba muy bien, simplemente no me gusta besarme en público de esta manera, no soy de exponerme ¿sabes? Quizá por eso me notaste algo más fría, cohibida, no lo sé...
-Puede ser...
-De todos modos, cuando llegué a casa y pensé en la lectura que podrías haber hecho de la situación, enseguida quise aclarártelo y por eso te mandé aquel mensaje.
-Sí y te lo agradezco un montón. Te preocupaste y eso es de valorar.
-Bueno, me parece lo normal... Pero, claro, cuando me soltaste lo que me soltaste, me dejaste muy descolocada.
-Entiendo, no era para nada mi intención, pero es lo que sentía en ese momento. Perdona.
-No pasa nada, sólo que no entendí muy bien qué querías decirme con "el problema es que me gustas"
-Bueno... Pues eso, que me gustas y por cómo soy yo y cómo eres tú, me parece que va a ser un poco complicado esto.
-¿Y cómo soy yo?
-Bueno, yo ya me entiendo- rió distendido.

Ana también rió, sentía mucha curiosidad por aquel chico del que poco había conocido todavía. Y, en cierta manera, compartía su inseguridad con respecto a lo que pudiera ocurrir entre ellos. Se llevaban muy bien, habían compartido algunas charlas interesantes y algunos momentos hilarantes que los hacían perfectos el uno para el otro. Estaban en sintonía y, sin embargo, se notaba algo en el ambiente, algo fuera de su capacidad de descripción, que les producía cierto respeto. Aún y así, Ana, que siempre había defendido la premisa "si tienes que arrepentirte que sea por lo que hiciste y no por lo que dejaste de hacer", decidió que valía la pena arriesgarse por Tomás. Y Tomás lo leyó en sus ojos tan claramente que no puedo hacer otra cosa que dejarse llevar.

Aquella noche terminaron en casa de él y, tumbados en la cama, se les hizo de día hablando de todo, riéndose como nunca, inventando historias. Se levantaron muy temprano para desayunar y seguir hablando como si hiciera años que no hablaban con nadie. Como si hubieran pasado tiempo aislados del mundo y necesitaran con urgencia comunicarse. Como si nunca hubieran conocido a alguien con quien conectaran tan bien, tan rápido, tan profundo. Después de desayunar volvieron a la cama y siguieron hablando. Se les hizo de noche muy rápido y, en un momento de lucidez, contaron las horas que hacía que estaban despiertos: treinta y seis. No se lo podían creer. Les entró la risa floja y Tomás cayó rendido mientras Ana le acariciaba la espalda. Ella se dio cuenta de que le estaba mirando de una manera distinta, con dulzura, con cariño. Le despertó suavemente y le dijo que se marchaba a casa a ducharse y cambiarse de ropa. Deseó que Tomás la invitara a volver pronto. Él le agarró la cara y la besó intensamente. "Volverás luego ¿no?" le dijo, "ahora que he pasado tantas horas despierto contigo, quiero dormir contigo". Ana sintió tantas cosas y todas tan poco convenientes para el tiempo que hacía que se conocían, que sólo acertó a decir "Claro, luego vuelvo y dormimos". Cuando Ana se marchó, en el momento en que dio quince pasos alejándose del piso de Tomás, sintió que le echaba de menos, que quería estar con él de nuevo, que le costaba marcharse, aún sabiendo que iba a volver en un par de horas. Tomás durmió veinte minutos antes de meterse en la ducha y tratar de estar deciente para cuando Ana volviera. Y en esos veinte minutos soñó con ella. No se la quitó de la cabeza ni un segundo durante el tiempo que estuvieron separados. Y se mandaron unos seis mensajes entre la incredulidad y la felicidad de haberse encontrado. Se enamoraron fulminantemente. Y, por un tiempo, perdieron de vista eso que no podían describir al principio pero les daba tanto respeto. Por un tiempo no existió y lo que sí existió fue su capacidad para hablar abiertamente de todo y entenderse con precisión. "Si esto no funciona, yo no sé qué podría funcionar", dijo Tomás una vez y Ana asintió convencida.

Algunos meses después se separaron. Ana no supo qué hacer. Tomás trató de hacer lo mejor para ambos. Ana lloró. Tomás lloró. Y los dos olvidaron que una vez, no hacía mucho, estuvieron treinta y seis horas despiertos descubriéndose y embelesándose. Treinta y seis horas únicas. Treinta y seis horas de complicidad absoluta. Treinta y seis horas perfectas. Si aquello no había funcionado ¿qué podría hacerlo?

No hay comentarios: