jueves, 11 de diciembre de 2014

A veces no te soporto. Pero prefiero no soportarte a tener que olvidarte.

"A veces no te soporto. Pero prefiero no soportarte a tener que olvidarte"

Leyó la tarjeta y sonrió. No había nadie a su alrededor y le dio pena no poder compartir esa sonrisa única que sólo le provocaban sus palabras. Cogió la caja que acompañaba al mensaje y la miró durante un minuto exacto. Sabía lo que había dentro: un calcetín, una toalla y un libreto de un disco. Justo lo que ella había enviado dos semanas atrás. No tenía ninguna duda y, sin embargo, estaba nerviosa. Una sensación de regalo a punto de ser descubierto le recorrió el cuerpo. Disfrutó cada segundo de ese minuto de expectación. Se mordió la uña del dedo índice y pensó en la cantidad de pequeñísimos detalles que pasan desapercibidos a lo largo de la vida. Abrió la caja, porque la intriga era implacable. Cerró los ojos, acercó su cara al recipiente, inspiró profundo y, ahí estaba, como siempre, ese olor. El aroma de la vida que pasa y nada cambia. El aroma del amor y la pasión. El aroma del dolor, el perdón y la frustración infinita. Ese olor generó chispazos eléctricos en su interior. Puso la mano dentro de la caja a ciegas, palpando, centrando toda su atención en el tacto y tratando de que no se le escapara ninguna sensación por el camino. Su mano tocó la fina tela de un calcetín, lo agarró y lo apretó con su puño. "Lo vuelves a hacer, maldita sea, siempre lo consigues", pensó con ilusión y rabia al mismo tiempo. Abrió los ojos y siguió buscando con la mirada, estaba la toalla y el libreto del disco. Cogió este último confirmando sus sospechas: había unos garabatos en él. "Por fin" pensó y se le escapó un suspiro impulsivo. En aquel momento se dio por satisfecha, era como si hubiera logrado algo que llevaba mucho tiempo esperando. No hacía falta más. Pero había más. Además de los objetos reconocidos, había dos tarjetas. En la parte exterior de una ponía "Calcetines" y en la de la otra "Toalla". Layó la primera: "Si este calcetín eligió quedarse allí contigo, no le culpo, sé perfectamente por qué lo ha hecho.  Y si el otro decidió venirse conmigo, quizá necesiten estar separados para saber cuánto son capaces de echarse de menos". Sintió cómo se le quedaban las manos heladas. La sangre no circulaba, se había quedado retenida en su pecho rodeando un corazón que trataba de bombear cada vez con más fuerza. "Te odio", pensó. "Te odio tanto que podría quererte toda la vida y me faltaría tiempo", no echó cuentas de lo contradictorio que resultaba ese pensamiento. Sin dilación se dispuso a leer la segunda nota. "Cuando fui a la ducha te vi en el pasillo y me sonreíste, sin decir nada, sólo una sonrisa y me puse de los nervios. Apreté la toalla con todas mis fuerzas, tratando de mantener la compostura, disimulando como podía. Esta toalla contiene ese preciso instante. Y por eso, debes tenerla. Quiero que la mires y sepas que pase lo que pase, siempre consigues que me rinda a ti". Sus piernas flojearon. La vida se detuvo. El tiempo dejó de consumirse. "¿Y ahora qué?" se preguntó. Cogió el teléfono, escribió "Ven" y lo borró. Lo volvió a escribir y lo borró. Lo escribió de nuevo y lo borró otra vez. "¿Para qué?" dijo en voz alta. "Es demasiado tarde ya y, sin embargo, parece que acabamos de empezar".

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