martes, 21 de enero de 2014

La vida secreta de...

Todos tenemos una vida secreta. Quizá no sea esa vida secreta que se nos muestra en las películas. Posiblemente tenga un formato más banal, menos emocionante o teatrero, pero la tenemos. Porque las vidas secretas no dejan de ser esas aventuras que no le contamos a nadie. Esos retales de experiencias que guardamos para nuestro deleite personal. Esas partículas de vivencias, emociones y pensamientos que nos gusta mantener al margen de agentes externos que puedan contaminarlas y terminan quitándoles valor.

Yo llevo años tejiendo una vida secreta. Una vida con todo eso que nadie sabe de mí. Una vida paralela a la real, a la palpable, a la que cualquiera, con un poco de interés, podría tener acceso. En mi vida secreta soy yo de verdad, auténtica y natural. Soy libre de sentir, pensar y decidir. Soy la verdadera dueña de mis actos. En mi vida secreta no hay lugar para el bienquedismo, ni las palabras sin pronunciar, ni para "hacer lo más razonable". En mi vida secreta la desnudez es total y las corazas se quedan en la puerta.

A lo largo del tiempo, mi vida secreta ha sido un recinto cerrado y de uso exclusivo. Pero ha habido momentos muy puntuales en los que he decidido abrir las puertas para que entraran visitas. La última vez que ocurrió este hecho extraordinario sucedió hace unos días. En un despiste dejé la puerta de mi vida secreta entreabierta. Y sentí fluir una suave corriente. Una brisa de tranquilidad y sencillez. Un placentero viento del que no me hizo falta buscar el origen, simplemente me apeteció sentirlo y disfrutarlo, como el atardecer del último día de verano, con esa placidez y esas ganas de que el momento se extienda lo máximo posible. Y mi vida secreta quedó al descubierto, al alcance de quien quisiera conocerla. Hubo pequeños amagos de interés. Hubo pequeños amagos de empatía. Hubo hasta pequeños amagos de respeto y comprensión.

Pero, de repente, se escuchó un portazo. La brisa desapareció. Y todo ocurrió muy rápido. Una frase pronunciada en un momento de vulnerabilidad máxima, acompañada de un tono que dio como resultado una combinación punzante. "Eres muy intensa". De cuántas bocas habré escuchado estas tres palabras. Y de todas me la esperaba menos de ésta. Y ésta, sin ser la boca más importante, ha logrado que me cuestionara a mí misma. Y me pregunte si ser tal y como soy, intensa, es demasiado. Si esto me hace peor, si esto me hace insuficiente, si esto me hace ser alguien que no quiero ser. Si voy por el camino equivocado de la vida y debo dejar de rebañar el tarro de los detalles, de los acontecimientos extraordinarios, de las personas fuera de lo común. Si debería dejar de mirar a todos lados, fisgonear, escuchar a los demás, analizarles, buscar su particularidad y quererles como las personas únicas que demuestran ser. Si debería darle menos vueltas a las emociones negativas, desgranando cada sensación, cada vuelco, cada inquietud para luego encontrar las palabras exactas que puedan definirlas. Y así, lograr que otros me entiendan. Quizá debería dejar de expresar mi pasión en forma de abrazos, besos dulces o caricias en mitad de la noche. O abandonar la creencia de que la magia existe y nos rodea. Dejar de creer en el romanticismo. No ser fantasiosa, quizá. Ni pretender inspirar a alguien tanto como alguien puede inspirarme a mí.

Sería tan difícil cambiar esas y todas las cosas que me hacen ser "una intensa". Sería tan difícil dejar de ser yo sólo por la ilusoria idea de que la vida podría ser menos complicada o más placentera. Sería tan difícil como estar en el centro de una cama elástica gigante y no saltar como una cría, una niña que no piensa en que puede torcerse un tobillo, o aterrizar mal después de una voltereta. Una niña que ríe y se divierte, que vive esas sensaciones como si fueran las primeras y las últimas, porque no sabe cuándo volverá a saltar en una cama elástica. Y durante ese rato, durante ese instante tan pequeño de todos los vividos y los que le quedan por vivir, ella es la niña más feliz.


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