martes, 25 de febrero de 2014

El amor de su vida (Una historia real)

La semana pasada mi abuelo estuvo ingresado en el hospital. Compartía habitación con un hombre que no recibía visitas. Le observé, con disimulo, la primera vez que entré en aquel cuarto. Era un señor mayor, de cuerpo menudo, sentado en una silla mirando a la nada. Me inspiró mucha ternura. Cuando conocí su historia, no podía creerla, parecía sacada de un guión de cine. En él se hizo real para mí eso de que existe una única persona con la que querrás pasar el resto de tu vida. Y que, pase lo que pase, estaréis destinados a estar juntos. Si el amor es de verdad, si el amor lo puede todo.

Explicó que de pequeño vivía en un pasaje, una calle con cuatro casas. Su mejor amigo vivía al lado y la chica que le gustaba también. Él se enamoró de ella pero nunca dijo nada. Su amigo, con el que lo había compartido todo, se le adelantó y consiguió a la chica. Él tuvo que marcharse de allí, porque no soportaba verles juntos, se le partía el corazón. Ellos se casaron. Él hizo su vida hasta que encontró a otra mujer. No volvieron a verse. Él no era feliz, su mujer tenía mucho carácter y le trataba con desprecio. Pasaron muchos años, veinte o veinticinco. Él se enteró de que su amigo había muerto, era alcohólico. Quiso ir al funeral y allí la vio. Cuando la miró, fue como si no hubiera pasado el tiempo. Sintió ese fuego interior que le derritió el alma. Y deseó estar con ella. Pero seguía casado, con una mujer que no amaba, con alguien que le hacía muy infeliz. Aún y así, él deseoso de ver a la luz de sus ojos, se iba todas las tardes a visitarla a su casa y le llevaba los pasteles que más le gustaban. Un día, la pastelera vio a su mujer y le dijo que debía estar encantada con su marido que le llevaba los mejores pasteles cada tarde. Fue entonces cuando él se marchó, por fin, de su casa, a vivir con su hermana. Estuvo dieciséis años con el amor de su vida. Fue feliz. Con ella viajó, con ella descubrió la vida desde un punto de vista totalmente distinto, con ella se sintió completo. Hace un año ella murió y a él se le llenaban los ojos de lágrimas recordándolo. Nunca tuvieron hijos, ella no podía. Nunca se casaron para que ella conservara su pensión de viuda. Nunca fueron un amor oficial y sin embargo fueron un amor de verdad. Los mejores años de su existencia los pasaron juntos.

Lo primero que sentí al escuchar esa historia fue tristeza. Me recorrió un escalofrío amargo al pensar en todos eso años perdidos, siendo ambos infelices en sus respectivos matrimonios. Pero luego sentí alegría porque, pese a todo, la vida les había vuelto a reunir. Y eso hacía que todo lo demás hubiera valido la pena, que la vida vivida no fuera un lastre sino el camino que era necesario recorrer para llegar el uno a los brazos del otros. Y eso me hizo sonreír, porque yo hace tiempo que dejé de idealizar el amor como algo auténtico y verdadero que no tiene fecha de caducidad. Pero, quizá esta historia viniera a mí por alguna razón. Quizá nada sea casualidad y todo, al final, tenga sentido.

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