miércoles, 31 de diciembre de 2014

Lo mejor de mi año: "El cohete azul"

Este año empezó con un archivo de cinco folios llamado "Jaime" guardado en el escritorio de mi ordenador. Siguió con muchísimas horas encerrada en habitaciones y bibliotecas, creando personajes, modelando historias, sonriendo y desesperándome en cada párrafo. El año pasado, Jaime, Alberto, Julia y Marisa, ni siquiera existían, hoy, son parte imprescindible de mi vida. He sentido su historia como si fuera la mía y ellos han sentido mi historia como si fuera la suya. Son lo mejor que me ha pasado este año. La razón por la que ha valido la pena todo el sacrificio. Les he visto nacer, crecer y ser. Empezaron pareciéndose a alguien que conocí en algún momento de mi vida y terminaron teniendo su propia personalidad. Sin desmerecer el resto de fantásticos momentos vividos en 2014, mi año termina con la enorme satisfacción de haber escalado un tramo más de esta montaña que es cumplir un sueño. Y agradezco infinito todas las cuerdas que me han sujetado para lograrlo. Esas cuerdas bien amarradas que empiezan por mis padres y terminan en cada una de las personas que han leído "El cohete azul". A todos GRACIAS una y otra vez, hasta quedarme sin voz, hasta devolveros toda esa felicidad que me habéis regalado. GRACIAS.

martes, 16 de diciembre de 2014

El último día del año

-Llámame el último día del año- dijo abrazándole.

-¿Por qué?- le susurró él.
-Porque quiero escuchar tu voz antes de las campanadas.
-¿Y luego?
-Luego empezará un nuevo año... ¿Me llamarás?
-Claro. 

Se besaron durante treinta y dos minutos. No se dijeron adiós. Nunca lo hacían. 

Desde ese momento hasta el último día del año faltaban ocho meses, diez días y una hora. En ese tiempo no volvieron a verse, ni a hablarse. Él se acordó de ella en multitud de ocasiones ¿qué estará haciendo? ¿cómo le irá? ¿dónde estará? y, lo más importante ¿con quién? Ella también se acordó de él a menudo ¿qué estará haciendo? ¿cómo le irá? ¿dónde estará? y, lo más importante ¿con quién? Pero ninguno hizo nada por saber. Ni siquiera se espiaron, como en otras ocasiones, por las redes sociales. El tiempo hizo que los recuerdos se espaciaran. Y la vida siguió. Él conoció a alguien. Una chica encantadora, con facilidad para el rubor y paciencia infinita. Ella también conoció a alguien, un chico atento y pasional que le llevaba el desayuno a la cama los fines de semana. Una noche de septiembre, ella no podía dormir. Lo que no sabía es que él también daba vueltas en su cama desvelado. Mirando al techo en la oscuridad, ella sintió una ráfaga de incomodidad. Tocó la mano de su acompañante que dormía plácidamente a su lado. Reconfortado por su presencia, se despertó y la abrazó sin contemplaciones. Ella pensó que, entre sus brazos, iba a poder olvidar esa inquietud a la que no sabía darle un motivo. Pero no. Él, que aquella noche dormía solo, se entretuvo curioseando internet en su teléfono. Buscó la fórmula de apartar de su estómago esa sensación de nervios que le indicaba que algo no iba bien. La chica con la que estaba era la ideal, sencilla y tierna, dispuesta y serena, un remanso de paz donde se hacía real ese tipo de relación tranquila y sin altibajos que él creía desear. De todos modos, no pudo evitar pensar en ella, ELLA, parecía que la tenía grabada a fuego en alguna parte imborrable de su pensamiento. Ella tampoco pudo evitar pensar en él, EL, parecía que lo tenía cincelado a conciencia en alguna parte recóndita de su corazón. La lucha nocturna por evitar lo inevitable terminó al amanecer. El ajetreo diurno volvió a meterles de nuevo en el juego del ahora. Y, casi sin darse cuenta, pasaron dos meses más. Entre unas cosas y otras, el tiempo había volado. Un día de principios de diciembre, él miró el calendario y rememoró las palabras de ella: "Llámame el último día del año". Sintió un deseo incontenible de hablarle, escuchar su voz, sus dejes, reírse de esas tonterías que habían fabricado tras años de conocerse. Quiso besarla fuerte, abrazarla fuerte, agarrarla fuerte, amarla fuerte. Aquel mismo día ella recibió una llamada. "¿Ya tienes planes para fin de año?". Y recordó lo que le había dicho la noche de su despedida. Le vino la imagen de él, como una fotografía puesta justo delante de sus ojos y que no le dejaba ver nada más. Un impulsivo "te quiero" se le escapó de la celda de contención de su cabeza. Porque "te quiero" había sido siempre lo primero que pensaba al mirarle. Y, aunque no se lo decía todas las veces que le pasaba por la cabeza, para ella se había convertido en una costumbre verle y escucharlo en su mente.  Ambos sintieron inquietud al cerciorarse de que seguía sobre ellos la nube de su recuerdo, persiguiéndoles allí donde iban. La satisfacción nunca parecía ser completa y los amores nunca saciantes. ¿Y si eran dos lanas destinadas a ser tejidas en la misma bufanda? El invierno había llegado y la nostalgia pronto hizo mella. Tanta que ambos boicotearon, sin darse cuenta, sus relaciones perfectas. Y al llegar la navidad, ocurrió lo mismo que en los últimos años, estaban solos. Nadie a quien llevar a las copiosas comidas familiares, ni con quien huir de las zonas comerciales. Y las miradas condescendientes de las parejas eran esquivadas con la maestría del que lleva tiempo dedicándose a ello. En algún momento entre nochebuena y navidad los dos fantasearon con la idea de que el otro aparecería de repente, como un milagro navideño que siempre negarían haber deseado. Cada mañana, desde que había dejado su relación y se sentía libre para pensar en ella sin remordimientos, él contaba los días que quedaban hasta el fin del año. Ella no quiso esperar su llamada, aunque él se había comprometido, le daba miedo ilusionarse y acabar decepcionada. Ocho meses daban para muchas cosas, quizá él ya había logrado olvidarla. Pero, era inevitable tener aunque fuera una pequeñísima esperanza. 
La noche del último día del año, los dos se vistieron elegantes. De riguroso negro. Ella con los labios rojos, él con corbata estrecha, ella con la espalda al aire, él con los zapatos de las ocasiones especiales. Pensaban pasarlo bien, muy bien de hecho. A las nueve y siete minutos de la noche, sonó el teléfono. Era él. 

-¡Lo has hecho!
-Te dije que lo haría. 
-Estoy hasta un poco nerviosa...
-Yo también, no te creas... ¿Qué tal? ¿Cómo estás?
-Muy bien- mintió -¿Y tú? ¿Cómo estás?
-Bien, muy bien- mintió también -¿Qué planes tienes para hoy?
-Estoy llegando a casa de unos amigos para cenar ¿tú?
-Sí, yo también... Ya estoy por aquí, no sé si oyes el jaleo. 
-Sí, se escucha buen ambiente- sonrió -Gracias por llamar. 
-Así quedamos... Oye, feliz año y esas cosas...
-¡Igualmente! Pásalo muy bien- no quería colgar y no sabía cómo evitarlo. 
-¡Tú también!- no quería colgar y no sabía cómo trasmitírselo. 

Se quedaron en silencio unos segundos. Sus mentes trabajaron intensamente en la telepatía. "No te olvido" pensó ella, "No te olvido", pensó él. 

-Bueno, pues... Un beso enorme. 
-Otro para ti. 

jueves, 11 de diciembre de 2014

A veces no te soporto. Pero prefiero no soportarte a tener que olvidarte.

"A veces no te soporto. Pero prefiero no soportarte a tener que olvidarte"

Leyó la tarjeta y sonrió. No había nadie a su alrededor y le dio pena no poder compartir esa sonrisa única que sólo le provocaban sus palabras. Cogió la caja que acompañaba al mensaje y la miró durante un minuto exacto. Sabía lo que había dentro: un calcetín, una toalla y un libreto de un disco. Justo lo que ella había enviado dos semanas atrás. No tenía ninguna duda y, sin embargo, estaba nerviosa. Una sensación de regalo a punto de ser descubierto le recorrió el cuerpo. Disfrutó cada segundo de ese minuto de expectación. Se mordió la uña del dedo índice y pensó en la cantidad de pequeñísimos detalles que pasan desapercibidos a lo largo de la vida. Abrió la caja, porque la intriga era implacable. Cerró los ojos, acercó su cara al recipiente, inspiró profundo y, ahí estaba, como siempre, ese olor. El aroma de la vida que pasa y nada cambia. El aroma del amor y la pasión. El aroma del dolor, el perdón y la frustración infinita. Ese olor generó chispazos eléctricos en su interior. Puso la mano dentro de la caja a ciegas, palpando, centrando toda su atención en el tacto y tratando de que no se le escapara ninguna sensación por el camino. Su mano tocó la fina tela de un calcetín, lo agarró y lo apretó con su puño. "Lo vuelves a hacer, maldita sea, siempre lo consigues", pensó con ilusión y rabia al mismo tiempo. Abrió los ojos y siguió buscando con la mirada, estaba la toalla y el libreto del disco. Cogió este último confirmando sus sospechas: había unos garabatos en él. "Por fin" pensó y se le escapó un suspiro impulsivo. En aquel momento se dio por satisfecha, era como si hubiera logrado algo que llevaba mucho tiempo esperando. No hacía falta más. Pero había más. Además de los objetos reconocidos, había dos tarjetas. En la parte exterior de una ponía "Calcetines" y en la de la otra "Toalla". Layó la primera: "Si este calcetín eligió quedarse allí contigo, no le culpo, sé perfectamente por qué lo ha hecho.  Y si el otro decidió venirse conmigo, quizá necesiten estar separados para saber cuánto son capaces de echarse de menos". Sintió cómo se le quedaban las manos heladas. La sangre no circulaba, se había quedado retenida en su pecho rodeando un corazón que trataba de bombear cada vez con más fuerza. "Te odio", pensó. "Te odio tanto que podría quererte toda la vida y me faltaría tiempo", no echó cuentas de lo contradictorio que resultaba ese pensamiento. Sin dilación se dispuso a leer la segunda nota. "Cuando fui a la ducha te vi en el pasillo y me sonreíste, sin decir nada, sólo una sonrisa y me puse de los nervios. Apreté la toalla con todas mis fuerzas, tratando de mantener la compostura, disimulando como podía. Esta toalla contiene ese preciso instante. Y por eso, debes tenerla. Quiero que la mires y sepas que pase lo que pase, siempre consigues que me rinda a ti". Sus piernas flojearon. La vida se detuvo. El tiempo dejó de consumirse. "¿Y ahora qué?" se preguntó. Cogió el teléfono, escribió "Ven" y lo borró. Lo volvió a escribir y lo borró. Lo escribió de nuevo y lo borró otra vez. "¿Para qué?" dijo en voz alta. "Es demasiado tarde ya y, sin embargo, parece que acabamos de empezar".

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Treinta y seis horas

Ana sonrió al ver a Tomás en la distancia. Estaba nerviosa. La última vez que se habían visto terminaron besándose en plena calle. Pero habían pasado un par de días y algunas cosas extrañas que le hacían dudar sobre cómo proceder en esos primeros segundos del encuentro. Cuando él hubo llegado, se decidió por los protocolarios dos besos. Él la siguió no sin aprovechar la tesitura para posar su mano en su cintura. Ana sintió un cosquilleo en la espina dorsal. Tomás la miró intensamente a los ojos y medio sonrió.
-¿Dónde vamos?- preguntó.
-¿Te apetece una cerveza?
-Claro.
Iniciaron camino uno muy cerca del otro, algo cohibidos por una conversación anterior ciertamente incómoda.
-Siento si dije algo inapropiado el otro día- comentó Tomás.
-No pasa nada. Me sorprendió un poco lo que me dijiste, eso sí, pero no te preocupes- Ana trató de quitarle importancia.
-¿Qué es lo que te sorprendió exactamente?- insistió Tomás.
-Bueno, nos besamos y cuando me iba para casa me dijiste eso de "qué raro todo, me siento un poco incómodo". En ese momento le quité importancia, no creí que hubiera hecho nada para incomodarte...
-Pero, sentí como, de repente, sacaste cierta frialdad, no sé- la interrumpió él.
-No o, al menos, no era mi intención, te lo aseguro. Estaba muy bien, simplemente no me gusta besarme en público de esta manera, no soy de exponerme ¿sabes? Quizá por eso me notaste algo más fría, cohibida, no lo sé...
-Puede ser...
-De todos modos, cuando llegué a casa y pensé en la lectura que podrías haber hecho de la situación, enseguida quise aclarártelo y por eso te mandé aquel mensaje.
-Sí y te lo agradezco un montón. Te preocupaste y eso es de valorar.
-Bueno, me parece lo normal... Pero, claro, cuando me soltaste lo que me soltaste, me dejaste muy descolocada.
-Entiendo, no era para nada mi intención, pero es lo que sentía en ese momento. Perdona.
-No pasa nada, sólo que no entendí muy bien qué querías decirme con "el problema es que me gustas"
-Bueno... Pues eso, que me gustas y por cómo soy yo y cómo eres tú, me parece que va a ser un poco complicado esto.
-¿Y cómo soy yo?
-Bueno, yo ya me entiendo- rió distendido.

Ana también rió, sentía mucha curiosidad por aquel chico del que poco había conocido todavía. Y, en cierta manera, compartía su inseguridad con respecto a lo que pudiera ocurrir entre ellos. Se llevaban muy bien, habían compartido algunas charlas interesantes y algunos momentos hilarantes que los hacían perfectos el uno para el otro. Estaban en sintonía y, sin embargo, se notaba algo en el ambiente, algo fuera de su capacidad de descripción, que les producía cierto respeto. Aún y así, Ana, que siempre había defendido la premisa "si tienes que arrepentirte que sea por lo que hiciste y no por lo que dejaste de hacer", decidió que valía la pena arriesgarse por Tomás. Y Tomás lo leyó en sus ojos tan claramente que no puedo hacer otra cosa que dejarse llevar.

Aquella noche terminaron en casa de él y, tumbados en la cama, se les hizo de día hablando de todo, riéndose como nunca, inventando historias. Se levantaron muy temprano para desayunar y seguir hablando como si hiciera años que no hablaban con nadie. Como si hubieran pasado tiempo aislados del mundo y necesitaran con urgencia comunicarse. Como si nunca hubieran conocido a alguien con quien conectaran tan bien, tan rápido, tan profundo. Después de desayunar volvieron a la cama y siguieron hablando. Se les hizo de noche muy rápido y, en un momento de lucidez, contaron las horas que hacía que estaban despiertos: treinta y seis. No se lo podían creer. Les entró la risa floja y Tomás cayó rendido mientras Ana le acariciaba la espalda. Ella se dio cuenta de que le estaba mirando de una manera distinta, con dulzura, con cariño. Le despertó suavemente y le dijo que se marchaba a casa a ducharse y cambiarse de ropa. Deseó que Tomás la invitara a volver pronto. Él le agarró la cara y la besó intensamente. "Volverás luego ¿no?" le dijo, "ahora que he pasado tantas horas despierto contigo, quiero dormir contigo". Ana sintió tantas cosas y todas tan poco convenientes para el tiempo que hacía que se conocían, que sólo acertó a decir "Claro, luego vuelvo y dormimos". Cuando Ana se marchó, en el momento en que dio quince pasos alejándose del piso de Tomás, sintió que le echaba de menos, que quería estar con él de nuevo, que le costaba marcharse, aún sabiendo que iba a volver en un par de horas. Tomás durmió veinte minutos antes de meterse en la ducha y tratar de estar deciente para cuando Ana volviera. Y en esos veinte minutos soñó con ella. No se la quitó de la cabeza ni un segundo durante el tiempo que estuvieron separados. Y se mandaron unos seis mensajes entre la incredulidad y la felicidad de haberse encontrado. Se enamoraron fulminantemente. Y, por un tiempo, perdieron de vista eso que no podían describir al principio pero les daba tanto respeto. Por un tiempo no existió y lo que sí existió fue su capacidad para hablar abiertamente de todo y entenderse con precisión. "Si esto no funciona, yo no sé qué podría funcionar", dijo Tomás una vez y Ana asintió convencida.

Algunos meses después se separaron. Ana no supo qué hacer. Tomás trató de hacer lo mejor para ambos. Ana lloró. Tomás lloró. Y los dos olvidaron que una vez, no hacía mucho, estuvieron treinta y seis horas despiertos descubriéndose y embelesándose. Treinta y seis horas únicas. Treinta y seis horas de complicidad absoluta. Treinta y seis horas perfectas. Si aquello no había funcionado ¿qué podría hacerlo?