martes 30 de agosto de 2011
Relatos cortos sobre amores fugaces (V.1)
domingo 28 de agosto de 2011
El arte de entender
Desde que tengo uso de razón he intentado describir las cosas de la forma más precisa posible. Situaciones, sentimientos, acciones...todo lo que me ha ido sucediendo he tratado de explicarlo, ya sea en una conversación con amigos o por escrito, con la mayor de las exactitudes, buscando las palabras más adecuadas. Todo ello por dos motivos: uno, el reto de enriquecer mi vertiente literata y el otro, para hacerme entender.
jueves 25 de agosto de 2011
Yo en mi misma
A efectos prácticos soy una persona visceral. Un ser irracional que se dedica a dejarse llevar por la intuición, la emoción y demás sensaciones físicas y sentimentales alejadas de la racionalidad. Así soy yo. Hasta el momento me ha ido bastante mal siendo como soy, pero no me quejo, porque también me ha ido bastante bien. Es decir, mi balanza esta equilibrada. Tirar de irracionalidad te pone en situaciones muy intensas, muy propensas a los extremos pero siempre en ambas direcciones, en la positiva y en la negativa. Por ejemplo, si te enamoras, sientes que el mundo empieza y acaba en esa persona. Si te dan la patada, sientes que el mundo ya no empieza pero sigue acabando en esa persona. Mucho drama, mucha tragedia, mucha gilipollez. Insisto, así soy yo. Todo es bueno y malo al mismo tiempo, dulce y amargo, bonito y feo, intenso e insustancial, lógico y contradictorio. La mente me funciona a mil por hora, conecto, desconecto, hago, deshago, inspecciono, desarmo, creo, pim, pam, pum y zas! al final suelto una barbaridad del tipo "si esto es así y lo otro es asá y lo de más allá era de esa manera entonces llego a la conclusión de que por esas tres cosas el mundo es una mierda". Así es, soy una sentenciadora. Mi CV personal empieza a dar vértigo. Pienso demasiado pero en realidad hablo como si no lo hubiera hecho. Mi honestidad es una bomba de relojería de la que hacerme responsable me cuesta horrores. Yo lo suelto, a ver qué pasa...y si no pasa lo que yo espero, Ups! maniobras de escapismo dialéctico. Eso sí, podría estar horas hablando y hacer creer al otro que lo que digo es sensato, aunque sea mentira. Eso también.
martes 23 de agosto de 2011
La chica de ojos tristes
Descubrí a la chica de ojos tristes en el tren. Estaba sentada y escuchaba música con la mirada perdida. En ocasiones se le enrojecía la nariz y se le acristalaban los ojos, era cuando bajaba la mirada y se mordía el labio inferior como queriendo retener algo que estuviera a punto de desbordarla. Agarraba con fuerza su teléfono móvil, como si aquel aparato fuera un oráculo que pudiera dar respuesta a todas sus inquietudes. Lo miraba con ansioso desespero aún sin tocarlo, simplemente merodeando con la mirada sobre la pantalla oscura. Y cuando hacía eso, su rostro se llenaba de esperanza, del deseo de que algo sucediera. Así supe que la chica de ojos tristes estaba esperando una señal. No sé de quién, ni en qué sentido, pero sé que en esa señal ella había apostado toda su fortuna emocional. Y la señal nunca llegó, al menos en el trayecto de tren en el que me sentí su acompañante.
martes 16 de agosto de 2011
La primera cita (Parte 2)
Salí del baño vestida con la ropa que me había prestado. La camiseta me iba algo grande y los pantalones largos, no era el estilo seductor que me apetecía para aquel momento, pero tampoco tenía mucha más opción. Así que intenté darle toda la feminidad que pude a aquella ropa masculina y me acerqué hasta el sofá. Él estaba sentado haciendo como que hojeaba un catálogo de muebles.
miércoles 10 de agosto de 2011
La primera cita (Parte 1)
Aquella noche al cielo le dio por descargar mares. Una tormenta imprevista se precipitó sobre mi parabrisas y en pocos minutos mi coche desorientó el rumbo previsto. Perdí las referencias en las señales borrosas y me confundí de salida. Atraqué en una zona residencial encharcada. Paré a un lado de la calle y pensé en quedarme en el coche hasta que el diluvio escampara. Cogí el móvil para informar a quien me esperaba en mi destino sobre el contratiempo y evitar así que se preocupara. La mala suerte enseñó todas sus cartas de nuevo quitándome la opción de hacer esa llamada, ya que el teléfono estaba apagado y sin batería. Lancé el aparato al asiento del copiloto con la desgana del que tiene asumido el desastre y me regodeé en mi propia estupidez. La lluvia no cesaba y empecé a notar frío, quise arrancar el coche para poner la calefacción pero fue inútil. Puestos a pedir ya sólo podían empezar a caer rayos sobre mi cabeza.