lunes, 22 de julio de 2013

Mi guitarra

Cojo mi guitarra, la coloco en mi regazo, hago sonar algunos acordes. No logro quitarle esa vibración sonora molesta que arrastran desde hace tiempo. Aún y así, llena de imperfecciones (como yo) y necesitando algún que otro ajuste (como yo), para mí es perfecta. Es ELLA, tan única y sencilla, de curvas suaves y cuerdas que dejan huella. No tengo gran habilidad para tocarla, ni un talento natural para la música. Y estoy segura de que si pudiera hablarme escucharía más de un reproches. Pero cuando estamos solas, las dos, en cualquier rincón escondido de miradas ajenas, somos auténticas. Ella con su particular sonido, yo con mi particular sentimiento. No hay mayor satisfacción. Porque nunca pensé que entraba dentro de mis capacidades hacer una secuencia de acordes sin parar tres minutos entre posición y posición. Nunca pensé ser capaz de tocar y cantar al mismo tiempo. Y mucho menos llegar a componer algún tema.. Todo ello muy modesto, muy de estar por casa, muy de terapia evasiva, muy personal e intransferible. A veces pienso que estamos hechas la una para la otra. Nos reflejamos y fusionamos nuestro mejor yo.
Es inevitable pensar que este tipo de experiencias son las que a uno le enriquecen. Porque, si algo he aprendido después de tantos años es que persistir tiene su recompensa y que, si tienes una ilusión, no hay que dejarse invalidar por supuestas incapacidades. Querer es poder, aunque se tarde años, aunque resulte frustrante en ocasiones, desesperante en otras. Venirse abajo no es una opción cuando los sueños están todavía por cumplir.

No hay comentarios: