sábado, 15 de febrero de 2014

Empezar por el final

Quedaron a la hora de comer, pero no comieron. Se tomaron un par de cervezas y, con el estómago vacío, las risas desinhibidas llegaron pronto. Él hablaba mucho, ella le escuchaba tratando de encontrar un hueco en su discurso para poder intervenir. Ella le observaba. Parecía coqueto, de los que visten para gustar pero no lo admiten. Él la observaba. Parecía dulce y lista, de las que luego tienen un lado guerrero que engancha. La siguiente cerveza se la dedicaron a la proximidad corporal, sutil pero efectiva. Y, dos horas más tarde de verse las caras por primera vez, las tonterías les llevaron al piso de él. La diversión inicial, mezclada con el alcohol, terminó en atracción. Y la atracción en beso. Ella se dejó llevar, él se dejó llevar. No hubo tiempo para conocerse, no hubo tiempo ni para gustarse, no hubo tiempo porque ninguno de los dos quiso. El plan era otro, el plan era terminar con la frustración de un plumazo. El plan era olvidarla a ELLA. El plan era olvidarle a ÉL.

El sexo fue intenso y gratificante. Él quería dominar. Ella quería dominar. Y en la batalla por dar lo máximo se olvidaron de quienes eran y de qué iba aquella historia. Una historia que ni siquiera lo era todavía. No eran más que dos desconocidos buscando su propio placer en el goce del otro. Y el otro podía ser quien fuera. Alguien bueno y generoso, romántico y detallista, cariñoso y sereno. O todo lo contrario. Poco importaba. Lo que importaba era despojarse del dolor y agarrarse al placer con fuerza.

Terminaron y ella pensó que aquella sería la primera y última vez. Algo simple, sin complicaciones. Una bonita tarde en casa de una bonita persona. Él la invitó a quedarse a cenar. Ella no quiso irse. Él cocinó. Ella vistió ropa de estar por casa. Él la cuidó. Ella se dejó cuidar. Él la abrazó cuando se dormían. Ella le besó suavemente.

Al dia siguiente cogieron el metro en direcciones opuestas. En el andén, uno frente al otro, él la miraba, ella sonreía, él entró primero en el vagón, ella esperó sentada, él le lanzó un beso y ella se ruborizó. Minutos más tarde él le mandó un mensaje, ella sonrió. Él era dulce, intenso, sorprendente. Ella divertida, sarcástica, fantasiosa. Él quiso volver a verla. Ella deseó volver a verle. Él le había hablado de su historia. Ella no. Él le había dejado entender que no estaba curado. Ella no. Él era pura contradicción entre comportamiento y palabras. Ella también. Él estaba tan perdido como ella.

Profundizaron sin querer. Fue intuición. Ella pensó de más. Él trató de quitarle importancia. Y, rápidamente, el refugio que habían creado para huir de los recuerdos, se convirtió en algo demasiado parecido a esos mismos recuerdos.

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