martes, 16 de diciembre de 2014

El último día del año

-Llámame el último día del año- dijo abrazándole.

-¿Por qué?- le susurró él.
-Porque quiero escuchar tu voz antes de las campanadas.
-¿Y luego?
-Luego empezará un nuevo año... ¿Me llamarás?
-Claro. 

Se besaron durante treinta y dos minutos. No se dijeron adiós. Nunca lo hacían. 

Desde ese momento hasta el último día del año faltaban ocho meses, diez días y una hora. En ese tiempo no volvieron a verse, ni a hablarse. Él se acordó de ella en multitud de ocasiones ¿qué estará haciendo? ¿cómo le irá? ¿dónde estará? y, lo más importante ¿con quién? Ella también se acordó de él a menudo ¿qué estará haciendo? ¿cómo le irá? ¿dónde estará? y, lo más importante ¿con quién? Pero ninguno hizo nada por saber. Ni siquiera se espiaron, como en otras ocasiones, por las redes sociales. El tiempo hizo que los recuerdos se espaciaran. Y la vida siguió. Él conoció a alguien. Una chica encantadora, con facilidad para el rubor y paciencia infinita. Ella también conoció a alguien, un chico atento y pasional que le llevaba el desayuno a la cama los fines de semana. Una noche de septiembre, ella no podía dormir. Lo que no sabía es que él también daba vueltas en su cama desvelado. Mirando al techo en la oscuridad, ella sintió una ráfaga de incomodidad. Tocó la mano de su acompañante que dormía plácidamente a su lado. Reconfortado por su presencia, se despertó y la abrazó sin contemplaciones. Ella pensó que, entre sus brazos, iba a poder olvidar esa inquietud a la que no sabía darle un motivo. Pero no. Él, que aquella noche dormía solo, se entretuvo curioseando internet en su teléfono. Buscó la fórmula de apartar de su estómago esa sensación de nervios que le indicaba que algo no iba bien. La chica con la que estaba era la ideal, sencilla y tierna, dispuesta y serena, un remanso de paz donde se hacía real ese tipo de relación tranquila y sin altibajos que él creía desear. De todos modos, no pudo evitar pensar en ella, ELLA, parecía que la tenía grabada a fuego en alguna parte imborrable de su pensamiento. Ella tampoco pudo evitar pensar en él, EL, parecía que lo tenía cincelado a conciencia en alguna parte recóndita de su corazón. La lucha nocturna por evitar lo inevitable terminó al amanecer. El ajetreo diurno volvió a meterles de nuevo en el juego del ahora. Y, casi sin darse cuenta, pasaron dos meses más. Entre unas cosas y otras, el tiempo había volado. Un día de principios de diciembre, él miró el calendario y rememoró las palabras de ella: "Llámame el último día del año". Sintió un deseo incontenible de hablarle, escuchar su voz, sus dejes, reírse de esas tonterías que habían fabricado tras años de conocerse. Quiso besarla fuerte, abrazarla fuerte, agarrarla fuerte, amarla fuerte. Aquel mismo día ella recibió una llamada. "¿Ya tienes planes para fin de año?". Y recordó lo que le había dicho la noche de su despedida. Le vino la imagen de él, como una fotografía puesta justo delante de sus ojos y que no le dejaba ver nada más. Un impulsivo "te quiero" se le escapó de la celda de contención de su cabeza. Porque "te quiero" había sido siempre lo primero que pensaba al mirarle. Y, aunque no se lo decía todas las veces que le pasaba por la cabeza, para ella se había convertido en una costumbre verle y escucharlo en su mente.  Ambos sintieron inquietud al cerciorarse de que seguía sobre ellos la nube de su recuerdo, persiguiéndoles allí donde iban. La satisfacción nunca parecía ser completa y los amores nunca saciantes. ¿Y si eran dos lanas destinadas a ser tejidas en la misma bufanda? El invierno había llegado y la nostalgia pronto hizo mella. Tanta que ambos boicotearon, sin darse cuenta, sus relaciones perfectas. Y al llegar la navidad, ocurrió lo mismo que en los últimos años, estaban solos. Nadie a quien llevar a las copiosas comidas familiares, ni con quien huir de las zonas comerciales. Y las miradas condescendientes de las parejas eran esquivadas con la maestría del que lleva tiempo dedicándose a ello. En algún momento entre nochebuena y navidad los dos fantasearon con la idea de que el otro aparecería de repente, como un milagro navideño que siempre negarían haber deseado. Cada mañana, desde que había dejado su relación y se sentía libre para pensar en ella sin remordimientos, él contaba los días que quedaban hasta el fin del año. Ella no quiso esperar su llamada, aunque él se había comprometido, le daba miedo ilusionarse y acabar decepcionada. Ocho meses daban para muchas cosas, quizá él ya había logrado olvidarla. Pero, era inevitable tener aunque fuera una pequeñísima esperanza. 
La noche del último día del año, los dos se vistieron elegantes. De riguroso negro. Ella con los labios rojos, él con corbata estrecha, ella con la espalda al aire, él con los zapatos de las ocasiones especiales. Pensaban pasarlo bien, muy bien de hecho. A las nueve y siete minutos de la noche, sonó el teléfono. Era él. 

-¡Lo has hecho!
-Te dije que lo haría. 
-Estoy hasta un poco nerviosa...
-Yo también, no te creas... ¿Qué tal? ¿Cómo estás?
-Muy bien- mintió -¿Y tú? ¿Cómo estás?
-Bien, muy bien- mintió también -¿Qué planes tienes para hoy?
-Estoy llegando a casa de unos amigos para cenar ¿tú?
-Sí, yo también... Ya estoy por aquí, no sé si oyes el jaleo. 
-Sí, se escucha buen ambiente- sonrió -Gracias por llamar. 
-Así quedamos... Oye, feliz año y esas cosas...
-¡Igualmente! Pásalo muy bien- no quería colgar y no sabía cómo evitarlo. 
-¡Tú también!- no quería colgar y no sabía cómo trasmitírselo. 

Se quedaron en silencio unos segundos. Sus mentes trabajaron intensamente en la telepatía. "No te olvido" pensó ella, "No te olvido", pensó él. 

-Bueno, pues... Un beso enorme. 
-Otro para ti. 

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