viernes, 14 de noviembre de 2014

Algo tienes (Parte I: la visión de Laura)

Quedamos para tomar un café en la plaza del pueblo. Era un día de esos intrascendentes, un sábado quizá. O un domingo. La gente estaba contenta, era verano, eso lo recuerdo bien. Llevaba mi vestido de los días de mucho calor, ese que casi ni se siente sobre la piel. Una hora antes había escuchado su voz por primera vez, era grave y profunda. Semanas más tarde descubriría que él también era así, profundo... grave. Sus bromas eran incisivas, igual que sus silencios. Nada más verle, supe que no era mi tipo. Nada más hablarle, supe que nos íbamos a llevar terriblemente bien. Nada más dejarle, supe que iba a querer volver a verle pronto. Me escrutó con disimulo. Noté sus ojos clavados en los míos. Me retó, como sólo se puede retar a alguien que todavía no conoces. Se mostró descarado aunque respetuoso, sereno aunque nervioso, contenido aunque interesado. Me pareció excéntrico y divertido. Su humor negro, irónico y surrealista encajaba a la perfección con el mío. Punto a su favor. Después del café, unas cervezas. Con el tiempo descubriría que yo era más fan de la cerveza que él. Reí hasta llorar. Eso ocurre poco, casi nunca. Y nos despedimos como si nada, como si aquella tarde no hubiera cambiado ligeramente el rumbo de nuestras vidas, como si fuera habitual dar con una afinidad tan clara.

Al día siguiente hablamos por teléfono. 
-No sé qué es pero algo tienes- le dije.
-¿Algo bueno o algo malo?
-Creo que bueno, espero que bueno...
-Eso suena bien. Tú también tienes algo.

Dimos por hecho que ese "algo" que ambos veíamos en el otro, tenía que ser investigado. Nos pusimos el traje de exploradores y fuimos en busca del "algo". Y cada día el "algo" nos atrapaba más y más. Tanto que perdimos el norte. El "algo" nos engulló la conciencia y desaparecimos por un tiempo de la realidad. Al principio fue lo mejor que nos había pasado. Pero la realidad seguía ahí afuera y no se podía vivir eternamente del "algo". Cuando salimos al mundo exterior, habíamos cambiado, pero la realidad no había cambiado con nosotros. Y lo bonito se diluyó rápido. Aunque, mentiría si dijera que no sigue quedando un "algo" indescriptible que, de vez en cuando, me hace sonreír. 

lunes, 10 de noviembre de 2014

Ir de cara

-Me despistas.
-¿Y eso?
-Me cuesta leerte.
-¿Por qué querrías leerme?
-Para saber lo que piensas...
-¿Sobre qué?
-Sobre las cosas...
-¿Y si me preguntas?
-No quiero asustarte...
-¿Crees que me asusto con facilidad?
-No lo sé.
-¿Entonces?
-Puede que no sea el momento para hablar de estas cosas.
-¿De "estas cosas"?
-¿No has visto el sutil guiño de mi ojo?
-No, perdona, estaba mirando cómo te mordías el labio inferior.
-¿Lo he hecho?
-Si.
-No ha sido consciente.
-Mejor.
-¿Por qué?
-Eso quiere decir que no puedes controlarlo todo.
-¿Crees que quiero controlarlo todo?
-Sí.
-¿Dirías que eso es malo?
-Si eso no te permite disfrutar de las cosas que no puedes racionalizar, sí.
-Disfruto de ti.
-Entonces no es tan malo.
-Me encanta cuando sonríes.
-¿Vas a preguntarme eso que te tiene despistado?
-Se me ha olvidado. Haces que se me olvide cubrirme la espalda.
-Lo mejor de ir de cara es que no nos hace falta cubrirnos las espaldas.
-¿Lo dices convencida?
-Lo digo tranquila.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

La metarealidad

Marcos llegó a casa tarde. La jornada laboral había sido eterna y tediosa. Abrió la puerta y, al cruzar el umbral, se pasó la mano por la frente de izquierda a derecha, como tratando de borrar de su cerebro todos los pensamientos negativos. Soltó la bolsa con la cena encima de la mesa de la cocina y se fue a la habitación. Se quitó la ropa, olió la camisa y la echó a lavar. Se puso el pijama. Nada le reconfortaba más que llegar a casa y ponerse el pijama. Suspiró aliviado. Pasó de nuevo por la cocina, cogió una cerveza de la nevera y echó mano de la bolsa del chino. Se lo llevó todo al salón y se sentó en el sofá. Descansar la espalda era el segundo placer que se había permitido aquel largo día de reuniones, broncas y clientes insatisfechos. El tercero fue tomar un buen trago de cerveza fresca. La satisfacción le invadía y con ella llegó un ápice de tranquilidad. Agradecía esos momentos, porque en su soledad se sentía bien, se sentía él mismo y podía tenerlo todo bajo control. Cenó lento, disfrutando de cada bocado, rodeado de un silencio embaucador. Al terminar, se quedó hipnotizado mirando su propio reflejo en la ventana. Y fue entonces, y sólo entonces, cuando la echó tanto de menos que se le cortó la respiración. Pensar en ella era la única cosa que le hacía sentirse patéticamente solo. Deseó besarla, agarrar su cintura, atraerla hacia su cuerpo, hacerle el amor de esa forma única en que sólo saben hacerlo las personas que están destinadas a ello. Quiso morder su tripa, besar su cuello, acariciar el final de su espalda, hacerla enloquecer y enamorarse en cada gesto arrebatador. Sintió el incontenible impulso de llamarla y decírselo. Ser honesto sin limites. Decirle que la echa de menos como nunca ha echado de menos a nadie. Que la desea hasta cuando se enfada y provoca esos silencios tensos inaguantables. Que, aún teniendo todo en contra, la quiere y siente que cuando ella no está,  el mundo se acaba cada puto día de su vida. Cogió el móvil en un gesto rápido que no fue procesado. Y en ese momento le llegó un correo. Era de ella. Lo abrió con la cautela del que cree que le han leído el pensamiento sin permiso.

"Si lo nuestro fuera una historia de ficción, tu personaje tendría alas. Unas enormes alas invisibles que te traerían a mí cada vez que me mordiera el labio inferior. Podrías dejar lo que estuvieras haciendo, por importante que fuera, para fugarnos a escenarios inventados. Y crearíamos edificios dibujándolos con las manos sobre el lienzo de la ciudad. En mi historia, sonreirías todo el rato, porque tu sonrisa dispara mis activos emocionales. Y sólo usaríamos el pensamiento para crear conversaciones ingeniosas que derivaran en risas explosivas. Lloraríamos como efecto de nuestra simpatía conjunta. Y presumiríamos de torpeza. Me pasaría el día escribiendo sobre tu cuerpo palabras delicadas y te besaría hasta que mis labios se confundieran con tu piel.
Te echo de menos. Mara"


lunes, 3 de noviembre de 2014

La luz

-Te echo de menos
-¿Aún?
-Todavía
-Pero ya ha pasado mucho tiempo...
-No importa
-¿Por qué?
-Porque te sigo recordando, como si estuvieras aquí
-Estoy aquí
-Lo sé, pero no es lo mismo
-Tienes razón
-Es que nunca será como antes
-Ya... nunca. Pero ahora estás bien ¿no?
-¿Qué es estar bien?
-¿Sonríes de vez en cuando?
-En ocasiones...
-Eso es bueno
-Pero no sonrío como antes... nunca será como antes
-Lo importante es que sonrías, cuanto más mejor. Y haz ruido, mucho ruido. Tu risa es contagiosa
-Me da miedo reír.
-¿Por qué?
-No quiero perderte en mi alegría
-¿Qué significa eso?
-Que si estoy alegre parece que te eche menos de menos y no es así
-Yo no pienso eso
-Tú no, pero los demás sí
-¿Y qué importa? Yo lo que quiero es que seas feliz
-No puedo ser feliz si tengo este hueco dentro de mí... un hueco que es imposible rellenar
-Ven, acércate, que tienes una pestaña en la cara
-¿Te acuerdas cuando me llevabas en tu bici hasta la playa?
-Siempre serás la misma para mi. Tan tímida, tan graciosa...
-Y tú siempre serás el mismo para mi. Tan inteligente, tan cariñoso...
-Aquí se está bien. Tus sueños son bastante confortables.
-Hago lo que puedo
-La imaginación siempre fue lo tuyo
-Te echo de menos
-Lo sé.