martes, 5 de agosto de 2014

El miedo al amor de Efe y Ele

Efe riega las plantas de la terraza. Ele se pinta las uñas de rojo en el salón. Han pasado algunos meses desde que se las pintó por última vez. Ahora lo está pensando, ni se había dado cuenta. Efe no lleva camiseta, su espalda reluce al sol y llama la atención de Ele, que se queda mirándole fijamente sin advertir que él siente sus ojos clavados en su trasero. A Efe le gusta que Ele le mire el culo. Le hace sentir deseado. Alguna vez ha pensado, fugazmente, que es imposible que una mujer como Ele pueda desearle de esa formal. Pero lo cierto es que Ele le desea, mucho, casi al borde del acoso. Le desea tanto que se levanta y se acerca a él sólo para lamerle la cara. Él entiende perfectamente la provocación. A ella no le importa que sus uñas recién pintadas terminen hechas un desastre. La verdad es que nunca le ha importado llevar las uñas impecables, ni la ropa más bonita, ni lucir pelazo. A veces le dan arrebatos estéticos y dedica unas horas a lo que ella llama "sesión de belleza de urgencia". Efe no se fija en esas cosas. A él ella le parece una diosa incluso cuando se le corre el rímel y le sale el típico grano que anuncia la vorágine hormonal inminente. A veces discuten, es normal. Un amor tan poderoso como el suyo podría llegar a destruirles. Hablan y terminan cuestionándolo todo. Los días sin verse son más tortura que los días sin entenderse. Vuelven a amarse de una manera visceral. Quieren ser racionales, para evitar esos daños innecesarios que, según han hablado, provienen de no pensar. Pero cómo se pueden racionalizar los sentimientos, se pregunta Ele. Y cómo podrán aguantar a la larga estas intensidades, se pregunta Efe. Así han llegado hasta agosto. Hace calor y en poco tiempo han vivido tantas cosas que las emociones no pueden estar más que a flor de piel. Ele ha sentido el azote de los celos en diversas ocasiones. Nunca se pensó celosa, pero parece que Efe despierta en ella algo inaudito. Efe, por su parte, también ha sentido cosas, pero su habitual discreción en este tipo de menesteres le ha mantenido a salvo, o eso cree. En ocasiones Efe y Ele no se dan cuenta pero compiten. Y no sólo por ser el que le da más placer sexual al otro, que también. Compiten por evitar ser el primero que se sienta expuesto. Compiten como niños inconscientes. Compiten por no sentirse vulnerables. Ellos nunca lo admitirán pero saben que esa actitud es herencia de las historias pasadas, algunas muy importantes que dolieron lo suyo. Efe y Ele creen que todo aquello está superado, pero es difícil superar la decepción de cuando te entregas por completo y no funciona. Y si, a veces piensa Ele, he podido enamorarme otras veces, poniendo todo de mi parte, creyendo que, quizá, era la vez definitiva, y no ha sido así, cómo puedo creer que ésta sí va a serlo. Y entonces mira el culo de Efe, y luego su sonrisa, y él le devuelve la mirada con esos ojos misteriosos que todavía no sabe interpretar del todo. Y se pierden juntos, sin decir nada, en todo aquello que les hace creer que son perfectos el uno para el otro. Qué barbaridad pensar eso, dijo Ele una vez. Lo sé, respondió Efe. Y rieron. Porque ellos se ríen de todo y luego hacen que todo sea importante. Y vuelven a reír. A veces ni siquiera saben de qué se ríen o por qué discuten. Cuando las caras serias duran demasiado se enredan y terminan dándose cuenta de lo estúpidos que están siendo. Pero no son tan listos como creen y vuelven a caer en las dudas, en los temores, en la incomunicación, en las tonterías derivadas de un miedo que no saben gestionar, el miedo al amor.