domingo, 25 de septiembre de 2011

La Princesa de los ojos rubios

Había una vez, una tierra en mitad de ninguna parte donde el césped era rojo y los árboles púrpuras. Una tierra vasta y frondosa, llena de riquezas extrañas y personas sencillas. Allí vivía una joven de pelo azul y ojos rubios, hija de un rey que no ejercía ningún poder y cuyo pueblo había escogido seguir llamándole por su título. El Rey y la Princesa residían en un pequeño palacete a orillas de un río de agua salada. Regentaban un taller donde creaban lo imposible. Producían por encargo los objetos más inverosímiles e increíbles que nadie haya imaginado nunca. Cuando alguien quería hacer un regalo especial o simplemente tenía una idea descabellada, acudía a su taller y allí lo materializaban. No es extraño, entonces, que La Princesa hubiera crecido con la convicción de que, incluso, lo inalcanzable puediera ser logrado.


La joven, que no era, ni mucho menos, la princesa más bella de las que jamás hayan existido, ni la más dulce, ni siquiera la más encantadora, poseía una extravagante rareza que la hacía verdaderamente atractiva. Paseaba por la vida con libertad, sin limitaciones de ningún tipo. Podía hacer lo que quisiera con quien quisiera. En aquellas tierras no había leyes restrictivas ni normas sociales que colapsaran sus aspiraciones de experimentarlo todo. Pero sí que existía una tradición que había perdurado generación tras generación y nadie, absolutamente nadie, había osado quebrantar. Esa tradición exigía que todos los habitantes de aquellas tierras debían casarse con la persona que verdaderamente amaran, la persona por la que estuvieran locamente enamorados, sin concesiones.

Aquella tradición planeaba sobre su cabeza transformada en pájaros de preocupación. Aunque no siempre fue así. Durante su adolescencia, alardeaba de esa frágil inocencia con la que construir castillos de arena sobre preciosos parajes de ideal porvenir. Creía en la tradición sobre todas las cosas y soñaba con el día en que su amor definitivo apareciera por obra y gracia de la casualidad. Pasado el tiempo, la experiencia le decía que encontrar al amor de su vida era una ardua tarea que nunca llegaría a cumplir. Y la impaciencia la invadía al ver que a su alrededor el amor florecía en cada una de las personas de su círculo más cercano.

Había hablado alguna vez con su padre mostrando cierta inconformidad con aquella tradición. Pero el Rey siempre respondía con palabras alentadoras, llenas de optimismo y animándola a no desistir: "Allí fuera está la persona que provocará en ti sensaciones que jamás has experimentado. Si todos en estas tierras la hemos encontrado ¿por qué tú ibas a ser distinta?". La Princesa llegó a dudar de las palabras de su sabio padre, pues ella había sentido muchas cosas por hombres que llenaron su vida de fortuna y diversión, pero, a pesar de todas las emociones vividas, cuando llegaba el momento de plantearse dar el paso hacia el matrimonio, todo se desvanecía. "Y si no es él y si lo que siento no es más que un espejismo y si se me pasa con el tiempo y si echo a perder la tradición de siglos y siglos de antepasados". La duda y la presión terminaban por desmantelar lo construido y, aún habiendo crecido rodeada de la realización de imposibles, el amor puro e indestructible se le antojaba inexistente, al menos para ella.

(continuará...)

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