viernes, 25 de enero de 2013

S E X O

Somos sensuales, somos pasionales, somos físicos. Seres de acción. Provocadores. Desafiantes. Ayer, mientras vestía mis labios de carmín rojo, pensaba en que no paro de escribir sobre el amor. La dicha de encontrarlo y la desdicha de perderlo. La decepción. Profundidades emocionales reiteradas hasta la extenuación. Y las vendo como liberadoras sensaciones que brotan a la superficie empujadas por la espontaneidad y la falta de razón. Pues bien, hoy no estoy aquí para hablaros de que un día me enamoré y luego me rompieron el corazón. No os voy a relatar cómo eso supuso un punto de inflexión en mi vida y aprendí de ello como lo hice de todos los demás infortunios. Hoy os voy a hablar de algo que, a mi modo de ver, está por encima de todos esos procesos de autofustigación inecesarios derivados del hecho de pensar de más. La evasión total, la redención, la comunión absoluta entre cuerpos, el sexo.

Y que no os de pudor hablar de sexo abiertamente porque es, posiblemente, la expresión más certera de nuestro estado mental y físico, de nuestro ser auténtico, sin corazas. Durante el sexo no se piensa, no se razona, no se analiza, ni se traza una compleja red de comportamientos enlatados a fin de ser aceptado socialmente. En el sexo uno se deja llevar, se abandona, se desconecta del mundo. La realidad se queda fuera, cada vez más lejos, cada vez más insignificante. El tiempo desaparece, las obligaciones se esfuman, la mente se relaja y el cuerpo toma el control. Las caricias activan los sensores de movimiento, los besos funden la consciencia, el contacto piel con piel derriba los muros y el gráfico del deseo se dispara. Algunos lo sienten como un vuelo espacial, ingrávido. Otros lo experimentan como fuego, ardiente. A algunos el placer les conecta con sus emociones más profundas, desafiando así su afán de tenerlo todo bajo control y lloran y ríen y expresan confusión y duda y vulnerabilidad y júbilo. A otros la piel les sobra, desean la fusión total de los cuerpos, anhelan romper los límites, investigar más allá, conquistar nuevos y desconocidos páramos. Los sentidos se agudiza, la sensibilidad se vuelve extrema. Los caminos lejanos confluyen y hay lugar para la esperanza puesto que, si existe algo tan bueno que te desarma de placer, por qué pensar que la vida es cruel. No debiera serlo si es posible acariciar el cuerpo de otra persona y sentir cómo se dispara la adrenalina. Si el calor que emanáis empaña toda razón. Si sientes la seguridad absoluta de que en ese preciso momento no querrías estar en ningún otro lugar, con ninguna otra persona. Y la complejidad autoimpuesta se reduce cuando dejas que tu cuerpo marque los pasos de este intenso y precioso baile que es la vida.

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