martes, 26 de noviembre de 2013

Citas de mierda

A veces, ocurren cosas en la vida que es mejor tomarse con humor, porque si te las tomas en serio es muy probable que no quieras volver a salir nunca. Es el caso de las citas de mierda. Así las he bautizado yo. Las citas de mierda son aquellos encuentros con, en mi caso, hombres (o algo parecido), en las que, por educación, no sales corriendo aunque te pases la mayor parte del tiempo localizando todas las vías de escape posibles. Una cita de mierda empieza con un "vamos a tomar algo". Normalmente siempre será en tu barrio, esto no lo hacen ni para que tú te sientas más cómoda, ni para que no tengas que desplazarte, esto lo hacen para: primero, estar cerca de tu casa y segundo, poderte decir eso de "llévame tú donde quieras que yo no conozco la zona". Y es que, las citas de mierda se fundamentan en dos pilares importantes. Uno, él es tan vago que no se molesta ni en pensar dónde te puede llevar. Dos, se meterá todo el rato contigo porque se quedó estancado en la época del "los que se pelean se desean". Luego, al poco, descubres que el ego del personaje es un pozo sin fondo, otro clásico. Si te descuidas te cuenta hasta cuando se hizo el primer empaste. Y durante todo el rato en que esté ensimismado explicándote al dedillo sus grandes gestas vitales  (muy probablemente te dejará claro desde el principio, y sin que les preguntes, que es un hombre muy ocupado) tú estás pensando "Espero que, al menos, bese bien". Analizas un poco cómo se mueve, cómo gesticula, por si puedes obtener alguna pista interesante al respecto. Y asientes con la cabeza, manteniendo la mirada fija en sus ojos, como si atendieras de verdad. Él no te hará ninguna pregunta, no quiere que hables, quiere que sepas lo cool que es. La estrategia, en ese momento, es soltar un leve suspiro y apoyar la cabeza suavemente sobre tu mano. Si es mínimamente intuitivo (y no te está contando su emocionante viaje mochilero por Sudamérica), parará en seco y te dirá "Ay, creo que estoy hablando demasiado ¿no?". Tú, que eres educada, dices que no. Yo directamente digo que sí, entre risas y un golpecito en el brazo quitándole tensión al asunto. Así que entonces (y sólo entonces) se ve forzado a decirte "Y, bueno ¿tú qué?" y tú piensas "¿Yo qué, de qué?" y miras con ojos asesinos al camarero que tarda mil años en servir un par de cañas. "¿Yo? A ver... no sé, pregunta ¿qué quieres saber?". Esta es otra, la sensación es de interés nulo. "¿Tú qué?" ¿Eso qué significa? ¿Yo qué hago, yo qué pienso, yo qué programa uso en la lavadora? Coges la cerveza con ansia, casi se la arrancas de las manos al camarero, le das un trago inacabable deseando que, al terminar, te hayas vuelto invisible. Pero no. Lástima. Él, para más inri, bebe sorbitos de pájaro desvalido. La noche promete ser eterna. Si nota que no estás cómoda, olvídate de que haga algo inteligente al respecto, lo obviará y soltará alguna tontería del tipo "Te veo muy digna", "¿Digna?", "Sí, no me cuentas nada ¿no serás la típica tía que va de misteriosa?". ZAS. Si tenía alguna oportunidad de que le desearas un mínimo, acaba de autodescartarse fulminantemente. Y, además, te ha dejado tu glorioso momento en bandeja.  Tú no querías ser mala. Sobre todo porque, para ti, esa "cita" era un plan entretenido sin más. Pero, no sólo te ha abierto la puerta de par en par, sino que te ha dado una invitación donde pone "Libertad absoluta para disparar". Así que te colocas bien en tu silla, adelantas un poco el cuerpo, le miras con intensidad y le sueltas "Eres tú el que va de guay y no ha dejado de hablar desde que hemos llegado, amigo" y lo combinas con una leve sonrisa de triunfo. Esto es la guerra. Si le queda un poco de caballerosidad en su cuerpo, se terminará la mitad de su cerveza de trago, Si no, te lanzará un "Me gusta cuando te pones en plan guerrera". ¿Hola? Este se piensa que estoy en "modo seducción", ¿se pueden leer peor las señales? Así que estás a punto de sacar el monedero y decir "Bueno, yo me tengo que ir ya" pero él se te adelanta con un "Voy al baño, ahora vuelvo, no me eches de menos"(tú te ríes por no llorar). Pero, cuidado, él no va al baño en realidad, lo que hace es que, mediante un movimiento de coordinación sorprendente, se coloca a dos milímetros de tu cara y tú todavía no sabes cómo ha ocurrido. Así que estás ahí y, tienes dos opciones, dejar que te bese o hacerle una cobra como una catedral. Si eliges la A, descubrirás que ni el mejor beso de la historia de la humanidad va a arreglar semejante cita de mierda. Si eliges la B, muy probablemente se te ofenderá y te lanzará algún comentario del tipo "chica, venga, no seas tonta" que aún bajará más tu libido, si es que todavía conservabas algo. Pase lo que pase querrás largarte ipso facto. Te pondrá mala cara, incluso, puede hasta que le de una rabieta infantil del tipo "me enfado y no respiro" (se conocen casos), pero tú sigues en tus trece (ahora sí, con dignidad absoluta). Logras que se levante de la silla y vais a la barra a pagar. El tipo, en un último intento a la desesperada, pagará pero sólo para poder decirte "la próxima la pagas tú". ¿La próxima? ¿QUÉ PRÓXIMA? Le das un abrazo por educación y, evitas por todos los medios ir en su dirección, aunque tengas que dar un rodeo mortal, al fin y al cabo estás en tu barrio, un acierto.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Something (Historia de un amor)

Prefacio.  
Empiezo a escribir y suena "Something" de los Beatles. Por un momento pienso en que resulta una forma de comenzar algo manida, pero, qué demonios, es la verdad. Hoy me he despertado envuelta en nostalgia. He dado un par de vueltas en la cama y lo he sabido: estoy demasiado acostumbrada a acaparar el espacio, sin impedimentos, todo el colchón para mí, las sábanas se me enroscan en el cuerpo y no tengo que pensar si se las estoy quitando a alguien. Estoy acostumbrada a dormir sola y me gusta y lo odio al mismo tiempo. Entonces, como no, tenía que acordarme de él. Él que es ficción y realidad. Que nunca está pero, a veces, está más que nunca.

Capítulo I: Ficción
Nos conocimos en un lugar remoto. Era de noche. No recuerdo cómo ocurrió exactamente, hace mucho tiempo ya. El caso es que hablamos. Jugamos a ver quién decía la estupidez más grande. Conectamos. Lo siguiente que recuerdo es invitarle a tomar café a mi casa. Llegó empapado, estaba lloviendo. Charlamos, nos reímos, se fue. Al poco dejamos de hablarnos. Él estaba con alguien, yo estaba con alguien. Y la magia se nos rompió. La vida nos volvió a reunir tiempo después. De noche, otra vez. Apareció en mi casa. Trajo vino. Bebimos, reímos, coqueteamos. No ocurrió nada. Se fue. Y ya no le volví a ver hasta meses después.

Capítulo II: Realidad
El tiempo seguía transcurriendo mientras lo nuestro se mantenía en standby. Pero algo ("Something") en su manera de ser me atraía como ningún otro. Era un imán. Cuando me dejaba llevar por su recuerdo mis pensamientos se entretenían con cada mínimo acto compartido y lo engrandecían como si fuera la situación más especial jamás vivida. En ese tiempo ya me habían llamado rompecorazones más de una vez. Y yo callaba y me resignaba esperando, quizá, que algo cambiara.

Capítulo III: El amor no es lo que crees
La primera vez que le besé, salió huyendo. Como en una de esas comedias absurdas de adolescentes. Quizá no fue exactamente así, pero mi sensación posterior me dejó ese recuerdo. El beso no estuvo mal, el plantón fue terrible. Aquella madrugada lloré pero nadie lo supo. Creía que el amor estaba por encima de todo y me daba cuenta, de golpe, que no era así. Primaban otras cosas, que él había colocado encima y que me aplastaban hasta dejarme muy pequeñita. La decepción no logró aplacar mis sentimientos.

Capítulo IV: La pérdida constante
Tantas veces sentí que le estaba perdiendo que, años después, llegué a ser inmune. Uno no sabe lo que es sufrir por amor hasta que ve al suyo alejarse para acercarse a antiguos amores que, en sus palabras, nunca fueron tan especiales como el vuestro. En este contexto, el corazón ayuda a la mente a jugar malas pasadas. Y yo estuve años sin entenderlo. Luego supe que él había elegido seguir con su vida mientras yo le estaba esperando.

Capítulo V: La comunicación
Mi manera más íntima de comunicarme con él era escribiéndole. Le escribí cartas de todo tipo. Desde historias inventadas basadas en nuestra relación a intensos y desgarradores testimonios literarios de mis sentimientos. Existían mejores formas de transmitir, pero ninguna a nuestro alcance. Y la escritura lo hizo todo aún más bucólico, más dramático, más romántico.

Capítulo VI: Te quiero
No recuerdo la primera vez que me dijo "Te quiero". Pero recuerdo haberlo escuchado, leído y sentido muchas veces a lo largo de los años. "Te quiero" y ya está, no hay más, el mundo vuelve a ser un lugar bonito en el que estar. Hubo un tiempo en que nos dimos cuenta que decir "Te quiero" se nos quedaba corto. Dos palabras no podían abarcar un sentimiento tan grande. Los dos fantaseábamos con que lo nuestro era único, así que no podíamos usar las mismas palabras que los demás. Por eso escogimos un par de palabras comunes y les dimos otro significado, uno que sólo él y yo sabíamos, y esa fue nuestra sencilla pero eficaz forma de hacerlo distinto, único y exclusivo.

Capítulo VII: Hacer el amor
Lo podíamos llamar simplemente sexo, pero nunca lo fue. Y no lo fue porque tuvimos que esperar años hasta dar con la oportunidad de estar juntos, de sentirnos y tocarnos. Así que durante ese periodo asexuado de nuestra relación nos dedicamos, sin saberlo, a conquistarnos, a cortejarnos, a enamorarnos. Y así fue como, desde la primera a la última vez, estuvimos condenados a compartir una desnudez más allá de la corporal y un deseo más allá de lo físico. En esos momentos las palabras se borraban para dejar todo el peso de la comunicación a las miradas, las caricias y el placer.

Capítulo VIII: El amor no es suficiente
Ya no creo en el amor como antes. Perdí mi fe al saber que el amor no es suficiente para que dos personas que se adoran estén juntas.

Capítulo IX: El olvido
Aún a día de hoy seguimos sin olvidarnos. Aunque ya no es lo mismo, ya no somos los mismos, siempre habrá algo que nos una.

Capítulo X: La recompensa
A veces pienso que todo esto no puede haber ocurrido por nada. Que debe haber una razón. Y si entro en analizarlo al detalle, diría que ambos hemos ido creciendo personal y emocionalmente en paralelo a lo largo de los años. Pero que, de algún modo, también lo hemos hecho juntos, aferrados al recuerdo del otro.

Capítulo XI: La manera bonita de terminarlo
Si existiera una manera bonita de terminar esta historia sería decir que, a pesar de no poder estar juntos, nos quedamos con el recuerdo de los intensos momentos vividos. Ahora que cada uno sigue su camino, vive su vida, se centra en lo suyo, parece ser el momento idóneo para despertar del sueño. Un sueño que nos ha atrapado durante mucho tiempo. Un sueño que estaba en nuestra mano realizar y que nunca supimos cómo. Un sueño que se nos escapó porque era tan bonito que daba mucho miedo despertar de él.

Capítulo XII: La fortaleza
A pesar de todo. Del adiós perpetuo en el que parecemos estar atrapados. Existe un mundo, muy pequeño, invisible a los ojos del resto y que es sólo nuestro. Un mundo compartido al que acudimos siempre que nos falta "something".

lunes, 11 de noviembre de 2013

Y si el mundo se acabara

Ella solía comer viendo Hora de Aventuras. Las disparatadas historias de Jake el perro y Finn el humano la transportaban a esos mundos de fantasía en los que siempre había soñado estar. La diversión absurda, los superhéroes metepatas, las princesas guerreras, los personajes extravagantes y las situaciones que sólo podian salir de una mente liberada de estereotipos, de limitaciones y con una imaginación desbordante. La identificación era máxima. Pero aquel día llegó tarde al único compromiso que había logrado mantener durante un periodo de tiempo prolongado. Y tuvo que cambiar sus planes. Encendió el televisor y, sin pensarlo, dejó el primer canal que apareció. Estaban dando un informativo. En ese momento no lo pensó, pero hacía tiempo que había descartado ver las noticias por ser detonantes en ella de un profundo mal estar y el consecuente estado de enfado. No sólo por el contenido, sino también por el continente. Los medios de comunicación la habían decepcionado mucho tiempo atrás y no les daba ningún crédito. Comió envuelta en una realidad decadente, poco dada a la iniciativa propia y a la creatividad. Una realidad en la que primaba la explotación de las personas y las desigualdades sociales y económicas. Sentía tristeza observando el desprecio del ser humano hacia el mismo ser humano y, no sólo eso, también hacia el mundo que le daba cobijo. Era impresionante cómo las personas podían pudrirse en vida y el egoísmo lo envolvía todo de una oscuridad desgarradora. Seguía inmersa en ese pensamiento cuando saltó la noticia. Expertos astrónomos aseguraban que existían cientos de meteoritos, capaces de destruir ciudades enteras, en cuya trayectoria se encontraba la tierra. Cientos de amenazas latentes a la vida humana que se pretendían combatir mandando equipos de alta tecnología a destruirlos. "A lo Armageddon", pensó ella y esbozó una leve sonrisa, como si esa sensación, tan extendida, de sentirse por encima de todo, la estuviera contagiando también a ella. Poco después, empezó a sumirse en un estado de inquietud y alarma.

-¿Y si el mundo se acabara?- dijo en voz alta.

Si el mundo se acabara... ¿Qué hago malgastando el tiempo con los "me quiere, no me quiere"? ¿Qué hago con todo este miedo a tomar mis propias decisiones? ¿Qué hago con la ira, el mal humor, las ofensas y los orgullos? ¿Qué hago con todas esas personas a las que no dije "te quiero"? ¿Qué hago con los proyectos aplazados, el "tiempo al tiempo" y "lo bueno está por llegar"? Si el mundo se acaba... ¿Con quién querría estar? ¿A quién me gustaría dedicarle los últimos días de mi vida?

Empezó a desesperar. Eran demasiadas decisiones a tomar, demasiadas elecciones de último minuto y mucha presión. Quizá por eso prefiramos vivir ignorantes de todas esas fuerzas ajenas a nosotros que podrían quitarnos, de un plumazo, todo por lo que estamos viviendo la vida que vivimos. Quizá por eso nos creemos invencibles hasta que se demuestre lo contrario. Quizá por eso no somos capaces de tomar decisiones drásticas y nos quedamos en el lado moderado de la vida. Viendo desde la barrera como se va destruyendo todo. Saber lo que uno puede perder es el primer paso para reconocer lo que uno está ganando. Y no son los trenes que pasan los que nos hacen sentir vivos, son los trenes que estamos dispuesto a coger los que nos salvarán, aunque no nos lleven al destino previsto. Vivir siempre es mejor que quedarse esperando a que la vida suceda por sí misma.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Las aventuras primero se viven y luego se escriben

Aquella noche se sentía especialmente sola. Había decidido no salir y reservar ese tiempo para sí misma, romper los muros y dejar fluir todo aquello que trataba de ocultar con una perseverancia inaudita. Estaba agotada. Tanto esfuerzo la consumía. Y, aunque podía sentir el calor de personas estupendas arropándola, temía estar ocultando su verdadera identidad. Una identidad de superheroína común. Una identidad de guerrera contra corriente, cabalgando a lomos de su corcel, luchando contra los amores conformistas. Aplacando a los borradores de sueños y los engullidores de magia. Una aventurera buscando el tesoro más preciado: el amor.

Sentada en su balcón, fijó la vista en las azoteas, la ciudad lucía hermosa y ella se sentía mayor. Ya no era aquella muchacha con todo por descubrir. La que experimentaba con las emociones y el placer físico. La que investigaba, estudiaba y llegaba a conclusiones que convertía en teorías sagradas. Las mismas que, con el tiempo y la experiencia, siempre terminaba por reformular. Recordó aquel tiempo en que estaba segura de que debía existir en el mundo una persona única hecha para ella. Esa idea tardó mucho en marcharse de su cabeza, se aferró con fuerza, como si no quisiera darse por vencida. Y contaminó todos sus pensamientos, todos sus comportamientos, todas sus relaciones. En ese momento, como algo inevitablemente ligado a esa teoría, pensó en él. Él, que también había logrado contaminar sus pensamientos, que se aferraba igualmente a su cabeza, que no la dejaba escapar. Él, que era un misterio en sí mismo. El arca por descubrir, la tierra por conquistar, la enfermedad y la cura. Él. Él. Él.

Sonrió y decidió hacer lo que nunca había hecho antes. Escribirle. Pero escribirle de verdad. Porque escrito, le había escrito muchas veces pero, en realidad, nunca le dijo lo que quería decirle. Nunca la verdad. Así que, se acercó decidida un folio en blanco y empuñó un bolígrafo. Temblaba. Sonreía. Pensaba. Sostenía sus ideas un segundo antes de redactarlas. Las volteaba, las mareaba y las desechaba. Hasta que, al fin, sacudió la cabeza y empezó a redactar, sin filtros.

"Te quiero. Eres la persona con la que desearía pasar mi vida. Sentarme y charlar durante horas de cosas sin sentido. Marear la perdiz hasta acabar en un bucle y al borde de la locura. Reírnos. Reírnos tanto que nuestras carcajadas pudieran cambiar el mundo que nos rodea. Abrazarnos con fuerza. Querernos con intensidad. Acariciarnos con dulzura. Amarnos sin reservas. Sostenernos, ayudarnos, crecer juntos. Inventarnos historias y protagonizarlas. Inspirarnos. Formar equipo y estar por encima de todo. Quiero cuidarte cuando enfermes, preocuparme por ti y contigo, buscar soluciones y llevarte de la mano al lado bello de la vida. Que pasen los años y que ocurra todo con calma y naturalidad, disfrutando del camino".

Cuando terminó de escribir, cogió el folio y lo miró con orgullo. Lo sostuvo con una mano y encendió un mechero con la otra. Ardió en segundos. Y aquellas llamas quemaron también su inseguridad. Se vistió deprisa, llenó una bolsa con ropa y salió de casa apresurada. "Las aventuras primero se viven y luego se escriben", pensó.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Semilla de autenticidad

Se perdieron durante un tiempo por los entresijos del mundo real. Querían probar a ser como los demás. Y hacer lo que hace la mayoría. Se mezclaron con la multitud, se dejaron llevar por las corrientes, de aquí para allá, de allá para acá. Y, aunque se habían prometido no pensar, ninguno estaba convencido de que aquel lugar fuera el suyo. Invirtieron mucho esfuerzo en encajar, en pasar inadvertidos, en mimetizarse con el ambiente, interiorizando el "por norma general" y dejando que las limitaciones fueran factor determinante en la toma de cualquier decisión. Iban a lugares comunes, a hacer lo de siempre, y así construyeron una vida de manual. En su interior, una inquietud. En su mirada, un amago de tristeza. En su carácter, un toque de frustración. En sus labios, un esfuerzo por sonreír ¿Quién les había robado la ilusión? ¿Quién les quitó lo que les hacía libres, la imaginación? Acabaron creyéndose locos por el simple hecho de no resignarse, de no entender la vida como una sucesión de conformismos. E intuían que, de algún modo, sin saber exactamente cómo, eran capaces de lograr esa fuerza que les llevara contra corriente, en una travesía compleja pero interesante, arriesgada pero apasionante, distinta y, al mismo tiempo, cargada de convencionalismos. Convencionalismos fabricados a su medida, de la forma en que ellos se sintieran más cómodos. Y así crearon su propia realidad que surgió de una pequeña semilla de autenticidad.