lunes, 16 de diciembre de 2013

Carpe Diem

Parece que la vida está compuesta de retales de experiencias que estamos condenados a echar de menos. Y cuando llegan los días de melancolía todo es volver a aquellos momentos en que la sensación de placidez lo contaminaba todo. Esos instantes que ya no volverán y a los que nos aferramos rememorándolos, repasando cada pequeño detalle, cada escena, para revivirla y tratar de hacerlo, esta vez, con la intensidad y la conciencia que la situación merecía. Porque pasamos por la vida y ni nos damos cuentas. A veces parece, incluso, que el simple hecho de estar vivos sea una rutina, algo tan obvio que ni reparamos en ello. Las cosas son así y no hay que dar más vueltas. Pero las cosas no son así, no hay una única manera de vivir, no hay una única manera de existir. Hacemos una elección de entre la infinidad de formas de enfrentarnos a los acontecimientos, cruzamos sólo una puerta, y seguimos adelante. Andamos y corremos, acumulando vivencias, momentos. Los mejores y los peores permanecerán en nuestro recuerdo como guías de viaje a las que recurrir cuando estemos perdidos. Y echaremos de menos las primeras veces. La inocencia del no saber, del no tener referentes, del enfrentarte por primera vez a una experiencia nueva. Esa sensación de tensión y escalofrío, la alteración y el "esto no puede estar pasando". La vida parece ser un videojuego en el que las primeras veces se van agotando y, a medida que avanza, hay que saber dónde encontrar esas sensaciones tan intensas, motivantes e inspiradoras de nuevo. Y es entonces cuando tomamos prestados del pasado los instantes de gloria, esos que, a fuerza de repetirlos mentalmente a lo largo del tiempo, hemos terminado por idealizar. Rescatamos esa ficción restante de magnificar la realidad y la comparamos con el presente.  Muchas veces el presente acaba perdiendo ante el poder del recuerdo distorsionado, pero otras, si hay suerte, vivir el ahora es descaradamente gratificante.

martes, 10 de diciembre de 2013

Noche de chicas

-La gente evoluciona...- dijo Laura colocándose bien las gafas de pasta.

-Aunque no todos al mismo tiempo, esto está claro- afirmó Marta mareando los hielos de su copa.
-Hay algunos que no evolucionarán jamás- sentenció Estela medio sonriendo. Y todas rieron a la vez. 

Era noche de chicas y fueron a bailar al local de siempre. Lo llamaban noche de chicas aunque, en realidad, significaba "acompañamiento moral urgente en casos de bajón". Para eso estaban las amigas. 

-Parece que no haya mucho movimiento por aquí- les indicó Marta al oído.
-Ya se animará, la noche es joven...- dijo Laura.
-Buff ¡Qué pereza me da todo!- gruñó Estela. 

De repente sonó un temazo. La pista se abrió para ellas. Comenzaron a bailar sin pensar en nada más. Se reían y bromeaban divertidas. 

-Con lo bien que estamos solas ¿verdad?- gritó Laura.
-Eso es cierto ¡Qué manera de complicarnos la vida, eh!- respondió Marta
-Lo mejor sería hacerse lesbiana- bromeó Estela. Las tres se miraron, sonrieron cómplices y estallaron en carcajadas. 
-¡Bebámos!- propuso Marta.

Fueron a la barra y las rondas empezaron a desmadrarse tanto como sus palabras.

-¡Hagámos un pacto!- propuso Estela- ¡Nada de hombres!
-¡Nada de hombres!- dijeron al tiempo brindando con sus copas. 
-Un momento.... ¿Nada de hombres para siempre?- puntualizó Laura mirando su móvil. 
-A ver... para siempre, para siempre.... -dudó Marta. 
-Yo no digo nada pero mirad lo que acaba de entrar- Laura casi ni terminó su frase y las tres ya habían girado la cabeza en dirección a la puerta. 
-Ay madre.... -soltó Estela, Laura rió y Marta calló. 

Disimularon un poco al estilo quinceañero. Risas por lo bajo, comentarios secretos, miraditas indiscretas. 

-Qué monos ¿no?- dijo Laura.
-No están mal, no...- siguió Marta.
-Vaya, vaya...- cerró Estela. 

Laura empezó el ritual del cotejo a distancia con el más alto, aprovechando que le había pillado mirándola y sonriendo. Que si una caída de ojos, que si un girar la cabeza sutilmente mientras mis amigas me hablan. Y así estuvieron un buen rato.

-Voy un momento al baño- dijo a sus amigas.

Cuando volvió. Se encontró a las chicas hablando con los chicos. 

-¡Laura!- gritó Estela con una euforia desmedida y la abrazó. 

Estela, la que media hora antes había dicho "Nada de hombres", batía sus alas de mariposa frente a un hipnotizado Pablo. Marta, en cambio, usaba la frialdad como reclamo con Juan. 

-Laura, ven...- Marta la cogió del brazo- ¿Qué ha pasado?
-¿Qué ha pasado, de qué?-
-¡Hombre, me dirás!- rió burlándose- Aquí había tres tíos y, anda, ahora sólo hay dos y, anda, el tercero está viniendo ahora mismo del baño... - le guiñó el ojo.
-Mira, Marta, este es Lucas- Laura les acercó para que se dieran dos besos, sin poder contener la risa. Entonces apareció Juan con una copa para Marta y ella, a cambio, le ofreció su atención. 
-Mis amigas, tus amigos- sonrió Laura mirando a Lucas con dulzura.
-Te dije que funcionaría....- Lucas la abrazó por la cintura.
-Ha sido una táctica arriesgada- sonrió Laura.
-Yo no podía quedarme sin verte esta noche. Ha sido divertido ¿verdad?
-Eres genial- le dijo ella al oído.
-Tú más- la besó. 

martes, 26 de noviembre de 2013

Citas de mierda

A veces, ocurren cosas en la vida que es mejor tomarse con humor, porque si te las tomas en serio es muy probable que no quieras volver a salir nunca. Es el caso de las citas de mierda. Así las he bautizado yo. Las citas de mierda son aquellos encuentros con, en mi caso, hombres (o algo parecido), en las que, por educación, no sales corriendo aunque te pases la mayor parte del tiempo localizando todas las vías de escape posibles. Una cita de mierda empieza con un "vamos a tomar algo". Normalmente siempre será en tu barrio, esto no lo hacen ni para que tú te sientas más cómoda, ni para que no tengas que desplazarte, esto lo hacen para: primero, estar cerca de tu casa y segundo, poderte decir eso de "llévame tú donde quieras que yo no conozco la zona". Y es que, las citas de mierda se fundamentan en dos pilares importantes. Uno, él es tan vago que no se molesta ni en pensar dónde te puede llevar. Dos, se meterá todo el rato contigo porque se quedó estancado en la época del "los que se pelean se desean". Luego, al poco, descubres que el ego del personaje es un pozo sin fondo, otro clásico. Si te descuidas te cuenta hasta cuando se hizo el primer empaste. Y durante todo el rato en que esté ensimismado explicándote al dedillo sus grandes gestas vitales  (muy probablemente te dejará claro desde el principio, y sin que les preguntes, que es un hombre muy ocupado) tú estás pensando "Espero que, al menos, bese bien". Analizas un poco cómo se mueve, cómo gesticula, por si puedes obtener alguna pista interesante al respecto. Y asientes con la cabeza, manteniendo la mirada fija en sus ojos, como si atendieras de verdad. Él no te hará ninguna pregunta, no quiere que hables, quiere que sepas lo cool que es. La estrategia, en ese momento, es soltar un leve suspiro y apoyar la cabeza suavemente sobre tu mano. Si es mínimamente intuitivo (y no te está contando su emocionante viaje mochilero por Sudamérica), parará en seco y te dirá "Ay, creo que estoy hablando demasiado ¿no?". Tú, que eres educada, dices que no. Yo directamente digo que sí, entre risas y un golpecito en el brazo quitándole tensión al asunto. Así que entonces (y sólo entonces) se ve forzado a decirte "Y, bueno ¿tú qué?" y tú piensas "¿Yo qué, de qué?" y miras con ojos asesinos al camarero que tarda mil años en servir un par de cañas. "¿Yo? A ver... no sé, pregunta ¿qué quieres saber?". Esta es otra, la sensación es de interés nulo. "¿Tú qué?" ¿Eso qué significa? ¿Yo qué hago, yo qué pienso, yo qué programa uso en la lavadora? Coges la cerveza con ansia, casi se la arrancas de las manos al camarero, le das un trago inacabable deseando que, al terminar, te hayas vuelto invisible. Pero no. Lástima. Él, para más inri, bebe sorbitos de pájaro desvalido. La noche promete ser eterna. Si nota que no estás cómoda, olvídate de que haga algo inteligente al respecto, lo obviará y soltará alguna tontería del tipo "Te veo muy digna", "¿Digna?", "Sí, no me cuentas nada ¿no serás la típica tía que va de misteriosa?". ZAS. Si tenía alguna oportunidad de que le desearas un mínimo, acaba de autodescartarse fulminantemente. Y, además, te ha dejado tu glorioso momento en bandeja.  Tú no querías ser mala. Sobre todo porque, para ti, esa "cita" era un plan entretenido sin más. Pero, no sólo te ha abierto la puerta de par en par, sino que te ha dado una invitación donde pone "Libertad absoluta para disparar". Así que te colocas bien en tu silla, adelantas un poco el cuerpo, le miras con intensidad y le sueltas "Eres tú el que va de guay y no ha dejado de hablar desde que hemos llegado, amigo" y lo combinas con una leve sonrisa de triunfo. Esto es la guerra. Si le queda un poco de caballerosidad en su cuerpo, se terminará la mitad de su cerveza de trago, Si no, te lanzará un "Me gusta cuando te pones en plan guerrera". ¿Hola? Este se piensa que estoy en "modo seducción", ¿se pueden leer peor las señales? Así que estás a punto de sacar el monedero y decir "Bueno, yo me tengo que ir ya" pero él se te adelanta con un "Voy al baño, ahora vuelvo, no me eches de menos"(tú te ríes por no llorar). Pero, cuidado, él no va al baño en realidad, lo que hace es que, mediante un movimiento de coordinación sorprendente, se coloca a dos milímetros de tu cara y tú todavía no sabes cómo ha ocurrido. Así que estás ahí y, tienes dos opciones, dejar que te bese o hacerle una cobra como una catedral. Si eliges la A, descubrirás que ni el mejor beso de la historia de la humanidad va a arreglar semejante cita de mierda. Si eliges la B, muy probablemente se te ofenderá y te lanzará algún comentario del tipo "chica, venga, no seas tonta" que aún bajará más tu libido, si es que todavía conservabas algo. Pase lo que pase querrás largarte ipso facto. Te pondrá mala cara, incluso, puede hasta que le de una rabieta infantil del tipo "me enfado y no respiro" (se conocen casos), pero tú sigues en tus trece (ahora sí, con dignidad absoluta). Logras que se levante de la silla y vais a la barra a pagar. El tipo, en un último intento a la desesperada, pagará pero sólo para poder decirte "la próxima la pagas tú". ¿La próxima? ¿QUÉ PRÓXIMA? Le das un abrazo por educación y, evitas por todos los medios ir en su dirección, aunque tengas que dar un rodeo mortal, al fin y al cabo estás en tu barrio, un acierto.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Something (Historia de un amor)

Prefacio.  
Empiezo a escribir y suena "Something" de los Beatles. Por un momento pienso en que resulta una forma de comenzar algo manida, pero, qué demonios, es la verdad. Hoy me he despertado envuelta en nostalgia. He dado un par de vueltas en la cama y lo he sabido: estoy demasiado acostumbrada a acaparar el espacio, sin impedimentos, todo el colchón para mí, las sábanas se me enroscan en el cuerpo y no tengo que pensar si se las estoy quitando a alguien. Estoy acostumbrada a dormir sola y me gusta y lo odio al mismo tiempo. Entonces, como no, tenía que acordarme de él. Él que es ficción y realidad. Que nunca está pero, a veces, está más que nunca.

Capítulo I: Ficción
Nos conocimos en un lugar remoto. Era de noche. No recuerdo cómo ocurrió exactamente, hace mucho tiempo ya. El caso es que hablamos. Jugamos a ver quién decía la estupidez más grande. Conectamos. Lo siguiente que recuerdo es invitarle a tomar café a mi casa. Llegó empapado, estaba lloviendo. Charlamos, nos reímos, se fue. Al poco dejamos de hablarnos. Él estaba con alguien, yo estaba con alguien. Y la magia se nos rompió. La vida nos volvió a reunir tiempo después. De noche, otra vez. Apareció en mi casa. Trajo vino. Bebimos, reímos, coqueteamos. No ocurrió nada. Se fue. Y ya no le volví a ver hasta meses después.

Capítulo II: Realidad
El tiempo seguía transcurriendo mientras lo nuestro se mantenía en standby. Pero algo ("Something") en su manera de ser me atraía como ningún otro. Era un imán. Cuando me dejaba llevar por su recuerdo mis pensamientos se entretenían con cada mínimo acto compartido y lo engrandecían como si fuera la situación más especial jamás vivida. En ese tiempo ya me habían llamado rompecorazones más de una vez. Y yo callaba y me resignaba esperando, quizá, que algo cambiara.

Capítulo III: El amor no es lo que crees
La primera vez que le besé, salió huyendo. Como en una de esas comedias absurdas de adolescentes. Quizá no fue exactamente así, pero mi sensación posterior me dejó ese recuerdo. El beso no estuvo mal, el plantón fue terrible. Aquella madrugada lloré pero nadie lo supo. Creía que el amor estaba por encima de todo y me daba cuenta, de golpe, que no era así. Primaban otras cosas, que él había colocado encima y que me aplastaban hasta dejarme muy pequeñita. La decepción no logró aplacar mis sentimientos.

Capítulo IV: La pérdida constante
Tantas veces sentí que le estaba perdiendo que, años después, llegué a ser inmune. Uno no sabe lo que es sufrir por amor hasta que ve al suyo alejarse para acercarse a antiguos amores que, en sus palabras, nunca fueron tan especiales como el vuestro. En este contexto, el corazón ayuda a la mente a jugar malas pasadas. Y yo estuve años sin entenderlo. Luego supe que él había elegido seguir con su vida mientras yo le estaba esperando.

Capítulo V: La comunicación
Mi manera más íntima de comunicarme con él era escribiéndole. Le escribí cartas de todo tipo. Desde historias inventadas basadas en nuestra relación a intensos y desgarradores testimonios literarios de mis sentimientos. Existían mejores formas de transmitir, pero ninguna a nuestro alcance. Y la escritura lo hizo todo aún más bucólico, más dramático, más romántico.

Capítulo VI: Te quiero
No recuerdo la primera vez que me dijo "Te quiero". Pero recuerdo haberlo escuchado, leído y sentido muchas veces a lo largo de los años. "Te quiero" y ya está, no hay más, el mundo vuelve a ser un lugar bonito en el que estar. Hubo un tiempo en que nos dimos cuenta que decir "Te quiero" se nos quedaba corto. Dos palabras no podían abarcar un sentimiento tan grande. Los dos fantaseábamos con que lo nuestro era único, así que no podíamos usar las mismas palabras que los demás. Por eso escogimos un par de palabras comunes y les dimos otro significado, uno que sólo él y yo sabíamos, y esa fue nuestra sencilla pero eficaz forma de hacerlo distinto, único y exclusivo.

Capítulo VII: Hacer el amor
Lo podíamos llamar simplemente sexo, pero nunca lo fue. Y no lo fue porque tuvimos que esperar años hasta dar con la oportunidad de estar juntos, de sentirnos y tocarnos. Así que durante ese periodo asexuado de nuestra relación nos dedicamos, sin saberlo, a conquistarnos, a cortejarnos, a enamorarnos. Y así fue como, desde la primera a la última vez, estuvimos condenados a compartir una desnudez más allá de la corporal y un deseo más allá de lo físico. En esos momentos las palabras se borraban para dejar todo el peso de la comunicación a las miradas, las caricias y el placer.

Capítulo VIII: El amor no es suficiente
Ya no creo en el amor como antes. Perdí mi fe al saber que el amor no es suficiente para que dos personas que se adoran estén juntas.

Capítulo IX: El olvido
Aún a día de hoy seguimos sin olvidarnos. Aunque ya no es lo mismo, ya no somos los mismos, siempre habrá algo que nos una.

Capítulo X: La recompensa
A veces pienso que todo esto no puede haber ocurrido por nada. Que debe haber una razón. Y si entro en analizarlo al detalle, diría que ambos hemos ido creciendo personal y emocionalmente en paralelo a lo largo de los años. Pero que, de algún modo, también lo hemos hecho juntos, aferrados al recuerdo del otro.

Capítulo XI: La manera bonita de terminarlo
Si existiera una manera bonita de terminar esta historia sería decir que, a pesar de no poder estar juntos, nos quedamos con el recuerdo de los intensos momentos vividos. Ahora que cada uno sigue su camino, vive su vida, se centra en lo suyo, parece ser el momento idóneo para despertar del sueño. Un sueño que nos ha atrapado durante mucho tiempo. Un sueño que estaba en nuestra mano realizar y que nunca supimos cómo. Un sueño que se nos escapó porque era tan bonito que daba mucho miedo despertar de él.

Capítulo XII: La fortaleza
A pesar de todo. Del adiós perpetuo en el que parecemos estar atrapados. Existe un mundo, muy pequeño, invisible a los ojos del resto y que es sólo nuestro. Un mundo compartido al que acudimos siempre que nos falta "something".

lunes, 11 de noviembre de 2013

Y si el mundo se acabara

Ella solía comer viendo Hora de Aventuras. Las disparatadas historias de Jake el perro y Finn el humano la transportaban a esos mundos de fantasía en los que siempre había soñado estar. La diversión absurda, los superhéroes metepatas, las princesas guerreras, los personajes extravagantes y las situaciones que sólo podian salir de una mente liberada de estereotipos, de limitaciones y con una imaginación desbordante. La identificación era máxima. Pero aquel día llegó tarde al único compromiso que había logrado mantener durante un periodo de tiempo prolongado. Y tuvo que cambiar sus planes. Encendió el televisor y, sin pensarlo, dejó el primer canal que apareció. Estaban dando un informativo. En ese momento no lo pensó, pero hacía tiempo que había descartado ver las noticias por ser detonantes en ella de un profundo mal estar y el consecuente estado de enfado. No sólo por el contenido, sino también por el continente. Los medios de comunicación la habían decepcionado mucho tiempo atrás y no les daba ningún crédito. Comió envuelta en una realidad decadente, poco dada a la iniciativa propia y a la creatividad. Una realidad en la que primaba la explotación de las personas y las desigualdades sociales y económicas. Sentía tristeza observando el desprecio del ser humano hacia el mismo ser humano y, no sólo eso, también hacia el mundo que le daba cobijo. Era impresionante cómo las personas podían pudrirse en vida y el egoísmo lo envolvía todo de una oscuridad desgarradora. Seguía inmersa en ese pensamiento cuando saltó la noticia. Expertos astrónomos aseguraban que existían cientos de meteoritos, capaces de destruir ciudades enteras, en cuya trayectoria se encontraba la tierra. Cientos de amenazas latentes a la vida humana que se pretendían combatir mandando equipos de alta tecnología a destruirlos. "A lo Armageddon", pensó ella y esbozó una leve sonrisa, como si esa sensación, tan extendida, de sentirse por encima de todo, la estuviera contagiando también a ella. Poco después, empezó a sumirse en un estado de inquietud y alarma.

-¿Y si el mundo se acabara?- dijo en voz alta.

Si el mundo se acabara... ¿Qué hago malgastando el tiempo con los "me quiere, no me quiere"? ¿Qué hago con todo este miedo a tomar mis propias decisiones? ¿Qué hago con la ira, el mal humor, las ofensas y los orgullos? ¿Qué hago con todas esas personas a las que no dije "te quiero"? ¿Qué hago con los proyectos aplazados, el "tiempo al tiempo" y "lo bueno está por llegar"? Si el mundo se acaba... ¿Con quién querría estar? ¿A quién me gustaría dedicarle los últimos días de mi vida?

Empezó a desesperar. Eran demasiadas decisiones a tomar, demasiadas elecciones de último minuto y mucha presión. Quizá por eso prefiramos vivir ignorantes de todas esas fuerzas ajenas a nosotros que podrían quitarnos, de un plumazo, todo por lo que estamos viviendo la vida que vivimos. Quizá por eso nos creemos invencibles hasta que se demuestre lo contrario. Quizá por eso no somos capaces de tomar decisiones drásticas y nos quedamos en el lado moderado de la vida. Viendo desde la barrera como se va destruyendo todo. Saber lo que uno puede perder es el primer paso para reconocer lo que uno está ganando. Y no son los trenes que pasan los que nos hacen sentir vivos, son los trenes que estamos dispuesto a coger los que nos salvarán, aunque no nos lleven al destino previsto. Vivir siempre es mejor que quedarse esperando a que la vida suceda por sí misma.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Las aventuras primero se viven y luego se escriben

Aquella noche se sentía especialmente sola. Había decidido no salir y reservar ese tiempo para sí misma, romper los muros y dejar fluir todo aquello que trataba de ocultar con una perseverancia inaudita. Estaba agotada. Tanto esfuerzo la consumía. Y, aunque podía sentir el calor de personas estupendas arropándola, temía estar ocultando su verdadera identidad. Una identidad de superheroína común. Una identidad de guerrera contra corriente, cabalgando a lomos de su corcel, luchando contra los amores conformistas. Aplacando a los borradores de sueños y los engullidores de magia. Una aventurera buscando el tesoro más preciado: el amor.

Sentada en su balcón, fijó la vista en las azoteas, la ciudad lucía hermosa y ella se sentía mayor. Ya no era aquella muchacha con todo por descubrir. La que experimentaba con las emociones y el placer físico. La que investigaba, estudiaba y llegaba a conclusiones que convertía en teorías sagradas. Las mismas que, con el tiempo y la experiencia, siempre terminaba por reformular. Recordó aquel tiempo en que estaba segura de que debía existir en el mundo una persona única hecha para ella. Esa idea tardó mucho en marcharse de su cabeza, se aferró con fuerza, como si no quisiera darse por vencida. Y contaminó todos sus pensamientos, todos sus comportamientos, todas sus relaciones. En ese momento, como algo inevitablemente ligado a esa teoría, pensó en él. Él, que también había logrado contaminar sus pensamientos, que se aferraba igualmente a su cabeza, que no la dejaba escapar. Él, que era un misterio en sí mismo. El arca por descubrir, la tierra por conquistar, la enfermedad y la cura. Él. Él. Él.

Sonrió y decidió hacer lo que nunca había hecho antes. Escribirle. Pero escribirle de verdad. Porque escrito, le había escrito muchas veces pero, en realidad, nunca le dijo lo que quería decirle. Nunca la verdad. Así que, se acercó decidida un folio en blanco y empuñó un bolígrafo. Temblaba. Sonreía. Pensaba. Sostenía sus ideas un segundo antes de redactarlas. Las volteaba, las mareaba y las desechaba. Hasta que, al fin, sacudió la cabeza y empezó a redactar, sin filtros.

"Te quiero. Eres la persona con la que desearía pasar mi vida. Sentarme y charlar durante horas de cosas sin sentido. Marear la perdiz hasta acabar en un bucle y al borde de la locura. Reírnos. Reírnos tanto que nuestras carcajadas pudieran cambiar el mundo que nos rodea. Abrazarnos con fuerza. Querernos con intensidad. Acariciarnos con dulzura. Amarnos sin reservas. Sostenernos, ayudarnos, crecer juntos. Inventarnos historias y protagonizarlas. Inspirarnos. Formar equipo y estar por encima de todo. Quiero cuidarte cuando enfermes, preocuparme por ti y contigo, buscar soluciones y llevarte de la mano al lado bello de la vida. Que pasen los años y que ocurra todo con calma y naturalidad, disfrutando del camino".

Cuando terminó de escribir, cogió el folio y lo miró con orgullo. Lo sostuvo con una mano y encendió un mechero con la otra. Ardió en segundos. Y aquellas llamas quemaron también su inseguridad. Se vistió deprisa, llenó una bolsa con ropa y salió de casa apresurada. "Las aventuras primero se viven y luego se escriben", pensó.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Semilla de autenticidad

Se perdieron durante un tiempo por los entresijos del mundo real. Querían probar a ser como los demás. Y hacer lo que hace la mayoría. Se mezclaron con la multitud, se dejaron llevar por las corrientes, de aquí para allá, de allá para acá. Y, aunque se habían prometido no pensar, ninguno estaba convencido de que aquel lugar fuera el suyo. Invirtieron mucho esfuerzo en encajar, en pasar inadvertidos, en mimetizarse con el ambiente, interiorizando el "por norma general" y dejando que las limitaciones fueran factor determinante en la toma de cualquier decisión. Iban a lugares comunes, a hacer lo de siempre, y así construyeron una vida de manual. En su interior, una inquietud. En su mirada, un amago de tristeza. En su carácter, un toque de frustración. En sus labios, un esfuerzo por sonreír ¿Quién les había robado la ilusión? ¿Quién les quitó lo que les hacía libres, la imaginación? Acabaron creyéndose locos por el simple hecho de no resignarse, de no entender la vida como una sucesión de conformismos. E intuían que, de algún modo, sin saber exactamente cómo, eran capaces de lograr esa fuerza que les llevara contra corriente, en una travesía compleja pero interesante, arriesgada pero apasionante, distinta y, al mismo tiempo, cargada de convencionalismos. Convencionalismos fabricados a su medida, de la forma en que ellos se sintieran más cómodos. Y así crearon su propia realidad que surgió de una pequeña semilla de autenticidad.

lunes, 21 de octubre de 2013

El miedo está sobrevalorado

"No volveré a verla nunca más" pensó él apretando los puños mientras la veía marcharse, de espaldas, segura y con prisa.

"Qué difícil es esto" razonó ella tratando de controlar su taquicardia y las ganas de dar media vuelta, pedir perdón y deshacerse de ese sentimiento de culpa.

"No entiendo nada ¿Qué ha pasado?" se preguntó él de camino a casa, cabizbajo, con las manos en los bolsillos y arrastrando los pies.

"¿Por qué seré tan cobarde? ¿Para qué huir?" se cuestionó ella al llegar al metro. Paró un segundo, pensó diez veces en volver corriendo. Recordó aquel primer día, aquellas primeras dos horas que compartieron. Las risas, la complicidad, la fugacidad y la lentitud de todo. Saboreó de nuevo ese beso extraño, medio accidental, medio provocado. Y le seguía sorprendiendo lo raro de la situación y lo cómodo al mismo tiempo.

"¿Y ahora qué?". Él se sintió perdido. No hacía tanto que se conocían y, sin embargo, ella se había convertido en alguien imprescindible. Ni siquiera la estaba buscando pero, cuando apareció, era innegable la evidencia: ella era especial, inigualable. Y lo demás, a su lado, se le antojaba insustancial.

"¿A qué viene tanto miedo?" se repetía ella, una y otra vez, con la tarjeta de transporte en la mano, haciendo el gesto para validarla pero sin poder soltarla en realidad.

"Quizá la haya presionado sin darme cuenta" dudó él repasando cada instante vivido juntos. Aquellas cervezas entre bromas y vaciles, aquella primera cena en la que ella terminó con el vestido empapado de vino, su sonrisa contagiosa, la alegría que desprendían al reencontrarse una y otra vez. El primer abrazo, el inquietante primer beso, la incertidumbre de los primeros días, el juego de seducción, la electricidad, la piel erizada, las manos entrelazadas en el cine, la conquista continua y sin descanso. Todos los pequeños detalles que la convertían en ELLA. Y la sensación de que a su lado él era más EL que nunca.

"¿Qué sentido tiene seguir luchando después de tantas batallas perdidas?". Ella perdía el norte tratando de encontrarse en el fondo de esa mochila emocional que cargaba a su espalda. Durante un rato se dedicó a ir sacando su contenido con el fin de hallar una respuesta a ese comportamiento repentino. Y, entonces, lo sintió. Sintió como se le humedecían los ojos, se le encogía el corazón, se le paralizaban las manos y respiraba cada vez más rápido. Los nervios en el estómago no la dejaban caminar y visualizó todas las aventuras a las que estaba renunciando por ese ataque de pánico incontrolable. Se vio junto a aquel hombre de sonrisa increíble paseando por el lado sorprendente de la vida, escalando montañas sin esfuerzo. Y se dio cuenta de que era precisamente eso lo que la aterraba. Saberse tan atrapada y admitir su vulnerabilidad.

"Quizá sea mejor así. Las cosas han ido demasiado rápido" pronunció él rompiendo el silencio de su apartamento. Miró a su alrededor y se vio sorprendido por la falta de luminosidad. Nunca había visto ese lugar tan sombrío. Se sentó en la cama y pensó en ella.

"¿Por qué no ha venido a por mí? ¿Por qué no ha intentado que entrara en razón? ¿Y si no siente lo mismo?" Ella seguía sin poder tomar el metro rumbo a su casa.

"¿Y si hubiera ido a por ella? ¿Si le hubiera insistido? Nada habría cambiado, se la notaba tan segura de su decisión cuando ha dicho "no puedo seguir con esto", está claro que no siente lo mismo", meditó él haciendo sonar en su guitarra los primeros acordes del tema secreto que le estaba componiendo.

"Es demasiado tarde" dijo ella
"Es demasiado tarde" dijo él

Y los dos corrieron tan rápido que ni los pensamientos oscuros eran capaces de atraparles. Se encontraron en la misma esquina donde se dieron aquel primer, confuso y extraño beso. Se sonrieron igual que todas las veces que se habían encontrado antes. Olvidaron lo que no entendían y proyectaron lo que les unía.

"El miedo está sobrevalorado" dijo ella.
"Realmente sobrevalorado" dijo él.

viernes, 18 de octubre de 2013

Hombresmujeres / Mujereshombres

Te pasas la vida intentando diferenciarte de los demás. Buscando tu propia identidad. Fabricándote. Aceptándote. Conociéndote. Reinventándote. Te pasas la vida tratando de no caer en los tópicos, de hacer las cosas a tu manera, de ser natural, auténtica, honesta. Y cuando llegas a gustarte a ti misma, cuando crees que tienes algo peculiar que te caracteriza, cuando has logrado potenciar tus virtudes y aceptar tus defectos, cuando dejas de tener miedo a elegir, por una vez, y hacer lo que crees mejor para ti, viene alguien y te suelta: "nunca entenderé a las mujeres". Treinta años construyéndote para que te reduzcan a eso, a ser  "una más" ¡Qué bonito, eh! No me entendáis mal, hay mujeres maravillosas en el mundo con las que sería un placer ser equiparada. Pero, qué hombre no ha entendido aún, a estas alturas, que una mujer lo que quiere es sentirse única y especial. Tiene que haber algún videojuego, libro, película, blog, algún post-it por ahí donde esté claramente especificado. A lo mejor somos demasiado sutiles con esas cosas, quizá sea culpa nuestra, no hablamos con claridad, nos cuesta resumir. Vamos a ver, para los despistados, ÚNICAS Y ESPECIALES. Desde el punto de vista femenino es sencillo. Desde el masculino es como subir al Everest desnudo y sin sherpa. Así nos va, que no hay manera de entenderse. Si hablas con claridad eres insensible y fría, si eres sutil, espérate sentada a que alguien capte los matices de tu discurso. Luego, si te ofendes, eres una exagerada, y si pasas, te haces la difícil. Así cómo no vamos a llegar a la fase "Basta de Juegos", ese momento en la vida en que vas a por lo que necesitas. Quieres agua, abres el grifo. Quieres bailar, pones música. Quieres reír, pides que te cuenten un chiste. Y así con todo. Mujeres asumiendo los roles del hombre tipificado. Y hombres asumiendo los roles de la mujer tipificada. Ella llevando la iniciativa. Él esperando el momento. Ella sin dejar pasar una. Él cohibido y nervioso. Ella guerrera. Él cobarde. Insisto, así nos va. Todos con un mareo terrible. Y ¿por qué? Por ese empeño en etiquetarlo todo, en agrupar comportamientos similares, y creernos que jugamos con ventaja. Afán de control, afán de ser más pícaro que el otro y adelantarse a los acontecimientos. Cuánto fallo y, a veces, qué divertido es darse cuenta de lo estúpidos que resultamos. Cuán tontos y, sin embargo, cuán listos nos creemos. No lo sabemos y estamos jugando al mismo juego, en el mismo campo y, a veces, incluso con el mismo equipo. Pero seguimos pensando que la distancia que nos separa cada vez es mayor y con eso nos consolamos unos y otros.

martes, 8 de octubre de 2013

El silencio de la noche

-Dame un minuto- suspiró ella.
-No tengo prisa- sentenció él.

Sentados en un banco, bajo la luz parpadeante de una farola ya en las últimas, ella no le miraba a los ojos. Hablaba despacio, bajito y en dirección a la nada. Él, ansioso, afinaba el oído intentando captar el mensaje con claridad. Quería ser comprensivo pero, al mismo tiempo, no sabía cómo gestionar la situación. Ella estaba seria, fría, distante. Él nervioso, alterado, confuso. Ella se tocaba el pelo. Él trataba de controlar el impulso de abrazarla. Ella fingía serenidad, él fingía serenidad. Estuvieron varios minutos en silencio. Pasó el camión de la basura rompiendo la serenidad de la noche. Pasó una ambulancia rompiendo la serenidad de la noche. Pasó un grupo de personas, riendo y cantando, rompiendo la serenidad de la noche. Y ella habló:

-No puedo más-
-¿No puedes más?-
-No puedo más-

Y otra vez se quedaron en silencio mirando a ninguna parte. Ella con las manos entrelazadas en su regazo. Él jugando con las llaves. Ella envuelta en un manto de misterio transparente que dejaba entrever toda su confusión. Él tratando de descifrar en qué momento la noche se había tornado tan extraña. Ella dudosa, él impaciente.

-Estoy enamorada de ti-

Se giró hacia él con un brillo nuevo en la mirada. Él creyó haberla escuchado mal y esbozó una cándida expresión de sorpresa. Ella medio sonrió pero al verle en ese estado su cara proyectó miedo. Él enmudeció. Ella enmudeció. Él suspiró. Ella apartó de nuevo sus ojos de él y dijo:

-No quería incomodarte. No sabía cómo decírtelo. No sé...

Él puso su mano sobre la de ella. Ella no pudo articular palabra. Temblaron.

-Yo también-
-¿Tú también?
-Yo también-

Ella acarició suavemente la mano de él con su pulgar. Él flotó, ella flotó. Y permanecieron en silencio.


miércoles, 4 de septiembre de 2013

ENERGÍA (Tengo un amor)

Tengo un amor. Un amor verdadero, puro y pasional. Un amor que me lleva a sentir una atracción desmedida, un desvarío incontrolable, una pérdida de consciencia total. Crea adicción. Es un amor que me libera, me descontrola y saca mi auténtica esencia. Es el amor que nunca me abandonará, no dejará que decaiga, ni que tenga un mal día. Es el que aparece cuando necesito irme del mundo y volver totalmente renovada. Un amor invencible, pasional y extremadamente inspirador. Es la energía que engrandece mis momentos y hace que pierda la cabeza. Es visceral, honesto, certero y directo. Se mete en mi interior, lo sacude, lo remueve y lo reinventa. Me hace sentir sensual, guerrera, atractiva, seductora. Toca cada fibra sensible de mi cuerpo como nadie, provoca y despierta mis instintos. Bajo su influjo conecto con lo más básico, con lo animal que hay en mi interior. Le quiero como sólo se puede querer a algo que es tan inalcanzable como cercano, tan intangible como real. Mi amor es el sonido de una guitarra eléctrica tocada con pasión, destreza y energía. Mi amor es la música.

lunes, 19 de agosto de 2013

EXs

Llega un momento en la vida en que todas las personas con las que te relacionas son ex de alguien. Y si no lo son, raro. Porque tan extraño resulta que alguien tenga una pareja estable eterna y duradera, como que alguien que ronda la treintena no haya tenido ninguna relación, digamos, "seria". El cinismo nos invade, la desconfianza se apodera de nosotros y sacamos a pasear la mirada escéptica y la mueca de sospecha. Nos alejamos discreta y disimuladamente, como si la cosa no fuera con nosotros. Y es cierto, al menos en mi caso y en el de otros mucho, supongo (espero). Porque, salvo algunas excepciones, la mayoría hemos navegado por las aguas del amor y el desamor. Eso nos ha llevado a ser ex de una o varias personas. Y como tal, siempre habrá alguien que nos aborrezca, nos rechace y, sin conocernos, nos odie. Esa persona será la nueva pareja de tu ex. Esto no ocurre en todos los casos, obviamente, pero es una actitud bastante extendida. Irracional y desproporcionado, el sentimiento de posesión es el origen de cualquier arrebato de celos y con él empieza el rifirafe. Es natural. Si no fuera ya bastante con la complejidad palpable que supone tener una relación plena y sin fisuras, hay que unirle la gestión de la presencia de terceros, que, en ciertos casos, creen tener derechos adquiridos por su condición de "haber sido". Lo que, además de ser altamente cuestionable, es totalmente absurdo. Aún y así, todos caemos a la provocación, algunas veces real y otras autoinfligida. Y lo hacemos de manera explícita o contenida (ocultarlo no lo hace menos real, y eso vale para todo). Quién no ha sentido, como mínimo, cierta incomodidad cuando la persona por la que pierde el norte queda con una antigua pareja. Y es ahí donde se abre el debate: ¿Se puede ser amigo de un ex?

Es una conversación que he tenido en varias ocasiones y con diferentes personas. Yo siempre he defendido que sí, y no lo he hecho sólo con palabras, también con hechos. A veces cuesta más y otra menos pero, al final, surge de forma natural después de un tiempo, cuando ya no te acuerdas de lo malo y todo queda en un profundo cariño y la claridad máxima de que la relación no daba para más. Pero ¿qué pasa cuando sigues enamorado de tu ex? me preguntan, y, a lo mejor, ni lo sabes o, peor aún, no quieres saberlo. Te lías con todo, te irritas por nada, te suda la mente de tanto esforzarte en no pensar ¿Amigos? Nunca ¿Amantes? A veces ¿Inconscientes? Siempre. Quizá esa sea la excepción que confirma la regla. Y la amistad, en este caso no es más que una excusa para mantenerte cerca, estar presente. Lo puedes esconder, lo puedes negar pero, en el fondo, lo sabes y no puedes evitarlo. Quizá por eso nunca llegues a ser amigo de tu ex, piénsalo. 

lunes, 22 de julio de 2013

Mi guitarra

Cojo mi guitarra, la coloco en mi regazo, hago sonar algunos acordes. No logro quitarle esa vibración sonora molesta que arrastran desde hace tiempo. Aún y así, llena de imperfecciones (como yo) y necesitando algún que otro ajuste (como yo), para mí es perfecta. Es ELLA, tan única y sencilla, de curvas suaves y cuerdas que dejan huella. No tengo gran habilidad para tocarla, ni un talento natural para la música. Y estoy segura de que si pudiera hablarme escucharía más de un reproches. Pero cuando estamos solas, las dos, en cualquier rincón escondido de miradas ajenas, somos auténticas. Ella con su particular sonido, yo con mi particular sentimiento. No hay mayor satisfacción. Porque nunca pensé que entraba dentro de mis capacidades hacer una secuencia de acordes sin parar tres minutos entre posición y posición. Nunca pensé ser capaz de tocar y cantar al mismo tiempo. Y mucho menos llegar a componer algún tema.. Todo ello muy modesto, muy de estar por casa, muy de terapia evasiva, muy personal e intransferible. A veces pienso que estamos hechas la una para la otra. Nos reflejamos y fusionamos nuestro mejor yo.
Es inevitable pensar que este tipo de experiencias son las que a uno le enriquecen. Porque, si algo he aprendido después de tantos años es que persistir tiene su recompensa y que, si tienes una ilusión, no hay que dejarse invalidar por supuestas incapacidades. Querer es poder, aunque se tarde años, aunque resulte frustrante en ocasiones, desesperante en otras. Venirse abajo no es una opción cuando los sueños están todavía por cumplir.

domingo, 14 de julio de 2013

Esto no es normal

Hay una frase que odio y, al mismo tiempo, me tiene fascinada. Una frase que me han dicho muchas veces y, quizá, se me ha escapado alguna que otra también. Admito que el hecho de haberla pronunciado no significa que entienda del todo su significado, pero mis observaciones me han llevado a comprender que ante esa frase pocos quedan indiferentes.
Muchas veces me pregunto cómo cuatro palabras pueden significar tanto y tan poco al mismo tiempo. La frase en cuestión es "Esto no es normal". Una afirmación tajante que, según el tono con el que se diga, a mí hasta me resulta hiriente. Al principio, cuando la escuchaba me quedaba callada, no decía nada, pensando en que "ser normal" era lo correcto y "no ser normal" lo fastidiaba todo. Al menos, por el contexto, eso era lo que parecía significar. Partiendo de esa premisa, se abrió un camino de confusión ya que, sin saber realmente qué es "lo normal", en momentos de bajeza llegaba a pensar "me gustaría ser más normal" ¿Por qué? Si "ser normal" no es nada. Lo normal no existe. Lo normal es una invención para potenciar el sentido de pertenencia, para sentirnos seguros formando parte de un amplio grupo de personas que hacen las mismas cosas, que piensan de la misma forma, que proyectan una imagen de bienestar y felicidad cuya veracidad es cuestionable.
Ser normal, a veces, se relaciona con la ausencia de conflicto, de complicación. Pero, si la naturaleza del ser humano es compleja ¿cómo no va a existir el conflicto? Interno y externo. Es ilógico. También se asocia "lo normal" a hacer lo que hace o ha hecho la mayoría. Lo normal a los 30, por ejemplo, sería tener un trabajo estable, una pareja estable, una vida estable. ESTABLE. Pero, si las personas estamos en constante evolución ¿Cómo se logra un compromiso fiel y duradero con la estabilidad?
Una vez planteé todas estas cuestiones en una intensa conversación con amigos y la respuesta que recibí fue "Lo normal es no hacerse tantas preguntas". La indignación fue máxima. Algo está fallando cuando existen personas que "no se hacen preguntas", cuando hay personas que ni se plantean por qué son como son, por qué sienten como sienten, por qué hacen lo que hacen. Algo está fallando cuando uno se centra en juzgar a los demás desde una posición cómoda, desde el desconocimiento profundo de su ser. Qué fácil es decir que algo no es normal por el simple hecho de no sigue unas líneas de acción marcadas por ni se sabe quien. Qué fácil es criticar y qué difícil ponerse en la piel de los demás cuando ni siquiera te has puesto en tu propia piel. Pasa el tiempo y sigue sorprendiéndome el variopinto uso del "ser normal". A veces, incluso, asociado al "ser feliz". Por suerte, he llegado a la conclusión de que la felicidad tiene tantos formatos como personas distintas hay en el mundo. Y como no hay sólo una manera de estar bien, hay que aprender cuál es la forma de cada uno y cuál es la forma de los demás. Quizá así todo sea un poco más fácil.

jueves, 6 de junio de 2013

Novia

A veces creo que se me ha olvidado el "ser novia". He reinterpretado en tantas ocasiones a lo largo de mi vida la interconexión romántica entre dos personas que he terminado hecha un lío. Entre "todavía es pronto" y "para qué vamos a definirlo" me he ido perdiendo en, lo que viene a ser, un estado permanente de "vamos a ver cómo nos va". Cuán fácil es la escapatoria cuando el compromiso resulta tan frágil. "Es que el compromiso lo tengo con mis propios sentimientos", claro, esto lo dices al principio, cuando todo es recompensado por la atención desmedida del otro. Luego, ese compromiso con tus sentimientos se acaba convirtiendo en un "no le veo igual de entregado" lo que se traduce rápidamente en "esto no va, dejémoslo". Así es como salvas a tu corazón de un aplastamiento inevitable debidamente anunciado por pistas que sólo las mujeres más minuciosas sabemos descifrar. Y es entonces, después de haber aprendido que existe un periodo de prueba indefinido, un momento exacto en el que no es precipitado decir "te quiero" y te has dado cuenta de que los planes por separado son la norma y los planes juntos la excepción, es en ese punto cuando llega alguien y quiere que seas su novia. ¿Novia? Años hace que nadie me llamaba así. ¿Cómo va eso? ¿Cómo se es novia? Difícil de saber después de todo. De los "dame tu teléfono" pero nunca te llamaré, de los "quedamos a tomar algo los dos solos" pero no te creas que es una cita, de los "nos decimos algo para el finde" y recibes un mensaje el sábado a las cuatro de la madrugada, de los "no te he respondido al mail porque he tenido mucho lío" y tantas otras cosas que te dejan con ganas de abrirle las puertas de par en par a la homosexualidad. Pero sabes con certeza que hubo un momento en que ese desapego personal en las relaciones románticas era el resultado de la puesta en práctica de tu ferviente feminismo. "Yo me pago mis cosas porque soy autosuficiente e independiente". Renuncias al cortejo en favor de la "igualdad", renuncias a las demostraciones de interés y a la manifestación del romanticismo por ser demasiado cursi. Eso te va a proteger de las probables decepciones futuras, claro, seguro. La clave de todo es hacer que parezca que el otro está más enamorado que tú, aunque tú te mueras de celos cuando queda con su ex "porque son muy amigos". Da igual, te callas, mantienes tu pose distante y misteriosa, como si la cosa no fuera contigo. Porque, en realidad, vuestra relación es tan "abierta" que no te crees con derecho a anunciar tus inquietudes. Pasan los años, te montas en la perspectiva y caes en la cuenta de que por ese tipo de cosas se te ha olvidado ser novia, justo en el momento en que alguien te toma como tal. Así, automáticamente, sin dilaciones, sin rodeos, sin excusas tontas. Y te sorprendes porque lo que para él es natural, para ti, ahora, es excepcional. Visto lo visto...

miércoles, 29 de mayo de 2013

Preguntas

Haciendo cálculos, así a grosso modo, diría que hace al menos diez años que batallo contra la idea de que "a veces es mejor no saber". No estoy segura de en qué momento de mi vida se me programó para ser una cuestionadora eterna. Para intentar entender todo aquello que me toca, me impacta o me retuerce. El hecho es que la década que llevo en contra de que "a veces es mejor no saber", también he estado intentando aceptar que soy una mujer escéptica y testaruda, con un sentido de la intuición excesivamente desarrollado y una capacidad de manipulación que va más allá de lo que todavía soy capaz de controlar. Extraños superpoderes los que me han sido otorgados. Extraños y agotadores. Al principio, como le ocurre a todo héroe, mis poderes estaban totalmente descontrolados. Los usaba sin un fin, sin un objetivo marcado y en grandes cantidades, cuanto más los usaba más poderosa me sentía. Muy responsable no era, tampoco muy consciente de la repercusión de mis actos, qué queréis, era joven y estaba experimentando. El caso es que empecé a sospechar que algo no estaba funcionando adecuadamente cuando varias persona me dijeron aquello de "haces demasiadas preguntas". A lo que yo respondí (totalmente a la defensiva) "pregunto lo que quiero saber". Tampoco me parecía tan malo. Luego, con el tiempo (para el que no lo sepa aún le diré que el tiempo tiene la mayoría de las respuestas), un ente sabio que en ocasiones ronda cerca de mis oídos, me contó que ser una preguntona podía resultar intimidante. "No todo el mundo está dispuesto a hablar sobre sí mismo en los mismos términos en que lo haces tú", me dijo. Yo, aturdida y altamente sorprendida, me detuve en seco. Claro, esos ojos de pánico, esa respiración sutilmente acelerada, esas muecas de tensión... eran pistas que yo no había sabido (o querido) entender. Llegada a este punto, diez años después de que me creyera la dueña de una filosofía de vida liberadora y suprema, se me plantea una cuestión de alta importancia: ¿a veces será mejor no saber? Por las cosas que he descubierto en los últimos años... quizá diría que sí pero, ojo, si no las hubiera sabido quizá jamás hubiera llegado hasta aquí. Sigo preguntando.

viernes, 24 de mayo de 2013

Trescero

No te quieres dar cuenta y ya tiene treinta años. Así, como un fruto seco sin masticar, se te atragantan las tres décadas vividas. Toses, carraspeas, pero nada. Han llegado y van a quedarse, asúmelo. Te montas en el drama por aquello de los puntos de inflexión que te marca la presión social, a la que nunca le has hecho caso pero que siempre has tenido en cuenta, aunque sea en tu diálogo/discusión interior. Total, que tienes treinta y ¿qué haces? Mirarte en el espejo e intentar verte tal y como veías a la gente de esa edad cuando tú eras un polluelo apenas salido del cascarón. Te vienen a la mente palabras como madurez, estabilidad, familia... Y te ríes. Es una risilla floja, no de burla, más bien de terror. Y la cosa es que parece que tu reloj biológico se ha puesto en marcha y la palabra "aventura" adquiere una nueva dimensión. Haces balance. Tienes pareja, por fin una relación estable. O eso parece. Nada de distancias. Nada de tonterías. Construcción y más construcción. Vives el momento, ya que no conoces otra cosa, pero sabes que ese momento podría dilatarse en el tiempo y no te asusta. Es más, te apetece. Te cuesta reconocerte. Hace algunos meses yacías petrificada sobre una tabla de madera carcomida en mitad del océano y caía sobre ti el diluvio universal. Aquel fue, sin saberlo, el funeral de tus veinte. De los años en que la locura era sinónimo de sufrimiento y no de diversión. La década en la que boicoteabas todas tus relaciones buscando el  verdadero significado del AMOR. Aquellos maravillosos años que te han enseñado valiosas lecciones y te han dirigido hasta.... redoble de tambores....EL MEJOR MOMENTO DE TU VIDA. Plenitud emocional, plenitud intelectual, plenitud sexual... Atención, empieza una nueva era.

miércoles, 13 de marzo de 2013

La distancia

Llevo años estudiando a fondo de qué manera afecta la distancia en las relaciones de pareja. Ha sido un exhaustivo trabajo de campo, vivido, sentido y sufrido. Ha sido intenso en extremos muy opuestos. Fruto de una cadena de acontecimientos delirantes. Y todo ello para llegar a la conclusión de que las relaciones a distancia son terriblemente difíciles. Admiraré a todo aquel capaz de sostener el inicio de una relación a kilómetros, y dada mi experiencia podría hasta pensar que es un superhéroe. Porque hay que estar hecho de una pasta especial para soportar la frustración que supone la separación física de la persona que quieres mirar, abrazar, sentir y disfrutar.

Pensándolo bien, podría haberme rendido en el segundo intento. Y ser realista con el hecho de que verse es una parte muy importante del conocerse, conocerse es una parte muy importante de cuidarse y cuidarse es una parte muy importante de quererse. La lógica es aplastante, casi tanto como mi ceguera. Así han pasado dos años, con períodos muy cortos de amor y muy largos de desilusión. Quizá motivada por un empeño y cabezonería importantes, no lo niego. Me autoconvencí de que lo que hacía a una relación apasionante era el reto y no hay mayor reto que lograr salvar distancias insalvables. Qué mayor muestra de amor hay que estar ahí, aunque todo por lo que te mantienes esté basado en humo. El humo que genera el constante movimiento de pensamientos en tu cerebro. Dudas alimentadas por un sólo hecho: no verse. Y todo está magnificado, lo bueno (por eso estás tan enganchada a la relación) y lo malo (justificación perfecta para seguir intentándolo). Rizar el rizo termina siendo cosa del día a día. Y lo que al principio era una relación tranquila, serena, sin agobios, manteniendo el espacio de cada uno, se convierte en dudas, temores e inseguridades que difícilmente se pueden solventar con un fin de semana apasionado al mes.

Si alguna vez me pedís consejo sobre el tema os diré que lo viváis. Como hay que hacer con todas las oportunidades que nos ofrece la vida. Vivirlas y aprender de ellas. Quizá os deis cuenta a la larga, como yo, que sólo intentabais esconderos de algo más grande. Que lo difícil no es la distancia, lo complicado es encontrar quien esté ahí siempre, quien os proteja, os guíe, os acompañe, comparta vuestras ilusiones y os motive a dar lo mejor de vosotros cada día, cada hora de vuestra vida. Lo difícil no es verse una vez al mes e intentar que todo sea especial, perfecto. Lo realmente difícil es vivir con alguien y hacer que cada mínimo momento sea bonito y reír y  mirarse como si no hubiera nadie más en el mundo capaz de haceros vibrar. Y conseguir eso todas las mañanas, todas las tardes, todas las noches... Eso sí que es un reto.


martes, 12 de marzo de 2013

La suerte

En el juego de la vida a veces las cartas te tocan todas buenas. No es lo habitual pero, en ocasiones, cuando menos te los esperas, ocurre. Ahora están sonando las sirenas en la ciudad por mí y anuncian que llegó la buena racha. Que en esta partida llevo la mejor mano. Llevo ases, llevo reyes, llevo escaleras de color, llevo la calma después de la tormenta y el "todo se acabará arreglando" hecho realidad. Llevo el estar bien sin peros. El no pensar que pronto se estropeará. Llevo sonrisa, calma, ilusión, nuevos retos y antiguos deseos cumplidos. Posiblemente este sea el momento en que las semillas hayan dado su fruto y me toque recogerlo con la incrédula delicadeza del que no se estima merecedor de tan buena cosecha. Y el gran momento que siempre recordaré cuando necesite una dosis de aliento extra.

martes, 12 de febrero de 2013

La temperatura del agua

En los detalles reside la esencia, la pureza, el yo profundo. El verdadero detalle es el que ocurre sin pensar, el que nos muestra al exterior tal y como somos, el que nos define en nuestras relaciones, el que nos libera. Y es en los detalles de los demás donde buscamos la conexión, la pista que nos conduzca hasta el siguiente paso. Detalles que facilitan el camino o simplemente señalan la oportunidad. Detalles surgidos de la imaginación y la naturalidad. Notas bajo la puerta con mensajes de buenos días, calor estratégico sobre pies helados, cuidados involuntarios que no suponen un esfuerzo, ni un sacrificio, son actos reflejos. Y en ellos quizá encontremos la respuesta a la eterna pregunta ¿esto saldrá bien? O simplemente actúen como  ahuyentadores de lo malo, portadores de buenas sensaciones. Y explota la sonrisa cuando descubres la coincidencia de pensar a la vez lo mismo, de regular el agua de la ducha a temperatura muy alta, de atrapar con la mente los mismos cometas. Hechos que, a simple vista parecen absurdos, pero son chispas que encienden la llama que quema la mecha que activa el bombeo acelerado de sangre y altera las partículas del cosquilleo interno. Destellos de inmensa felicidad en pequeños gestos que nunca deberían pasar desapercibidos porque son, seguramente, lo mejor de esta única e irrepetible vida.

martes, 29 de enero de 2013

No es el todo, son las pequeñas partes

"Dame una pista", siempre me ha gustado esa frase. "Dame una pista" y tu mente empieza a generar todo tipo de ideas, enlazar conceptos, recorrer caminos imaginativos de alto nivel. "Dame una pista" y hasta el más mínimo detalle se convierte en revelador. Quizá por eso me encantaba jugar a las pistas de pequeña y descubrir notas escondidas, cada una con un mensaje en clave que me llevaba al escondite de la siguiente y así hasta completar un recorrido en cuyo fin me esperaba, a veces, un regalo, otras, simplemente, una gran nota final que desbordaba las emociones. Sigue encantándome ese juego. Será que me gusta esforzarme por llegar a los sitios, que lo fácil, lo simple, lo "como debería ser" me aburre, me desinfla. En cambio, un buen reto, una buena sacudida intelectual, un camino donde poner de tu parte y dar lo mejor de ti, es ilusionante y esperanzador, rabiosamente atractivo. Disparatada o no, esa es mi manera de exprimir la vida. Así, sin más.

lunes, 28 de enero de 2013

Independientes pero no

Que sí, que somos independientes. Que sí, que podemos vivir nuestra vida al margen del resto. Que sí, pero no. Necesitamos a la gente y más necesitamos a una persona. LA persona. La necesitamos como ella nos necesita a nosotros. Sí, nos necesitan. Parece mentira, después de haber vivido tantos años en nuestra propia piel y aburrirnos de nosotros mismos, que haya personas a las que les resultemos interesantes, atractivos, excepcionales y quieran tenernos en su vida a toda costa. A mí todavía me impresiona y, siendo sincera, me cuesta creerlo. Pero ahí estamos como están ellos para nosotros. Ellos que son LA PERSONA en mayúsculas, con todos los honores y las exaltaciones que hagan falta. La persona que te escucha, te pretende, te analiza, te conoce y te entiende. La que se pone de gala para verte en cualquier momento y apunta mentalmente, con precisión de calendario, los días clave en tu vida diaria. La persona que siempre lleva un disponible en su agenda para acunar tus pensamientos, tus frustraciones, tus alegrías y tus tristezas. La que te mira a la cara el día que tu cara no tiene el mejor día, te acaricia la mejilla y te dice "me encantas" y lo ves en sus ojos y lo sientes en su tacto y no hay lugar a dudas, lo dice de verdad porque lo ve de verdad y lo siente de verdad. Te regala la sensación de que mereces que te pasen cosas buenas. Y acentúa la idea de que todo el camino recorrido, las lágrimas derramadas, los mundos venidos abajo, merecen la pena sólo por haber llegado a ese momento en que alguien podría trazar de memoria todas las imperfecciones de tu cuerpo, de tu carácter, de tus acciones, suspirar y llamarlo belleza.

viernes, 25 de enero de 2013

S E X O

Somos sensuales, somos pasionales, somos físicos. Seres de acción. Provocadores. Desafiantes. Ayer, mientras vestía mis labios de carmín rojo, pensaba en que no paro de escribir sobre el amor. La dicha de encontrarlo y la desdicha de perderlo. La decepción. Profundidades emocionales reiteradas hasta la extenuación. Y las vendo como liberadoras sensaciones que brotan a la superficie empujadas por la espontaneidad y la falta de razón. Pues bien, hoy no estoy aquí para hablaros de que un día me enamoré y luego me rompieron el corazón. No os voy a relatar cómo eso supuso un punto de inflexión en mi vida y aprendí de ello como lo hice de todos los demás infortunios. Hoy os voy a hablar de algo que, a mi modo de ver, está por encima de todos esos procesos de autofustigación inecesarios derivados del hecho de pensar de más. La evasión total, la redención, la comunión absoluta entre cuerpos, el sexo.

Y que no os de pudor hablar de sexo abiertamente porque es, posiblemente, la expresión más certera de nuestro estado mental y físico, de nuestro ser auténtico, sin corazas. Durante el sexo no se piensa, no se razona, no se analiza, ni se traza una compleja red de comportamientos enlatados a fin de ser aceptado socialmente. En el sexo uno se deja llevar, se abandona, se desconecta del mundo. La realidad se queda fuera, cada vez más lejos, cada vez más insignificante. El tiempo desaparece, las obligaciones se esfuman, la mente se relaja y el cuerpo toma el control. Las caricias activan los sensores de movimiento, los besos funden la consciencia, el contacto piel con piel derriba los muros y el gráfico del deseo se dispara. Algunos lo sienten como un vuelo espacial, ingrávido. Otros lo experimentan como fuego, ardiente. A algunos el placer les conecta con sus emociones más profundas, desafiando así su afán de tenerlo todo bajo control y lloran y ríen y expresan confusión y duda y vulnerabilidad y júbilo. A otros la piel les sobra, desean la fusión total de los cuerpos, anhelan romper los límites, investigar más allá, conquistar nuevos y desconocidos páramos. Los sentidos se agudiza, la sensibilidad se vuelve extrema. Los caminos lejanos confluyen y hay lugar para la esperanza puesto que, si existe algo tan bueno que te desarma de placer, por qué pensar que la vida es cruel. No debiera serlo si es posible acariciar el cuerpo de otra persona y sentir cómo se dispara la adrenalina. Si el calor que emanáis empaña toda razón. Si sientes la seguridad absoluta de que en ese preciso momento no querrías estar en ningún otro lugar, con ninguna otra persona. Y la complejidad autoimpuesta se reduce cuando dejas que tu cuerpo marque los pasos de este intenso y precioso baile que es la vida.

domingo, 13 de enero de 2013

Es como magia

He pasado buena parte de mi vida buscando la magia. De pequeña quedaba prendada de cualquier sorpresa inesperada que rubricara una sonrisa inconsciente en mi cara. De mayor, me sucede exactamente lo mismo. No puedo evitar dejarme seducir por la idea de que la magia existe en los pequeños gestos, en las personas menos sospechadas, en situaciones comunes. Si bien es cierto que ahora la magia es distinta de la de antaño, el sólo hecho de creer en ella me dota de un poder inspirador, la ilusión. En mi infancia la magia surgía de un regalo, un presente que alguien quería hacerme en compensación a mi buen comportamiento o por una fecha señalada. De mayor (quizá hasta adulta), la magia es una mirada, un gesto, un abrazo, una palabra que desmonta todo el universo, lo deshace en pequeñas piezas que se recomponen, después, formando una realidad absolutamente distinta. Los cambios más increíbles son el resultado de lentos procesos de siembra. Recoger el fruto es cuestión de tiempo cuando se ha realizado un extenuante y preciso trabajo de recuperación de la tierra desahuciada. Las segundas oportunidades se desvanecen en favor de una única oportunidad sólo al alcance de los más valientes. Y así la vida recupera toda su magia. 

lunes, 7 de enero de 2013

Mi novela a la venta en formato e-book

Quizá los que llevéis tiempo leyendo este blog recordaréis que hace casi dos años escribí una novela. La autoedité, produje una tirada de 100 ejemplares físicos y la distribuí entre amigos y conocidos. Sin duda fue el gran reto de mi vida (hasta el momento). Después de un largo período de espera, mandándola a editoriales y concursos, con la ilusión de que alguien viera en ella lo que yo veía, he decidido no esperar más. Sin padrino, sin representante, sin alguien que conozca el sector, el autor novel está más que perdido. Y, aunque nunca desistiré en el empeño de poder hacer de mi pasión mi profesión, por ahora me satisface más que mi obra llegue a aquellos que pueden valorarla por lo que es, no por la cantidad de ejemplares que vaya a vender. Es por ello que hace poco decidí distribuirla a través de Amazon en formato de libro electrónico (podéis comprarla por 2,68€ aquí)


Si os gusta *mejorquebien, os gustará La Ruta Hacia Sofía... O eso espero. 


domingo, 6 de enero de 2013

La bufanda y los héroes de 2012

Hace tres años empecé a tejer una bufanda. En aquella época vivía en Madrid, una ciudad de la que estoy profundamente enamorada.. Tejer me sirvió entonces para marcar diferencias en mi vida. Cruzaba las agujas con alegría y esperanza, buscando tiempos mejores, ilusiones y pasiones cercanas que llenaran las horas vacías de literatura fantástica. Iba con mis agujas y mi lana a casi todas partes. Fieles compañeras de viaje, me seguían en mis idas y venidas de Madrid a Barcelona, de Barcelona a Madrid. Y la gente me miraba como si lo que hacía no se correspondiera con lo que era. A día de hoy la bufanda sigue sin terminar. La encontré hace poco, después de mucho tiempo de haberle perdido la pista. Resulta sorprendente cómo las cosas que un día significaron tanto para nosotros pueden perderse en el olvido para  reaparecer de nuevo en nuestra vida así, sin más. Y nos hacen pensar, nos hacen recapitular, nos devuelven el recuerdo de todos esos reencuentros inesperados que han salpicado nuestra vida de emociones chispeantes.

2012 ha sido un año de encuentros y reencuentros apasionantes. La casualidad se alió con la fortuna y juntas cruzaron mi camino con el de personas fascinantes. Hay algunos encuentros que no se hubieran producido sin tres o cuatro acontecimientos precursores. Y hay otros que simplemente se dieron en un momento de acción única. La vida es imprevisible. Por un amor perdido encontré amistades fuertes y sinceras, que cuidan incondicionalmente, que se entregan sin reservas, que están, cumplen y se salen. Mi corazón roto viajó sin rumbo durante un tiempo  y se unió a otros corazones rotos, compasivos y comprensivos, que se dieron a mí sin pedir nada a cambio. Compartí mis emociones abiertamente y me llevé la sorpresa de conectar con personas que sienten como yo. Regalé mi atención a aquellos que confiaron en mis conocimientos para ser aconsejados, y recuperé algunas manos imprescindibles que sujetan los extremos de mi red de seguridad. Ha sido un buen año, en gran parte gracias a ellos. Por su capacidad para hacerme reír cuando no quiero, su infinita paciencia, sus palabras de aliento. Ellos que dan sin esperar y creen que soy especial (aún me pregunto por qué). Ellos que me miran y me leen, me tocan y me sienten, me hablan y me alivian. Son grandes y modestos al mismo tiempo. Seres terrenales, personas sencillas, que en mi mundo se han  transformado en héroes, mis héroes.