domingo, 30 de marzo de 2014

Los días de lluvia.

Llueve. Sara espera a Ernesto en la puerta de un bar, resguardada bajo un balcón junto a otras dos personas. La chica cruza las solapas de su abrigo para sentir la calidez de la tela pegada a su cuerpo. Hace fresco. Es la primera vez que se van a ver y está algo nerviosa. A su lado fuma un hombre de mediana edad, alto, corpulento, en mangas de camisa.

-Parece que el verano no vaya a llegar nunca- apunta él extendiendo la palma de la mano para tocar la lluvia.

La mujer, que está al otro lado, le da la réplica.

-No hay quién entienda este tiempo de locos- apunta indignada.
-Es que hace nada teníamos un sol del demonio...- continúa él.
-En la playa estaba yo. Y así- dice ella mirando al cielo -se le quitan a uno las ganas de hacer cosas, de verdad, qué manera de llover-.
-Eso es cierto. A mí este tiempo me quita años de vida- dramatiza él.

Sara les escucha mientras mira su móvil impaciente. Alza la vista y reconoce una silueta masculina a lo lejos, acercándose con premura, pero no está segura de que sea él. Cuando el chico está a medio camino, ella puede ver su cara con más claridad y reconoce esa sonrisa pícara. La media docena de fotografías que habían intercambiado cobraban vida en ese momento y era algo extraño ¿Sería Ernesto realmente la persona con la que ella había estado fantaseando en las últimas semanas? ¿Sería ella la chica que él se había imaginado?

-Sara, hola, perdona el retraso. Esta lluvia es lo peor...- dice él sacudiéndose suavemente el pelo.
-Hola, no pasa nada- sonríe ella y le da dos besos.
-¿Entramos?- sugiere él abriéndole la puerta.

El bar está lleno, Ernesto localiza hábilmente a una pareja que se marcha y deja libre una pequeña mesa algo retirada del resto. Ni hecho a propósito. Se sientan y piden un par de copas de vino.

-¿Has venido en la moto al final?- pregunta ella.
-No, qué va, con este tiempo no. He pillado el metro, iba a reventar...- exagera él.

Ella ríe poco natural. Él hace lo mismo. Se miran subrayando ese momento de nerviosismo patente.

-¿Me has reconocido enseguida?- curiosea ella.
-No había mucho con lo que confundirse la verdad- ríe él.
-Es cierto- rie ella.
-Aunque esos ojos son fáciles de identificar, y lo sabes-.
-Me gusta que me lo digas- sonríe Sara mostrando su lado más tierno.
-Tenía ganas de que quedáramos- confiesa él enfundado en su traje de tipo decidido.
-Yo también. Nos ha costado por eso-.
-Ha pasado cuando tenía que pasar, supongo-.
-Es curioso...- Sara se queda pensativa.
-¿El qué?- pregunta Ernesto extrañado.
-Lo de las citas a ciegas-.
-Quedamos en que a ambos nos gustaban las aventuras ¿no?- sonríe Ernesto a sabiendas de que Sara tiene sus reservas sobre ese tipo de encuentros.
-Sí, claro- despierta ella de su ensimismamiento.
-¿Soy como me imaginabas?- pregunta él atrevido, irguiéndose, posando como si estuviera en un concurso de belleza.
-No te creas, te esperaba más feo. Ha sido una completa decepción- bromea Sara.
-Entonces me voy- Ernesto finge ponerse serio -Está claro que no tengo nada que hacer contigo. Debí decirle al cirujano que no se pasara con la guapura- dice entre risas.
-Sabía que esto no podía ser natural...- ella le señala con mirada acusadora.
-Si te digo que conservo mi alma de feo- salta él -¿Me das otra oportunidad?-.
-Sin duda- zanja ella entre risas.

Un año después, Ernesto encuentra una nota junto a su desayuno:

"Hoy hace 365 días que me hiciste creer en mi espíritu aventurero. Hoy hace 365 días que el piropo más sencillo sonó único en tu boca. Hoy hace 365 días que te llamé guapo sin decirlo y tú fingiste ser feo. 365 días en los que has alimentado mi fantasía con bocanadas de palpable, abrazable y besable realidad. Y desde entonces, adoro los días de lluvia. Te quiero. Sara".


martes, 18 de marzo de 2014

Súbito

En una plaza, tomando cerveza con el sol de mediodía contemplándoles, él dijo:

-Aunque no te lo creas, hay personas que no entenderían esto.
-¿Esto?- preguntó ella cerrando los ojos y suspirando profundo. 
-Sí, esto- repitió él. 
-Esto...- sonrió ella.
-Esto que es todo- prosiguió él. 
-Todo... ¿todo?- cuestionó ella.
-Claro... todo... pero no todo de todo, sino todo de TODO, en mayúsculas. 
-Un todo en mayúsculas es un gran todo ¿eh?- le miró fijamente con dulzura. 
-Un todo en mayúsculas es lo más grande.
-Tan grande como esto...- ella sonrió y estiró el brazo por encima de la mesa para alcanzar su mano. 
-Tan grande como tú- sonreía él guiñándole el ojo y acariciando su mano con suavidad. 
-Tan grande como nosotros- sentenció ella.

Se quedaron unos segundos en silencio, mirándose. La mesa que les separaba era una distancia que habían salvado sin moverse. Estaban tan cerca que sentían el aroma de sus emociones revolotear a flor de piel. Ella inclinó ligeramente la cabeza hacia un lado a cámara lenta y dijo. 

-Eres tan guapo...

Él inspiró cada partícula de felicidad que había en el ambiente sin dejar de mirarla sorprendido, dando las gracias al universo por haberla conocido. 

-¿Te quieres volver a casar conmigo?
-Cada día de mi vida.