jueves, 25 de octubre de 2012

La copa

El otro día me regalaron una copa de cocktail bonita. De esas de martini mezclado pero no agitado y una aceituna. Era verde. Formaba parte de un juego de seis y era la única que había logrado escapar de la torpeza del ser humano en estado de embriaguez. La puse en mi escritorio y me quedé mirándola. La luz de la lámpara, al atravesarla, creaba destellos de colores. Me resultó un objeto realmente atractivo.

Pasé un rato imaginando a una mujer encantadora, de labios rojos y mirada penetrante, sentada en la barra de algún local poco concurrido de Manhattan. Un bar con las paredes forradas en terciopelo color burdeos y las mesas de mármol blanco. El camarero, con camisa blanca y chaleco negro, secando con un trapo algunos vasos mientras ella pierdía la mirada en el fondo de su copa y con un dedo hacía bailar la aceituna en círculos dentro del recipiente. De repente, al camarero se le cae un vaso al suelo y el estruendo se funde con el sonido de las campanas de la puerta. Ella sube la mirada hacia el frente y ve, a través de un espejo, que alguien entra en el bar. Saca el dedo de su copa y se lo lleva a la boca con la intriga patente en su rostro. Aparece la silueta de un apuesto hombre, vestido de traje y gabardina, sombrero de galán y guantes de cuero. Ella sonríe, él se acerca. Ella se estremece, él la mira como si hubiera estado buscándola durante años. Ella calla y él dice: "Nunca debiste desaparecer de mi vida". Y en ese momento la abraza, la inclina delicadamente sobre su brazo derecho y la besa apasionadamente.
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Podría pasar...

domingo, 21 de octubre de 2012

La vida normal

Como cada domingo, la vecina de enfrente riega sus pequeño jardín urbano. Yo la observo, sentada en la mesa del salón, con mi café eterno y escuchando algo de música. La miro y cada domingo invento una historia nueva sobre ella. No la conozco, no sé si tiene familia, si vive sola o simplemente se dedica a regar las plantas de un amigo. Nunca he coincidido con ella en otro contexto. Y, sin embargo, cuando no la veo en esa terraza de muros altos, me falta. Es la costumbre creada de la repetición. Esos patrones insignificantes que hacen de nuestra vida algo seguro, en orden.

A veces odio los cambios y a veces odio la rutina. A veces deseo sentirme segura y otras necesito esforzarme para mantener el equilibrio. A veces simplemente querría hacer lo que hacen los demás y otras soy incapaz de seguir el supuesto camino correcto. A veces quisiera sentir la convicción constante de estar tomando las decisiones adecuadas y otras ni siquiera me apetece pensar antes de actuar. A veces me gustaría que lo que quiero y lo que necesito fueran la misma cosa y otras simplemente no le pongo etiquetas a nada.

Tiempo me ha costado adivinar que soy dispar por naturaleza y aceptar que lo que me hace fuerte también me debilita. Llegada a este punto, trato que cuadrar la balanza e ir siguiendo mis propias normas en favor de sentirme bien conmigo. Sinceridad y naturalidad, con una inevitable dosis de transparencia.


viernes, 19 de octubre de 2012

Expedición

Desde hace una larga temporada trato de adivinar dónde termina la prudencia y empieza la cobardía. Es un tema complejo para mí puesto que yo la prudencia no la suelo tocar demasiado y la cobardía, bueno, quizá con ella haya sido algo más permisiva. Pero, para bien o para mal, llevo tiempo lidiando con ambas, en una especie de batalla eterna y agotadora que parece haber llegado al mismo punto de inicio o esa es la sensación, al menos. Encontrar la línea donde conjugan ambas, prudencia y cobardía, se ha convertido en una aventura, una expedición rumbo a las arcas del entendimiento. Algunos dirán que dedicarle esfuerzo a ello es una pérdida de tiempo. Aunque, es posible que perder el tiempo sea dejar de vivir las experiencias tal y como las sentimos por miedo, en forma de prudencia o de cobardía. No sé, todavía no tengo información suficiente para afirmar con rotundidad cuál es la elección acertada, si alguna lo es. Sólo sé que el choque entre la valentía y la cobardía, la osadía y la prudencia, suele ser desalentador. Y el tiempo se acaba en un reloj de arena que lleva mucho sin girarse. Mientras, sigo investigando.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Suavemente

Últimamente siento la vida transcurrir suavemente. No sé por qué, debe ser cosa mía, pero noto como que todo va un poco más despacio de lo que solía hacerlo. Tiempo atrás la impaciencia primaba. Creía que estaba llegando tarde a alcanzar aquello que se suponía que debía lograr en la vida y necesitaba acelerar los acontecimiento.Obviamente no era consciente de ello durante el proceso, aún con señales ciertamente evidentes. Pero, el caso es que ahora las cosas tienen un aroma muy distinto. Pienso tanto como pensaba antes, eso sí. Porque me gusta, porque soy de analizar, encajar, comprender, desmontar y retomar la jugada. Soy de las que atan cabos constantemente y creen que todo en esta vida, todo aquello que nos sucede, que nos rodea, que nos salpica, está interconectado de una forma u otra. En eso no he cambiado, ni creo que vaya a hacerlo jamás. Sigo conservando mi esencia y, sin embargo, me adivino flotando en un mundo algo más calmado. A mí manera estoy siendo más reflexiva y menos impulsiva. Aunque las emociones son gestoras indiscutibles de mi comportamiento, ahora las dejo macerar para poder sacar de ellas un jugo en positivo. Así, he pasado de afrontar instantáneamente aquello que me inquieta, me desencaja o me daña, a ponerlo en cuarentena, revisarlo al tiempo y tomar decisiones tranquilamente. Quizá esté hablando de haber alcanzado un nivel de serenidad sin precedentes o, simplemente, haber logrado entender  que lo inmediato no siempre es lo mejor. Y que, a veces, que el tiempo pase no es sinónimo de perderlo, si no que puede suponer una oportunidad para que todo vaya mejor.

domingo, 14 de octubre de 2012

Siempre

Hoy un desconocido gritó tu nombre y mi corazón dio un vuelco. Mi interior se paralizó mientras mi fachada seguía actuando con normalidad. Escuchar tu nombre me estremeció. Hacía mucho tiempo que nadie a mi alrededor lo pronunciaba, que nadie te nombraba. Ni siquiera yo misma cuando te recuerdo lo hago por tu nombre, siempre por tu apodo, mi tete. Pero hoy escuché un "Ferrán" y durante una milésima de segundo tuve la ilusión de que al girarme aparecieras entre la multitud, con tu asombrosa sonrisa y tu mano extendida hacia mí para acompañarme el resto de mi vida. Te echo de menos. Tanto que me pongo a escuchar la música que te gustaba y te siento aún a mi lado, quince años después. Y envidio a todo aquel que puede tener cerca algo que yo perdí hace tanto tiempo. Porque superar tu ausencia siempre será la asignatura que me quede pendiente. Porque vivir sin ti es lo más difícil que he tenido que hacer nunca. Pero conocerte y quererte con la pasión de la sangre compartida, la vida compartida, la inocencia compartida, llena mi vida, vacía de ti, del recuerdo más dulce. Y por muchas palabras que te escriba nunca seré capaz de describir la sensación de ahogo que supone no verte y la sensación de plenitud que supone que sigas siendo mi hermano. Ayer, hoy y siempre. Te quiero.

martes, 9 de octubre de 2012

Poco se habla del amor

Entre la cantidad de cosas que no entiendo, hay una que ha cobrado más protagonismo en las últimas semanas. Seguramente sea por las recientes conversaciones que he tenido con mis amigos. O, a lo mejor, por las experiencias que me ha tocado vivir últimamente. El caso es que tengo la sensación de que ya nadie habla del amor. Podría ser por la edad, todos rondamos la trentena. Quizá por la cantidad de desengaños acumulados con el tiempo. Es posible que pensemos que ya somos mayores para volvernos locos de amor, que eso era cosa de la veintena. Pero cuando estamos en pareja muchas veces valoramos la relación en función de criterios que no tienen nada que ver con el sentimiento.

Es curioso. Me resulta curioso. Siempre pensé que el amor no se podía definir en parámetros racionales. De hecho este blog está repleto de reflexiones basadas en ello. Pero, hablo con las personas de mi alrededor, y al preguntarles por sus relaciones nunca sale la expresión "le quiero mucho" o "estamos tan enamorados...". Puede que eso ahora nos resulte una cursilada. Que hayamos perdido el sentido romántico de la vida y veamos en el amor el signo de nuestra mayor vulnerabilidad. Si te enamoras corres el riesgo de que te rompan el corazón, de sufrir, de estar mal. Y si compartes abiertamente tus sentimientos con los demás te arriesgas, en el caso de que la relación no funcione, a sentirte fracasado y encima tener que dar explicaciones.

Y así nos vamos escondiendo, dejamos de compartir la irracionalidad subjetiva latente y destellante que supone amar, para hablar de "estamos bien", "no me puedo quejar", "se porta genial conmigo". Nos cansamos del ensayo-error permanente y escogemos aquello que nos aporta menos cantidad de sobresaltos. Balsas de aceite. Pero aún soy capaz de adivinar en los ojos de los demás cuándo esa calma constante no es suficiente. Porque al fin y al cabo, aunque no lo digamos en voz alta, todos queremos creer que existe un sentimiento que está por encima de cualquier otra cosa. Por encima de recibir lo que se da, de los malo entendidos, de los errores y las disputas. Un sentimiento que convierte los defectos en virtudes y cualquier situación cotidiana en algo especial. Y razón tienen los que dicen que el amor no puede basarse únicamente en caminar flotando por las calles mientras no te quitas a la otra persona de la mente. A eso unos lo llaman el enamoramiento o la pasión del inicio que se difumina pasado el tiempo. Yo lo llamo la base sobre la que construir todo lo demás. Porque sentirte así es lo que te da la fuerza y la valentía para afrontar lo que viene después. Con lo difícil que es de encontrar, cómo renunciar a ello por creer que es una ficción, una intensidad momentánea y fugaz. Al fin y al cabo, llevo toda mi vida intentando definir qué es el amor y todavía hoy no tengo ni idea. Sólo sé que cuando lo sientes, dejas de racionalizarlo, te quedas sin palabras y la única forma de expresarlo es con una sonrisa inconsciente y permanente. Lo que viene después de eso, es un dulce misterio aún por descubrir.

viernes, 5 de octubre de 2012

Conexiones

Uno de los grandes placeres de la vida es conocer a personas con las que conectas de manera especial. Nunca sabes cuándo puede ocurrirte ni con quién y eso lo hace, todavía, más fascinante. Danzamos por el mundo como intérpretes solistas de nuestras propias canciones hasta que alguien se pone a nuestro lado y durante un tiempo, más largo o más corto, ambas melodías van al unísono. Quizá no sean exactamente iguales y cada una conserve ligeros matices personales. Pero al juntarse posiblemente esos toques de diferencia sean los encargados de enriquecer la combinación.


La conexión con alguien es una sensación. No existen parámetros racionales que guíen en la búsqueda y encuentro de esa persona. Nada que podamos procesar con la cabeza nos garantiza que vaya a existir ese magnetismo. Porque el magnetismo está fuera de nuestro control. Es un enganche inexplicable que nos atrapa a través de las conversaciones, los silencios, lo que conocemos y, sobre todo, lo que intuimos que nos falta por conocer. Cuanto más interesante se nos antoje el misterio, mayores las ganas de acceder a él. Y la magia reside en saber que el deseo de conocer a esa persona es prácticamente inacabable y la motivación una constante. La conexión es una fuerza primaria que nos empuja a dejarnos llevar. Nos lanza retos que asumimos con total naturalidad. Y convierte el riesgo en una aventura más que atractiva.


miércoles, 3 de octubre de 2012

Las olas de los sueños

Anoche tuve un sueño, un sueño de mar. En una playa infinita, mis pies hundiéndose buscando el frescor de la arena a media tarde. La brisa olía a sal y sobre mi piel una imperceptible capa de suave pegamento marino. Las olas espectaculares, el agua transparente, la sensación increíble. Respirar, sólo podía llenar mis pulmones de ese aroma a detalle, a mágica inspiración, a instante diseñado por artistas locos. Y las olas gigantes me invitaban cual canto de sirena a retar a las fuerzas de la naturaleza. Primer pié y una instantánea sensación de escalofrío recorriendo todo mi cuerpo. Piel de gallina agradable y adictiva. Segundo pié y lentamente dirección hacia el horizonte. Algún día quisiera llegar allí, al lugar donde lo imposible se hace realidad. Pero en este sueño me quedaba hipnotizada por el vaivén de la marea, disfrutando de las travesuras. Hundirme bajo el agua y las olas golpeándome la espalda. Flotar mirando al cielo o dejarme tirar por el empujón impetuoso de la rabia marina aprovechando un momento de despiste. Volver a ponerme en pié y observar una silueta acercándose desde la orilla. De repente un cosquilleo en el estómago, un latido acelerado de corazón, una sonrisa incontenible haciéndose cada vez más amplia. Y la silueta a pocos metros y la sonrisa permanente y el mundo redondo y el sueño perfecto.