lunes, 21 de octubre de 2013

El miedo está sobrevalorado

"No volveré a verla nunca más" pensó él apretando los puños mientras la veía marcharse, de espaldas, segura y con prisa.

"Qué difícil es esto" razonó ella tratando de controlar su taquicardia y las ganas de dar media vuelta, pedir perdón y deshacerse de ese sentimiento de culpa.

"No entiendo nada ¿Qué ha pasado?" se preguntó él de camino a casa, cabizbajo, con las manos en los bolsillos y arrastrando los pies.

"¿Por qué seré tan cobarde? ¿Para qué huir?" se cuestionó ella al llegar al metro. Paró un segundo, pensó diez veces en volver corriendo. Recordó aquel primer día, aquellas primeras dos horas que compartieron. Las risas, la complicidad, la fugacidad y la lentitud de todo. Saboreó de nuevo ese beso extraño, medio accidental, medio provocado. Y le seguía sorprendiendo lo raro de la situación y lo cómodo al mismo tiempo.

"¿Y ahora qué?". Él se sintió perdido. No hacía tanto que se conocían y, sin embargo, ella se había convertido en alguien imprescindible. Ni siquiera la estaba buscando pero, cuando apareció, era innegable la evidencia: ella era especial, inigualable. Y lo demás, a su lado, se le antojaba insustancial.

"¿A qué viene tanto miedo?" se repetía ella, una y otra vez, con la tarjeta de transporte en la mano, haciendo el gesto para validarla pero sin poder soltarla en realidad.

"Quizá la haya presionado sin darme cuenta" dudó él repasando cada instante vivido juntos. Aquellas cervezas entre bromas y vaciles, aquella primera cena en la que ella terminó con el vestido empapado de vino, su sonrisa contagiosa, la alegría que desprendían al reencontrarse una y otra vez. El primer abrazo, el inquietante primer beso, la incertidumbre de los primeros días, el juego de seducción, la electricidad, la piel erizada, las manos entrelazadas en el cine, la conquista continua y sin descanso. Todos los pequeños detalles que la convertían en ELLA. Y la sensación de que a su lado él era más EL que nunca.

"¿Qué sentido tiene seguir luchando después de tantas batallas perdidas?". Ella perdía el norte tratando de encontrarse en el fondo de esa mochila emocional que cargaba a su espalda. Durante un rato se dedicó a ir sacando su contenido con el fin de hallar una respuesta a ese comportamiento repentino. Y, entonces, lo sintió. Sintió como se le humedecían los ojos, se le encogía el corazón, se le paralizaban las manos y respiraba cada vez más rápido. Los nervios en el estómago no la dejaban caminar y visualizó todas las aventuras a las que estaba renunciando por ese ataque de pánico incontrolable. Se vio junto a aquel hombre de sonrisa increíble paseando por el lado sorprendente de la vida, escalando montañas sin esfuerzo. Y se dio cuenta de que era precisamente eso lo que la aterraba. Saberse tan atrapada y admitir su vulnerabilidad.

"Quizá sea mejor así. Las cosas han ido demasiado rápido" pronunció él rompiendo el silencio de su apartamento. Miró a su alrededor y se vio sorprendido por la falta de luminosidad. Nunca había visto ese lugar tan sombrío. Se sentó en la cama y pensó en ella.

"¿Por qué no ha venido a por mí? ¿Por qué no ha intentado que entrara en razón? ¿Y si no siente lo mismo?" Ella seguía sin poder tomar el metro rumbo a su casa.

"¿Y si hubiera ido a por ella? ¿Si le hubiera insistido? Nada habría cambiado, se la notaba tan segura de su decisión cuando ha dicho "no puedo seguir con esto", está claro que no siente lo mismo", meditó él haciendo sonar en su guitarra los primeros acordes del tema secreto que le estaba componiendo.

"Es demasiado tarde" dijo ella
"Es demasiado tarde" dijo él

Y los dos corrieron tan rápido que ni los pensamientos oscuros eran capaces de atraparles. Se encontraron en la misma esquina donde se dieron aquel primer, confuso y extraño beso. Se sonrieron igual que todas las veces que se habían encontrado antes. Olvidaron lo que no entendían y proyectaron lo que les unía.

"El miedo está sobrevalorado" dijo ella.
"Realmente sobrevalorado" dijo él.

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