lunes, 12 de noviembre de 2012

El distrito 12

En el Distrito 12 de una pequeña ciudad al oeste del país, hay una tienda de antigüedades y objetos de coleccionista. Es un pequeño local de luz tenue y aroma a nostalgia, repleta de objetos de todo tipo, algunos inservibles ya, pero de un gran valor económico. La tienda está regentada por Dan, un anciano que pasó su vida obsesionado con guardar todo aquello que cayera en sus manos. Ya de pequeño era incapaz, pese a las discrepancias de su madre, de deshacerse de cualquier cosa que llamara su atención. Sus bolsillos eran contenedores de todo tipo de recuerdos y muchas veces había tenido que buscar lugares secretos donde esconder sus tesoros. De adolescente comenzó a interesarse por las objetos extraños, poco comunes, rarezas que le hacían pensar en la imposibilidad de que aquello llegara a él por casualidad. Y para Dan, la razón de que toda clase de objetos maravillosos pasaran por sus manos era que debía guardarlos y algún día, pasara el tiempo que pasara, sabría lo que debía hacer con cada uno de ellos.

Con esa idea en la cabeza, Dan viajó por todo el mundo. Y de cada lugar escogió los objetos más extraños que aparecían frente a él. Pero él nunca los buscó, las oportunidades surgieron espontáneamente.Y eso era lo que le mantenía más enganchado a su afición, el no saber dónde iba a estar el siguiente objeto que le robara el corazón. Dan podía pasarse meses sin pisar su hogar, saltando de un país a otro, trabajando de lo que surgiera para seguir con su aventura, mandando los objetos a un almacén cercano a su casa. Hasta tal punto llegó su obsesión por lo único que ya no se conformaba con nada que estuviera por debajo de esa categoría.

En uno de sus eternos viajes por el mundo, después de casi un año de no haber vuelto a su ciudad, Dan decidió que era hora de regresar por un tiempo. Y aunque él sentía la responsabilidad moral de volver, por su familia, por sus amigos, por sus raíces, siempre que tenía que hacer el camino de retorno algo se rompía en su interior. Algo que le entristecía, que le aturdía. El mundo era tan grande y repleto de posibilidades y experiencias, que volver a lo cotidiano, a lo conocido, lejos de hacerle sentir reconfortado, le lanzaba directamente a los brazos del rechazo. Pero era su deber y así lo hizo. Tuvo que volar en tres aviones distintos, horas y horas de sentimientos encontrados. Al salir del último avión, de camino a las cintas de equipaje, Dan se dio cuenta de se había dejado en el asiento de al lado su chaqueta con toda la documentación. Volvió corriendo hasta la plataforma de embarque y la vio. Salía del avión con su chaqueta en la mano pero eso no fue lo primero que captó su atención. Su forma de andar, su manera de levitar como una brisa hechizante, su mirada, accesible y profunda al mismo tiempo, tan penetrante como seductora. Ella, era un ser único, no por cumplir un canon de belleza, si no por todo aquello que era capaz de provocar en Dan y que nunca nadie había logrado antes. De repente desapareció todo. Para Dan no existían ni el avión, ni las azafatas, ni él mismo, sólo ella y lo que sus labios fueran a decir. Aguantó la respiración para evitar que ella pudiera descubrir su incapacidad por inhalar aire con cierta calma. Entonces ella se percató de su presencia y de manera natural le preguntó si la chaqueta era suya. Él respondió al instante, casi sin dejar que ella terminara su frase. Ella le sonrió.

Dan y Sara se casaron a los seis meses. Su amor fue tan intenso que aún a fecha de hoy, cuarenta años después, a Dan se le ilumina la mirada al hablar de Sara. Y es que, como dice él siempre, ella fue lo más único que tuvo entre sus brazos.

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