domingo, 4 de diciembre de 2011

Domingo

Hoy es domingo. El domingo siempre me ha parecido el fin de una frase construida durante toda la semana. El lunes sería la mayúscula de inicio y el domingo el punto y final. De esta manera, frase a frase, voy construyendo la historia de mi vida. Y, aunque resumir las experiencias de toda una semana en una sola frase podría parecer un acto reduccionista del vivir, me resulta una manera sencilla y práctica de determinar lo que es verdaderamente importante.


Reconozco haberme perdido en multitud de ocasiones en el exhaustivo análisis de cada situación vivida. Y en mi afán de entenderlo todo descubrí que los misterios de la vida, esos que alimentan mis sueños, no responden a un patrón alcanzable a la comprensión humana. Empiezo a asumir que hay preguntas que nunca podrán responderse, porque no existe razón capaz de alcanzar la abstracción de los sentimientos.

Durante meses he estado jugando el rol de mediadora entre mi razón y mi corazón. Un papel que ya había interpretado en otras ocasiones pero nunca con tan poco éxito. Me ha tocado estar en medio de una batalla entre dos posiciones totalmente opuestas, tan radicales que los intentos de aproximar posturas sólo han logrado separarlas más. En innumerables ocasiones he sido victima de su fuego cruzado, la razón disparaba dardos de duda argumentada y el corazón balas de certeza emocional. Me he mantenido en mi lugar tanto como he sido capaz, pero llegó el día en que tuve que soltar las riendas, rendirme, apartarme y mirar hacia otro lado. Entonces decidí aliarme con el tiempo y formamos equipo con la indiferencia. Con ellos de mi lado he ido dando pequeños pasos hacia adelante, a veces certeros otros equivocados, pero cada uno de ellos ha ido generando la fantasía de que me alejaba del conflicto.

Llegada a este punto, hoy, domingo, mi frase semanal se reduce a una palabra "Honestidad". Estos últimos siete días me he descubierto en mi propia fantasía, en mi mundo irreal de seguir adelante sin más. He caído en la cuenta de que me embarcaron forzosamente en esta travesía y que esperaba que los mismos que me lanzaron a la deriva vinieran a rescatarme. Y lo único que ha podido salvarme ha sido la total y absoluta sinceridad con lo que siento y con lo que pienso. La honestidad es el punto de aproximación entre mi razón y mi corazón que llevaba buscando todo este tiempo. Y aunque su cometido no es despejar dudas, ni revoca sentimientos, arroja algo de claridad sobre toda esta enredadera de sin sentidos.

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