miércoles, 4 de julio de 2012

No me preguntes qué es el amor

Yo no sé nada del amor. En serio, no tengo ni idea, Al menos eso creo. Con tres décadas vividas y varias relaciones emocionales en mi historial vital, sigo sintiéndome una ignorante. Tengo la impresión de que todo lo que aprendo anula lo anterior y cuando creo que no puede haber nada más por descubrir, lo hay. A veces malo y a veces bueno. Pero si intento llegar a una conclusión, siempre (y digo, siempre) ocurre algo que le da una vuelta de tuerca más a mis esquemas. Es increíble.

Durante una época pensé que el amor era ese súbito desgarro imperativo de corazón y tripa, sonorizado con acierto por la delicada melodía de unos violines. Había visto demasiadas películas, me temo. Pero, algo parecido a la fe, al fervor del devoto que cree ciegamente en aquello que no ve, crecía en mi interior cual virus destructor de toda sensatez. ¡Oh sí! ¡Quería enamorarme locamente! Hasta creer morir. Como los amantes de la literatura clásica. Estaba preparada para encontrar a esa persona que descontrolara todos mis sentidos y fuera el objeto de toda mi energía emocional.

Obviamente todo estaba en mí. El guión del cortejo ideal, la relación perfecta y el felices para siempre. Se suponía que así iban las cosas. No lo decía sólo yo, todo el mundo buscaba lo mismo ¿no? ¿Ah, no?  ¿Sólo en mi imaginación, quizá?. El hecho es que pasado el tiempo y viendo que los medios disponibles no me permitían dirigir el guión de mi propia película, lancé al aire las páginas invisibles donde había escrito la historia de amor más bonita y mientras caían una a una al suelo yo me desentendí. Puestos a ello, experimenté todos los tipos de relación posibles. Pasé de creer en el amor único y duradero hasta el fin de los días, a no creer en nada que no pudiera comprobar por mí misma. Me crucé con algún que otro chalado y otros tantos embobados de la vida. Pese a ello logré encontrar a personas que me regalaron momentos inolvidables. Aunque la sensación siempre fue de vivir en un ensayo-error permanente.

Pasada mi etapa "experimental" llegó otra más sosegada. Otra poco imaginativa, nada impactante, a veces sentimentalmente rutinaria y sencilla. Derivé en una relación en la que estaban prohibidas las discusiones, los celos, los puntos de vista diferentes.Y durante un tiempo estuvo bien, luego empecé a sentir que no.

La pasión desenfrenada tampoco fue a ningún lado. La viví sí ¡y de qué manera! Amar como si no hubiera un mañana. Vivir al día. Sentir la eterna incertidumbre, el miedo constante a  perder, a no estar a la altura, a fastidiarla. Y cuanto más hacía por no meter la pata, más torpe me volvía. Ese amor brutal que te deja vacía al final. Y todo en tu vida te resulta mediocre en comparación. Un drama, vamos.

Llegados a este punto, no tengo ni idea de qué es el amor. O quizá no quiera saberlo. Así tengo la excusa para seguir investigando y experimentando todas las manifestaciones de este sentimiento, tan disparatadas como abundantes. Al fin y al cabo, la ignorancia hace la temeridad. Y hasta ahora lo único que me queda claro es que ser temerario en el amor es una opción muy recomendable. Temerario y valiente para arriesgar, aún sabiendo que la caída puede ser fatal. Como los amantes de la literatura clásica.

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