domingo, 23 de septiembre de 2012

Escondites y corazas

Hace unos días descubrí que un caracol se había instalado en mi terraza. En esta parte de la ciudad no es muy común ver caracoles y menos que suban seis pisos de altura para ir a parar a una zona despoblada de  vida vegetal. Pero el caracol valiente logró dicha proeza  y ahí se quedo, en una esquina pegada a mi ventana. Yo le observé un par de veces preguntándome cómo sería llevar tu propio escondite a cuestas. A penas le vi salir de su caparazón, tímidamente el primer día pero poco más. ¿Se sentiría seguro allí dentro? Posiblemente. Pero mirándole me di cuenta de que tenía una parte de su coraza quebrada y por el agujero se podía intuir su interior. El cuerpo del pequeño caracol era tan frágil que sentí compasión. Compasión por él y  por mí. Le miraba y no podía verme más que a mí misma con la coraza rasgada y mi vulnerabilidad a la vista de cualquiera que se detuviera a mirar.


Hoy he salido a la terraza por primera vez en días y ya no me acordaba del valiente caracol. He estado un buen rato mirando las azoteas de mi barrio buscándole un lugar a cada uno de los regalos invisibles que me han ido llegado últimamente. Y, sin ser consciente de por qué mi vista se había desviado al suelo, le he visto. Estaba en el mismo lugar, pero no parecía él. Su caparazón había perdido vigor, se veía apagado. Me he quedado unos minutos mirándolo fijamente deseando que se moviera, que ocurriera algo que indicara que aún seguía ahí. Pero mi pequeño caracol ya no estaba. Quiero pensar que abandonó su coraza en favor de una vida libre y sin lastres. Quiero creer que decidió no esconderse nunca más y afrontar los peligros mostrándose tal y como es, pequeño, frágil pero valiente al fin y al cabo. Quizá este caracol sea simplemente eso, un caracol que por casualidad llegó hasta mi. Aunque yo prefiero pensar que es algo más que eso. 

1 comentario:

ladycherryblossom dijo...

Preciosa entrada E. Cada vez tengo más ganas de leer tu libro