jueves, 29 de septiembre de 2011

Bitácora

Llegué a casa triste. No sé por qué el tren de vuelta de mi pueblo me puso tan melancólica. Mi casa actual está a poco más de 45 minutos en transporte público del que fué mi hogar hasta la veintena y me doy pocas opciones para echarlo de menos. Siempre que me apetece voy, sin más. Pero, en los últimos meses, los viajes de vuelta a Barcelona se han tornado grises. Noto que me pongo seria, disgustada quizá, no lo sé. El caso es que abundan los momentos, durante el viaje, en que rompería a llorar sin consuelo. Pero me aguanto, trago las lágrimas e intento mantener el tipo, seria y contenida.


Ayer viví uno de esos momentos y llegué a casa triste, con ganas de encerrarme en la habitación y dejar que saliera lo malo. Por suerte no iba a haber nadie, todos estaban fuera y simplemente tenía que entrar en el piso, atravesar el pasillo y llegar a la puerta número tres, cerrarla tras de mí y dejarlo fluir. Ese era mi plan. No contemplaba otra opción hasta que abrí la puerta y eché, como siempre, un vistazo al mueble del recibidor. Vi las llaves de mi compañero de piso y dije un "hola" instintivo que recibió su respuesta inmediata desde el salón. Entré y le miré, estaba sentado en el sofá con el ordenador delante. Me senté en una silla y cruzamos un par de palabras. Con eso bastó. Supe que él tampoco estaba bien. Le pregunté directamente "¿Qué pasa?" y hablamos. Me contó los devenires inquietantes de su relación y apenas me sorprendí al ver tantos puntos en común con la que fue la mía. Pero su seguridad me abrumaba. "Tú eres la roca, la columna inquebrantable sobre la que se sustenta la mayoría del peso de la estructura", recuerdo haberle dicho. Y le admiré, como nunca antes había admirado a nadie. Respiré profundo y derramé una lágrima de alivio. Él me miró y me cogió la mano en silencio. Sentí que en ese momento todo iba bien. "Tienes que hacerme un favor" le pedí. "Lo que necesites", me respondió. "Mañana acompáñame a correos y terminemos con esto de una vez". Me cogió la mano con más fuerza y pude adivinar una sonrisa en sus labios mientras decía "sí, es la hora". Nos abrazamos y al poco él se marchó. Después pasé la noche inmersa en una profunda sensación de paz.

Hoy fuimos a Correos juntos... Y cuando hice lo que debí haber hecho hace tantísimo tiempo, él me abrazó. Allí, en mitad de la sala, delante de media docena de desconocidos, me abrazó leyéndome el pensamiento y no dijimos nada más. Salimos de allí y ya no tuve más ganas de llorar.

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