martes, 11 de octubre de 2011

Una noche cualquiera

-Ya vale- suspiró Clara frente al espejo sin atreverse a mirar su reflejo al completo. Sólo podía observarse por partes. Primero sus ojos, subrayados por un denso color púrpura, luego sus labios, medio escondidos en una mueca de tensa seriedad, su pelo alborotado y su frente brillante. La tenue luz de la lamparita de noche demacraba aún más, si eso era posible, su aspecto. Y, por primera vez en mucho tiempo, se vio realmente fea.


Salió de la habitación intentando no hacer ruido. Abrió la puerta de la cocina y dio al interruptor. El fluorescente parpadeó unos segundos antes de encenderse. Y en ese tiempo pudo verle allí. Era su silueta, de perfil, fregando los platos, esculpido a la perfección por su imaginación. Quiso hacer lo que había hecho tantas veces, acercarse a él en silencio, abrazarle suavemente por detrás y quedarse allí, apoyada en su cálida espalda hasta que terminara su tarea. Pero no se movió, consciente como era de que aquello volvía a ser una proyección de su propia nostalgia.

Se preparó una infusión doble de tila y volvió a la habitación. Se sentó en el borde de la cama. Sintió los pies fríos y se frotó uno con el otro. De repente se le ocurrió preguntarse en qué estaba pensando, pero no pudo responderse. Se preguntó qué sentía y obtuvo el mismo resultado. Se preguntó qué quería y volvió a mirarse al espejo. Bebió un sorbo de la taza humeante y el calor recorrió todo su cuerpo. Suspiró.

-No sé qué debo hacer ahora- susurró- Quizá lo mejor sea no hacer nada- sentenció.

No hay comentarios: