jueves, 13 de diciembre de 2012

La pregunta de Gustaf

El otro día, mientras tomábamos una taza de té, Gustaf me miró fijamente a los ojos y me preguntó ¿Qué es el amor Esther? Me quedé petrificada. Quiero decir, prosiguió: ¿Cómo sabes que sientes amor por otra persona? Pronto acusé de una tos nerviosa y él seguía: Me refiero al amor romántico, al amor de pareja ¿entiendes? La pregunta me causó tal impacto que mi esófago se cerró y el té decidió tomar otros rumbos, osado aventurero. Disimulé tapando mi boca con la servilleta y tratando de controlar, sin lograrlo, los espasmos de mi cuerpo resultantes de intentar enmudecer mi tos. Gustaf esperaba impasible mientras yo me rascaba la barbilla, miraba hacia los lados inquieta y agachando la cabeza esperaba que un ente transparente se acercara a mi oído y me susurrara la respuesta. Así dejé de prestar atención a mi interlocutor para centrar toda mi capacidad auditiva en pescar del aire las palabras que me hicieran salir de aquella situación victoriosa, incluso, puestos a pedir, laureada por mi elevado conocimiento del amor y sus vicisitudes  Obviamente, por mucha imaginación que llegue a tener, ahí no había ni ente transparente, ni sabio invisible con el que contar. Así que me las tuve que apañar yo sola.

Tomé posición en mi silla. Espalda recta, pies juntos, rodillas pegadas, hombros equilibrados y manos entrelazadas encima de la mesa. Le miré, seria, decidida, con mis ojos armados de firmeza y seguridad. Provoqué un instante de silencio dramático. Eso, además de disparar su expectación sobre lo que tuviera que decir, me otorgaba un tiempo extra para organizar mis pensamientos (tonta no soy). A pesar de ello, todas los argumentos que se me ocurrían revoloteaban en mi mente sin rumbo, sin conectores, sin estructura. Por fuera era una estatua de cera, inexpresiva, inmóvil, sin aliento perceptible y por dentro me perdía en mi propia ebullición mental. Podía sentir como mis ideas explotaban una tras otra gritando: ¡Yo no sirvo!. Y Gustaf, que puede ser muchas cosas menos impaciente, me daba tiempo.

Por orgullo hubiera respondido un "No lo sé". Y así evitaría recordar dulces escenas de un pasado prometedor que terminaron como rocas rodando por la ladera del abismo (el drama siempre agudiza el ingenio). Pero no he vivido diez años de mi existencia embarcada en el transatlántico del amor para resumir mi grandilocuente experiencia en un simple "No tengo ni idea, la verdad" y evitar toda la parafernalia que he creado alrededor del sentimiento más genuino que habré experimentado en mi vida. Así que, me puse el chubasquero, abrí mi paraguas y elegí un recuerdo, un instante vivido que colocó el listón de los sentimientos en el lugar más alto que habré alcanzado. Y, aún bajo la amenaza de que verbalizar ese recuerdo pudiera oscurecer el cielo de repente y sacudir sobre mí el diluvio universal, me arremangué el chubasquero y empecé a rememorar mis días de gloria.

Le conté que una vez noté como, literalmente, se me cortaba la respiración al sentir a LA PERSONA cerca. Le expliqué que cualquier palabra, gesto, detalle insignificante, se convertía en una fuente inagotable de energía que me mantenía iluminada. Le dije que por cada beso me recorría un escalofrío y la debilidad se apoderaba de mí. Y todo lo que hacíamos juntos, aunque lo hubiéramos hecho decenas de veces antes, siempre lo sentíamos como la primera vez. Que era tan inverosímil como real, y tan desbordante como adictivo. Un sentimiento en expansión permanente, incapaz de ser enlatado bajo el marco de la normalidad. Quizá magnificado, quizá hecho bonito para la foto, pero vivido hasta las últimas consecuencias. Puede que eso no sea el amor, puede que sea la película de dos personas sedientas de emociones fuertes, puede que no hubiera grandes gestas, ni enormes sacrificios. Pero hubo algo, que ni el tiempo ni la distancia logró borrar.

viernes, 7 de diciembre de 2012

Las manos que nos sujetan

En un mundo cada vez más individualista, a veces olvidamos de quién son las manos que nos sujetan. Creemos ser independientes, capaces de tomar decisiones por nosotros mismos, de elegir nuestro rumbo y determinar nuestras propias normas. En cierto modo lo hacemos y en cierto modo estamos amenazados por una gran bandada de factores externos que nos sacuden, nos coaccionan y, por ende, nos limitan (a veces sin darnos cuenta). Pero, orgullosos y decididos, seguimos pisando por caminos de dudosa realidad, ficciones escritas con el lápiz de las expectativas, de lo que debería ser, de lo que desearíamos que fuera. Y nos convertimos en videntes enzarzados con nuestros conflictos interiores, tratando de dar con la ecuación perfecta que nos permita estar preparados para cualquier giro inesperado. Y en algún momento entre el ahora y las visiones de los cientos de futuros posibles, perdemos la perspectiva.

Nunca es tarde para pisar el freno, bajar del cohete supersónico  y darse un paseo por el presente. Ahí posiblemente encontremos manos que nos ayudan a flotar cuando nos hundimos, manos que nos acarician la espalda en comunión con nuestra euforia, manos que nos rozan para disparar nuestra adrenalina, manos altruistas que acompañan todos nuestros pasos en un discreto segundo o tercer plano. Manos que complementan a las nuestras, las refuerzan y las protegen. Manos de personas que nos quieren incondicionalmente. Esas manos.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Castillo de arena

De pequeña me encantaba construir castillos de arena. Mejor dicho, adoraba mirar cómo mi padre y mi hermano los hacían y a mí me dejaban realizar tareas de consuelo tales como plantar alguna torre o decorarlos con conchas y palos. Disfrutaba de mi papel de observadora y ayudante. Era joven e inexperta, aprendía de los que sabían y, dejando de lado ciertas rabietas de inconformidad, en general me lo pasaba bien. Aunque, honestamente, lo que más me gustaba de construir castillos era el momento de destruirlos. Ese instante, al fin de la jornada de playa, cuando mi hermano y yo nos mirábamos cómplices, con una leve sonrisa traviesa y la seguridad de que ambos estábamos pensando lo mismo. Esos minutos de recrearnos en las ganas de terminar con esa hermosa obra de ingeniería espontánea en la que habíamos estado trabajando durante horas. Ese corto espacio de tiempo, que parecía interminable, en el que nos invadía la impaciencia y la emoción de ser traviesos, de hacer algo ilógico. Tan orgullosos estábamos de lo que habíamos construido como del hecho de hacerlo efímero. Y saltábamos sobre las torres, los muros, los puentes. Reíamos, gritábamos, pataleábamos y en segundos todo había terminado. Tapábamos los agujeros y sólo quedaba un zona de arena revuelta. Ya está.

De mayor construyo castillos de arena en playas mentales. Lo hago con la inestimable ayuda de las promesas ficticias. Lo hago porque soy una soñadora, porque siempre pensé que se podía edificar sobre terreno inexplorado. Lo hago porque quiero creer en la honestidad de las personas, en el poder del amor y en la capacidad que nos da para estar por encima de todo. Y esos castillos, que de aspecto son tan firmes, tan poderosos, en ocasiones se ven amenazados por subidas de marea inesperadas que los azotan y los funden en cuestión de segundos. Otras veces las olas sólo los desposeen de parte de su estructura, pudiendo ser reconstruida después. Y me paso la vida reconstruyendo castillos de arena en vez de destruirlos con la facilidad de antaño. Invierto mi esfuerzo en recomponer las piezas de edificios nacidos para ser derribados. Porque el amor es efímero y la cobardía una potente dosis de realidad. Porque comenzar de cero asusta y parece más fácil parchear zonas derrumbadas. Aunque, en la mayoría de las ocasiones, derribar castillos con la fuerza y naturalidad de un niño puede llevarnos a paraísos terrenales mucho más exquisitos.

viernes, 23 de noviembre de 2012

La esencia del recuerdo

A veces me tumbo sobre la cama, a mediodía, cuando el sol entra con más intensidad en la habitación, y pienso en ti. Cierro los ojos y saboreo cinco minutos de soledad absoluta recreándome en tu imagen. Perfilo tus labios, tu cuello, las curvas de tu nariz, la largura de tus pestañas. Te dibujo mentalmente al detalle, aprieto los párpados y hago una fotografía . Luego abro los ojos y proyecto esa imagen en el techo. Me quedo un rato más imaginando tus gestos, tu mirada, tu sonrisa. Y te siento cerca. Bajas del techo y te tumbas a mi lado. Nos reímos el uno del otro y digo aquello de "muy maduro todo". Sigues riendo, como si hiciera mucho tiempo que no lo hacías con tanta facilidad. Pones tu mano sobre la mía y se me olvidan las palabras, se me olvida respirar, se me olvida que estoy sola en mi habitación, tumbada en mi cama, y siento, por un instante, que todo es posible.

lunes, 12 de noviembre de 2012

El distrito 12

En el Distrito 12 de una pequeña ciudad al oeste del país, hay una tienda de antigüedades y objetos de coleccionista. Es un pequeño local de luz tenue y aroma a nostalgia, repleta de objetos de todo tipo, algunos inservibles ya, pero de un gran valor económico. La tienda está regentada por Dan, un anciano que pasó su vida obsesionado con guardar todo aquello que cayera en sus manos. Ya de pequeño era incapaz, pese a las discrepancias de su madre, de deshacerse de cualquier cosa que llamara su atención. Sus bolsillos eran contenedores de todo tipo de recuerdos y muchas veces había tenido que buscar lugares secretos donde esconder sus tesoros. De adolescente comenzó a interesarse por las objetos extraños, poco comunes, rarezas que le hacían pensar en la imposibilidad de que aquello llegara a él por casualidad. Y para Dan, la razón de que toda clase de objetos maravillosos pasaran por sus manos era que debía guardarlos y algún día, pasara el tiempo que pasara, sabría lo que debía hacer con cada uno de ellos.

Con esa idea en la cabeza, Dan viajó por todo el mundo. Y de cada lugar escogió los objetos más extraños que aparecían frente a él. Pero él nunca los buscó, las oportunidades surgieron espontáneamente.Y eso era lo que le mantenía más enganchado a su afición, el no saber dónde iba a estar el siguiente objeto que le robara el corazón. Dan podía pasarse meses sin pisar su hogar, saltando de un país a otro, trabajando de lo que surgiera para seguir con su aventura, mandando los objetos a un almacén cercano a su casa. Hasta tal punto llegó su obsesión por lo único que ya no se conformaba con nada que estuviera por debajo de esa categoría.

En uno de sus eternos viajes por el mundo, después de casi un año de no haber vuelto a su ciudad, Dan decidió que era hora de regresar por un tiempo. Y aunque él sentía la responsabilidad moral de volver, por su familia, por sus amigos, por sus raíces, siempre que tenía que hacer el camino de retorno algo se rompía en su interior. Algo que le entristecía, que le aturdía. El mundo era tan grande y repleto de posibilidades y experiencias, que volver a lo cotidiano, a lo conocido, lejos de hacerle sentir reconfortado, le lanzaba directamente a los brazos del rechazo. Pero era su deber y así lo hizo. Tuvo que volar en tres aviones distintos, horas y horas de sentimientos encontrados. Al salir del último avión, de camino a las cintas de equipaje, Dan se dio cuenta de se había dejado en el asiento de al lado su chaqueta con toda la documentación. Volvió corriendo hasta la plataforma de embarque y la vio. Salía del avión con su chaqueta en la mano pero eso no fue lo primero que captó su atención. Su forma de andar, su manera de levitar como una brisa hechizante, su mirada, accesible y profunda al mismo tiempo, tan penetrante como seductora. Ella, era un ser único, no por cumplir un canon de belleza, si no por todo aquello que era capaz de provocar en Dan y que nunca nadie había logrado antes. De repente desapareció todo. Para Dan no existían ni el avión, ni las azafatas, ni él mismo, sólo ella y lo que sus labios fueran a decir. Aguantó la respiración para evitar que ella pudiera descubrir su incapacidad por inhalar aire con cierta calma. Entonces ella se percató de su presencia y de manera natural le preguntó si la chaqueta era suya. Él respondió al instante, casi sin dejar que ella terminara su frase. Ella le sonrió.

Dan y Sara se casaron a los seis meses. Su amor fue tan intenso que aún a fecha de hoy, cuarenta años después, a Dan se le ilumina la mirada al hablar de Sara. Y es que, como dice él siempre, ella fue lo más único que tuvo entre sus brazos.

jueves, 25 de octubre de 2012

La copa

El otro día me regalaron una copa de cocktail bonita. De esas de martini mezclado pero no agitado y una aceituna. Era verde. Formaba parte de un juego de seis y era la única que había logrado escapar de la torpeza del ser humano en estado de embriaguez. La puse en mi escritorio y me quedé mirándola. La luz de la lámpara, al atravesarla, creaba destellos de colores. Me resultó un objeto realmente atractivo.

Pasé un rato imaginando a una mujer encantadora, de labios rojos y mirada penetrante, sentada en la barra de algún local poco concurrido de Manhattan. Un bar con las paredes forradas en terciopelo color burdeos y las mesas de mármol blanco. El camarero, con camisa blanca y chaleco negro, secando con un trapo algunos vasos mientras ella pierdía la mirada en el fondo de su copa y con un dedo hacía bailar la aceituna en círculos dentro del recipiente. De repente, al camarero se le cae un vaso al suelo y el estruendo se funde con el sonido de las campanas de la puerta. Ella sube la mirada hacia el frente y ve, a través de un espejo, que alguien entra en el bar. Saca el dedo de su copa y se lo lleva a la boca con la intriga patente en su rostro. Aparece la silueta de un apuesto hombre, vestido de traje y gabardina, sombrero de galán y guantes de cuero. Ella sonríe, él se acerca. Ella se estremece, él la mira como si hubiera estado buscándola durante años. Ella calla y él dice: "Nunca debiste desaparecer de mi vida". Y en ese momento la abraza, la inclina delicadamente sobre su brazo derecho y la besa apasionadamente.
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Podría pasar...

domingo, 21 de octubre de 2012

La vida normal

Como cada domingo, la vecina de enfrente riega sus pequeño jardín urbano. Yo la observo, sentada en la mesa del salón, con mi café eterno y escuchando algo de música. La miro y cada domingo invento una historia nueva sobre ella. No la conozco, no sé si tiene familia, si vive sola o simplemente se dedica a regar las plantas de un amigo. Nunca he coincidido con ella en otro contexto. Y, sin embargo, cuando no la veo en esa terraza de muros altos, me falta. Es la costumbre creada de la repetición. Esos patrones insignificantes que hacen de nuestra vida algo seguro, en orden.

A veces odio los cambios y a veces odio la rutina. A veces deseo sentirme segura y otras necesito esforzarme para mantener el equilibrio. A veces simplemente querría hacer lo que hacen los demás y otras soy incapaz de seguir el supuesto camino correcto. A veces quisiera sentir la convicción constante de estar tomando las decisiones adecuadas y otras ni siquiera me apetece pensar antes de actuar. A veces me gustaría que lo que quiero y lo que necesito fueran la misma cosa y otras simplemente no le pongo etiquetas a nada.

Tiempo me ha costado adivinar que soy dispar por naturaleza y aceptar que lo que me hace fuerte también me debilita. Llegada a este punto, trato que cuadrar la balanza e ir siguiendo mis propias normas en favor de sentirme bien conmigo. Sinceridad y naturalidad, con una inevitable dosis de transparencia.


viernes, 19 de octubre de 2012

Expedición

Desde hace una larga temporada trato de adivinar dónde termina la prudencia y empieza la cobardía. Es un tema complejo para mí puesto que yo la prudencia no la suelo tocar demasiado y la cobardía, bueno, quizá con ella haya sido algo más permisiva. Pero, para bien o para mal, llevo tiempo lidiando con ambas, en una especie de batalla eterna y agotadora que parece haber llegado al mismo punto de inicio o esa es la sensación, al menos. Encontrar la línea donde conjugan ambas, prudencia y cobardía, se ha convertido en una aventura, una expedición rumbo a las arcas del entendimiento. Algunos dirán que dedicarle esfuerzo a ello es una pérdida de tiempo. Aunque, es posible que perder el tiempo sea dejar de vivir las experiencias tal y como las sentimos por miedo, en forma de prudencia o de cobardía. No sé, todavía no tengo información suficiente para afirmar con rotundidad cuál es la elección acertada, si alguna lo es. Sólo sé que el choque entre la valentía y la cobardía, la osadía y la prudencia, suele ser desalentador. Y el tiempo se acaba en un reloj de arena que lleva mucho sin girarse. Mientras, sigo investigando.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Suavemente

Últimamente siento la vida transcurrir suavemente. No sé por qué, debe ser cosa mía, pero noto como que todo va un poco más despacio de lo que solía hacerlo. Tiempo atrás la impaciencia primaba. Creía que estaba llegando tarde a alcanzar aquello que se suponía que debía lograr en la vida y necesitaba acelerar los acontecimiento.Obviamente no era consciente de ello durante el proceso, aún con señales ciertamente evidentes. Pero, el caso es que ahora las cosas tienen un aroma muy distinto. Pienso tanto como pensaba antes, eso sí. Porque me gusta, porque soy de analizar, encajar, comprender, desmontar y retomar la jugada. Soy de las que atan cabos constantemente y creen que todo en esta vida, todo aquello que nos sucede, que nos rodea, que nos salpica, está interconectado de una forma u otra. En eso no he cambiado, ni creo que vaya a hacerlo jamás. Sigo conservando mi esencia y, sin embargo, me adivino flotando en un mundo algo más calmado. A mí manera estoy siendo más reflexiva y menos impulsiva. Aunque las emociones son gestoras indiscutibles de mi comportamiento, ahora las dejo macerar para poder sacar de ellas un jugo en positivo. Así, he pasado de afrontar instantáneamente aquello que me inquieta, me desencaja o me daña, a ponerlo en cuarentena, revisarlo al tiempo y tomar decisiones tranquilamente. Quizá esté hablando de haber alcanzado un nivel de serenidad sin precedentes o, simplemente, haber logrado entender  que lo inmediato no siempre es lo mejor. Y que, a veces, que el tiempo pase no es sinónimo de perderlo, si no que puede suponer una oportunidad para que todo vaya mejor.

domingo, 14 de octubre de 2012

Siempre

Hoy un desconocido gritó tu nombre y mi corazón dio un vuelco. Mi interior se paralizó mientras mi fachada seguía actuando con normalidad. Escuchar tu nombre me estremeció. Hacía mucho tiempo que nadie a mi alrededor lo pronunciaba, que nadie te nombraba. Ni siquiera yo misma cuando te recuerdo lo hago por tu nombre, siempre por tu apodo, mi tete. Pero hoy escuché un "Ferrán" y durante una milésima de segundo tuve la ilusión de que al girarme aparecieras entre la multitud, con tu asombrosa sonrisa y tu mano extendida hacia mí para acompañarme el resto de mi vida. Te echo de menos. Tanto que me pongo a escuchar la música que te gustaba y te siento aún a mi lado, quince años después. Y envidio a todo aquel que puede tener cerca algo que yo perdí hace tanto tiempo. Porque superar tu ausencia siempre será la asignatura que me quede pendiente. Porque vivir sin ti es lo más difícil que he tenido que hacer nunca. Pero conocerte y quererte con la pasión de la sangre compartida, la vida compartida, la inocencia compartida, llena mi vida, vacía de ti, del recuerdo más dulce. Y por muchas palabras que te escriba nunca seré capaz de describir la sensación de ahogo que supone no verte y la sensación de plenitud que supone que sigas siendo mi hermano. Ayer, hoy y siempre. Te quiero.

martes, 9 de octubre de 2012

Poco se habla del amor

Entre la cantidad de cosas que no entiendo, hay una que ha cobrado más protagonismo en las últimas semanas. Seguramente sea por las recientes conversaciones que he tenido con mis amigos. O, a lo mejor, por las experiencias que me ha tocado vivir últimamente. El caso es que tengo la sensación de que ya nadie habla del amor. Podría ser por la edad, todos rondamos la trentena. Quizá por la cantidad de desengaños acumulados con el tiempo. Es posible que pensemos que ya somos mayores para volvernos locos de amor, que eso era cosa de la veintena. Pero cuando estamos en pareja muchas veces valoramos la relación en función de criterios que no tienen nada que ver con el sentimiento.

Es curioso. Me resulta curioso. Siempre pensé que el amor no se podía definir en parámetros racionales. De hecho este blog está repleto de reflexiones basadas en ello. Pero, hablo con las personas de mi alrededor, y al preguntarles por sus relaciones nunca sale la expresión "le quiero mucho" o "estamos tan enamorados...". Puede que eso ahora nos resulte una cursilada. Que hayamos perdido el sentido romántico de la vida y veamos en el amor el signo de nuestra mayor vulnerabilidad. Si te enamoras corres el riesgo de que te rompan el corazón, de sufrir, de estar mal. Y si compartes abiertamente tus sentimientos con los demás te arriesgas, en el caso de que la relación no funcione, a sentirte fracasado y encima tener que dar explicaciones.

Y así nos vamos escondiendo, dejamos de compartir la irracionalidad subjetiva latente y destellante que supone amar, para hablar de "estamos bien", "no me puedo quejar", "se porta genial conmigo". Nos cansamos del ensayo-error permanente y escogemos aquello que nos aporta menos cantidad de sobresaltos. Balsas de aceite. Pero aún soy capaz de adivinar en los ojos de los demás cuándo esa calma constante no es suficiente. Porque al fin y al cabo, aunque no lo digamos en voz alta, todos queremos creer que existe un sentimiento que está por encima de cualquier otra cosa. Por encima de recibir lo que se da, de los malo entendidos, de los errores y las disputas. Un sentimiento que convierte los defectos en virtudes y cualquier situación cotidiana en algo especial. Y razón tienen los que dicen que el amor no puede basarse únicamente en caminar flotando por las calles mientras no te quitas a la otra persona de la mente. A eso unos lo llaman el enamoramiento o la pasión del inicio que se difumina pasado el tiempo. Yo lo llamo la base sobre la que construir todo lo demás. Porque sentirte así es lo que te da la fuerza y la valentía para afrontar lo que viene después. Con lo difícil que es de encontrar, cómo renunciar a ello por creer que es una ficción, una intensidad momentánea y fugaz. Al fin y al cabo, llevo toda mi vida intentando definir qué es el amor y todavía hoy no tengo ni idea. Sólo sé que cuando lo sientes, dejas de racionalizarlo, te quedas sin palabras y la única forma de expresarlo es con una sonrisa inconsciente y permanente. Lo que viene después de eso, es un dulce misterio aún por descubrir.

viernes, 5 de octubre de 2012

Conexiones

Uno de los grandes placeres de la vida es conocer a personas con las que conectas de manera especial. Nunca sabes cuándo puede ocurrirte ni con quién y eso lo hace, todavía, más fascinante. Danzamos por el mundo como intérpretes solistas de nuestras propias canciones hasta que alguien se pone a nuestro lado y durante un tiempo, más largo o más corto, ambas melodías van al unísono. Quizá no sean exactamente iguales y cada una conserve ligeros matices personales. Pero al juntarse posiblemente esos toques de diferencia sean los encargados de enriquecer la combinación.


La conexión con alguien es una sensación. No existen parámetros racionales que guíen en la búsqueda y encuentro de esa persona. Nada que podamos procesar con la cabeza nos garantiza que vaya a existir ese magnetismo. Porque el magnetismo está fuera de nuestro control. Es un enganche inexplicable que nos atrapa a través de las conversaciones, los silencios, lo que conocemos y, sobre todo, lo que intuimos que nos falta por conocer. Cuanto más interesante se nos antoje el misterio, mayores las ganas de acceder a él. Y la magia reside en saber que el deseo de conocer a esa persona es prácticamente inacabable y la motivación una constante. La conexión es una fuerza primaria que nos empuja a dejarnos llevar. Nos lanza retos que asumimos con total naturalidad. Y convierte el riesgo en una aventura más que atractiva.


miércoles, 3 de octubre de 2012

Las olas de los sueños

Anoche tuve un sueño, un sueño de mar. En una playa infinita, mis pies hundiéndose buscando el frescor de la arena a media tarde. La brisa olía a sal y sobre mi piel una imperceptible capa de suave pegamento marino. Las olas espectaculares, el agua transparente, la sensación increíble. Respirar, sólo podía llenar mis pulmones de ese aroma a detalle, a mágica inspiración, a instante diseñado por artistas locos. Y las olas gigantes me invitaban cual canto de sirena a retar a las fuerzas de la naturaleza. Primer pié y una instantánea sensación de escalofrío recorriendo todo mi cuerpo. Piel de gallina agradable y adictiva. Segundo pié y lentamente dirección hacia el horizonte. Algún día quisiera llegar allí, al lugar donde lo imposible se hace realidad. Pero en este sueño me quedaba hipnotizada por el vaivén de la marea, disfrutando de las travesuras. Hundirme bajo el agua y las olas golpeándome la espalda. Flotar mirando al cielo o dejarme tirar por el empujón impetuoso de la rabia marina aprovechando un momento de despiste. Volver a ponerme en pié y observar una silueta acercándose desde la orilla. De repente un cosquilleo en el estómago, un latido acelerado de corazón, una sonrisa incontenible haciéndose cada vez más amplia. Y la silueta a pocos metros y la sonrisa permanente y el mundo redondo y el sueño perfecto.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Escondites y corazas

Hace unos días descubrí que un caracol se había instalado en mi terraza. En esta parte de la ciudad no es muy común ver caracoles y menos que suban seis pisos de altura para ir a parar a una zona despoblada de  vida vegetal. Pero el caracol valiente logró dicha proeza  y ahí se quedo, en una esquina pegada a mi ventana. Yo le observé un par de veces preguntándome cómo sería llevar tu propio escondite a cuestas. A penas le vi salir de su caparazón, tímidamente el primer día pero poco más. ¿Se sentiría seguro allí dentro? Posiblemente. Pero mirándole me di cuenta de que tenía una parte de su coraza quebrada y por el agujero se podía intuir su interior. El cuerpo del pequeño caracol era tan frágil que sentí compasión. Compasión por él y  por mí. Le miraba y no podía verme más que a mí misma con la coraza rasgada y mi vulnerabilidad a la vista de cualquiera que se detuviera a mirar.


Hoy he salido a la terraza por primera vez en días y ya no me acordaba del valiente caracol. He estado un buen rato mirando las azoteas de mi barrio buscándole un lugar a cada uno de los regalos invisibles que me han ido llegado últimamente. Y, sin ser consciente de por qué mi vista se había desviado al suelo, le he visto. Estaba en el mismo lugar, pero no parecía él. Su caparazón había perdido vigor, se veía apagado. Me he quedado unos minutos mirándolo fijamente deseando que se moviera, que ocurriera algo que indicara que aún seguía ahí. Pero mi pequeño caracol ya no estaba. Quiero pensar que abandonó su coraza en favor de una vida libre y sin lastres. Quiero creer que decidió no esconderse nunca más y afrontar los peligros mostrándose tal y como es, pequeño, frágil pero valiente al fin y al cabo. Quizá este caracol sea simplemente eso, un caracol que por casualidad llegó hasta mi. Aunque yo prefiero pensar que es algo más que eso. 

martes, 18 de septiembre de 2012

La esencia del yo

En mi vida nadie es más importante que yo. Soy causa primera y principal de todos mis actos. Me provoco y me transformo a mí misma cual artesano moldea el barro para crear recipientes bellos, resistentes y funcionales. Al fin y al cabo, todos somos frascos con esencias dispares que se enriquecen a medida que nuevas fragancias se van descubriendo. Ingredientes innovadores que se producen en lo alto de colinas a cuyas cimas sólo se llega a base de perseverancia y esfuerzo. Y en el camino hacia lo que deseamos alcanzar, cuanto más increíble sea el logro anhelado, más trabas encontramos. Brújulas que se caen y se parten en mil pedazos. Sendas mal señalizadas que terminan en frondosos bosques repletos de maleza. Animales desconocidos que nos intimidan con su feroz rugido. Los peligros se antojan más intensos e imprevisibles cuanto más cerca de la meta nos encontramos y la furia con la que somos atacados nos debilita a cada paso. Creeremos desfallecer, creeremos que la mejor opción es rendirse y desandar lo avanzado. Y en ocasiones lo haremos. Volveremos atrás por miedo, por cobardía. Pero en otras, poseídos por la valentía de los guerreros que se preparan toda su vida para el día de la batalla, libraremos cada uno de los combates que lleguen y ganaremos. Porque somos más fuertes que nuestras pesadillas, más feroces que nuestros fantasmas, más determinantes que nuestras inseguridades. Porque somos los guionistas y directores de la película que estamos protagonizando. Y eso no deberíamos olvidarlo jamás.

lunes, 10 de septiembre de 2012

El obituario de las morsas

Cada vez me resulta más complicado escribir aquí. Porque cada vez veo más motivos para mantener mi privacidad a buen recaudo. Pero es inevitable que siga pensando en *mejorquebien como mi lugar favorito para escapar, para ser, para mostrarme sin licencias. Escribir es lo que siento y lo que siento es lo que soy. No hay más misterio. Los daños colaterales que puedan surgir de las honestidad siempre serán menores a los derivados de la mentira. Y en este proceso constante de autoconocimiento y autoaceptación personal acaricio la serenidad como nunca antes.

Cada vez me resulta más complicado llegar aquí y empezar. Respiro profundo, pienso en algo creativo y concluyo que no hay nada más creativo que la vida real, que mí vida real. Ni nada más inspirador que el pasado y el presente enlazados en un engorde incesante de sentimientos de todo tipo. Lo positivo se compensa con lo negativo en una balanza muy equitativa, al fin. Aunque, por suerte, siempre surgen retos imposibles de prever.

Lo imprevisible deslumbra. Lo previsible desanima. Lo cercano se aleja y lo lejano se acerca. La vida vuelve a sorprenderme con un giro de tuerca que me deja prácticamente sin respiración. Pero todo bien, todo correcto. Nada de excesos, de tormento y drama. Superamos los días de reacciones infantiles y sentimientos desbocados para hablar en términos de equilibrio. Ha sido una guerra de batallas feroces que termina sin ganadores ni vencidos. Una rendición a la par que confirma lo que quedaba por confirmar.

Y sigo pensando en algo original. Algo que os atrape, que os deslumbre, que os descoloque. Algo que sea tan increíble que cueste de creer, pero que sea tan real que os desconcierte. Esa historia existe, está pasando en algún lugar del mundo ahora mismo y quizá algún día vea la luz. Tiempo al tiempo.

martes, 28 de agosto de 2012

De tópicos y transgresiones

Confesaré que de siempre he huido del tópico y el convencionalismo. Guiada por mi propio instinto, he obviado recomendaciones basadas en la sabiduría popular que determina cómo deben ser las cosas. Para muchos he sucumbido a riesgos innecesarios teniendo a mano la estabilidad y la plenitud. Sólo unos pocos cayeron en que, quizá, mi plenitud no siga la norma general.

A veces querría desear lo que se supone que debería desear. Pero el deber y el querer nunca fueron amigos íntimos, ni siquiera se caen bien, al menos en mí. El deber es imposición, algo estricto y definido que sirve para controlar el comportamiento de una persona o de la masa. El querer es la libertad de poder elegir, sin límites ni restricciones. En ocasiones escogemos el deber porque, aunque no nos guste, es la decisión sencilla, la de dejarse llevar por los acontecimientos, ya que no hay más posibilidad que hacer las cosas de una determinada manera. En cambio, el querer supone elegir, tomar riesgos, cerrar otras puertas y apostar a ciegas en una sola dirección sabiendo que hay otras muchas opciones que estás desestimando. El querer se guía por la intuición y el instinto, no por el raciocinio. El querer es emocional y todos sabemos que las emociones no se pueden controlar y eso nos convierte en seres vulnerables, algo inaceptable en una sociedad cada vez más perversa, más agresiva, más emocionalmente congestionada.

Llamadme idealista, no sería la primera vez, ni la última. O quizá penséis que soy ingenua y vivo sumergida en un mundo irreal en el que siempre se debe apostar por lo que uno quiere hasta las últimas consecuencias. Permitirme deciros algo, la madurez tampoco es una garantía de éxito vital. Sobre todo cuando confundimos madurez con conformismo. Algunas personas creen que ser maduro es hacer lo que hace la mayoría, lo que la sociedad espera de ti. Tener una nómina mensual permanente, en un puesto de trabajo aceptable, una vivienda propia, un coche, encontrar a una persona que te guste, casarte, tener hijos...Según mi punto de vista la madurez debería entenderse como la etapa de la vida en que empiezas a conocerte, te aceptas tal y como eres y marcas tus propios objetivos. Sean los anteriormente mencionados u otros muy diferentes.

¿Por qué nos resulta tan difícil hacer ese ejercicio interno? Os aseguro que no es perder el tiempo, como muchos presuponen. Partiendo de la base de que somos la persona con la que vamos a pasar el resto de nuestra vida ¿qué nos impide conocernos a nosotros como intentamos conocer a los demás? Del resto queremos saberlo todo: sus puntos fuertes, sus debilidades, su pasado, sus objetivos, expectativas, deseos, sus traumas, errores, paranoias.. En cambio, de nosotros preferimos no saber, porque si indagamos quizá nos demos cuenta de que no somos convencionales, de que somos extraordinarios y de que nuestra vida ordinaria no nos llena, no nos sirve y no nos corresponde.

Pero llevamos años interiorizando que ser extraordinario es prácticamente como ser un superheroe. Y que sólo eres extraordinario cuando lo piensan los demás. Si eres tú quien lo piensa resulta que coqueteas con el narcisismo. Según mi experiencia, el ser extraordinario es aquel consciente de su propio valor, de su yo real, y actúa en consecuencia. No se trata de realizar grandes gestas, ni ganar cantidades desorbitadas de dinero, ni derrochar popularidad. Se trata de aceptarse y quererse tal y como uno es. Sólo así podremos disfrutar al máximo de lo que venga que, posiblemente, no sea nada parecido a lo que un día imaginamos. Pero ¿qué más da? Ni fracasaremos, ni triunfaremos... sólo aprenderemos y disfrutaremos. Porque de eso debería ir la vida ¿no?

viernes, 6 de julio de 2012

La primera cita (Parte 3)

La primera cita (Parte 1)
La primera cita (Parte 2)

La primera copa de vino se terminó rápido al mismo tiempo que la pose y la timidez. El juego de los desconocidos encantadores que se descubren poseedores de vidas paralelas con conexiones inauditas, comenzó a resultar adictivo. Claramente compartíamos el mismo sentido del humor, irónico y vacilón, con un toque de seducción accidental, calculada y practicada hasta su perfeccionamiento.

-¿Más vino?- dijo llenando mi copa sin esperar respuesta.
-No debería...
-Bueno, piensa que aquí cuando llueve, llueve. No esas lluvias tontas de media hora ¡y listo!... No, qué va...Aquí llueve días y días...¡qué digo días, meses incluso!... Así que ponte cómoda...-sonrió con la travesura de un niño.
-Vaya, vaya, vaya... Así que meses.. Pues si voy a quedarme tanto...-forcé una expresión seria y pensativa- ¡Quizá deberíamos empezar a hablar de cuánto me vas a cobrar por el alquiler de una habitación!- me reí poniendo instintivamente mi mano sobre su hombro. Él también se reía, algo temeroso, algo cortado por mi gesto, pero sin mostrar un ápice de incomodidad. Al contrario, en un movimiento al que quiso darle toda la naturalidad posible, plantó su mano en mi codo. Tres segundos en esa posición fueron suficientes para confirmar la atracción mutua. Y tres segundos más para decidir quitar mi mano de su hombro suave y delicadamente, rozando su brazo levemente con la punta de mis dedos.

Volvimos a nuestro estado inicial. Copa de vino en una mano, la otra sobre el regazo, cara de "aquí no ha pasado nada" y rubor en las mejillas. Nos quedamos en silencio, él se acomodaba en el sofá, inquieto, tocándose las cervicales, atusándose el pelo. Yo le miraba por partes: los brazos, los hombros, las manos... la nariz.. "¡Anda! Si tiene un lunar...ahí, al lado de la nariz...pero qué atractivo, por favor...¿pero de dónde ha salido este chico? ¿pero porqué es tan guapo? con esa mirada... No me mires así, hombre... que me desmayo...Venga, ya vale... Me va a descubrir, me lo va a ver en la cara... Madre, qué ridícula debo estar ahora mismo... No puede ser.. ¡Me voy! ¿pero cómo me voy a ir si es el chico más guapo del mundo? ¡Cásate conmigo!....." Mi pensamiento desvariaba en mitad del silencio y, mientras, él seguía sin encontrar la postura.

-Te voy a decir una cosa- soltó al fin, serio y riguroso.
-¿Me vas a reñir?
-Sí
-Ya... No si....es normal... Quiero decir, sé que....bueno, en fin, ya me entiendes...- sonreí ligeramente- Qué te voy a contar que no sepas...
-Eso es, no puedes ir por el mundo así, lo sabes ¿no?
-Sí, sí... no te creas que eres el primero que me lo dice... Pero vamos, no sé, tampoco es tan grave ¿no?
-Es ciertamente muy incómodo, la verdad...-hizo una pausa. Yo esperé a que retomara lo que, suponía, era un vacile. Él sonreía, yo ponía cara de impaciencia burlona y cuando la tensión llegó a su punto máximo soltó- Esa mirada que tienes... A ver ¿dónde la has conseguido? ¿Dónde la venden? ¿En el mercado negro? ¡Yo quiero una para mí!... Estoy seguro de que con esa mirada puedes ver a la gente desnuda por la calle... Esa mirada tiene superpoderes... ¡No es normal! A mí no me engañas...

Se rió y me miró fijamente, mostrándome que aquello había sido un piropo. Yo sonreía  y notaba cómo la comisura de los labios me temblaba. De repente, la timidez más profunda se enfundó mi piel y busqué algún cojín a mi alcance tras el cual poder esconder toda mi transparencia. En ese momento, mi única red de seguridad era seguir bromeando.

-¿Ésta mirada dices?- señalé mis ojos- Esto es una edición limitada...-sonreí pensando en lo estúpido de la frase.
-¡Me lo temía!- hizo un gesto con el brazo chasqueando los dedos- Soy coleccionista de ejemplares únicos ¿te lo había dicho ya? Tengo un ojo clínico para estas cosas...
-¡Mira tú!- exageré mi sorpresa y remarqué mi interés con un vaivén de cabeza- Pero esta mirada es mía.. No sé, tú búscate otra...esta es mía, insisto- puse una ficticia cara de temor.
-Ya bueno, tranquila, no tengo pensado arrancarte los ojos, ni nada parecido... Me conformaría con una foto y que en el reverso me escribieras una declaración jurada de que esta mirada es una edición limitada... ¿¡Tú sabes lo que puedo llegar a presumir con eso!?
-¡Seguro! La gente te va a envidiar un montón....- y otra vez mi mano quiso tocarle. "¿Qué te pasa? ¿Eres una sobona?.." pensé.

Había ocurrido. Tenía claro que quería besarle. Sólo necesitaba una señal, un mínimo gesto y sería capaz de lanzarme. Un aguantar la mirada. Un morderse el labio. Un...

-¿Vemos una peli?

"¿¡¡¡Qué!!!?" grité por dentro. Esa no era ni mucho menos la señal. Mi beso perfecto arruinado. Mi noche romántica al garete. Mi fantasía de mundo de Yupi cubierta de lodo y abandonada en mitad de una cuneta. ¡Qué bajón, por dios!

-Sí, claro...-dije resignadas- si te apetece...- añadí como si nada.
-Las pelis están ahí, a tu espalda, en aquella estantería pegada al sofá- señaló estirando el brazo hacia mí y con él todo su cuerpo vino detrás.

Giré la cabeza para ver las películas y, sin verle, sentí su proximidad. Yo intentaba mostrarme natural, haciendo que leía los títulos pero, en realidad, sólo era consciente de un incontrolable cosquilleo estomacal que cada vez iba a más. Y sentí sed. Y me giré para decirle que quería agua. Pero él estaba tan cerca. Y yo era tan vulnerable. Y él tan "¿vemos una peli" ¿Qué demonios quería decir eso? Y me miró. Y le miré. Y creo haberle reñido con mis superpoderes... Y dijo:

-¿Has visto qué listo soy?- me quedé muda- Me las he ingeniado para estar a milímetros de tu cara...-
Rozó su nariz con la mía y nos besamos.

Morí, resucité y dejó de llover.

miércoles, 4 de julio de 2012

No me preguntes qué es el amor

Yo no sé nada del amor. En serio, no tengo ni idea, Al menos eso creo. Con tres décadas vividas y varias relaciones emocionales en mi historial vital, sigo sintiéndome una ignorante. Tengo la impresión de que todo lo que aprendo anula lo anterior y cuando creo que no puede haber nada más por descubrir, lo hay. A veces malo y a veces bueno. Pero si intento llegar a una conclusión, siempre (y digo, siempre) ocurre algo que le da una vuelta de tuerca más a mis esquemas. Es increíble.

Durante una época pensé que el amor era ese súbito desgarro imperativo de corazón y tripa, sonorizado con acierto por la delicada melodía de unos violines. Había visto demasiadas películas, me temo. Pero, algo parecido a la fe, al fervor del devoto que cree ciegamente en aquello que no ve, crecía en mi interior cual virus destructor de toda sensatez. ¡Oh sí! ¡Quería enamorarme locamente! Hasta creer morir. Como los amantes de la literatura clásica. Estaba preparada para encontrar a esa persona que descontrolara todos mis sentidos y fuera el objeto de toda mi energía emocional.

Obviamente todo estaba en mí. El guión del cortejo ideal, la relación perfecta y el felices para siempre. Se suponía que así iban las cosas. No lo decía sólo yo, todo el mundo buscaba lo mismo ¿no? ¿Ah, no?  ¿Sólo en mi imaginación, quizá?. El hecho es que pasado el tiempo y viendo que los medios disponibles no me permitían dirigir el guión de mi propia película, lancé al aire las páginas invisibles donde había escrito la historia de amor más bonita y mientras caían una a una al suelo yo me desentendí. Puestos a ello, experimenté todos los tipos de relación posibles. Pasé de creer en el amor único y duradero hasta el fin de los días, a no creer en nada que no pudiera comprobar por mí misma. Me crucé con algún que otro chalado y otros tantos embobados de la vida. Pese a ello logré encontrar a personas que me regalaron momentos inolvidables. Aunque la sensación siempre fue de vivir en un ensayo-error permanente.

Pasada mi etapa "experimental" llegó otra más sosegada. Otra poco imaginativa, nada impactante, a veces sentimentalmente rutinaria y sencilla. Derivé en una relación en la que estaban prohibidas las discusiones, los celos, los puntos de vista diferentes.Y durante un tiempo estuvo bien, luego empecé a sentir que no.

La pasión desenfrenada tampoco fue a ningún lado. La viví sí ¡y de qué manera! Amar como si no hubiera un mañana. Vivir al día. Sentir la eterna incertidumbre, el miedo constante a  perder, a no estar a la altura, a fastidiarla. Y cuanto más hacía por no meter la pata, más torpe me volvía. Ese amor brutal que te deja vacía al final. Y todo en tu vida te resulta mediocre en comparación. Un drama, vamos.

Llegados a este punto, no tengo ni idea de qué es el amor. O quizá no quiera saberlo. Así tengo la excusa para seguir investigando y experimentando todas las manifestaciones de este sentimiento, tan disparatadas como abundantes. Al fin y al cabo, la ignorancia hace la temeridad. Y hasta ahora lo único que me queda claro es que ser temerario en el amor es una opción muy recomendable. Temerario y valiente para arriesgar, aún sabiendo que la caída puede ser fatal. Como los amantes de la literatura clásica.

miércoles, 6 de junio de 2012

Todo aquello en lo que creo

Yo creo en las señales. Creo en el significado de los sueños. Creo en la capacidad del inconsciente para guiarnos. Creo que todo pasa por algo, todo tiene un sentido, no predeterminado pero sí significativo. Creo que cuando una puerta se cierra otra se abre. Creo en las recompensas y en que el tiempo pone a cada uno en su lugar. Creo en los dichos populares y en cada aportación extraordinaria que hacemos a la vida de otras personas. Creo en el amor loco, la pasión incontenible y la felicidad. Creo firmemente que la mejor manera de aprovechar la vida es viviéndola ahora. Que las oportunidades pasan y no vuelven. Que las mejores cosas se esconden allí donde nunca se nos hubiera ocurrido mirar. Creo que el sentimiento guía las decisiones más importantes de nuestras vidas y que, cuando intentamos silenciarlo, siempre acaba por abrirse paso. Creo en la imperfección, los errores y las ganas de enmendarlos. Creo en ganarse el perdón y en saber perdonar. Creo en la honestidad y la transparencia. Creo en el destierro de las máscaras y la destrucción de las corazas.


Pero, a veces olvido todo aquello en lo que creo. Porque es difícil seguir creyendo cuando todo se nubla. Porque la influencia externa, en ocasiones, nos desvía, nos confunde y nos impone otras ideas. Y pasa un tiempo hasta que nos damos cuenta. Pero, al final, todo eso en lo que creo siempre vuelve a mí, porque es parte de mí, porque es lo que soy. 

martes, 29 de mayo de 2012

Insustituible (La fábula de Drama y Tormento)

Últimamente abuso mucho del silencio. El silencio como remedio a cualquier contratiempo. Callo y me empacho de disgusto. Callo y me sumerjo en el mundo del diálogo interno arrasado por las mareas de la subjetividad. El drama y el tormento, son dos personajes habituales en los escenarios de mi producción teatral preferida, la vida.

En esta fábula que tengo como cerebro Drama y Tormento viven un romance. Están enamorados. Se quieren. Se adoran. Se idolatran. Y, sin embargo, son tan infelices como tan grande es su amor. Drama y Tormento viven en desgracia, la de no poder estar el uno sin el otro. Porque lo que ellos crean juntos nadie ha podido crearlo jamás. La inspiración de los artistas, las palabras más intensas jamás escritas, las notas más hermosas jamás compuestas. La belleza, en definitiva. Pero, a la vez, no son capaces de disfrutar del resultado fabuloso de su combinación porque generan permanentemente contextos de ardor vital. Sin calma, envueltos en tinieblas. Drama con su empeño por hacer de todo lo más trascendente del universo. Tormento con su incapacidad por ver la cara amable de las cosas. Se tienen y se pierden a cada momento. Pero nunca podrán olvidarse porque su vinculo es único. Insustituible.

martes, 15 de mayo de 2012

Un nuevo comienzo

Lo confieso, hace tiempo que no escribo en público porque he estado redactando un diario interno con los últimos acontecimientos. Desde el día en que alguien muy cercano me dijo "yo no soy tan profunda como tú", me embarqué en un viaje interior, el enésimo en estas casi tres décadas de vida. Y aunque me hayáis visto más quieta de lo normal, nunca lo he estado en realidad. Mi capacidad para moverme va más allá de lo físico, se inicia siempre desde el interior, desde el pensamiento y el sentimiento. Ambos son mi fuente primera de alimentación. Mi fuerza y mi debilidad. Mi sentido y mi incongruencia. Mi realidad y mi distorsión. Son capaces de regalarme el mejor bien y hundirme en el peor mal. Funcionan a máximo rendimiento día a día, hora a hora, minuto a minuto. Son un engranaje que pocas veces puedo parar o ignorar. Son creación y son destrucción. Sacarles el mejor partido es lo que me ha mantenido ocupada en este tiempo.

Yo soy así, no puedo parar de analizar lo que sucede a mi alrededor, desenmascarar a cualquiera, proyectar mis emociones como si mi apariencia física no fuera más que un velo transparente. Y ya que ahora, después de muchas idas y venidas, empiezo a desarrollar la capacidad de distanciarme de los sucesos y verlos como algo externo a mí, quizá sea el momento de volcar todo ello en una nueva historia. Esa que llevo escribiendo con tinta invisible en mi mente durante los últimos meses. Y sentir, otra vez, la plenitud del escritor que hace de sí mismo una ficción. Y experimentar esa sensación indescriptible de alivio que supone externalizar todo aquello que dentro de ti ha estado retorciéndote. Usar lo reprochable como arma de liberación creativa y lo emocionante como herramienta de belleza narrativa.

 Porque, por mucho que nos cueste aceptar el dolor, superar la decepción y desmarcarnos de lo que nos hiere, al final sólo nos queda avanzar. Porque ser valientes no es más que la capacidad de transformar lo peor en lo mejor que podía habernos sucedido. Porque conformarse no es una opción, los límites no existen y lograr el cambio sólo depende de uno mismo. Cada reto nos hace más fuertes, cada vez que saltamos sin arnés crecemos sin ataduras, cada vez que pisoteamos un desengaño creamos un nuevo resurgir, cada vez que lloramos nos preparamos para sonreír. Nunca está todo hecho, siempre puede ser un buen momento para un nuevo comienzo. He aquí el mío.

martes, 24 de abril de 2012

La torpeza elástica del zumo de naranja

Hoy derramé dos veces el zumo de naranja. Y las dos veces fue por tener a mi mente viajando por otros mundos. Sentada en mi cama, apoyando mi espalda en la pared, miro hacia mi derecha y veo la silueta de las azoteas abrazadas por un cielo azul claro, el mismo color de los ojos que admiran la estampa. Y pienso en el zumo y en lo que me pasaba por la cabeza mientras volcaba de un golpe todo el líquido sobre los fogones. Torpeza la mía y fallo de principiante al dar por hecho que puedo estar en varios lugares a la vez mientras realizo una maniobra casi mecánica. Pero así soy yo, cada día aprendo para desaprender después, cada día cambio, cada día hago y deshago y rehago. Conozco y desconozco. Creo en que nada está hecho, nada es seguro, nada es un todo inamovible. Creo en lo que siento y en lo que imagino, en lo que derrocho y en lo que escondo en las profundidades, creo en vivir y en ser. Creo en lo poco común que hay en mí y en lo muy común que desprendo a diario. Creo en la sal y en el azúcar combinados como los polos opuestos. Creo en volar y en saltar encima de la cama. En el confeti y los globos de helio. En que los días pueden ser únicos, en que las personas pueden ser únicas, en que la vida puede ser única. Y por primera vez en mucho tiempo mi torpeza no me molestó. Sonreí al comprobar que sigo pensando en historias, que, pese al desalentador bloqueo creativo, mi mente funciona a base de crear relatos del ahora y perfilo personajes basados en personas reales e imagino situaciones ficticias donde interactúan y a veces son felices y a veces son desgraciados y sus vidas evolucionan a fuerza de destino y casualidad. Y yo soy la veleta que les guía y que marca su viaje en función de los caprichos del viento, siendo el viento mi propia existencia. Así soy yo.

martes, 10 de abril de 2012

El día alegre

Hoy es un día alegre. Un día en el que escucho lo último de mi grupo favorito, Love of Lesbian, mientras repaso recuerdos del amor presente. Sí, he escrito amor. Amor en su vertiente más romántica. Amor a primera vista. Amor correspondido. Amor de imprevisto. Amor que te encuentra y te atrapa y no te suelta. Sí, ese amor que muchos me dijeron que no existía. El que es inevitable, impresionante, grande y, a la vez, fácil y sencillo. Intenso, pasional, desgarrador y, a la vez, natural y hermoso. El amor que eleva y te mantiene suspendido a dos palmos del suelo día tras día. El amor que va un paso por delante de tus expectativas. El amor que sueña tus sueños, que comparte tu idioma, que respira tu aire y se avanza a tus deseos para realizarlos y sobredimensionarlos como jamás hubieras imaginado. El amor por encima de las distancias y los desastres pasados. Ese amor que no puede ni debe callarse. Porque mueve la existencia humana y es un regalo en sí mismo, quizá, el mejor regalo de todos.

Hoy me emociono al escuchar la intensidad de la música más esperada. Llevaba meses deseando algo nuevo, algo vibrante, algo especial, algo que me hiciera volver a desear escribir en positivo. Afortunada yo al poder disfrutar hoy de todas esas sensaciones por duplicado gracias a la magia de la música y la magia del amor.

A Diego por ser inevitablemente perfecto.

domingo, 1 de abril de 2012

El odio al odio

Odio odiar. No hay sentimiento que me disguste más. Odiar es un sensación oscura, vulgar y desorientadora. El odio manipula nuestra brújula hasta llevarnos a perder el rumbo natural y pacifico de la vida. El odio duele y obsesiona, nos deteriora hasta niveles decadentes.

Y, aunque no me gusta odiar, reconozco que algunas veces he estado tentada a recurrir al odio como válvula última y definitiva de escape de situaciones hiriente. Me refiero a odiar a alguien que te hace daño. Dicen que agarrarte al odio te da la energía suficiente como para apartarte de esa persona, desentenderte y buscar nuevos caminos para evitar quedarte estática mientras te ceba a latigazos gratuitos.

Pese a ello, prefiero agotar todas las vías posibles antes de llegar al odio. Prefiero dialogar, analizar, intentar entender... Prefiero incluso discutir, delirar a gritos... Prefiero decir a callar. Porque silenciar los sentimientos y los pensamientos, de manera voluntaria o forzada, es el primer paso hacia el odio. Odio hacia nosotros mismos o hacia aquellos que nos evitan, que nos desprecian, que nos quitan la voz. Y esas personas, al final, no merecen ni que las odies, porque eso ya sería sentir demasiado por ellas.

jueves, 22 de marzo de 2012

El día que decidí no enamorarme nunca más

Fue un día de otoño cuando decidí no volver a enamorarme nunca más. Y a pesar de ser otoño recuerdo que hacía mucho calor. Paseé por las callejuelas de mi barrio conversando en silencio con mi propio pensamiento hasta llegar a un paseo bañado por el sol de mediodía. Me senté en un banco y dejé que mi cara se empapara de luz y calidez. Inspiré profundo, tanto como me permitió la capacidad de mis pulmones, y dejé que el aire se escapara entre mis labios durante unos eternos segundos de paz. Y allí, en compañía de mi libreta, mi bolígrafo y mi respiración calmada, decidí no volver a enamorarme. Fue rápido, no tuve que meditarlo demasiado, no hice una lista de pros y contras, ni lo razoné, simplemente me dejé llevar por la decepción. Pensé en todo lo que no entendía, en lo que intentaba controlar, en lo que se me escapaba de las manos. Y lo único que me apetecía de verdad era estar sola y solucionarme.

Empecé a construir un muro a mi alrededor, un muro que delimitaba mi espacio personal, aquel al que no podía acceder nadie, ni las personas más cercanas. Me escondí durante algunos meses dentro de mi parcela de seguridad, tranquilidad y estabilidad emocional. Poco a poco, casi sin darme cuenta, fui deshaciendo los nudos que me amarraban a todo aquello que existía sólo en mi imaginación, aquello que en realidad no deseaba,no disfrutaba, aquello que no debía formar parte de mí porque no lo sentía mío. Eso que un día me pareció lo más grandioso de mi existencia y resultó insignificante, tanto que con el tiempo, las reflexiones y algunos cientos de lagrimas, perdió todo su valor

Entonces, cuando comprendí lo incomprensible, me recuperé. Costó tanto que me prometí no volver a pasar por lo mismo. Y que si algún día alguien lograba que me replanteara mi decisión, la de no enamorarme nunca más, esa persona debía ser extraordinaria, fuera de lo común, alguien que no se rindiera nunca, alguien completamente distinto a todo lo conocido y que fuera feliz con sólo mirarme a los ojos. Alguien capaz de leerme el pensamiento y complementarme de una manera natural. Alguien auténtico. Y escribí una lista mental de los atributos imposibles que debía poseer el único ser capaz de conseguir lo que me parecía inalcanzable, mi entrega absoluta.

El día que decidí no volver a enamorarme nunca más, cerré las puertas a la magia y a la ilusión. Y empecé un capítulo de mi vida muy distinto a los anteriores. El día que decidí no volver a enamorarme radicalicé mi mundo en favor de un conocimiento más profundo de mi ser. Aquel día empecé a ser una persona distinta y terminé el proceso siendo más yo que nunca.

El día que decidí no volver a enamorarme nunca más estaba seria, triste y desencantada. Ahora sonrío todo el rato, a veces sin darme cuenta, y eso debe significar algo. De hecho, lo significa todo.

martes, 20 de marzo de 2012

Aquella noche

Aquella noche, sin yo saberlo, todo encajaba. La temperatura era la ideal, esa que ni se siente, que ni molesta, la que no suscita ningún tipo de comentario superficial para romper el hielo. La ciudad resplandecía, la gente sonreía, el mundo había pasado de ser un lugar arisco del que querer huir a la zona de recreo de mi consciencia. Aquella noche me reí mucho... Me deshice de mi máscara enfundada en un liberador y llamativo disfraz, el que llevaba años queriendo vestir y para el que nunca hubo oportunidad. Aquella noche estaba siendo única por muchos motivos y acabó siendo mágica por uno sólo. Aquella noche conocí su sonrisa. Y ya no he podido olvidarla.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Mi refugio

Sentada en mi silla roja, junto a una cama roja pegada a una pared roja, suspiro pompas de serenidad. Esta habitación me da paz, me inspira magia e ilusión. Estas paredes enmudecen mis más profundos secretos y practican el noble arte de la discreción. Estar aquí es estar en casa, en mí casa, hecha a mi medida. Caótica y disparatada, llena de cajas donde esconder todo tipo de recuerdos que recojo de las situaciones que me marcan, que me enseñan, que me destruyen. Esta habitación está llena de amor, del amor a la independencia, a vivir por mi cuenta, a caer y volver a levantarme por y para mí. Aquí he llorado, he reído, he bailado, me he enamorado, he odiado, he soñado, he desayunado, comido, cenado, he cantado, he hecho el amor, he tocado la guitarra, he confesado y he escuchado, he volado y me he hecho mayor. Este es mi refugio rojo del que no me canso y al que siempre quiero volver para estar a solas o en la mejor compañía.

martes, 6 de marzo de 2012

Vencer el miedo

La vida tiene la inquietante capacidad de ponernos en situaciones idénticas a otras ya vividas, ya experimentadas, abandonadas en el pasado como reductos de lo que pudo haber sido y no fue. Pensándolo un segundo, la vida no deja de ser un reproductor de nuestras canciones favoritas configurado en eterno bucle. Una infinita sucesión de lo mismo aderezado, en ocasiones, con temas espontáneos reproducidos de manera puntual y aleatoria, que fomentan la sensación de cambio. Novedad que dura un instante.

Aún y así, como seres evolutivos que somos, tenemos la necesidad de darle a todo lo que hacemos un sentido, un validez positiva. De lo contrario nos veríamos embarcados en la más absoluta apatía. Y nos justificamos afirmando que de todo se aprende y que la vida nos da nuevas oportunidades para hacer las cosas mejor. Ahora que lo pienso, quizá no sea la vida la que nos pone una y otra vez en las mismas situaciones, quizá seamos nosotros, inconscientemente, los que busquemos esa oportunidad de mejorar.

Sea cosa del azar o de nuestra deseo interno, lo que está claro es que cada oportunidad, cada situación idéntica a otra vivida antes, nos genera presión. Como el estudiante que ha suspendido tres veces el mismo examen y, aunque se sabe las preguntas de memoria, teme que sus respuestas no sean las más adecuadas. Nos presionamos y nos entra el miedo, pánico paralizante a volver a fracasar. A hacer de nuevo las cosas mal, o de manera que no deriven en los objetivos deseados, expectativas inevitables que nos encadenan.

Y nos paramos a buscar las respuestas adecuadas en las chuletas de los recuerdos pasados. Y no las encontremos porque, aunque todo parece muy similar, hay decenas de variables que nos descentran, nos desvían del camino que, creemos, debemos andar. La confusión nos abruma y las ansias de abandonar seducen cual canto de sirena.

Todo es tan difícil como inmensamente sencillo. Quizá sea hora de descolgarse la mochila de la espalda y mirar hacia adelante desde nuestra más profunda autenticidad. Tomar un respiro momentáneo para luego cargar de nuevo sobre nuestros hombros todo lo vivido y seguir el camino hacia la cumbre. Tal vez, de esta manera, encontrándonos a nosotros mismos entre toda la maraña de experiencias acumuladas, aprendamos que...lo más importante de la vida es vivirla.

jueves, 1 de marzo de 2012

No hay nada como el rugir de una guitarra eléctrica

Mi relación con la música es de puro amor. Devoción intima y personal. Pasión hasta la adicción más absoluta. Me gusta la música por encima de cualquier otra cosa. Incluso más que escribir. Y eso, viniendo de mí, es mucho.

Se puede decir que con la música estoy teniendo la relación emocional más larga y estable de toda mi vida. Ella consigue hacerme vibrar, llorar y saltar. Logra que me olvide del mundo o me meta de lleno en él. Es capaz de arrancarme una sonrisa o devorar mis entrañas. Pero, por encima de todo, la música me inspira. No puedo escribir sin melodías de fondo que bailen con mis palabras. A veces son tiernas y sedantes, otras rabiosas y estridentes. Mi mayor afición es conocer tanta buena música como me sea posible. Y de esa afición han surgido descubrimientos extraordinarios. Musicales y personales. La vida está llena de regalos.

martes, 28 de febrero de 2012

Margaritas

Siempre me han gustado las margaritas. Me parecen flores muy sencillas, muy naturales, sin artificios, sin sofisticación, sin pretensiones. Las margaritas de pétalos blancos y corazón amarillo. Esas que se recogen en cualquier campo y se deshojan con la esperanza del "me quiere". Las margaritas me suscitan ilusión, diversión y, a la vez, tranquilidad. Las margaritas me recuerdan al amor.

Como estas flores, el amor es algo puro, salvaje y, al mismo tiempo, tierno y hermoso. Sencillo y vistoso. Fuerte cuando está en todo su esplendor y delicado con el paso del tiempo. El amor, como las margaritas, debe cuidarse pero también disfrutarse, olerse, sentirse. Te envuelve, te hace pisar con delicadeza, casi flotar y te transporta a estados de euforia y paz absoluta.

Pero el amor, a diferencia de las margaritas, no se encuentra con facilidad. Simplemente llega.

jueves, 16 de febrero de 2012

La eterna soltera

Reconozco que en ocasiones he arrastrado la soltería como un lastre del que nunca conseguiré librarme. Sobre todo en los últimos años, cuando he empezado a darme cuenta de que en los encuentros familiares soy la única adulta que roza la treintena y todavía exprime la vida como una veinteañera. Sí, a los ojos de la sociedad no evoluciono según la normalidad estipulada por edad y sexo. Por suerte somos muchos los que, por gusto u obligación, nos encontramos en la misma tesitura. Y, aunque es verdad que, a veces, la soledad te hace maldecir tu soltería, también hay momentos en que no tener pareja resulta liberador.

Desde luego no soy partidaria del estar por estar, del conformismo, del amar a medias. Así que no podría compartir mi ruta con alguien que respondiera a esos parámetros de vida. Debido a ello he recibido críticas a cerca de mi alto nivel de exigencia. Es cierto, soy exigente. Igual que espero que lo sean los demás conmigo. Esa es la manera de seguir creciendo, de seguir evolucionando, de ser cada vez mejor. No lo cambiaba por nada. Todo lo bueno que soy se puede traducir en algo malo, igual que todo lo malo se puede traducir en algo bueno. Todo depende del cristal con el que se mire y las ganas de arriesgar que se tengan.

Por el momento seguiré siendo la eterna soltera. A veces a gusto y otras a disgusto. Pero siempre dando lo mejor de mi. Sin reservas.

jueves, 2 de febrero de 2012

Premios "Pompa de Jabón"

Me visto de gala para daros la bienvenida a la primera edición de los Premios "Pompa de Jabón". Estos galardones quieren reconocer la labor de ciertas personas que en el último año han influido de manera muy positiva en mi vida. Y como un simple "gracias" se me quedaba corto...Ahí va:

- El premio "Pompa de Jabón Incondicional" es para Rosa y Fernando. Por escuchar, por aconsejar, por estar, por dar su amor y no pedir nada a cambio.

- El "Pompa de Jabón Imprescindible" es para Bárbara Piedrafita, posiblemente la seguidora más fiel de *mejorquebien y la más divertida.

- El "Pompa de Jabón Personalidad del año" recae en el señor Campo de Rubí. Por entenderlo todo, hasta lo más complicado de asimilar, por seguir ahí pese a los muros, por su admirable transformación y su intenso sentir.

- El "Pompa de Jabón SinDistancias" es para Alicia, Rosa, Javi y DaviDato. Porque son únicos e insustituibles. Porque Madrid siempre está ahí y, pese a la distancia, ellos también.

- El "Pompa de Jabón Musical" es para Ana (de día y de noche). Por el Arenal,por los bailes sin tregua,las risas y los llantos dentro de aquella tienda de campaña infernal.

- El "Pompa de Jabón Paciencia Infinita" es para el señor Pato. Por llamar, por sus mensajes de "buenos días", por el trabajo en equipo y seguir estando ahí después de todo lo vivido.

- El "Pompa de Jabón Revelación" es para Maite, B. y Sophie. Por su energía contagiosa y por saber escuchar.

Y por último aunque no por ello menos importante...

- El "Pompa de Jabón a La Pareja del Año" es para Jordi y Alfonso. Porque simplemente son adorables y saben cómo hacerme sentir bien.

¡Gracias a todos!

martes, 24 de enero de 2012

Un día

Un día, sin querer, dejé de ser niña. Crecí a la fuerza dentro de un cuerpo todavía menudo. Ese día aprendí que esperar no es una opción.

Un día, sin querer, volví a ser una niña. Rejuvenecí dentro de un cuerpo maduro. Y ese día aprendí que lo mejor de la vida es la ilusión.

Un día, sin querer, brillé. Deslumbré a los que estaban a mi alrededor con mi facilidad para inventar historias. Y ese día aprendí que puedo ser extraordinaria.

Un día, sin querer, perdí. Regalé mis tesoros escondidos a quien no supo valorarlos. Y ese día aprendí que estoy por encima de los que dañan con su indiferencia.

Un día, sin querer, fui feliz. Y ese...Ese día no hubiera existido sin todos los demás.



A mis padres, por estar ahí.
Su ejemplo es mi mayor referente.

sábado, 21 de enero de 2012

La ficción más real

Yo soy la ficción más real que hayas alcanzado jamás. Y aunque siento que nunca exististe de verdad, todavía me quedan recuerdos pésimos de aquel querer mentiroso. Culpo al insomnio y empapelo las paredes con las palabras que un día ovidaré.
¿Te olvidaste de mí? Me olvidé de ti. Y así empezó todo. La vida, la luz, la seguridad. Y me enamoro de mí misma cada vez que doy un paso adelante sin ayuda de nadie. Sin infantiles reacciones de dudosa credibilidad. Sin guiones perfectos sobre el papel pero nunca puestos en práctica ¿Podrías fingir durante más tiempo? Sí. No, gracias. Ahora el mango está de mi lado y ya no me quemo. Ves. Si pudieras verlo sabrías que sigo siendo la ficción más real que jamás lograrás alcanzar.