jueves, 13 de diciembre de 2012

La pregunta de Gustaf

El otro día, mientras tomábamos una taza de té, Gustaf me miró fijamente a los ojos y me preguntó ¿Qué es el amor Esther? Me quedé petrificada. Quiero decir, prosiguió: ¿Cómo sabes que sientes amor por otra persona? Pronto acusé de una tos nerviosa y él seguía: Me refiero al amor romántico, al amor de pareja ¿entiendes? La pregunta me causó tal impacto que mi esófago se cerró y el té decidió tomar otros rumbos, osado aventurero. Disimulé tapando mi boca con la servilleta y tratando de controlar, sin lograrlo, los espasmos de mi cuerpo resultantes de intentar enmudecer mi tos. Gustaf esperaba impasible mientras yo me rascaba la barbilla, miraba hacia los lados inquieta y agachando la cabeza esperaba que un ente transparente se acercara a mi oído y me susurrara la respuesta. Así dejé de prestar atención a mi interlocutor para centrar toda mi capacidad auditiva en pescar del aire las palabras que me hicieran salir de aquella situación victoriosa, incluso, puestos a pedir, laureada por mi elevado conocimiento del amor y sus vicisitudes  Obviamente, por mucha imaginación que llegue a tener, ahí no había ni ente transparente, ni sabio invisible con el que contar. Así que me las tuve que apañar yo sola.

Tomé posición en mi silla. Espalda recta, pies juntos, rodillas pegadas, hombros equilibrados y manos entrelazadas encima de la mesa. Le miré, seria, decidida, con mis ojos armados de firmeza y seguridad. Provoqué un instante de silencio dramático. Eso, además de disparar su expectación sobre lo que tuviera que decir, me otorgaba un tiempo extra para organizar mis pensamientos (tonta no soy). A pesar de ello, todas los argumentos que se me ocurrían revoloteaban en mi mente sin rumbo, sin conectores, sin estructura. Por fuera era una estatua de cera, inexpresiva, inmóvil, sin aliento perceptible y por dentro me perdía en mi propia ebullición mental. Podía sentir como mis ideas explotaban una tras otra gritando: ¡Yo no sirvo!. Y Gustaf, que puede ser muchas cosas menos impaciente, me daba tiempo.

Por orgullo hubiera respondido un "No lo sé". Y así evitaría recordar dulces escenas de un pasado prometedor que terminaron como rocas rodando por la ladera del abismo (el drama siempre agudiza el ingenio). Pero no he vivido diez años de mi existencia embarcada en el transatlántico del amor para resumir mi grandilocuente experiencia en un simple "No tengo ni idea, la verdad" y evitar toda la parafernalia que he creado alrededor del sentimiento más genuino que habré experimentado en mi vida. Así que, me puse el chubasquero, abrí mi paraguas y elegí un recuerdo, un instante vivido que colocó el listón de los sentimientos en el lugar más alto que habré alcanzado. Y, aún bajo la amenaza de que verbalizar ese recuerdo pudiera oscurecer el cielo de repente y sacudir sobre mí el diluvio universal, me arremangué el chubasquero y empecé a rememorar mis días de gloria.

Le conté que una vez noté como, literalmente, se me cortaba la respiración al sentir a LA PERSONA cerca. Le expliqué que cualquier palabra, gesto, detalle insignificante, se convertía en una fuente inagotable de energía que me mantenía iluminada. Le dije que por cada beso me recorría un escalofrío y la debilidad se apoderaba de mí. Y todo lo que hacíamos juntos, aunque lo hubiéramos hecho decenas de veces antes, siempre lo sentíamos como la primera vez. Que era tan inverosímil como real, y tan desbordante como adictivo. Un sentimiento en expansión permanente, incapaz de ser enlatado bajo el marco de la normalidad. Quizá magnificado, quizá hecho bonito para la foto, pero vivido hasta las últimas consecuencias. Puede que eso no sea el amor, puede que sea la película de dos personas sedientas de emociones fuertes, puede que no hubiera grandes gestas, ni enormes sacrificios. Pero hubo algo, que ni el tiempo ni la distancia logró borrar.

viernes, 7 de diciembre de 2012

Las manos que nos sujetan

En un mundo cada vez más individualista, a veces olvidamos de quién son las manos que nos sujetan. Creemos ser independientes, capaces de tomar decisiones por nosotros mismos, de elegir nuestro rumbo y determinar nuestras propias normas. En cierto modo lo hacemos y en cierto modo estamos amenazados por una gran bandada de factores externos que nos sacuden, nos coaccionan y, por ende, nos limitan (a veces sin darnos cuenta). Pero, orgullosos y decididos, seguimos pisando por caminos de dudosa realidad, ficciones escritas con el lápiz de las expectativas, de lo que debería ser, de lo que desearíamos que fuera. Y nos convertimos en videntes enzarzados con nuestros conflictos interiores, tratando de dar con la ecuación perfecta que nos permita estar preparados para cualquier giro inesperado. Y en algún momento entre el ahora y las visiones de los cientos de futuros posibles, perdemos la perspectiva.

Nunca es tarde para pisar el freno, bajar del cohete supersónico  y darse un paseo por el presente. Ahí posiblemente encontremos manos que nos ayudan a flotar cuando nos hundimos, manos que nos acarician la espalda en comunión con nuestra euforia, manos que nos rozan para disparar nuestra adrenalina, manos altruistas que acompañan todos nuestros pasos en un discreto segundo o tercer plano. Manos que complementan a las nuestras, las refuerzan y las protegen. Manos de personas que nos quieren incondicionalmente. Esas manos.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Castillo de arena

De pequeña me encantaba construir castillos de arena. Mejor dicho, adoraba mirar cómo mi padre y mi hermano los hacían y a mí me dejaban realizar tareas de consuelo tales como plantar alguna torre o decorarlos con conchas y palos. Disfrutaba de mi papel de observadora y ayudante. Era joven e inexperta, aprendía de los que sabían y, dejando de lado ciertas rabietas de inconformidad, en general me lo pasaba bien. Aunque, honestamente, lo que más me gustaba de construir castillos era el momento de destruirlos. Ese instante, al fin de la jornada de playa, cuando mi hermano y yo nos mirábamos cómplices, con una leve sonrisa traviesa y la seguridad de que ambos estábamos pensando lo mismo. Esos minutos de recrearnos en las ganas de terminar con esa hermosa obra de ingeniería espontánea en la que habíamos estado trabajando durante horas. Ese corto espacio de tiempo, que parecía interminable, en el que nos invadía la impaciencia y la emoción de ser traviesos, de hacer algo ilógico. Tan orgullosos estábamos de lo que habíamos construido como del hecho de hacerlo efímero. Y saltábamos sobre las torres, los muros, los puentes. Reíamos, gritábamos, pataleábamos y en segundos todo había terminado. Tapábamos los agujeros y sólo quedaba un zona de arena revuelta. Ya está.

De mayor construyo castillos de arena en playas mentales. Lo hago con la inestimable ayuda de las promesas ficticias. Lo hago porque soy una soñadora, porque siempre pensé que se podía edificar sobre terreno inexplorado. Lo hago porque quiero creer en la honestidad de las personas, en el poder del amor y en la capacidad que nos da para estar por encima de todo. Y esos castillos, que de aspecto son tan firmes, tan poderosos, en ocasiones se ven amenazados por subidas de marea inesperadas que los azotan y los funden en cuestión de segundos. Otras veces las olas sólo los desposeen de parte de su estructura, pudiendo ser reconstruida después. Y me paso la vida reconstruyendo castillos de arena en vez de destruirlos con la facilidad de antaño. Invierto mi esfuerzo en recomponer las piezas de edificios nacidos para ser derribados. Porque el amor es efímero y la cobardía una potente dosis de realidad. Porque comenzar de cero asusta y parece más fácil parchear zonas derrumbadas. Aunque, en la mayoría de las ocasiones, derribar castillos con la fuerza y naturalidad de un niño puede llevarnos a paraísos terrenales mucho más exquisitos.