domingo, 27 de abril de 2014

Enajenados del hu(a)mor

-No te muerdas las uñas, haz el favor- dijo él con un perturbador tono paterno.
-Lo evitaría si pudiera...- respondió ella airada y con la huella dactilar del dedo índice apoyada en su labio inferior a modo de provocación.
-Te vas a destrozar los dedos como sigas así- replicó él mirándola directamente a la boca.
-¿Realmente crees que eso es importante ahora?- soltó forzando, con un estratégico gesto de cabeza, que sus miradas se encontraran.
-Todo importa, en realidad...- mantuvo la mirada imperturbable.
-¿Tú crees? ¿Todo importa? Quizá sea por eso... quizá ya no estamos de acuerdo. Al menos no como antes- sentenció.
-No tenemos por qué estar de acuerdo en todo- confirmó arrogante.
-¿Y en desacuerdo por todo?- cuestionó ella.
-No estamos en desacuerdo por todo- disparó.
-Lo ves, hasta estamos en desacuerdo sobre el estar en desacuerdo... No puedo más... Es inútil- giró la cabeza con desprecio.
-¿Tratas de decirme algo? ¡Atrévete!- desafió él.
-Ahora que lo dices... sí... Me encantas y pon los yogures con la tapa hacia arriba, haz el favor-.
-Qué coincidencia, a mí también me encantas-.

Se miraron, él la rodeó con el brazo y la atrajo hacia su cuerpo en un dulce gesto cómplice. Ella miró a la cajera y dijo guiñándole el ojo:

-No hay compañero de vida mejor que el que comparte tu peculiar sentido del humor-.

Él la miró agradeciendo sus palabras con una cara de absoluta devoción. Terminaron de poner su compra en bolsas y salieron del supermercado riendo como dos insensatos. Mientras, la cajera negaba con la cabeza, había inventado la historia de aquella pareja en los pocos minutos que duró la representación teatral y no pudo evitar, al conocer lo irreal del asunto, marcarles con el sello de enajenados.

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