lunes, 11 de noviembre de 2013

Y si el mundo se acabara

Ella solía comer viendo Hora de Aventuras. Las disparatadas historias de Jake el perro y Finn el humano la transportaban a esos mundos de fantasía en los que siempre había soñado estar. La diversión absurda, los superhéroes metepatas, las princesas guerreras, los personajes extravagantes y las situaciones que sólo podian salir de una mente liberada de estereotipos, de limitaciones y con una imaginación desbordante. La identificación era máxima. Pero aquel día llegó tarde al único compromiso que había logrado mantener durante un periodo de tiempo prolongado. Y tuvo que cambiar sus planes. Encendió el televisor y, sin pensarlo, dejó el primer canal que apareció. Estaban dando un informativo. En ese momento no lo pensó, pero hacía tiempo que había descartado ver las noticias por ser detonantes en ella de un profundo mal estar y el consecuente estado de enfado. No sólo por el contenido, sino también por el continente. Los medios de comunicación la habían decepcionado mucho tiempo atrás y no les daba ningún crédito. Comió envuelta en una realidad decadente, poco dada a la iniciativa propia y a la creatividad. Una realidad en la que primaba la explotación de las personas y las desigualdades sociales y económicas. Sentía tristeza observando el desprecio del ser humano hacia el mismo ser humano y, no sólo eso, también hacia el mundo que le daba cobijo. Era impresionante cómo las personas podían pudrirse en vida y el egoísmo lo envolvía todo de una oscuridad desgarradora. Seguía inmersa en ese pensamiento cuando saltó la noticia. Expertos astrónomos aseguraban que existían cientos de meteoritos, capaces de destruir ciudades enteras, en cuya trayectoria se encontraba la tierra. Cientos de amenazas latentes a la vida humana que se pretendían combatir mandando equipos de alta tecnología a destruirlos. "A lo Armageddon", pensó ella y esbozó una leve sonrisa, como si esa sensación, tan extendida, de sentirse por encima de todo, la estuviera contagiando también a ella. Poco después, empezó a sumirse en un estado de inquietud y alarma.

-¿Y si el mundo se acabara?- dijo en voz alta.

Si el mundo se acabara... ¿Qué hago malgastando el tiempo con los "me quiere, no me quiere"? ¿Qué hago con todo este miedo a tomar mis propias decisiones? ¿Qué hago con la ira, el mal humor, las ofensas y los orgullos? ¿Qué hago con todas esas personas a las que no dije "te quiero"? ¿Qué hago con los proyectos aplazados, el "tiempo al tiempo" y "lo bueno está por llegar"? Si el mundo se acaba... ¿Con quién querría estar? ¿A quién me gustaría dedicarle los últimos días de mi vida?

Empezó a desesperar. Eran demasiadas decisiones a tomar, demasiadas elecciones de último minuto y mucha presión. Quizá por eso prefiramos vivir ignorantes de todas esas fuerzas ajenas a nosotros que podrían quitarnos, de un plumazo, todo por lo que estamos viviendo la vida que vivimos. Quizá por eso nos creemos invencibles hasta que se demuestre lo contrario. Quizá por eso no somos capaces de tomar decisiones drásticas y nos quedamos en el lado moderado de la vida. Viendo desde la barrera como se va destruyendo todo. Saber lo que uno puede perder es el primer paso para reconocer lo que uno está ganando. Y no son los trenes que pasan los que nos hacen sentir vivos, son los trenes que estamos dispuesto a coger los que nos salvarán, aunque no nos lleven al destino previsto. Vivir siempre es mejor que quedarse esperando a que la vida suceda por sí misma.

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