miércoles, 6 de noviembre de 2013

Las aventuras primero se viven y luego se escriben

Aquella noche se sentía especialmente sola. Había decidido no salir y reservar ese tiempo para sí misma, romper los muros y dejar fluir todo aquello que trataba de ocultar con una perseverancia inaudita. Estaba agotada. Tanto esfuerzo la consumía. Y, aunque podía sentir el calor de personas estupendas arropándola, temía estar ocultando su verdadera identidad. Una identidad de superheroína común. Una identidad de guerrera contra corriente, cabalgando a lomos de su corcel, luchando contra los amores conformistas. Aplacando a los borradores de sueños y los engullidores de magia. Una aventurera buscando el tesoro más preciado: el amor.

Sentada en su balcón, fijó la vista en las azoteas, la ciudad lucía hermosa y ella se sentía mayor. Ya no era aquella muchacha con todo por descubrir. La que experimentaba con las emociones y el placer físico. La que investigaba, estudiaba y llegaba a conclusiones que convertía en teorías sagradas. Las mismas que, con el tiempo y la experiencia, siempre terminaba por reformular. Recordó aquel tiempo en que estaba segura de que debía existir en el mundo una persona única hecha para ella. Esa idea tardó mucho en marcharse de su cabeza, se aferró con fuerza, como si no quisiera darse por vencida. Y contaminó todos sus pensamientos, todos sus comportamientos, todas sus relaciones. En ese momento, como algo inevitablemente ligado a esa teoría, pensó en él. Él, que también había logrado contaminar sus pensamientos, que se aferraba igualmente a su cabeza, que no la dejaba escapar. Él, que era un misterio en sí mismo. El arca por descubrir, la tierra por conquistar, la enfermedad y la cura. Él. Él. Él.

Sonrió y decidió hacer lo que nunca había hecho antes. Escribirle. Pero escribirle de verdad. Porque escrito, le había escrito muchas veces pero, en realidad, nunca le dijo lo que quería decirle. Nunca la verdad. Así que, se acercó decidida un folio en blanco y empuñó un bolígrafo. Temblaba. Sonreía. Pensaba. Sostenía sus ideas un segundo antes de redactarlas. Las volteaba, las mareaba y las desechaba. Hasta que, al fin, sacudió la cabeza y empezó a redactar, sin filtros.

"Te quiero. Eres la persona con la que desearía pasar mi vida. Sentarme y charlar durante horas de cosas sin sentido. Marear la perdiz hasta acabar en un bucle y al borde de la locura. Reírnos. Reírnos tanto que nuestras carcajadas pudieran cambiar el mundo que nos rodea. Abrazarnos con fuerza. Querernos con intensidad. Acariciarnos con dulzura. Amarnos sin reservas. Sostenernos, ayudarnos, crecer juntos. Inventarnos historias y protagonizarlas. Inspirarnos. Formar equipo y estar por encima de todo. Quiero cuidarte cuando enfermes, preocuparme por ti y contigo, buscar soluciones y llevarte de la mano al lado bello de la vida. Que pasen los años y que ocurra todo con calma y naturalidad, disfrutando del camino".

Cuando terminó de escribir, cogió el folio y lo miró con orgullo. Lo sostuvo con una mano y encendió un mechero con la otra. Ardió en segundos. Y aquellas llamas quemaron también su inseguridad. Se vistió deprisa, llenó una bolsa con ropa y salió de casa apresurada. "Las aventuras primero se viven y luego se escriben", pensó.

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