miércoles, 31 de diciembre de 2014

Lo mejor de mi año: "El cohete azul"

Este año empezó con un archivo de cinco folios llamado "Jaime" guardado en el escritorio de mi ordenador. Siguió con muchísimas horas encerrada en habitaciones y bibliotecas, creando personajes, modelando historias, sonriendo y desesperándome en cada párrafo. El año pasado, Jaime, Alberto, Julia y Marisa, ni siquiera existían, hoy, son parte imprescindible de mi vida. He sentido su historia como si fuera la mía y ellos han sentido mi historia como si fuera la suya. Son lo mejor que me ha pasado este año. La razón por la que ha valido la pena todo el sacrificio. Les he visto nacer, crecer y ser. Empezaron pareciéndose a alguien que conocí en algún momento de mi vida y terminaron teniendo su propia personalidad. Sin desmerecer el resto de fantásticos momentos vividos en 2014, mi año termina con la enorme satisfacción de haber escalado un tramo más de esta montaña que es cumplir un sueño. Y agradezco infinito todas las cuerdas que me han sujetado para lograrlo. Esas cuerdas bien amarradas que empiezan por mis padres y terminan en cada una de las personas que han leído "El cohete azul". A todos GRACIAS una y otra vez, hasta quedarme sin voz, hasta devolveros toda esa felicidad que me habéis regalado. GRACIAS.

martes, 16 de diciembre de 2014

El último día del año

-Llámame el último día del año- dijo abrazándole.

-¿Por qué?- le susurró él.
-Porque quiero escuchar tu voz antes de las campanadas.
-¿Y luego?
-Luego empezará un nuevo año... ¿Me llamarás?
-Claro. 

Se besaron durante treinta y dos minutos. No se dijeron adiós. Nunca lo hacían. 

Desde ese momento hasta el último día del año faltaban ocho meses, diez días y una hora. En ese tiempo no volvieron a verse, ni a hablarse. Él se acordó de ella en multitud de ocasiones ¿qué estará haciendo? ¿cómo le irá? ¿dónde estará? y, lo más importante ¿con quién? Ella también se acordó de él a menudo ¿qué estará haciendo? ¿cómo le irá? ¿dónde estará? y, lo más importante ¿con quién? Pero ninguno hizo nada por saber. Ni siquiera se espiaron, como en otras ocasiones, por las redes sociales. El tiempo hizo que los recuerdos se espaciaran. Y la vida siguió. Él conoció a alguien. Una chica encantadora, con facilidad para el rubor y paciencia infinita. Ella también conoció a alguien, un chico atento y pasional que le llevaba el desayuno a la cama los fines de semana. Una noche de septiembre, ella no podía dormir. Lo que no sabía es que él también daba vueltas en su cama desvelado. Mirando al techo en la oscuridad, ella sintió una ráfaga de incomodidad. Tocó la mano de su acompañante que dormía plácidamente a su lado. Reconfortado por su presencia, se despertó y la abrazó sin contemplaciones. Ella pensó que, entre sus brazos, iba a poder olvidar esa inquietud a la que no sabía darle un motivo. Pero no. Él, que aquella noche dormía solo, se entretuvo curioseando internet en su teléfono. Buscó la fórmula de apartar de su estómago esa sensación de nervios que le indicaba que algo no iba bien. La chica con la que estaba era la ideal, sencilla y tierna, dispuesta y serena, un remanso de paz donde se hacía real ese tipo de relación tranquila y sin altibajos que él creía desear. De todos modos, no pudo evitar pensar en ella, ELLA, parecía que la tenía grabada a fuego en alguna parte imborrable de su pensamiento. Ella tampoco pudo evitar pensar en él, EL, parecía que lo tenía cincelado a conciencia en alguna parte recóndita de su corazón. La lucha nocturna por evitar lo inevitable terminó al amanecer. El ajetreo diurno volvió a meterles de nuevo en el juego del ahora. Y, casi sin darse cuenta, pasaron dos meses más. Entre unas cosas y otras, el tiempo había volado. Un día de principios de diciembre, él miró el calendario y rememoró las palabras de ella: "Llámame el último día del año". Sintió un deseo incontenible de hablarle, escuchar su voz, sus dejes, reírse de esas tonterías que habían fabricado tras años de conocerse. Quiso besarla fuerte, abrazarla fuerte, agarrarla fuerte, amarla fuerte. Aquel mismo día ella recibió una llamada. "¿Ya tienes planes para fin de año?". Y recordó lo que le había dicho la noche de su despedida. Le vino la imagen de él, como una fotografía puesta justo delante de sus ojos y que no le dejaba ver nada más. Un impulsivo "te quiero" se le escapó de la celda de contención de su cabeza. Porque "te quiero" había sido siempre lo primero que pensaba al mirarle. Y, aunque no se lo decía todas las veces que le pasaba por la cabeza, para ella se había convertido en una costumbre verle y escucharlo en su mente.  Ambos sintieron inquietud al cerciorarse de que seguía sobre ellos la nube de su recuerdo, persiguiéndoles allí donde iban. La satisfacción nunca parecía ser completa y los amores nunca saciantes. ¿Y si eran dos lanas destinadas a ser tejidas en la misma bufanda? El invierno había llegado y la nostalgia pronto hizo mella. Tanta que ambos boicotearon, sin darse cuenta, sus relaciones perfectas. Y al llegar la navidad, ocurrió lo mismo que en los últimos años, estaban solos. Nadie a quien llevar a las copiosas comidas familiares, ni con quien huir de las zonas comerciales. Y las miradas condescendientes de las parejas eran esquivadas con la maestría del que lleva tiempo dedicándose a ello. En algún momento entre nochebuena y navidad los dos fantasearon con la idea de que el otro aparecería de repente, como un milagro navideño que siempre negarían haber deseado. Cada mañana, desde que había dejado su relación y se sentía libre para pensar en ella sin remordimientos, él contaba los días que quedaban hasta el fin del año. Ella no quiso esperar su llamada, aunque él se había comprometido, le daba miedo ilusionarse y acabar decepcionada. Ocho meses daban para muchas cosas, quizá él ya había logrado olvidarla. Pero, era inevitable tener aunque fuera una pequeñísima esperanza. 
La noche del último día del año, los dos se vistieron elegantes. De riguroso negro. Ella con los labios rojos, él con corbata estrecha, ella con la espalda al aire, él con los zapatos de las ocasiones especiales. Pensaban pasarlo bien, muy bien de hecho. A las nueve y siete minutos de la noche, sonó el teléfono. Era él. 

-¡Lo has hecho!
-Te dije que lo haría. 
-Estoy hasta un poco nerviosa...
-Yo también, no te creas... ¿Qué tal? ¿Cómo estás?
-Muy bien- mintió -¿Y tú? ¿Cómo estás?
-Bien, muy bien- mintió también -¿Qué planes tienes para hoy?
-Estoy llegando a casa de unos amigos para cenar ¿tú?
-Sí, yo también... Ya estoy por aquí, no sé si oyes el jaleo. 
-Sí, se escucha buen ambiente- sonrió -Gracias por llamar. 
-Así quedamos... Oye, feliz año y esas cosas...
-¡Igualmente! Pásalo muy bien- no quería colgar y no sabía cómo evitarlo. 
-¡Tú también!- no quería colgar y no sabía cómo trasmitírselo. 

Se quedaron en silencio unos segundos. Sus mentes trabajaron intensamente en la telepatía. "No te olvido" pensó ella, "No te olvido", pensó él. 

-Bueno, pues... Un beso enorme. 
-Otro para ti. 

jueves, 11 de diciembre de 2014

A veces no te soporto. Pero prefiero no soportarte a tener que olvidarte.

"A veces no te soporto. Pero prefiero no soportarte a tener que olvidarte"

Leyó la tarjeta y sonrió. No había nadie a su alrededor y le dio pena no poder compartir esa sonrisa única que sólo le provocaban sus palabras. Cogió la caja que acompañaba al mensaje y la miró durante un minuto exacto. Sabía lo que había dentro: un calcetín, una toalla y un libreto de un disco. Justo lo que ella había enviado dos semanas atrás. No tenía ninguna duda y, sin embargo, estaba nerviosa. Una sensación de regalo a punto de ser descubierto le recorrió el cuerpo. Disfrutó cada segundo de ese minuto de expectación. Se mordió la uña del dedo índice y pensó en la cantidad de pequeñísimos detalles que pasan desapercibidos a lo largo de la vida. Abrió la caja, porque la intriga era implacable. Cerró los ojos, acercó su cara al recipiente, inspiró profundo y, ahí estaba, como siempre, ese olor. El aroma de la vida que pasa y nada cambia. El aroma del amor y la pasión. El aroma del dolor, el perdón y la frustración infinita. Ese olor generó chispazos eléctricos en su interior. Puso la mano dentro de la caja a ciegas, palpando, centrando toda su atención en el tacto y tratando de que no se le escapara ninguna sensación por el camino. Su mano tocó la fina tela de un calcetín, lo agarró y lo apretó con su puño. "Lo vuelves a hacer, maldita sea, siempre lo consigues", pensó con ilusión y rabia al mismo tiempo. Abrió los ojos y siguió buscando con la mirada, estaba la toalla y el libreto del disco. Cogió este último confirmando sus sospechas: había unos garabatos en él. "Por fin" pensó y se le escapó un suspiro impulsivo. En aquel momento se dio por satisfecha, era como si hubiera logrado algo que llevaba mucho tiempo esperando. No hacía falta más. Pero había más. Además de los objetos reconocidos, había dos tarjetas. En la parte exterior de una ponía "Calcetines" y en la de la otra "Toalla". Layó la primera: "Si este calcetín eligió quedarse allí contigo, no le culpo, sé perfectamente por qué lo ha hecho.  Y si el otro decidió venirse conmigo, quizá necesiten estar separados para saber cuánto son capaces de echarse de menos". Sintió cómo se le quedaban las manos heladas. La sangre no circulaba, se había quedado retenida en su pecho rodeando un corazón que trataba de bombear cada vez con más fuerza. "Te odio", pensó. "Te odio tanto que podría quererte toda la vida y me faltaría tiempo", no echó cuentas de lo contradictorio que resultaba ese pensamiento. Sin dilación se dispuso a leer la segunda nota. "Cuando fui a la ducha te vi en el pasillo y me sonreíste, sin decir nada, sólo una sonrisa y me puse de los nervios. Apreté la toalla con todas mis fuerzas, tratando de mantener la compostura, disimulando como podía. Esta toalla contiene ese preciso instante. Y por eso, debes tenerla. Quiero que la mires y sepas que pase lo que pase, siempre consigues que me rinda a ti". Sus piernas flojearon. La vida se detuvo. El tiempo dejó de consumirse. "¿Y ahora qué?" se preguntó. Cogió el teléfono, escribió "Ven" y lo borró. Lo volvió a escribir y lo borró. Lo escribió de nuevo y lo borró otra vez. "¿Para qué?" dijo en voz alta. "Es demasiado tarde ya y, sin embargo, parece que acabamos de empezar".

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Treinta y seis horas

Ana sonrió al ver a Tomás en la distancia. Estaba nerviosa. La última vez que se habían visto terminaron besándose en plena calle. Pero habían pasado un par de días y algunas cosas extrañas que le hacían dudar sobre cómo proceder en esos primeros segundos del encuentro. Cuando él hubo llegado, se decidió por los protocolarios dos besos. Él la siguió no sin aprovechar la tesitura para posar su mano en su cintura. Ana sintió un cosquilleo en la espina dorsal. Tomás la miró intensamente a los ojos y medio sonrió.
-¿Dónde vamos?- preguntó.
-¿Te apetece una cerveza?
-Claro.
Iniciaron camino uno muy cerca del otro, algo cohibidos por una conversación anterior ciertamente incómoda.
-Siento si dije algo inapropiado el otro día- comentó Tomás.
-No pasa nada. Me sorprendió un poco lo que me dijiste, eso sí, pero no te preocupes- Ana trató de quitarle importancia.
-¿Qué es lo que te sorprendió exactamente?- insistió Tomás.
-Bueno, nos besamos y cuando me iba para casa me dijiste eso de "qué raro todo, me siento un poco incómodo". En ese momento le quité importancia, no creí que hubiera hecho nada para incomodarte...
-Pero, sentí como, de repente, sacaste cierta frialdad, no sé- la interrumpió él.
-No o, al menos, no era mi intención, te lo aseguro. Estaba muy bien, simplemente no me gusta besarme en público de esta manera, no soy de exponerme ¿sabes? Quizá por eso me notaste algo más fría, cohibida, no lo sé...
-Puede ser...
-De todos modos, cuando llegué a casa y pensé en la lectura que podrías haber hecho de la situación, enseguida quise aclarártelo y por eso te mandé aquel mensaje.
-Sí y te lo agradezco un montón. Te preocupaste y eso es de valorar.
-Bueno, me parece lo normal... Pero, claro, cuando me soltaste lo que me soltaste, me dejaste muy descolocada.
-Entiendo, no era para nada mi intención, pero es lo que sentía en ese momento. Perdona.
-No pasa nada, sólo que no entendí muy bien qué querías decirme con "el problema es que me gustas"
-Bueno... Pues eso, que me gustas y por cómo soy yo y cómo eres tú, me parece que va a ser un poco complicado esto.
-¿Y cómo soy yo?
-Bueno, yo ya me entiendo- rió distendido.

Ana también rió, sentía mucha curiosidad por aquel chico del que poco había conocido todavía. Y, en cierta manera, compartía su inseguridad con respecto a lo que pudiera ocurrir entre ellos. Se llevaban muy bien, habían compartido algunas charlas interesantes y algunos momentos hilarantes que los hacían perfectos el uno para el otro. Estaban en sintonía y, sin embargo, se notaba algo en el ambiente, algo fuera de su capacidad de descripción, que les producía cierto respeto. Aún y así, Ana, que siempre había defendido la premisa "si tienes que arrepentirte que sea por lo que hiciste y no por lo que dejaste de hacer", decidió que valía la pena arriesgarse por Tomás. Y Tomás lo leyó en sus ojos tan claramente que no puedo hacer otra cosa que dejarse llevar.

Aquella noche terminaron en casa de él y, tumbados en la cama, se les hizo de día hablando de todo, riéndose como nunca, inventando historias. Se levantaron muy temprano para desayunar y seguir hablando como si hiciera años que no hablaban con nadie. Como si hubieran pasado tiempo aislados del mundo y necesitaran con urgencia comunicarse. Como si nunca hubieran conocido a alguien con quien conectaran tan bien, tan rápido, tan profundo. Después de desayunar volvieron a la cama y siguieron hablando. Se les hizo de noche muy rápido y, en un momento de lucidez, contaron las horas que hacía que estaban despiertos: treinta y seis. No se lo podían creer. Les entró la risa floja y Tomás cayó rendido mientras Ana le acariciaba la espalda. Ella se dio cuenta de que le estaba mirando de una manera distinta, con dulzura, con cariño. Le despertó suavemente y le dijo que se marchaba a casa a ducharse y cambiarse de ropa. Deseó que Tomás la invitara a volver pronto. Él le agarró la cara y la besó intensamente. "Volverás luego ¿no?" le dijo, "ahora que he pasado tantas horas despierto contigo, quiero dormir contigo". Ana sintió tantas cosas y todas tan poco convenientes para el tiempo que hacía que se conocían, que sólo acertó a decir "Claro, luego vuelvo y dormimos". Cuando Ana se marchó, en el momento en que dio quince pasos alejándose del piso de Tomás, sintió que le echaba de menos, que quería estar con él de nuevo, que le costaba marcharse, aún sabiendo que iba a volver en un par de horas. Tomás durmió veinte minutos antes de meterse en la ducha y tratar de estar deciente para cuando Ana volviera. Y en esos veinte minutos soñó con ella. No se la quitó de la cabeza ni un segundo durante el tiempo que estuvieron separados. Y se mandaron unos seis mensajes entre la incredulidad y la felicidad de haberse encontrado. Se enamoraron fulminantemente. Y, por un tiempo, perdieron de vista eso que no podían describir al principio pero les daba tanto respeto. Por un tiempo no existió y lo que sí existió fue su capacidad para hablar abiertamente de todo y entenderse con precisión. "Si esto no funciona, yo no sé qué podría funcionar", dijo Tomás una vez y Ana asintió convencida.

Algunos meses después se separaron. Ana no supo qué hacer. Tomás trató de hacer lo mejor para ambos. Ana lloró. Tomás lloró. Y los dos olvidaron que una vez, no hacía mucho, estuvieron treinta y seis horas despiertos descubriéndose y embelesándose. Treinta y seis horas únicas. Treinta y seis horas de complicidad absoluta. Treinta y seis horas perfectas. Si aquello no había funcionado ¿qué podría hacerlo?

viernes, 14 de noviembre de 2014

Algo tienes (Parte I: la visión de Laura)

Quedamos para tomar un café en la plaza del pueblo. Era un día de esos intrascendentes, un sábado quizá. O un domingo. La gente estaba contenta, era verano, eso lo recuerdo bien. Llevaba mi vestido de los días de mucho calor, ese que casi ni se siente sobre la piel. Una hora antes había escuchado su voz por primera vez, era grave y profunda. Semanas más tarde descubriría que él también era así, profundo... grave. Sus bromas eran incisivas, igual que sus silencios. Nada más verle, supe que no era mi tipo. Nada más hablarle, supe que nos íbamos a llevar terriblemente bien. Nada más dejarle, supe que iba a querer volver a verle pronto. Me escrutó con disimulo. Noté sus ojos clavados en los míos. Me retó, como sólo se puede retar a alguien que todavía no conoces. Se mostró descarado aunque respetuoso, sereno aunque nervioso, contenido aunque interesado. Me pareció excéntrico y divertido. Su humor negro, irónico y surrealista encajaba a la perfección con el mío. Punto a su favor. Después del café, unas cervezas. Con el tiempo descubriría que yo era más fan de la cerveza que él. Reí hasta llorar. Eso ocurre poco, casi nunca. Y nos despedimos como si nada, como si aquella tarde no hubiera cambiado ligeramente el rumbo de nuestras vidas, como si fuera habitual dar con una afinidad tan clara.

Al día siguiente hablamos por teléfono. 
-No sé qué es pero algo tienes- le dije.
-¿Algo bueno o algo malo?
-Creo que bueno, espero que bueno...
-Eso suena bien. Tú también tienes algo.

Dimos por hecho que ese "algo" que ambos veíamos en el otro, tenía que ser investigado. Nos pusimos el traje de exploradores y fuimos en busca del "algo". Y cada día el "algo" nos atrapaba más y más. Tanto que perdimos el norte. El "algo" nos engulló la conciencia y desaparecimos por un tiempo de la realidad. Al principio fue lo mejor que nos había pasado. Pero la realidad seguía ahí afuera y no se podía vivir eternamente del "algo". Cuando salimos al mundo exterior, habíamos cambiado, pero la realidad no había cambiado con nosotros. Y lo bonito se diluyó rápido. Aunque, mentiría si dijera que no sigue quedando un "algo" indescriptible que, de vez en cuando, me hace sonreír. 

lunes, 10 de noviembre de 2014

Ir de cara

-Me despistas.
-¿Y eso?
-Me cuesta leerte.
-¿Por qué querrías leerme?
-Para saber lo que piensas...
-¿Sobre qué?
-Sobre las cosas...
-¿Y si me preguntas?
-No quiero asustarte...
-¿Crees que me asusto con facilidad?
-No lo sé.
-¿Entonces?
-Puede que no sea el momento para hablar de estas cosas.
-¿De "estas cosas"?
-¿No has visto el sutil guiño de mi ojo?
-No, perdona, estaba mirando cómo te mordías el labio inferior.
-¿Lo he hecho?
-Si.
-No ha sido consciente.
-Mejor.
-¿Por qué?
-Eso quiere decir que no puedes controlarlo todo.
-¿Crees que quiero controlarlo todo?
-Sí.
-¿Dirías que eso es malo?
-Si eso no te permite disfrutar de las cosas que no puedes racionalizar, sí.
-Disfruto de ti.
-Entonces no es tan malo.
-Me encanta cuando sonríes.
-¿Vas a preguntarme eso que te tiene despistado?
-Se me ha olvidado. Haces que se me olvide cubrirme la espalda.
-Lo mejor de ir de cara es que no nos hace falta cubrirnos las espaldas.
-¿Lo dices convencida?
-Lo digo tranquila.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

La metarealidad

Marcos llegó a casa tarde. La jornada laboral había sido eterna y tediosa. Abrió la puerta y, al cruzar el umbral, se pasó la mano por la frente de izquierda a derecha, como tratando de borrar de su cerebro todos los pensamientos negativos. Soltó la bolsa con la cena encima de la mesa de la cocina y se fue a la habitación. Se quitó la ropa, olió la camisa y la echó a lavar. Se puso el pijama. Nada le reconfortaba más que llegar a casa y ponerse el pijama. Suspiró aliviado. Pasó de nuevo por la cocina, cogió una cerveza de la nevera y echó mano de la bolsa del chino. Se lo llevó todo al salón y se sentó en el sofá. Descansar la espalda era el segundo placer que se había permitido aquel largo día de reuniones, broncas y clientes insatisfechos. El tercero fue tomar un buen trago de cerveza fresca. La satisfacción le invadía y con ella llegó un ápice de tranquilidad. Agradecía esos momentos, porque en su soledad se sentía bien, se sentía él mismo y podía tenerlo todo bajo control. Cenó lento, disfrutando de cada bocado, rodeado de un silencio embaucador. Al terminar, se quedó hipnotizado mirando su propio reflejo en la ventana. Y fue entonces, y sólo entonces, cuando la echó tanto de menos que se le cortó la respiración. Pensar en ella era la única cosa que le hacía sentirse patéticamente solo. Deseó besarla, agarrar su cintura, atraerla hacia su cuerpo, hacerle el amor de esa forma única en que sólo saben hacerlo las personas que están destinadas a ello. Quiso morder su tripa, besar su cuello, acariciar el final de su espalda, hacerla enloquecer y enamorarse en cada gesto arrebatador. Sintió el incontenible impulso de llamarla y decírselo. Ser honesto sin limites. Decirle que la echa de menos como nunca ha echado de menos a nadie. Que la desea hasta cuando se enfada y provoca esos silencios tensos inaguantables. Que, aún teniendo todo en contra, la quiere y siente que cuando ella no está,  el mundo se acaba cada puto día de su vida. Cogió el móvil en un gesto rápido que no fue procesado. Y en ese momento le llegó un correo. Era de ella. Lo abrió con la cautela del que cree que le han leído el pensamiento sin permiso.

"Si lo nuestro fuera una historia de ficción, tu personaje tendría alas. Unas enormes alas invisibles que te traerían a mí cada vez que me mordiera el labio inferior. Podrías dejar lo que estuvieras haciendo, por importante que fuera, para fugarnos a escenarios inventados. Y crearíamos edificios dibujándolos con las manos sobre el lienzo de la ciudad. En mi historia, sonreirías todo el rato, porque tu sonrisa dispara mis activos emocionales. Y sólo usaríamos el pensamiento para crear conversaciones ingeniosas que derivaran en risas explosivas. Lloraríamos como efecto de nuestra simpatía conjunta. Y presumiríamos de torpeza. Me pasaría el día escribiendo sobre tu cuerpo palabras delicadas y te besaría hasta que mis labios se confundieran con tu piel.
Te echo de menos. Mara"


lunes, 3 de noviembre de 2014

La luz

-Te echo de menos
-¿Aún?
-Todavía
-Pero ya ha pasado mucho tiempo...
-No importa
-¿Por qué?
-Porque te sigo recordando, como si estuvieras aquí
-Estoy aquí
-Lo sé, pero no es lo mismo
-Tienes razón
-Es que nunca será como antes
-Ya... nunca. Pero ahora estás bien ¿no?
-¿Qué es estar bien?
-¿Sonríes de vez en cuando?
-En ocasiones...
-Eso es bueno
-Pero no sonrío como antes... nunca será como antes
-Lo importante es que sonrías, cuanto más mejor. Y haz ruido, mucho ruido. Tu risa es contagiosa
-Me da miedo reír.
-¿Por qué?
-No quiero perderte en mi alegría
-¿Qué significa eso?
-Que si estoy alegre parece que te eche menos de menos y no es así
-Yo no pienso eso
-Tú no, pero los demás sí
-¿Y qué importa? Yo lo que quiero es que seas feliz
-No puedo ser feliz si tengo este hueco dentro de mí... un hueco que es imposible rellenar
-Ven, acércate, que tienes una pestaña en la cara
-¿Te acuerdas cuando me llevabas en tu bici hasta la playa?
-Siempre serás la misma para mi. Tan tímida, tan graciosa...
-Y tú siempre serás el mismo para mi. Tan inteligente, tan cariñoso...
-Aquí se está bien. Tus sueños son bastante confortables.
-Hago lo que puedo
-La imaginación siempre fue lo tuyo
-Te echo de menos
-Lo sé.

martes, 21 de octubre de 2014

Artificios naturales

Una mujer artificial, se para en mitad de la acera de repente. Nadie sabe por qué, nadie la conoce. Empieza a recitar El Quijote, nadie sabe por qué, nadie la conoce. "En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme..." dice. La gente pasa de largo, nadie se para, nadie la conoce. "En ese lugar nací yo. Y desde el momento en que nací, fui mujer", sentencia y se pone las manos en la cintura. Hay dos señoras sentadas en un banco al otro lado de la calle, la miran con recelo, pero no dicen nada, no la conocen. "Cuando crecí, seguía siendo mujer y una mujer muy guapa". Las señoras vibran con la situación, no dan crédito, no la conocen. "Pero mi cuerpo era distinto, mi cuerpo era bonito, pero no era el mío". Un hombre se para y la mira de arriba a abajo, nadie sabe por qué, nadie le conoce. "Eres muy guapa", le dice. El rumor de las señoras burbujea por momentos. El señor se va. "Un día decidí ser por fuera la mujer que siempre he sido por dentro. Y la vida siguió igual, no se terminó el mundo, nadie salió herido en el proceso, no provoqué una guerra, ni propagué un virus letal que destruyó la humanidad". Alguien, desde un balcón, empieza a aplaudir. "Yo sé quién soy ¿los sabéis vosotros?" dio una vuelta sobre sí mirando a los transeúntes. Una mujer auténtica, empieza a andar por la acera. Todos la miran, todos saben quien es, todos la conocen.

viernes, 17 de octubre de 2014

Pastillas para el olvido

-Disculpe ¿el café?
-Lo tiene en la estantería del fondo, junto al olvido.
-¿Perdone?
-En la estantería del fondo digo.
-Gracias.

Y al lado de los paquetes de café, pastillas para el olvido.

-Disculpe de nuevo, ¿esto qué es?
-Pastillas para el olvido.
-Pero eso no es posible.
-Ahí lo pone claramente, señor. Pastillas para el olvido.
-¿Y en qué consiste?
-Pues mire, detrás vienen las indicaciones...
-Recomendadas para olvidar...
-Ahí lo tiene.
-Pero ¿olvidar el qué?
-¿Usted quiere olvidar algo señor?
-Hombre, así a bote pronto... Me gustaría olvidar algunas malas experiencias, claro.
-Pues para eso son las pastillas.
-¿Pero es un olvido selectivo? Quiero decir ¿puedo elegir qué olvidar y qué no?
-Veamos... Olvido de los recuerdos a corto plazo, pone aquí.
-Entonces olvidaré qué he comido hoy pero no las otras cosas, las que realmente quiero olvidar.
-Pero ¿usted qué quiere olvidar?
-Hombre pues... esas cosas... que duelen...esas personas que....esto.... duelen.
-Ya veo...
-Entonces.... ¿esto funciona? ¿podré olvidar?
-A ver, si no funcionara, no se lo vendería...
-¿Usted lo ha probado?
-No podría decirle...
-¿Es confidencial?
-No. Es que yo no recuerdo haberlas tomado pero, quizá, las tomé y lo he olvidado. Ya me entiende.
-¿Y cómo se vende esto en un supermercado?
-Es medicina natural...
-Esto es muy confuso ¿y si olvido algo que no quiero olvidar?
-Claro, ese es el riesgo. Aunque, piénselo, si olvida eso que dice que no quiere olvidar,  nunca más sabrá que eso ha existido por lo que en ningún caso sentirá la nostalgia y, por consiguiente, se ahorrará la pena de haberlo perdido.
-Ahí tiene usted razón. Pero mis recuerdos son lo único que tengo. Sin ellos, perdería mi identidad.
-¿Eso cree?
-No lo sé, me imagino.
-Bueno, es usted quien debe elegir.
-¿Y si lo olvido todo? Mi familia, mis amigos, mis momentos de gloria, mis aficiones, mis habilidades...
-Claro, no deja de ser un riesgo. Pero hay gente que prefiere olvidar... no le voy a engañar.
-Es que, y permítame divagar, aunque olvidara sólo lo malo que me ha ocurrido en la vida, y lo bueno  se quedara, sería tan artificial... Me convertiría en una persona feliz todo el rato. Sin rarezas, sin frustraciones, sin manera de mejorar... ¿No sería esa una vida muy aburrida?
-No sabría responderle.
-Era una pregunta retórica.
-Ah.
-Cóbreme el café.
-¿Quiere bolsa?
-Sí, gracias.
-2 euros.
-Aquí tiene.
-Pues que sepa que las pastillas para el olvido se venden muy bien.
-Me alegra que le funcione el negocio. Buenos días.
-Buenos días.

jueves, 9 de octubre de 2014

Carta abierta al "Momento adecuado"

Estimado "Momento adecuado",

En los últimos años no he parado de escuchar hablar de ti. Me pregunto cómo serás. Si alguna vez habrás aparecido en la vida de otras personas. Si alguna vez te conoceré. Ahora mismo te imagino como un ente bastante hostil, la verdad. Debo confesar que no me inspiras ninguna confianza. Siento ser tan dura, quizá tú no te merezcas esto. Pero tengo la impresión de que me han estado programado para esperarte, y a mí no me gusta esperar. Llámame impaciente si quieres. Pero lo cierto es que, si algo me gusta, me sacude por dentro, me inspira, no entiendo por qué debería esperar el momento adecuado para disfrutarlo. Esto se está poniendo muy difícil, contradictorio incluso. Pues no van y me dicen: "Vive la vida ahora, nunca sabes lo que pasará en el futuro", "Prueba, no tienes nada que perder", "Arriésgate"... Y yo lo hago, vamos si lo hago. Voy bajando pendientes en una bici sin frenos y ¿qué me encuentro al final? un muro en el que alguien ha escrito "este no es el momento adecuado". Me pregunto cómo has conseguido labrarte tan buena fama. Todos te buscan, todos te esperan, todos te quieren. Dicen: "este es el momento adecuado para cambiar de trabajo", "este es el momento adecuado para tener un hijo" o "este es el momento adecuado para estar juntos" ¿Eso significa que, a medida que pasa la vida, nos vamos volviendo más conservadores? No me gustas "momento adecuado",  así te lo digo. Porque de ti no puedo aprender nada. Sólo debo esperar a que sucedas. Y eso no sólo es aburrido, sino una pérdida de tiempo. Creo que eres una invención, una excusa a la que se aferran algunos para sentirse menos responsables de sus propios actos. Y eres una estafa porque sólo serás "adecuado" si las cosas van bien. Si no, nadie dirá "era el momento adecuado pero ha ido mal". Así siempre tienes las de ganar. Y eso no vale. Te voy a desterrar de mis decisiones, "momento adecuado". Y voy a tomarlas según me parezca, porque para eso son mías y no necesito echarle la culpa a un ente llamado "momento adecuado" si las cosas no salen. Simplemente aprenderé de mis errores, con el tiempo he perfeccionado la técnica. Y, pase lo que pase, lo que es seguro es que de todas estas experiencias que he vivido por no hacerte caso, han salido dos libros estupendos y voy camino del tercero. Así que gracias "momento adecuado" por hacerme una rebelde con causa.

Atentamente,
Esther.

domingo, 5 de octubre de 2014

La fugacidad de las cosas buenas

Sólo recuerdo que sonaba Standstill de fondo. Porque en aquella casa, durante un tiempo, sólo sonó Standstill de fondo. Fue inevitable terminar asociándolo todo a esas canciones. Y es inevitable volver a los recuerdos ahora escuchando esas canciones. Me rasgan la piel como uñas impacientes por aliviar el picor. Y te proyecto en la oscuridad. Estás en mí. Eres el primero en aparecer cuando la sensibilidad me acucia. Vuelvo a las bucólicas noches de primavera, casi verano, cuando en silencio escuchábamos música. Y nos mirábamos sin necesidad de decir una palabra, y lo decíamos todos en esos intensos momentos de silencio. De fondo, la melancolía musical te embellecía aún más. Y durante un ínfimo periodo de tiempo, en comparación con toda una vida, lo nuestro fue de verdad, perfecto, único e incomparable.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Pimienta, la lluvia y la imaginación

Cuando yo era pequeña tenía una amiga imaginaria llamada Pimienta. Pimienta era una apasionada de cambiar los caracoles de lugar. Decía que así podían viajar sin pagar billete. Pimienta tenia un montón de habilidades, o dones. Una de esas habilidades era hacer que dejara de llover. Con sólo pensarlo, Pimienta podía parar la lluvia. Era magia. Cuando ya no me apetecía que lloviera más, se lo decía y ella hacía que volviera a salir el sol. Aunque, en ocasiones, Pimienta ignoraba mi petición y eso no me gustaba nada. Hoy Pimienta debe estar haciendo muchas cosas, lo que seguro no está haciendo es pensar en que pare de llover, porque lleva todo el día diluviando.

Sabes que te has hecho mayor cuando dejas de tener amigos imaginarios con los que competir y hacer apuestas. A Pimienta y a mi nos gustaba explicarnos historias. Una vez ella me contó una sobre las lentejas que, por cierto, a mi no me gustaban nada. Me aseguró que cada lenteja era una semilla y que con cada cucharada que comía yo debía pensar de qué clase quería que fueran las semillas que tragaba. Podían ser cualquier cosa. Cualquier cosa pero buena, claro. Yo no lo entendí muy bien, al principio pensé que empezarían a crecerme plantas en el interior. Pero ella me dijo que no, que dentro sólo iban a crecer las cosas buenas que yo quisiera y que, un día, se expandirían más allá de mí y conseguiría todo lo que me propusiera ¡Qué locura! Yo tenía sólo ocho años y lo máximo a lo que aspiraba era que me tocara bocadillo de paté para el recreo. Pero, como os he dicho antes, Pimienta tenía un montón de habilidades, entre ellas, convencerme con su retórica. Así que me comía las lentejas, a regañadientes, pensando en cosas buenas que querría tener dentro como inteligencia, bondad, felicidad, gratitud... Me fui haciendo mayor y la historia de las lentejas se me olvidó. Lo curioso es que hace años que las lentejas me encantan, y los días de lluvia me apetecen más que nunca. Quizá porque me recuerdan a Pimienta, quizá porque extraño sus historias, quizá porque con ella empezó la imaginación, quizá porque con ella empezó todo.

jueves, 25 de septiembre de 2014

El origen de El Cohete Azul (mi segunda novela)


Nunca sabes de lo que eres capaz hasta que lo haces. Y entonces, aparece un nuevo desafío.

Hace tres años me quedé vacía. Puse todo mi ser en escribir La Ruta hacia Sofia, mi primera novela. Y lo que empezó siendo un reto personal, una forma de llevarme más allá en mi pasión por comunicarme a través de las palabras, se convirtió en una conmovedora historia trazada sobre las bases de hechos reales. Ese fue el inicio de un camino, no sólo literario, también personal. La Ruta hacia Sofia me enseñó lo importante que es conocerse a uno mismo y cómo repercute eso en las personas que te rodean, sobre todo las que te quieren de manera incondicional. Con La Ruta inicié un camino que he seguido con El Cohete Azul, mi segunda novela. Este es el camino de los desafíos diarios, de las emociones contenidas, latentes y a punto de explotar, de las personas que nos ayudan y de lo difícil que resulta ser uno mismo cuando ni siquiera sabes quien eres. 

Hace un par de años, cuando empecé  a escribir lo que terminaría siendo El Cohete Azul, quería demostrarme a mi misma que esto de ser escritora no era flor de un día. Si, después de quedarme vacía, aún tenía algo más que decir, aún quedaba un hilo con el que tejer una nueva historia, habría encontrado no sólo mi mayor pasión en la vida sino algo más, una vocación tal vez. Y, sorpresa, había un hilo. Al principio tiré tímidamente de él y apareció un personaje, Jaime, y un misterio, la astronauta autónoma. Escribí siete páginas y lo dejé. Quedó en suspenso casi un año y en ese tiempo viví nuevas experiencias que me llenaron otra vez, me llenaron de una sustancia llamada inspiración. Entonces tiré con fuerza de ese hilo, mucho más segura que antes, y Jaime empezó a perfilarse. Al principio como un tipo que trata de ocultarse a sí mismo. Alguien molesto, fácil de odiar. Jaime es el antihéroe de su propia existencia. Pero, como en la vida, nada es lo que parece a simple vista. Sólo hay que ir un poquito más adentro, más profundo, y saber ver a las personas, dejar que se abran ante ti, mirarles sin filtros. 

Hace tres meses empecé el difícil proceso que autopublicación de El Cohete Azul. Si hay algo bueno en hacerlo todo tu misma, es que tomas todas las decisiones sobre tu trabajo. Y este libro no es sólo un trabajo, es yo misma. Una parte de mí que quedará escrita para siempre. Es la pasión, la emoción y la terapia diaria. Cada día, desde que tomé la decisión de poner el mayor esfuerzo vital en escribir historias, escucho a alguien diciéndome que el mundo literario es muy difícil, muy duro. Es así, lo estoy corroborando. Pero cuando deseas algo con fuerza, y eso es lo que le da sentido a todo lo demás, no debería ser una opción desistir, aunque te apetezca cada día, a cada momento en que las cosas no salen como te gustaría. Fortuna la mía de tener personas alrededor que creen en mí como ni yo misma soy capaz de hacerlo. 

Actualmente El Cohete Azul está a la venta. Podéis encargar un ejemplar a través de su página de facebook www.facebook.com/elcoheteazul y cualquier ayuda en la promoción de esta novela será eternamente agradecida. 

jueves, 18 de septiembre de 2014

La fortaleza (mantener los pies en el suelo)

Una vez conocí a un tipo que no pisaba el suelo. Y no me refiero a esto en sentido metafórico. Literalmente no pisaba el suelo de su casa. Había creado un entramado de cuerdas repartidas por todo el piso que le permitían ir de un lado a otro sin necesidad de tocar el suelo. Sus invitados también debían usar ese sistema de poleas tan peculiar. En esa casa nadie podía poner un pié sobre tierra firme. ¿Por qué? No lo recuerdo. Sólo sé que él vivía muy bien así y que no le parecía nada extraño, al menos no de la forma en que le podría parecer raro al resto de la humanidad. "A mí me gustan las cosas así y ya está", me dijo. "Este hombre es increíble", pensé. Tanto que se me antojó imposible que pudiera haber otra persona como él en el mundo. Cual fue mi sorpresa al saber que estaba viviendo con una mujer. Una mujer en su onda. La única persona que le había aceptado tal y como era. Con sus cosas. Con su no pisar el suelo e ir flotando de la cocina a la cama, del despacho al baño, del salón a la terraza. "¿Y a ella esto le parece normal?" le pregunté sin percatarme de lo prejuiciosas que estaban siendo mis palabras. "¿Qué es normal?" me respondió con la inercia del que lleva años enfrentándose a la misma cuestión. Pensé durante un momento. "Mantener los pies en el suelo es lo normal. Es lo que se supone que debemos hacer. Es lo que nos hace sentir seguros", le respondí con un ligero titubeo en mi voz. "Así que consideras normal todo eso que te han metido en la cabeza" acertó a decir. "¿Qué quieres decir, que estoy programada para comportarme de una determinada manera?", le respondí ofendida. "Sí" dijo firme "Has interiorizado unos valores sólo porque son los de la mayoría ¿Es raro que yo no pise el suelo porque todo el mundo lo hace. Porque lo cómodo es pisarlo?". "Bueno..." su convicción me hizo dudar, pero traté de mantenerme concentrada en mis argumentos, al fin y al cabo, no todos los días te encuentras con un reto de este calibre "Pisar el suelo es lo natural. Es lo que nos sale de manera espontánea, sin esfuerzo ¿Por qué forzarnos a hacer otra cosa?", supe desde el momento en que terminé esa frase que era un argumento muy débil que yo misma podía desmontar. Muchas veces nos llevamos por caminos que, en apariencia, no son los adecuados, no son los naturales, pero son los valientes, son los que cambiarán las cosas, son los inspiradores y revolucionarios. Romper el patrón es desafiar al miedo. Y eso es lo que nos hace realmente fuertes.

martes, 5 de agosto de 2014

El miedo al amor de Efe y Ele

Efe riega las plantas de la terraza. Ele se pinta las uñas de rojo en el salón. Han pasado algunos meses desde que se las pintó por última vez. Ahora lo está pensando, ni se había dado cuenta. Efe no lleva camiseta, su espalda reluce al sol y llama la atención de Ele, que se queda mirándole fijamente sin advertir que él siente sus ojos clavados en su trasero. A Efe le gusta que Ele le mire el culo. Le hace sentir deseado. Alguna vez ha pensado, fugazmente, que es imposible que una mujer como Ele pueda desearle de esa formal. Pero lo cierto es que Ele le desea, mucho, casi al borde del acoso. Le desea tanto que se levanta y se acerca a él sólo para lamerle la cara. Él entiende perfectamente la provocación. A ella no le importa que sus uñas recién pintadas terminen hechas un desastre. La verdad es que nunca le ha importado llevar las uñas impecables, ni la ropa más bonita, ni lucir pelazo. A veces le dan arrebatos estéticos y dedica unas horas a lo que ella llama "sesión de belleza de urgencia". Efe no se fija en esas cosas. A él ella le parece una diosa incluso cuando se le corre el rímel y le sale el típico grano que anuncia la vorágine hormonal inminente. A veces discuten, es normal. Un amor tan poderoso como el suyo podría llegar a destruirles. Hablan y terminan cuestionándolo todo. Los días sin verse son más tortura que los días sin entenderse. Vuelven a amarse de una manera visceral. Quieren ser racionales, para evitar esos daños innecesarios que, según han hablado, provienen de no pensar. Pero cómo se pueden racionalizar los sentimientos, se pregunta Ele. Y cómo podrán aguantar a la larga estas intensidades, se pregunta Efe. Así han llegado hasta agosto. Hace calor y en poco tiempo han vivido tantas cosas que las emociones no pueden estar más que a flor de piel. Ele ha sentido el azote de los celos en diversas ocasiones. Nunca se pensó celosa, pero parece que Efe despierta en ella algo inaudito. Efe, por su parte, también ha sentido cosas, pero su habitual discreción en este tipo de menesteres le ha mantenido a salvo, o eso cree. En ocasiones Efe y Ele no se dan cuenta pero compiten. Y no sólo por ser el que le da más placer sexual al otro, que también. Compiten por evitar ser el primero que se sienta expuesto. Compiten como niños inconscientes. Compiten por no sentirse vulnerables. Ellos nunca lo admitirán pero saben que esa actitud es herencia de las historias pasadas, algunas muy importantes que dolieron lo suyo. Efe y Ele creen que todo aquello está superado, pero es difícil superar la decepción de cuando te entregas por completo y no funciona. Y si, a veces piensa Ele, he podido enamorarme otras veces, poniendo todo de mi parte, creyendo que, quizá, era la vez definitiva, y no ha sido así, cómo puedo creer que ésta sí va a serlo. Y entonces mira el culo de Efe, y luego su sonrisa, y él le devuelve la mirada con esos ojos misteriosos que todavía no sabe interpretar del todo. Y se pierden juntos, sin decir nada, en todo aquello que les hace creer que son perfectos el uno para el otro. Qué barbaridad pensar eso, dijo Ele una vez. Lo sé, respondió Efe. Y rieron. Porque ellos se ríen de todo y luego hacen que todo sea importante. Y vuelven a reír. A veces ni siquiera saben de qué se ríen o por qué discuten. Cuando las caras serias duran demasiado se enredan y terminan dándose cuenta de lo estúpidos que están siendo. Pero no son tan listos como creen y vuelven a caer en las dudas, en los temores, en la incomunicación, en las tonterías derivadas de un miedo que no saben gestionar, el miedo al amor.

jueves, 24 de julio de 2014

A veces tienes unas cosas...

-¿Cuánto tiempo tiene que pasar para decirle a alguien que le quieres?
-Tres meses
-¿Tres meses?
-Sí
-Pero...
-Me has hecho una pregunta y la respondo  ¿No te convence?
-Mmmm... No mucho, la verdad.
-¿Por qué?
-¿Cómo le vas a poner plazos a los sentimientos? ¿Eso es posible?
-¿Me preguntas si es posible o si creo en ello?
-¿Crees en ello?
-No.
-¿Entonces?
-¿Para qué preguntas algo que ya sabes?
-Porque siento esas miradas...
-¿Qué miradas?
-Las de..."¿estás loca? es demasiado pronto aún"
-¿Lo es?
-A veces siento que no, a veces... no lo sé.
-Mírame ¿Es demasiado pronto?
-No.
-¿Lo sientes?
-Sí.
-¿Quieres una cerveza?
-Me has leído el pensamiento.
-Te voy a dar un abrazo también, por si las moscas.
-¡Cómo te gusta reírte de mí!
-Es que a veces tienes unas cosas...

martes, 17 de junio de 2014

Relatos_Efímeros: Tranquilidad.

Siente la marea rondando su centro de gravedad y el vértigo le impide abrir los ojos. Busca un punto fijo, una columna a la que amarrar su fragilidad a la deriva. Piensa en el tiempo que hace que no se siente a salvo. Es más, ya ni recuerda cuándo fue la última vez que no se preocupó por absolutamente nada. Esta perpetuidad del mal le desconecta del mundo. La última vez que paseó por su zona de confort, ni siquiera tuvo que pensar dónde estaba, ni qué significado tenía esa tranquilidad.  Una tranquilidad que ahora añora y entonces le aburría.


lunes, 2 de junio de 2014

Palmeras

-¿Y tú qué quieres?
-¿Qué quiero?
-Sí...
-¿Puedo elegir cualquier cosa?
-En efecto.
-Yo quiero que haya más palmeras en la ciudad.
-¿Más palmeras?
-Sí. Las palmers me dan calma.
-¿Cómo?
-Así es. Miro las palmeras y siento que no estoy aquí, que me he ido, lejos, a un lugar tropical, de tranquilidad infinita ¿sabes?
-Tranquilidad infinita...
-Cero preocupaciones.
-Y eso, dices, lo provoca una palmera...
-Una no, cuantas más mejor...
-Y pudiendo elegir cualquier cosa... ¿eliges que haya más palmeras en la ciudad?
-Claro.
-Pero podrías haber escogido irte a ese lugar tropical que te inspiran las palmeras.
-Yo no quiero ir allí.
-¿Cómo que no?
-Mi elección no es ir a un lugar tropical de tranquilidad inacabable. Tú has dicho que podía elegir lo que quisiera y yo quiero más palmeras en la ciudad.
-Pero si lo que quieres es escapar de la ciudad ¿por qué no hacerlo?
-Porque si me voy, dejaría lo más valioso.
-¿Qué?
-A ti.
-Pero podrías haber elegido irte a un lugar tropical conmigo.
-Ya, pero eso sería como obligarte a venir ¿no? Yo habría elegido, pero tú no tendrías elección. Me parece mal.
-No dejaba de ser una fantasía...
-No me gusta fantasear con esas cosas. Prefiero quedarme contigo, aquí, en una ciudad con más palmeras.
-¿Y eso?
-Bueno, aquí tú eres totalmente libre de escoger qué quieres... y entre todas las posibilidades eliges estar conmigo.
-¿Y no crees que podría elegir estar contigo en un lugar tropical?
-Aún no.
-¿Por qué?
-Primero hay que disfrutar de las cosas sencillas.
-¿Como las palmeras?
-Como las palmeras.

martes, 27 de mayo de 2014

Arroz blanco

-Tienes una pestaña en la mejilla.
-El roce de tus dedos me conmueve.
-¿Lloras?
-¿Lo hago?
-No te veo, tienes los ojos cerrados.
-Así te veo mejor.
-¿Me ves?
-Te estoy mirando a través de mis sensaciones.
-¿Podrías retratarme ahora, así?
-A tí te haré el mejor de los retratos. Uno que sólo reconoceré yo y tú cuando lo sepas.
-¿Cuando sepa el qué?
-Lo que siento al verte.
-¿Y qué sientes?
-Mucho. Pero no te lo diré.
-Entonces ¿cómo lo sabré?
-Lo sabrás.
-Tus misterios me conmueven.
-¿Lloras?
-¿Lo hago?
-Cierra los ojos y mírame.
-Te veo.
-Siénteme.
-Lloro.
-Lloras.
-¿Es felicidad?
-Es liberación.
-Es fascinante.
-Es real.
-¿Y cuándo nos abrazamos?
-Ya queda poco. Cada minuto de anhelo es uno menos de espera.
-Esta pantalla me entristece.
-Esta distancia me consume.
-La pestaña sigue en tu mejilla derecha.

lunes, 26 de mayo de 2014

La vida es corta

-¿Anoche me hablaste mientras dormía?
-Sí.
-¿Y qué me dijiste?
-Que la vida es corta.
-¿Que la vida es corta?
-Así es.
-¿Y por qué me dijiste eso?
-Porque te estaba acariciando la espalda.
-Ay sí. Por eso me dormí...
-Y pensé que ojalá pudiera acariciarte siempre. Incluso cuando es materialmente imposible.
-¿Cuando estás trabajando?
-Por ejemplo.
-A mí me encantaría que pudieras acariciarme todo el rato.
-No haría otra cosa.
-¿Y por qué dijiste que la vida es corta?
-Porque las horas pasan volando, contigo, claro.
-¿Y si pudiéramos alargar el tiempo?
-Sería estupendo pasarlo contigo.
-¿No te aburrirías?
-No veo cómo. Quizá tú te aburras antes de mí que yo de ti. Eso podría pasar.
-¿En qué universo?
-No te rías.
-No lo hago. Sólo digo que lo veo inviable.
-¿Aburrirte de mí?
-¿Cómo podría ocurrir, si por ti mi vida es terriblemente divertida?
-Será la novedad.
-Será la felicidad.
-Será que no tienes criterio.
-Será que soy muy lista.
-Será que te he camelado.
-Será que me has camelado.
-A veces me asusta que nos entendamos tan bien.
-Y que lo demás parezca no haber ocurrido.
-Y pensar cosas increíbles como que estamos hechos para pasar el resto de la vida juntos.
-Es un poco raro.
-¿Pensarlo?
-Sentirlo, más bien.
-Es como una certeza invariable.
-Un hecho inamovible que ha ocurrido por ¿casualidad?
-O no.
-¿Y si todas las decisiones que hemos tomado a lo largo de la vida, incluso las que pensábamos que eran equivocadas, nos han traído justo hasta aquí?
-Yo no cambiaría ni una coma.
-Ni yo.
-Y la vida sigue pareciéndome corta a tu lado.
-¿Por qué será?

viernes, 23 de mayo de 2014

Como cada día que paso a tu lado

-Hoy es un día especial.
-¿Sí?
-Sí.
-¿Me he perdido algo?
-Quizá te hayas perdido lo más importante.
-Te aseguro que he estado muy atenta.
-Pues parece que no has visto la evidencia.
-¿Evidencia está por aquí?
-Evidencia no está, evidencia se fue...
-¿En busca de aventuras?
-En busca de atenciones.
-Es que pocos son capaces de ver la evidencia.
-La evidencia no es fácil de ver.
-Menos mal que su mejor amiga es la obviedad.
-Pues a veces no lo parece.
-Es que se dejan ver poco juntas, les da cosa.
-Ah, eso tiene más sentido... Fíjate.
-Espera...
-Ahora sí.
-¿No te referiras a ese trozo de papel pegado en la pared con esa cinta adhesiva tropical?
-Efectivamente.
-Parece que hay algo escrito. Voy a acercarme ¿dónde dejo esto?
-Trae, yo te lo cojo, lo pondré en la habitación.
-Gracias.
-¿Entonces?
-Estoy acercándome. Parece que hay algo escrito.
-Así es.
-¿Lo leo en voz alta?
-Haz el favor.
-Bienvenida a nuestra casa.
-¿No dices nada?
-Estoy saboreando el momento.
-Saborea mis labios.
-Saborea mi abrazo.
-Hoy es un día especial.
-Lo es. Como cada día que paso a tu lado.

lunes, 12 de mayo de 2014

Fan

-Yo soy fan de ti.
-¿Y eso?
-Me encanta como eres.
-Pero si apenas nos conocemos.
-¿Hace falta?
-Diría que sí.
-Te conozco más de lo que crees.
-A ver...
-Eres increíble.
-Eso no vale.
-¿Por qué?
-Porque no, porque eso no es un rasgo peculiar...
-Lo es.
-No lo creo. Hay mucha gente increíble por ahí.
-Quizá la haya, pero no para mí.
-¿Soy increíble para ti? ¿Por qué?
-Te encanta saber más...
-Te encanta calibrar mi curiosidad...
-Pruebo tu interés.
-¿Me pruebas?
-De muchas formas.
-¿Y qué sabor tengo?
-El sabor de la fascinación.
-La que tú creas en mí.
-La que yo siento por ti.
-Pero si no me conoces...
-Conozco de ti tu forma de quitarle importancia a los halagos.
-Yo no hago eso.
-Lo haces y me encanta cómo te pones las manos en la cara cuando te ruborizas tratando de esconder tu vulnerabilidad.
-Eso no es cierto.
-Esa sonrisa te delata.
-Para de hacer eso.
-¿El qué?
-Desarmarme así.
-Pero eso no es malo ¿no?
-Es desconocido.
-¿Y te asusta?
-Nada me asusta si es contigo, es extraño.
-Más extraño sería no ser fan de ti.

jueves, 8 de mayo de 2014

Si yo me casara, sería contigo.

-Si yo me casara, sería contigo.
-Pero tú nunca quisiste casarte...
-No. Porque ni el amor, ni el compromiso van a ser más firmes por escribirlo en un papel, delante de un juez.
-Pero es bonito. Me refiero a una celebración del amor. Sería bonito... ¿no crees?
-¿Tú has querido casarte alguna vez?
-Alguna vez he bromeado sobre ello...
-¿Pero lo has deseado? Me refiero a quererlo firmemente. No como una locura transitoria. No como una fantasía romántica cargada de supuestos ficticios... Me refiero a de verdad.
-De verdad yo me casaría contigo...
-Y yo contigo.
-Pero nunca quisiste casarte...
-Tampoco nunca había querido a nadie como te quiero a ti. Y fíjate cómo es la vida...
-¿Impredecible?
-Impactante.
-¿Imprevista?
-Impresionante.
-No me lo pidas.
-¿El qué?
-Que nos casemos. No de la forma tradicional.
-Nunca lo haría.
-¿Será espontáneo?
-Lo será.
-¿Sin premeditación?
-Sin meses de preparativos.
-¿Sin compromisos familiares?
-Sin nada. Tú y yo, a nuestra manera. Como ahora. Tú y yo hablando. Tú y yo amándonos. Tú y yo sin límites.
-Tú y yo y nuestro estilo propio.
-Tú y yo y nuestra vida en común.
-¿Y si te digo que lo quiero todo contigo?
-No podría evitar responderte "y yo también" aunque sé que odias que te lo diga. Prefieres que sea original, pero ¿qué le vamos a hacer si nos parecemos tanto, si sentimos lo mismo, si nos leemos tan bien?
-Me conoces, maldito.
-Te adoro, bendita.



domingo, 27 de abril de 2014

Enajenados del hu(a)mor

-No te muerdas las uñas, haz el favor- dijo él con un perturbador tono paterno.
-Lo evitaría si pudiera...- respondió ella airada y con la huella dactilar del dedo índice apoyada en su labio inferior a modo de provocación.
-Te vas a destrozar los dedos como sigas así- replicó él mirándola directamente a la boca.
-¿Realmente crees que eso es importante ahora?- soltó forzando, con un estratégico gesto de cabeza, que sus miradas se encontraran.
-Todo importa, en realidad...- mantuvo la mirada imperturbable.
-¿Tú crees? ¿Todo importa? Quizá sea por eso... quizá ya no estamos de acuerdo. Al menos no como antes- sentenció.
-No tenemos por qué estar de acuerdo en todo- confirmó arrogante.
-¿Y en desacuerdo por todo?- cuestionó ella.
-No estamos en desacuerdo por todo- disparó.
-Lo ves, hasta estamos en desacuerdo sobre el estar en desacuerdo... No puedo más... Es inútil- giró la cabeza con desprecio.
-¿Tratas de decirme algo? ¡Atrévete!- desafió él.
-Ahora que lo dices... sí... Me encantas y pon los yogures con la tapa hacia arriba, haz el favor-.
-Qué coincidencia, a mí también me encantas-.

Se miraron, él la rodeó con el brazo y la atrajo hacia su cuerpo en un dulce gesto cómplice. Ella miró a la cajera y dijo guiñándole el ojo:

-No hay compañero de vida mejor que el que comparte tu peculiar sentido del humor-.

Él la miró agradeciendo sus palabras con una cara de absoluta devoción. Terminaron de poner su compra en bolsas y salieron del supermercado riendo como dos insensatos. Mientras, la cajera negaba con la cabeza, había inventado la historia de aquella pareja en los pocos minutos que duró la representación teatral y no pudo evitar, al conocer lo irreal del asunto, marcarles con el sello de enajenados.

domingo, 6 de abril de 2014

El amor y la señora que caminaba en zig-zag

"El amor es algo extraño", pensó ella de vuelta a casa. "Es algo extraño y, a la vez, imprescindible. Impredecible y necesario. Necesario y adictivo", bajó la vista y miró sus zapatos, se dio cuenta, entonces, de que estaba dando pasos muy cortos y su andar, habitualmente ligero, se había visto seriamente mermada. Subió la cabeza y su visión la copó una cabellera rubia, desgastada, corta y de rizos forzados. "¿De dónde ha salido esta cabeza?". Se sintió contrariada por esa aparición repentina y relentizó aún más el paso para recuperar algo de espacio. Pero, por muy lenta que fuera, aquella cabellera le quedaba siempre a la misma distancia. Esa señora estaba tan cerca que lo mismo hasta podía leerle el pensamiento, cosa que le preocupaba. Si el eco de las palabras en su cerebro podía llegar hasta esa masa de pelo pseudoencrespado y atravesarla, aquella desconocida se convertiría en cómplice de su mayor secreto. La observó detenidamente, si iban a compartir tan preciada información, lo mínimo era saber algo más de ella. Era mayor, pero no lo suficiente como para que los "achaques propios de la edad" justificaran su lento proceder. Llevaba una bolsa de tela colgada de un brazo, en la que no se apreciaba sobrepeso alguno, Lo más inquietante era que la mujer andaba en zig-zag, motivada, al parecer, por un radar interno que le indicaba con precisión el momento en que iba a ser adelantada. Se resignó ante la imposibilidad de librarse de la señora tortuga y todo el empeño por desviar su pensamiento para no ser descifrado cayó en desgana. Le dio igual que la señora supiera su secreto, disfrutaba demasiado pensando en él, dejándolo bailotear por su cabeza con libertad absoluta para tocar los botones que activaban su sonrisa. Y, en ese momento, lo visualizó claramente. Su secreto al descubierto. Su única verdad. En su mente dibujó la cara del hombre al que amaba con todas sus fuerzas. Y pensó "Adictivo y aterrador, así es el amor". De repente, la señora giró su cabeza, la miró de reojo fugazmente y sonrió.

domingo, 30 de marzo de 2014

Los días de lluvia.

Llueve. Sara espera a Ernesto en la puerta de un bar, resguardada bajo un balcón junto a otras dos personas. La chica cruza las solapas de su abrigo para sentir la calidez de la tela pegada a su cuerpo. Hace fresco. Es la primera vez que se van a ver y está algo nerviosa. A su lado fuma un hombre de mediana edad, alto, corpulento, en mangas de camisa.

-Parece que el verano no vaya a llegar nunca- apunta él extendiendo la palma de la mano para tocar la lluvia.

La mujer, que está al otro lado, le da la réplica.

-No hay quién entienda este tiempo de locos- apunta indignada.
-Es que hace nada teníamos un sol del demonio...- continúa él.
-En la playa estaba yo. Y así- dice ella mirando al cielo -se le quitan a uno las ganas de hacer cosas, de verdad, qué manera de llover-.
-Eso es cierto. A mí este tiempo me quita años de vida- dramatiza él.

Sara les escucha mientras mira su móvil impaciente. Alza la vista y reconoce una silueta masculina a lo lejos, acercándose con premura, pero no está segura de que sea él. Cuando el chico está a medio camino, ella puede ver su cara con más claridad y reconoce esa sonrisa pícara. La media docena de fotografías que habían intercambiado cobraban vida en ese momento y era algo extraño ¿Sería Ernesto realmente la persona con la que ella había estado fantaseando en las últimas semanas? ¿Sería ella la chica que él se había imaginado?

-Sara, hola, perdona el retraso. Esta lluvia es lo peor...- dice él sacudiéndose suavemente el pelo.
-Hola, no pasa nada- sonríe ella y le da dos besos.
-¿Entramos?- sugiere él abriéndole la puerta.

El bar está lleno, Ernesto localiza hábilmente a una pareja que se marcha y deja libre una pequeña mesa algo retirada del resto. Ni hecho a propósito. Se sientan y piden un par de copas de vino.

-¿Has venido en la moto al final?- pregunta ella.
-No, qué va, con este tiempo no. He pillado el metro, iba a reventar...- exagera él.

Ella ríe poco natural. Él hace lo mismo. Se miran subrayando ese momento de nerviosismo patente.

-¿Me has reconocido enseguida?- curiosea ella.
-No había mucho con lo que confundirse la verdad- ríe él.
-Es cierto- rie ella.
-Aunque esos ojos son fáciles de identificar, y lo sabes-.
-Me gusta que me lo digas- sonríe Sara mostrando su lado más tierno.
-Tenía ganas de que quedáramos- confiesa él enfundado en su traje de tipo decidido.
-Yo también. Nos ha costado por eso-.
-Ha pasado cuando tenía que pasar, supongo-.
-Es curioso...- Sara se queda pensativa.
-¿El qué?- pregunta Ernesto extrañado.
-Lo de las citas a ciegas-.
-Quedamos en que a ambos nos gustaban las aventuras ¿no?- sonríe Ernesto a sabiendas de que Sara tiene sus reservas sobre ese tipo de encuentros.
-Sí, claro- despierta ella de su ensimismamiento.
-¿Soy como me imaginabas?- pregunta él atrevido, irguiéndose, posando como si estuviera en un concurso de belleza.
-No te creas, te esperaba más feo. Ha sido una completa decepción- bromea Sara.
-Entonces me voy- Ernesto finge ponerse serio -Está claro que no tengo nada que hacer contigo. Debí decirle al cirujano que no se pasara con la guapura- dice entre risas.
-Sabía que esto no podía ser natural...- ella le señala con mirada acusadora.
-Si te digo que conservo mi alma de feo- salta él -¿Me das otra oportunidad?-.
-Sin duda- zanja ella entre risas.

Un año después, Ernesto encuentra una nota junto a su desayuno:

"Hoy hace 365 días que me hiciste creer en mi espíritu aventurero. Hoy hace 365 días que el piropo más sencillo sonó único en tu boca. Hoy hace 365 días que te llamé guapo sin decirlo y tú fingiste ser feo. 365 días en los que has alimentado mi fantasía con bocanadas de palpable, abrazable y besable realidad. Y desde entonces, adoro los días de lluvia. Te quiero. Sara".


martes, 18 de marzo de 2014

Súbito

En una plaza, tomando cerveza con el sol de mediodía contemplándoles, él dijo:

-Aunque no te lo creas, hay personas que no entenderían esto.
-¿Esto?- preguntó ella cerrando los ojos y suspirando profundo. 
-Sí, esto- repitió él. 
-Esto...- sonrió ella.
-Esto que es todo- prosiguió él. 
-Todo... ¿todo?- cuestionó ella.
-Claro... todo... pero no todo de todo, sino todo de TODO, en mayúsculas. 
-Un todo en mayúsculas es un gran todo ¿eh?- le miró fijamente con dulzura. 
-Un todo en mayúsculas es lo más grande.
-Tan grande como esto...- ella sonrió y estiró el brazo por encima de la mesa para alcanzar su mano. 
-Tan grande como tú- sonreía él guiñándole el ojo y acariciando su mano con suavidad. 
-Tan grande como nosotros- sentenció ella.

Se quedaron unos segundos en silencio, mirándose. La mesa que les separaba era una distancia que habían salvado sin moverse. Estaban tan cerca que sentían el aroma de sus emociones revolotear a flor de piel. Ella inclinó ligeramente la cabeza hacia un lado a cámara lenta y dijo. 

-Eres tan guapo...

Él inspiró cada partícula de felicidad que había en el ambiente sin dejar de mirarla sorprendido, dando las gracias al universo por haberla conocido. 

-¿Te quieres volver a casar conmigo?
-Cada día de mi vida. 


martes, 25 de febrero de 2014

El amor de su vida (Una historia real)

La semana pasada mi abuelo estuvo ingresado en el hospital. Compartía habitación con un hombre que no recibía visitas. Le observé, con disimulo, la primera vez que entré en aquel cuarto. Era un señor mayor, de cuerpo menudo, sentado en una silla mirando a la nada. Me inspiró mucha ternura. Cuando conocí su historia, no podía creerla, parecía sacada de un guión de cine. En él se hizo real para mí eso de que existe una única persona con la que querrás pasar el resto de tu vida. Y que, pase lo que pase, estaréis destinados a estar juntos. Si el amor es de verdad, si el amor lo puede todo.

Explicó que de pequeño vivía en un pasaje, una calle con cuatro casas. Su mejor amigo vivía al lado y la chica que le gustaba también. Él se enamoró de ella pero nunca dijo nada. Su amigo, con el que lo había compartido todo, se le adelantó y consiguió a la chica. Él tuvo que marcharse de allí, porque no soportaba verles juntos, se le partía el corazón. Ellos se casaron. Él hizo su vida hasta que encontró a otra mujer. No volvieron a verse. Él no era feliz, su mujer tenía mucho carácter y le trataba con desprecio. Pasaron muchos años, veinte o veinticinco. Él se enteró de que su amigo había muerto, era alcohólico. Quiso ir al funeral y allí la vio. Cuando la miró, fue como si no hubiera pasado el tiempo. Sintió ese fuego interior que le derritió el alma. Y deseó estar con ella. Pero seguía casado, con una mujer que no amaba, con alguien que le hacía muy infeliz. Aún y así, él deseoso de ver a la luz de sus ojos, se iba todas las tardes a visitarla a su casa y le llevaba los pasteles que más le gustaban. Un día, la pastelera vio a su mujer y le dijo que debía estar encantada con su marido que le llevaba los mejores pasteles cada tarde. Fue entonces cuando él se marchó, por fin, de su casa, a vivir con su hermana. Estuvo dieciséis años con el amor de su vida. Fue feliz. Con ella viajó, con ella descubrió la vida desde un punto de vista totalmente distinto, con ella se sintió completo. Hace un año ella murió y a él se le llenaban los ojos de lágrimas recordándolo. Nunca tuvieron hijos, ella no podía. Nunca se casaron para que ella conservara su pensión de viuda. Nunca fueron un amor oficial y sin embargo fueron un amor de verdad. Los mejores años de su existencia los pasaron juntos.

Lo primero que sentí al escuchar esa historia fue tristeza. Me recorrió un escalofrío amargo al pensar en todos eso años perdidos, siendo ambos infelices en sus respectivos matrimonios. Pero luego sentí alegría porque, pese a todo, la vida les había vuelto a reunir. Y eso hacía que todo lo demás hubiera valido la pena, que la vida vivida no fuera un lastre sino el camino que era necesario recorrer para llegar el uno a los brazos del otros. Y eso me hizo sonreír, porque yo hace tiempo que dejé de idealizar el amor como algo auténtico y verdadero que no tiene fecha de caducidad. Pero, quizá esta historia viniera a mí por alguna razón. Quizá nada sea casualidad y todo, al final, tenga sentido.

sábado, 15 de febrero de 2014

Empezar por el final

Quedaron a la hora de comer, pero no comieron. Se tomaron un par de cervezas y, con el estómago vacío, las risas desinhibidas llegaron pronto. Él hablaba mucho, ella le escuchaba tratando de encontrar un hueco en su discurso para poder intervenir. Ella le observaba. Parecía coqueto, de los que visten para gustar pero no lo admiten. Él la observaba. Parecía dulce y lista, de las que luego tienen un lado guerrero que engancha. La siguiente cerveza se la dedicaron a la proximidad corporal, sutil pero efectiva. Y, dos horas más tarde de verse las caras por primera vez, las tonterías les llevaron al piso de él. La diversión inicial, mezclada con el alcohol, terminó en atracción. Y la atracción en beso. Ella se dejó llevar, él se dejó llevar. No hubo tiempo para conocerse, no hubo tiempo ni para gustarse, no hubo tiempo porque ninguno de los dos quiso. El plan era otro, el plan era terminar con la frustración de un plumazo. El plan era olvidarla a ELLA. El plan era olvidarle a ÉL.

El sexo fue intenso y gratificante. Él quería dominar. Ella quería dominar. Y en la batalla por dar lo máximo se olvidaron de quienes eran y de qué iba aquella historia. Una historia que ni siquiera lo era todavía. No eran más que dos desconocidos buscando su propio placer en el goce del otro. Y el otro podía ser quien fuera. Alguien bueno y generoso, romántico y detallista, cariñoso y sereno. O todo lo contrario. Poco importaba. Lo que importaba era despojarse del dolor y agarrarse al placer con fuerza.

Terminaron y ella pensó que aquella sería la primera y última vez. Algo simple, sin complicaciones. Una bonita tarde en casa de una bonita persona. Él la invitó a quedarse a cenar. Ella no quiso irse. Él cocinó. Ella vistió ropa de estar por casa. Él la cuidó. Ella se dejó cuidar. Él la abrazó cuando se dormían. Ella le besó suavemente.

Al dia siguiente cogieron el metro en direcciones opuestas. En el andén, uno frente al otro, él la miraba, ella sonreía, él entró primero en el vagón, ella esperó sentada, él le lanzó un beso y ella se ruborizó. Minutos más tarde él le mandó un mensaje, ella sonrió. Él era dulce, intenso, sorprendente. Ella divertida, sarcástica, fantasiosa. Él quiso volver a verla. Ella deseó volver a verle. Él le había hablado de su historia. Ella no. Él le había dejado entender que no estaba curado. Ella no. Él era pura contradicción entre comportamiento y palabras. Ella también. Él estaba tan perdido como ella.

Profundizaron sin querer. Fue intuición. Ella pensó de más. Él trató de quitarle importancia. Y, rápidamente, el refugio que habían creado para huir de los recuerdos, se convirtió en algo demasiado parecido a esos mismos recuerdos.

martes, 21 de enero de 2014

La vida secreta de...

Todos tenemos una vida secreta. Quizá no sea esa vida secreta que se nos muestra en las películas. Posiblemente tenga un formato más banal, menos emocionante o teatrero, pero la tenemos. Porque las vidas secretas no dejan de ser esas aventuras que no le contamos a nadie. Esos retales de experiencias que guardamos para nuestro deleite personal. Esas partículas de vivencias, emociones y pensamientos que nos gusta mantener al margen de agentes externos que puedan contaminarlas y terminan quitándoles valor.

Yo llevo años tejiendo una vida secreta. Una vida con todo eso que nadie sabe de mí. Una vida paralela a la real, a la palpable, a la que cualquiera, con un poco de interés, podría tener acceso. En mi vida secreta soy yo de verdad, auténtica y natural. Soy libre de sentir, pensar y decidir. Soy la verdadera dueña de mis actos. En mi vida secreta no hay lugar para el bienquedismo, ni las palabras sin pronunciar, ni para "hacer lo más razonable". En mi vida secreta la desnudez es total y las corazas se quedan en la puerta.

A lo largo del tiempo, mi vida secreta ha sido un recinto cerrado y de uso exclusivo. Pero ha habido momentos muy puntuales en los que he decidido abrir las puertas para que entraran visitas. La última vez que ocurrió este hecho extraordinario sucedió hace unos días. En un despiste dejé la puerta de mi vida secreta entreabierta. Y sentí fluir una suave corriente. Una brisa de tranquilidad y sencillez. Un placentero viento del que no me hizo falta buscar el origen, simplemente me apeteció sentirlo y disfrutarlo, como el atardecer del último día de verano, con esa placidez y esas ganas de que el momento se extienda lo máximo posible. Y mi vida secreta quedó al descubierto, al alcance de quien quisiera conocerla. Hubo pequeños amagos de interés. Hubo pequeños amagos de empatía. Hubo hasta pequeños amagos de respeto y comprensión.

Pero, de repente, se escuchó un portazo. La brisa desapareció. Y todo ocurrió muy rápido. Una frase pronunciada en un momento de vulnerabilidad máxima, acompañada de un tono que dio como resultado una combinación punzante. "Eres muy intensa". De cuántas bocas habré escuchado estas tres palabras. Y de todas me la esperaba menos de ésta. Y ésta, sin ser la boca más importante, ha logrado que me cuestionara a mí misma. Y me pregunte si ser tal y como soy, intensa, es demasiado. Si esto me hace peor, si esto me hace insuficiente, si esto me hace ser alguien que no quiero ser. Si voy por el camino equivocado de la vida y debo dejar de rebañar el tarro de los detalles, de los acontecimientos extraordinarios, de las personas fuera de lo común. Si debería dejar de mirar a todos lados, fisgonear, escuchar a los demás, analizarles, buscar su particularidad y quererles como las personas únicas que demuestran ser. Si debería darle menos vueltas a las emociones negativas, desgranando cada sensación, cada vuelco, cada inquietud para luego encontrar las palabras exactas que puedan definirlas. Y así, lograr que otros me entiendan. Quizá debería dejar de expresar mi pasión en forma de abrazos, besos dulces o caricias en mitad de la noche. O abandonar la creencia de que la magia existe y nos rodea. Dejar de creer en el romanticismo. No ser fantasiosa, quizá. Ni pretender inspirar a alguien tanto como alguien puede inspirarme a mí.

Sería tan difícil cambiar esas y todas las cosas que me hacen ser "una intensa". Sería tan difícil dejar de ser yo sólo por la ilusoria idea de que la vida podría ser menos complicada o más placentera. Sería tan difícil como estar en el centro de una cama elástica gigante y no saltar como una cría, una niña que no piensa en que puede torcerse un tobillo, o aterrizar mal después de una voltereta. Una niña que ríe y se divierte, que vive esas sensaciones como si fueran las primeras y las últimas, porque no sabe cuándo volverá a saltar en una cama elástica. Y durante ese rato, durante ese instante tan pequeño de todos los vividos y los que le quedan por vivir, ella es la niña más feliz.


lunes, 13 de enero de 2014

Me vuelves loco

No se conocían más que de la forma en que se conocen los amantes apasionados. Habían memorizado el cuerpo del otro con inquietante rapidez. Lo que le gustaba, lo que le extasiaba, lo que le hacía retorcerse de placer. Era tan íntimo lo que compartían como tan distorsionado todo lo demás. Se amaban en lo físico pero eran dos desconocidos en el resto.

-Me vuelven loca tus besos.
-Me vuelven loco tus pechos.
-Me vuelven loca tus manos.
-Me vuelven loco tus caricias.

Es nada se habían hecho íntimos. Tanto que no necesitaban a nadie más. Tanto que mezclaban sexo con sentimientos. Tanto que la cordura sólo era una forma más de locura. Su juego de provocación constante les tenía absorbidos.

-Quédate.
-Debería irme.
-¿Por qué te vas a ir? Quédate...
-Tienes que dormir.
-No quiero dormir, quiero aprovecharme de ti.

Y así acumulaban agotamiento. Apenas dormían, apenas podían mantener sus manos apartadas del otro, apenas se hidrataban. Hablaban, a veces, pero todo lo que tenían que decirse no lo cubrían las palabras.

-Sedúceme.
-Creía que ya lo estaba haciendo.
-Más.

Nunca era suficiente. Y el reto era constante. El enganche permanente y la obsesión, cuestión de tiempo.

jueves, 9 de enero de 2014

Café con leche

-¿Qué te gusta de mí?- le preguntó él tumbado en la cama, extasiado por un placer recién culminado.


-Me encanta cómo me preparas el café con leche- susurró ella, con la melena revuelta y su blanquecina desnudez enredada en las sábanas. 

-¿Sí?- prosiguió él sorprendido.

-Sí. La cantidad justa de café. La proporción exacta de leche. En taza grande. Muy caliente. Y sin haberme preguntado nunca cómo lo tomo. Es magia- sonrió suavemente clavando su intensa mirada en los ojos de él. 

-Bueno, es algo muy sencillo en realidad- se rió y la rodeó con sus brazos tiernamente.

-No te creas. Quizá para ti sea fácil. Quizá lo hayas hecho muchas veces. Quizá simplemente sea tu forma natural de hacerlo. Pero ¿qué probabilidades hay de que tu forma natural de hacerlo sea equivalente a mi forma natural de tomarlo?

-Habrá sido suerte- le quitó importancia él.

-Probemos una vez más, entonces. 

-¿Quieres un café?- él hizo el gesto de levantarse.

-No, tonto- ella le agarró la cara y le besó sin reservas- Hagamos el amor.