miércoles, 5 de noviembre de 2014

La metarealidad

Marcos llegó a casa tarde. La jornada laboral había sido eterna y tediosa. Abrió la puerta y, al cruzar el umbral, se pasó la mano por la frente de izquierda a derecha, como tratando de borrar de su cerebro todos los pensamientos negativos. Soltó la bolsa con la cena encima de la mesa de la cocina y se fue a la habitación. Se quitó la ropa, olió la camisa y la echó a lavar. Se puso el pijama. Nada le reconfortaba más que llegar a casa y ponerse el pijama. Suspiró aliviado. Pasó de nuevo por la cocina, cogió una cerveza de la nevera y echó mano de la bolsa del chino. Se lo llevó todo al salón y se sentó en el sofá. Descansar la espalda era el segundo placer que se había permitido aquel largo día de reuniones, broncas y clientes insatisfechos. El tercero fue tomar un buen trago de cerveza fresca. La satisfacción le invadía y con ella llegó un ápice de tranquilidad. Agradecía esos momentos, porque en su soledad se sentía bien, se sentía él mismo y podía tenerlo todo bajo control. Cenó lento, disfrutando de cada bocado, rodeado de un silencio embaucador. Al terminar, se quedó hipnotizado mirando su propio reflejo en la ventana. Y fue entonces, y sólo entonces, cuando la echó tanto de menos que se le cortó la respiración. Pensar en ella era la única cosa que le hacía sentirse patéticamente solo. Deseó besarla, agarrar su cintura, atraerla hacia su cuerpo, hacerle el amor de esa forma única en que sólo saben hacerlo las personas que están destinadas a ello. Quiso morder su tripa, besar su cuello, acariciar el final de su espalda, hacerla enloquecer y enamorarse en cada gesto arrebatador. Sintió el incontenible impulso de llamarla y decírselo. Ser honesto sin limites. Decirle que la echa de menos como nunca ha echado de menos a nadie. Que la desea hasta cuando se enfada y provoca esos silencios tensos inaguantables. Que, aún teniendo todo en contra, la quiere y siente que cuando ella no está,  el mundo se acaba cada puto día de su vida. Cogió el móvil en un gesto rápido que no fue procesado. Y en ese momento le llegó un correo. Era de ella. Lo abrió con la cautela del que cree que le han leído el pensamiento sin permiso.

"Si lo nuestro fuera una historia de ficción, tu personaje tendría alas. Unas enormes alas invisibles que te traerían a mí cada vez que me mordiera el labio inferior. Podrías dejar lo que estuvieras haciendo, por importante que fuera, para fugarnos a escenarios inventados. Y crearíamos edificios dibujándolos con las manos sobre el lienzo de la ciudad. En mi historia, sonreirías todo el rato, porque tu sonrisa dispara mis activos emocionales. Y sólo usaríamos el pensamiento para crear conversaciones ingeniosas que derivaran en risas explosivas. Lloraríamos como efecto de nuestra simpatía conjunta. Y presumiríamos de torpeza. Me pasaría el día escribiendo sobre tu cuerpo palabras delicadas y te besaría hasta que mis labios se confundieran con tu piel.
Te echo de menos. Mara"


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