domingo, 2 de diciembre de 2012

Castillo de arena

De pequeña me encantaba construir castillos de arena. Mejor dicho, adoraba mirar cómo mi padre y mi hermano los hacían y a mí me dejaban realizar tareas de consuelo tales como plantar alguna torre o decorarlos con conchas y palos. Disfrutaba de mi papel de observadora y ayudante. Era joven e inexperta, aprendía de los que sabían y, dejando de lado ciertas rabietas de inconformidad, en general me lo pasaba bien. Aunque, honestamente, lo que más me gustaba de construir castillos era el momento de destruirlos. Ese instante, al fin de la jornada de playa, cuando mi hermano y yo nos mirábamos cómplices, con una leve sonrisa traviesa y la seguridad de que ambos estábamos pensando lo mismo. Esos minutos de recrearnos en las ganas de terminar con esa hermosa obra de ingeniería espontánea en la que habíamos estado trabajando durante horas. Ese corto espacio de tiempo, que parecía interminable, en el que nos invadía la impaciencia y la emoción de ser traviesos, de hacer algo ilógico. Tan orgullosos estábamos de lo que habíamos construido como del hecho de hacerlo efímero. Y saltábamos sobre las torres, los muros, los puentes. Reíamos, gritábamos, pataleábamos y en segundos todo había terminado. Tapábamos los agujeros y sólo quedaba un zona de arena revuelta. Ya está.

De mayor construyo castillos de arena en playas mentales. Lo hago con la inestimable ayuda de las promesas ficticias. Lo hago porque soy una soñadora, porque siempre pensé que se podía edificar sobre terreno inexplorado. Lo hago porque quiero creer en la honestidad de las personas, en el poder del amor y en la capacidad que nos da para estar por encima de todo. Y esos castillos, que de aspecto son tan firmes, tan poderosos, en ocasiones se ven amenazados por subidas de marea inesperadas que los azotan y los funden en cuestión de segundos. Otras veces las olas sólo los desposeen de parte de su estructura, pudiendo ser reconstruida después. Y me paso la vida reconstruyendo castillos de arena en vez de destruirlos con la facilidad de antaño. Invierto mi esfuerzo en recomponer las piezas de edificios nacidos para ser derribados. Porque el amor es efímero y la cobardía una potente dosis de realidad. Porque comenzar de cero asusta y parece más fácil parchear zonas derrumbadas. Aunque, en la mayoría de las ocasiones, derribar castillos con la fuerza y naturalidad de un niño puede llevarnos a paraísos terrenales mucho más exquisitos.

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