sábado, 31 de diciembre de 2011

2011

Hoy, 31 de diciembre de 2011, volvía a casa en el 24 recuperando instantáneas de lo que han sido los últimos 364 días de mi vida. Y, aunque no creo que pasar del 2011 al 2012 suponga un cambio de etapa en sí mismo, reconozco que estas fechas animan a empaquetar el pasado y renovar las esperanzas motivadas por un nuevo comienzo, más ilusorio que real en cualquier caso.

Mi año ha sido largo y corto a la vez. Ha estado lleno de contrastes, como no podía ser de otra forma. Y, viéndolo desde esta perspectiva, se ha convertido en un aula de aprendizaje continuo con evaluaciones bastante severas.

Por orden cronológico los hechos se resumen de esta manera. Inicié 2011 con un maratón de la que sería mi serie predilecta este año: Fringe, dejando patente que si algo atrapa y ejercita mi imaginación mi fidelidad está garantizada. Después, el invierno fue duro, mi autoestima blanda y el colapso más que esperado. La vorágine emocional bloqueó mis ideas y con ello se paralizó el fin de un proyecto vital muy importante: mi primera novela. Mi padre me rescató hábilmente del laberinto de desesperanza en el que daba vueltas sin rumbo intentando controlar todo lo que sucedía alrededor. Él abrió la puerta tras la que se ocultaba el final de La Ruta Hacia Sofía y todo empezó a fluir. Terminé la novela. Culminé un sueño y lloré de felicidad, una y mil veces, al leer lo que había sido capaz de describir en aquellas 180 páginas. Por fin había terminado el merecido homenaje a mi hermano. Él nunca llegó a leer nada escrito por mí, nunca supo de mi pasión, nunca vio iluminarse mi cara al encontrar la fórmula para resolver una historia que se me resistía. Él nunca sabrá que es mi gran inspiración en la vida y que está en todo lo que hago, todo lo que siento, todo lo que soy. Cada año, cada día de mi vida y para siempre.

El fin de La Ruta Hacia Sofía fue como un cataclismo que arrasó con todo. Mi vida emocional se reseteó en un claro intento de reinventarme. Pasó el invierno y empezó la primavera. Con el sol apuntando directamente a mi balcón asumí que estaba sanando mis heridas cuando, en realidad, sólo había colocado una tirita que más o menos hacía un apaño. Y entonces me enamoré. Fue un amor intenso, divertido, extraño en ocasiones, creciendo como un globo dentro de un pequeño recipiente cerrado. Como era de esperar el globo reventó de forma prematura y la valentía del amor dio paso a la cobardía del desamor. Mientras, se terminó el verano y me encontré en un otoño demasiado estival, lo que supuso un imposible olvido alargado hasta la más dolorosa agonía.

Pero llegó el invierno otra vez y ¡sorpresa! la vida vuelve a ser generosa conmigo. Desterrada la desgana y el fruncimiento de ceño, voy paso a paso hacía un nuevo resurgir. Sin prisas, con mucha, mucha calma, por primera vez en mi vida. Saboreando cada abrazo, cada risa, compartiendo sintonía con personas nuevas y personas antiguas, que siempre han estado ahí. Creando entornos de tranquilidad y estabilidad en los que expresarme tal y como soy, sin miedo, sin reservas, sin incomodidades.

Esta noche alzaré mi copa y brindaré por este enorme año repleto de disparidad. Gracias a todas estas experiencias mi vida es cada vez más rica y mis historias cada vez más intensas. Seguiré absorbiendo todo lo que venga, bueno o malo, con la misma pasión, porque no concibo mi paso por el mundo de otra manera.

Gracias 2011.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Tu siempre eres tu mejor rescate, poner el método no da resultado sino no hay proactividad para eliminar creencias limitadoras que llegan a ser bloqueantes. Simplemente puse el método y te acompañé en recuperar tu fuerza interior, esa energía que hace que seas maravillosa. Siempre estaré contigo. Siento un profundo orgullo de ser vuestro padre, tuyo y de tu inspiración....
FMR Coach&Consulting