martes, 8 de octubre de 2013

El silencio de la noche

-Dame un minuto- suspiró ella.
-No tengo prisa- sentenció él.

Sentados en un banco, bajo la luz parpadeante de una farola ya en las últimas, ella no le miraba a los ojos. Hablaba despacio, bajito y en dirección a la nada. Él, ansioso, afinaba el oído intentando captar el mensaje con claridad. Quería ser comprensivo pero, al mismo tiempo, no sabía cómo gestionar la situación. Ella estaba seria, fría, distante. Él nervioso, alterado, confuso. Ella se tocaba el pelo. Él trataba de controlar el impulso de abrazarla. Ella fingía serenidad, él fingía serenidad. Estuvieron varios minutos en silencio. Pasó el camión de la basura rompiendo la serenidad de la noche. Pasó una ambulancia rompiendo la serenidad de la noche. Pasó un grupo de personas, riendo y cantando, rompiendo la serenidad de la noche. Y ella habló:

-No puedo más-
-¿No puedes más?-
-No puedo más-

Y otra vez se quedaron en silencio mirando a ninguna parte. Ella con las manos entrelazadas en su regazo. Él jugando con las llaves. Ella envuelta en un manto de misterio transparente que dejaba entrever toda su confusión. Él tratando de descifrar en qué momento la noche se había tornado tan extraña. Ella dudosa, él impaciente.

-Estoy enamorada de ti-

Se giró hacia él con un brillo nuevo en la mirada. Él creyó haberla escuchado mal y esbozó una cándida expresión de sorpresa. Ella medio sonrió pero al verle en ese estado su cara proyectó miedo. Él enmudeció. Ella enmudeció. Él suspiró. Ella apartó de nuevo sus ojos de él y dijo:

-No quería incomodarte. No sabía cómo decírtelo. No sé...

Él puso su mano sobre la de ella. Ella no pudo articular palabra. Temblaron.

-Yo también-
-¿Tú también?
-Yo también-

Ella acarició suavemente la mano de él con su pulgar. Él flotó, ella flotó. Y permanecieron en silencio.


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